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Spexit

21 de diciembre, 2019 · Actualidad> Europa> España

El Tribunal de Justicia de la UE reconoció la inmunidad parlamentaria de Junqueras, Comín y Puigdemont, abriendo una situación insólita. La prensa portuguesa y la británica lo saludaron inmediatamente como un triunfo político del independentismo. Pero los medios españoles lo ignoran y la conmoción que nos venden no es la soledad europea de la burguesía española sino que Vox, en los exabruptos posteriores, insinúa una posición anti-UE. Mentar el euro a la burguesía española es peor que mentarle la madre. El «estado profundo» comienza a balbucear inmediatamente consignas «europeistas» vacías en modo metralleta y sin sentido. Y al día siguiente los periodistas hacen su trabajo: el «Spexit» es el nuevo coco, el mal encarnado, el atraso secular, el legado franquista. ¿En serio?

En realidad el «Spexit», la salida de España del euro, ha sido la consigna característica de los sectores izquierdistas del nacionalismo español, no de un Vox que está firmemente enraizado en el «consenso neoliberal». Al pie del «Manifiesto salir del euro» de 2015 no estaban los que luego formaron Vox, sino Anguita, Monereo, Armesilla… el stalinismo más rancio. Son ellos los que en su día se opusieron al tratado de Maastrich, los que clamaban contra los hipermercados que «se llevaban el dinero por las noches» a Francia, y los que salieron a la defensa del gobierno de Salvini y di Maio en Italia.

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La pequeña burguesía y el Spexit

Tractorada independentista en Barcelona.

Vox ni siquiera es la primera fuerza que insinúa la ruptura del euro. Una vez más fue Puigdemont quien se les adelantó… e inmediatamente tuvo que recular ante la presión de sus propias filas. No solo es un tabú de la burguesía española, a la que la crisis ha hecho más colonial-comisionista que nunca, es un tabú también para toda una parte de la pequeña-burguesía en revuelta.

¿Por qué? Porque los rabassaires de las tractoradas independentistas o los agricultores amantes de la caza de Vox no pueden ser sino grandes «europeistas». Y con ellos todo eso que los independentistas llaman la «burguesía media» y que no es sino la pequeña burguesía industrial (desde el El Pozo y Casa Tarradellas a las empresas de transporte murcianas, el aluminio levantino o las químicas de esencias) que han crecido al calor de la acumulación acelerada durante las últimas dos décadas en el campo y que no se han integrado mas que parcialmente en el gran capital español si es que no siguen siendo «empresas familiares».

Su modelo se basa en una acumulación que arranca de la explotación agravada bajo los plásticos y en los campos, pero no tendría oportunidad alguna sin unos mercados europeos que les esperasen con las puertas abiertas. Es más, en la transformación que viene hacia lo «eco», la agricultura tiene la oportunidad, por primera vez en décadas, de ganar acceso a capitales y recuperar «valor añadido» a base de vender cultivo ecológico. Y en eso están. Pero los mercados que permiten afrontar la transición sin grandes riesgos son los de Alemania y el Norte de Europa. De ahí sale el «europeismo» de los campesinos más explotadores, los transportistas que llevan su producto y los pequeños industriales que lo convierten en embutidos o conservas.

¿Qué es Vox?

Mítin de Vox en Vistalegre, Madrid, el año pasado, cuando no existía en las encuentas.

Vox es un partido «facha», no fascista. No representa el revolucionarismo de la pequeña burguesía decidido a arrasar un tejido organizativo de los trabajadores que quedó arrasado ya hace ochenta años. Y desde luego no pretenden re-encuadrar a los trabajadores en el estado sobre un sistema corporativo más o menos sindicalizado o asociativo.

Su tradición, el llamado «franquismo sociológico», ni siquiera es en sí fascista. Es el resultado de la «modernización neoliberal» de Aznar de los sectores nostálgicos del franquismo de la pequeña burguesía. Si usaba símbolos fascistas hasta hace no mucho es porque estos ya habían sido designificados por el franquismo, si respira anti-comunismo no es el de un fascismo que lo ve como un competidor, sino el que llega de EEUU vía Venezuela y Chile que no oculta los términos de su brutal odio de clase hacia los trabajadores. Y es que el facha no es el remanente del fascismo en el franquismo complaciente, es la complacencia del franquismo realineado con EEUU que eliminó al revolucionarismo falangista de la dirección del estado. Como la famosa boda de la hija de Aznar mostró a las claras, es aristocratizante cuando pretende ser tradicional; como Pérez Reverte, burro cuando pretende ser honesto; como cualquier cacique del mar de plástico o gasolinero rural, es rapiñero sin pudor cuando pretende ser competitivo y machista cuando pretende ser afirmativo. Un asco. Pero no fascismo. El «facha» no es un fascista con kilos de más, es un neoliberal de Farias y salón de restaurante provinciano.

Y precisamente por éso la burguesía española viene jaleándolo y los medios inflándolo durante el último año. Su fantasía: llevar votos desde la izquierda a Vox, como ocurriría con un partido fascio o simil-fascio (Salvini o el peronismo, por ejemplo)

No se entienda mal. La burguesía española ya tiene bastante con el independentismo. No quiere -y no puede sostener- un fascismo en ascenso. No quieren que Vox abandone el liberalismo y el conservadurismo y venda protección social, estatalización y revolucionarismo, ni siquiera aunque sea para precarizar después al estilo Salvini. La burguesía española está embarcada en este follón para llegar a donde siempre quiso llegar: prepararse para una nueva embestida de la crisis entregando las pensiones a la banca, bajando la masa salarial y precarizando aun más los contratos. Vox tiene que comportarse electoralmente como un partido fascista sin dejar de ser el neoliberalismo bruto que es hoy.

