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Una de espías

24 de noviembre, 2019 · Historia> Internacionalistas

Ignaz Reiss

El GRU, la inteligencia militar rusa, vuelve a estar en las noticias. Al parecer, miembros de una unidad de inteligencia exterior -a la que se relaciona con el atentado contra los Skripal– estuvieron en Barcelona durante el referendum del 1 de octubre de 2017. Las referencias más siniestras dan color a los artículos que aparecen en estas semanas por todo el mundo. Pero si bien el GRU actual es continuidad del GRU stalinista ejecutor de purgas y asesinatos en masa de militantes comunistas dentro y fuera de Rusia; éste fue el resultado de la stalinización a plomo del «Cuarto Buró» del ejército rojo, el primer sistema de inteligencia exterior del estado de los soviets… y no se dejó derrotar tan fácilmente por la contrarrevolución. Es un buen momento para recordar la historia de aquellos «espías de la Revolución» y su concepción del internacionalismo.

La historia de aquella generación se ha salvado, de hecho, gracias a una biografía que supo ser heroica hasta el final. El 17 de julio de 1937 Ignaz Reiss, uno de los fundadores del GRU mandaba una carta al Comité Central del PCUS denunciando los crímenes de la contrarrevolución, devolviendo sus condecoraciones y anunciando su voluntad de ingresar en la IVª Internacional que estaba a punto de fundarse. Reiss tenía la esperanza de que la revolución española serviría de base a la creación de una nueva Internacional capaz de retomar «el internacionalismo de Lenin» abandonado por la Komintern, liderando una nueva oleada de la revolución y reanimando en la URSS la formación de soviets -que habían sido legalmente redefinidos, es decir, abolidos, el diciembre anterior por la nueva constitución stalinista. En lo que Trotski calificó como «una actitud singularmente caballeresca», Reiss «juzgó necesario que la carta llegara a su destino antes de publicarla». Stalin no solo ordenó su asesinato inmediatamente sino que organizó una red internacional al margen del propio GRU para darle caza, cosa que conseguirían tan solo un mes después en Suiza.

«Solo hay un grito ucraniano y ruso: ¡que no haya señor sobre el trabajador» Mayakovski, 1920

Años después de su asesinato, la única superviviente, su esposa y compañera Elsa Poretsky escribe «Nuestra propia gente». El libro, de una calidad literaria propia de la mejor literatura rusa, relata la historia de un grupo de seis muchachos de un pueblecito de Galitzia dividido entonces por la frontera entre el imperio austrohúngaro y el ruso. Serán los primeros «espías de la revolución». Nos lleva con concisión y profundidad no exentas de ternura por su infancia, sus primeros contactos con el socialismo polaco -heredero de Rosa Luxemburgo- y los jóvenes internacionalistas austriacos, la revolución, el partido bolchevique, la «independencia» polaca, la formación del primer sistema de espionaje exterior y su desarrollo en paralelo a las zozobras de la Internacional y el estado ruso.

Los acontecimientos de los años veinte tuvieron un importante papel en la definición y orientación del movimiento comunista internacional y la evolución del Komintern resulta muy instructiva a ese respecto. En teoría el partido ruso no era sino una de sus secciones, gozando de los mismos derechos, pero no más, que los demás partidos. La autoridad suprema era la Internacional, cuyas directrices se imponían tanto al partido ruso como a los demás. Al comienzo la Internacional funcionó efectivamente de esta manera y el partido bolchevique obedeció a sus directrices, pero a medida que los partidos se «bolchevizaron» [tras la muerte de Lenin] y cayeron más cada vez bajo el control de Moscú, la situación se modificó. Autoridad suprema del movimiento comunista en los primeros tiempos, el Komintern se convirtió pronto en un instrumento del partido ruso y Stalin le adjudicaría el peyorativo moquete de «el chiringuito». Las prácticas a las que el partido ruso sometió al Komintern y a sus secciones nacionales, tampoco eran compatibles con los fines perseguidos por estas últimas. Como Estado, la Unión Soviética tenía intereses que nada tenían que ver -o incluso se encontraban en total contradicción- con los intereses de los restantes miembros del Komintern. Los partidos comunistas de todo el mundo se veían obligados a aplicar medidas que, si bien susceptibles de servir los intereses de la Unión Soviética, resultaban fatales para los suyos propios.