Hacer creíbles a una parte significativa de los sectores más débiles del proletariado, al equivalente español de los «chalecos amarillos», que toda esa troupe de dueños de gasolineras, tenderos y abogados casposos, puede aliviar la precarización de sus condiciones de vida, no es tan fácil. La cosa chirría tanto, incluso estéticamente, que hace falta echar más carne al asador. Se trata de crear a toda costa la imagen de que Vox compite con la izquierda por el voto de unos sectores obreros que ven en ellos una defensa frente al neoliberalismo del PP, el racismo del independentismo y un feminismo antiobrero convertido en ideología de estado… todo al mismo tiempo… Se trata de hacer pasar a Abascal por aquello que querría ser Anguita. No es fácil, no. Pero para eso están los medios, el feminismo y una izquierda siempre dispuesta a vendernos y desarmarnos con una tramposa épica antifascista.

«¿Por qué están inflando a Vox?», (19/2/2019)

La utilidad de la burbujita Spexit

Julio Anguita y Pablo Iglesias

Pero vayamos por partes, para empezar… ¿de verdad Vox se ha pronunciado por el Spexit? La respuesta es no. Vox se suma a quitar competencias judiciales a los tribunales europeos y hace frente común con Salvini y el grupo de Visegrado en el nebuloso objetivo de restringir los poderes de la Comisión y el Consejo europeos. De ahí a salir del euro o de la UE hay una inmensidad. ¿Qué ha pasado realmente? Pues que en una de esas burbujas de twitter, algunos seguidores de Vox intentaron llevar el agua a su molino partidario y mostrar a la burguesía de verdad, que o ellos o con lo antiespañoles que son todos por ahí fuera, el Spexit acabaría siendo un clamor popular. En fin… ni twitter es el espacio de la retórica ni el argumento es de una clarividencia cegadora.

A partir de ahí, la micro-burbuja tuitera se hizo mediática. La superposición de las palabras «Vox» y «Spexit» bastó para presentar por un momento a Abascal como un Anguita. Ambos útiles a la burguesía por lo que son, pero aun más útiles por lo que les pueden hacer parecer que son, aun contra su voluntad subjetiva. El resultado es que el gol mediático y político de la sentencia del tribunal de la UE sobre Junqueras se ha desvaído si no desaparecido. Y además queda un palito más apuntalando a Vox como «alternativa», una nueva oportunidad para hacer profesión pública de fe europeista por todos y una ayudita, por si hiciera falta, a Podemos y Errejón, tan europeistas ellos como amigos de las subvenciones y proyectos europeos que alimentan a buena parte de la pequeña burguesía académica y universitaria que forma su base social original.

¿Tendríamos algo que ganar con el Spexit?

Cartel de un mítin anti-euro del grupo de Julio Anguita

La única pregunta importante al final, es si los trabajadores, que sin género de dudas hemos sufrido el euro, tendríamos que ganar algo con su abandono por una burguesía española que lo adora cual becerro de oro. La trampa de la pregunta está en todo lo que lleva implícito. La idea de los Spexit es que si la burguesía española recuperara la soberanía monetaria, el capital español tendría más opciones de prosperar y los trabajadores podríamos vivir mejor.

trampa: si el capital español se rasga las vestiduras cada vez que alguien le menta el euro es porque sus mercados más importantes y seguros están en Europa y no tiene ni mucho menos fuerzas para sostener las aventuras imperialistas de antaño en América del Sur. La salida de Telefónica de toda la América que habla español va pareja a la concentración de sus activos en Alemania, Reino Unido y en menor medida Brasil. Que la empresa que fue punta de lanza del imperialismo español durante décadas concentre en Alemania y Gran Bretaña es significativo tanto del papel subalterno en el que ha quedado el imperialismo español como de hasta qué punto su alma (es decir sus fuentes de rentas) están divididas entre una UE con una arquitectura a la medida de Alemania y un mundo anglosajón que se ha vuelto terreno hostil para ellos. No hay que olvidar que si piensa vender a trozos sus filiales americanas es, ante todo, para evitar la compra del conjunto a precio de derribo en una OPA… y que los compradores potenciales que se rumoreaban eran grandes fondos de Wall Street y la City.

trampa: Que el capital invoque sus necesidades por encima de las nuestras para imponernos una mayor explotación («no puede haber mejores condiciones y salarios si no hay beneficios», dicen), no quiere ni mucho menos decir que a aflojar la soga cuando le vaya mejor. No olvidemos que en España llevamos cinco años de «crecimiento por encima de la media europea» y no es que la condición de los trabajadores haya mejorado, ¿verdad? La única opción que tenemos pasa por no supeditar nuestras necesidades a las del capital, meternos a «gestionar mejor» el capitalismo que la burguesía que lo dirige es caer el un pozo sin fondo de los «sacrificios» envueltitos en la bandera nacional… sea rojigualda, estelada o tricolor.