Un trabajador reparte armas bajo el cartel «En el frente polaco» y una bandera con las siglas del Partido Comunista de Rusia. El texto reza «Solo merecen la liberad los que la defienden». 1920

Desde la peculiar situación del servicio de inteligencia exterior, Reiss se da cuenta de que «socialismo en un solo país», bandera de la contrarrevolución stalinista, significaba exactamente éso: supeditación de los intereses de la Revolución Mundial a los intereses del Estado ruso en su relación con las potencias capitalistas. La propia historia y evolución del «Cuarto buró» expresa la transición ligada al aislamiento. Reiss pasa de hacer agitación clandestina en Polonia y Ucrania para distintos grupos y agencias de la Internacional a convertirse en agente de propaganda tras las líneas enemigas del ejército rojo en 1920, durante la guerra contra la república polaca de Pilsudski. Aparentemente es lo mismo: se trata de llamar a los trabajadores polacos a levantarse contra el estado nacional que, apoyado y armado por Alemania, lleva a cabo una guerra imperialista contra los soviets de trabajadores de Ucrania y Polonia. Pero no es igual. En el momento lo parecía y parecía lo más natural coordinar a los trabajadores revolucionarios directamente con el ejército rojo que combatía a las puertas de Varsovia. Nadie podía ver una contradicción entre los órganos emanados de los soviets como el ejército rojo y la revolución mundial que esos mismos soviets habían comenzado. Cualquiera que hubiera insinuado lo contrario hubiera sido visto como un loco.

Reiss, Poretski y el hijo de ambos, Roman

Visto en la perspectiva histórica, el «Cuarto Buró» representa de hecho una de las primeras absorciones por un aparato estatal cada vez más independiente de los soviets, de cuadros, herramientas y técnicas propias del movimiento revolucionario. Las formas de funcionamiento de Reiss y sus compañeros, mucho más avanzadas, escalables y sistemáticas que las de sus rivales de las potencias capitalistas en el momento, nacieron en realidad como una adaptación de los sistemas de trabajo clandestino del partido de Rosa Luxemburgo: los contactos aislados entre sí con los que se sembraban células se convirtieron en agentes, los organizadores locales en jefes de operaciones, los sistemas de comunicación, puntos de encuentro en caso de represión y huida de revolucionarios, en correos, pisos francos y extracciones del servicio secreto. Los modos heredados de la lucha bajo las condiciones de la autocracia zarista se hicieron el estándar del espionaje internacional configurando el funcionamiento de los servicios de inteligencia exterior hasta hoy.

Los que vivieron la evolución en primera persona, como Reiss, descubrieron sin embargo como la distancia entre los intereses de la revolución y el estado ruso se iba agrandando hasta convertirse en una brecha insalvable tras la consolidación en el poder de la camarilla stalinista. Revolucionarios profesionales burocratizados, «esperaron un milagro» durante años… pero no pudieron dejar de ver la Revolución española como un Rubicón. Conocedores de primera mano de la masacre de revolucionarios que abrían los juicios de Moscú y las grandes purgas, testigos de que Stalin, a través del PCE, estaba actuando como organizador y ejecutor directo de la contrarrevolución en España, se daban cuenta de que 1936-37 marcaba un momento crítico tan importante o más que el que había significado 1914.

Reiss sufrió, como hombre que dedicó su vida a una causa, renunció a todo, aceptó durante casi veinte años todas las tareas, todos los riesgos a tomar, y de repente vio esta causa desfigurada, pisoteada en sangre y barro por los que la encarnaban con más autoridad… A lo largo de todas las crisis sociales de Europa, los agentes secretos de la Internacional Comunista y de la República de los soviets desplegaron, al servicio de la revolución, su actividad invisible. Algunos han hecho grandes cosas y han permanecido desconocidos: algunos han muerto desconocidos, en el trabajo o en la batalla, empalados en Cantón, colgados en Turquía, «liquidados» en otros lugares de muchas maneras. La URSS tuvo su Lawrence –Blumkin, fusilado en Moscú en 1929-, que le dio Mongolia Interior, casi todo el Sinkiang (Turquestán chino) y una profunda influencia en Afganistán. En los países occidentales, ayudaron a extender la influencia soviética y comunista en todos los sectores de la sociedad. Todos los países mantienen agentes secretos en el extranjero y se dice que el Servicio de Inteligencia es una de las formaciones esenciales del poder británico. Pero ningún país ha tenido cuadros tan dedicados como los formados por la revolución rusa, es decir, por el gran idealismo meditado y disciplinado de la primera revolución socialista victoriosa. Al prestar su servicio, los Reiss estaban convencidos de que estaban trabajando para transformar el mundo.

Victor Serge, tras saber del asesinato de Reiss

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Apéndice: Carta de Ignaz Reiss al CC del PCUS

La carta que os escribo hoy debí haberla escrito hace ya largo tiempo, el día mismo en que los «dieciséis» fueron masacrados en los sótanos de la Lubianka de acuerdo con las órdenes del «Padre de los Pueblos».

Entonces guardé silencio. Tampoco elevé mi voz para protestar en ocasión de los asesinatos que siguieron, y ese silencio hace gravitar sobre mí una pesada responsabilidad. Mi falta es grande, pero me esforzaré por repararla lo más pronto posible, con el fin de aliviar mi conciencia.

Hasta entonces marché a vuestro lado, pero ya no daré un paso más en vuestra compañía. ¡Nuestros caminos se separan! ¡El que se calla hoy se convierte en cómplice de Stalin y traiciona la causa de la clase obrera y del socialismo!

Lucho por el socialismo desde los veinte años. En los umbrales de la cuarentena, y en lo sucesivo, no quiero vivir por los favores de un Yezhov.

Quedan detrás de mí dieciséis años de trabajo clandestino. Es algo, pero me quedan aún bastantes fuerzas para comenzar todo de nuevo. Pues se trata de «empezar todo de nuevo», de salvar el socialismo. Hace ya mucho tiempo que la lucha está entablada. Deseo ocupar mi sitio en ella.

El estruendo organizado alrededor de los aviadores que sobrevolaron el Polo tiene como objeto acallar los gritos y los gemidos de las víctimas torturadas en la Lubianka, en Svobodnaya, en Minsk, en Kiev, en Leningrado, en Tiflis. Esos esfuerzos son inútiles. La palabra, la palabra de la verdad es más fuerte que el estrépito de los más poderosos motores.

¡Cierto que los ases de la aviación conmoverán el corazón de las señoras americanas y de la juventud de los dos continentes intoxicada por el deporte, más fácilmente que nosotros en el intento de conquistar la opinión internacional y de conmover la conciencia del mundo! Que nadie se equivoque, no obstante: la verdad se abrirá camino, el día de la verdad está más cercano, mucho más cercano de lo que piensan los señores del Kremlin. El día en que el socialismo internacional juzgará los crímenes cometidos en el curso de los diez últimos años, está próximo. Nada será olvidado, nada será perdonado. La historia es severa: «el jefe genial, el padre de los pueblos, el sólido socialismo» dará cuenta de sus actos: la derrota de la revolución china, el plebiscito rojo, el aplastamiento del proletariado alemán, el socialfascismo y el frente popular, las confidencias a míster Howard, el idilio enternecido con Laval: ¡todas ellas historias a cual más insólitas!

Ese proceso será público y con testigos, una multitud de testigos, muertos o vivos: hablarán todos una vez más, pero esta vez para decir la verdad, toda la verdad. Comparecerán todos esos inocentes destruidos y calumniados, y el movimiento obrero internacional los rehabilitará a todos, ¡a esos Kámenev, Mratchkovski, Smirnov, Mouralov, Drobnis, Serebriakov, Mdivani, Okoudjana, Rakovski y Andrés Nin, todos esos «espías y provocadores, todos esos agentes de la Gestapo y saboteadores!»

Para que la Unión Soviética y el movimiento obrero internacional en su conjunto no sucumban definitivamente bajo los golpes de la contrarrevolución abierta y del fascismo, el movimiento obrero debe desembarazarse de Stalin y del stalinismo. Esa mezcla del peor de los oportunismos —un oportunismo sin principios—, de sangre y de mentiras, amenaza emponzoñar el mundo entero y aniquilar los restos de movimiento obrero.

¡Lucha sin tregua contra el stalinismo! ¡No al frente popular, sí a la lucha de clases! Tales son las tareas imperativas de la hora. ¡Abajo la mentira del «socialismo en un solo país»! ¡Volvamos al internacionalismo de Lenin!

Ni la II ni la III Internacional son capaces de llevar a cabo esta misión histórica: desintegradas y corruptas, sólo sirven para evitar el combate de la clase obrera; sólo sirven como auxiliares a las fuerzas policíacas de la burguesía, ironías de la historia: en otro tiempo, la burguesía echaría de sus filas a los Cavaignac y a los Galliffet, a los Trepov y a los Wrangel. Hoy, bajo la «gloriosa dirección» de las internacionales, son los propios proletarios los que asumen el cometido de verdugos de sus camaradas. La burguesía puede dedicarse plácidamente a sus negocios; «el orden y la tranquilad» reinan por doquier: hay todavía individuos como Noske y Yezhov. Stalin es su jefe y Feuchwanger, su Homero.

No puedo más. Recobro mi libertad. Vuelvo a Lenin, a su enseñanza y a su acción.

Pretendo consagrar mis humildes fuerzas a la causa de Lenin: ¡Quiero combatir, pues solamente nuestra victoria —la victoria de la revolución proletaria— liberará a la Humanidad del capitalismo y a la Unión Soviética del stalinismo!

¡Adelante hacia nuevos combates por el socialismo y la revolución proletaria! ¡Por la construcción de la IV Internacional!

Ludwig
17 de julio de 1937

PD. En 1928 fui condecorado con la Orden de «La Bandera Roja», por servicios a la revolución proletaria. Adjunto os envío esta condecoración. Sería contrario a mi dignidad el llevarla al mismo tiempo que los verdugos de los mejores representantes de la clase obrera rusa. (Izvestia ha publicado en el curso de los dos últimos meses listas de nuevos condecorados, cuyas funciones han sido púdicamente silenciadas: son los ejecutores de las penas de muerte).

Tuits

Los modos heredados de la lucha bajo las condiciones de la autocracia zarista se hicieron el estándar del espionaje internacional configurando el funcionamiento de los servicios de inteligencia exterior hasta hoy
El «Cuarto Buró», los «espías de la revolución», representa una de las primeras absorciones por un aparato estatal cada vez más independiente de los soviets, de cuadros, herramientas y técnicas propias del movimiento revolucionario
La contradicción entre los intereses de la Revolución mundial y el estado ruso creció hasta convertirse en una quiebra tras la consolidación en el poder ruso de la camarilla stalinista y la supeditación de la Internacional
Conocedores de la masacre de revolucionarios que abrían los juicios de Moscú y las grandes purgas, se dieron cuenta de que la Revolución española de 1936-37 marcaba un Rubicón para la contrarrevolución stalinista