¿Soledad? Los comunistas no conocemos éso

El «Red Lion» en Great Windmill Street, hoy «B@1», sede del 2º Congreso de la Liga de los Comunistas, del que surgió el Manifiesto.
En los tiempos del primer socialismo obrero -los comunistas icarianos en Francia y la Liga de los Comunistas en Alemania- la vida social del militante comunista era intensa. A la tradición de los banquetes, heredada del republicanismo, siguió la de los picnics, fiestas de prado que mezclaban el ocio familiar, la discusión y la formación política. En uno de los pocos aciertos de «El joven Marx», se muestra como Marx y Jenny conocen en una de estas fiestas icarianas a las afueras de París a Proudhon y Bakunin. La película, en cambio, no muestra ni de lejos lo que era la cotidianidad de los obreros de la Liga, a los que reduce a extras y decorado humano. La verdad es que estaban muy lejos de serlo. Al final de la jornada de trabajo se quedaba para fumar y beber una cerveza discutiendo los periódicos del día, que se compraban en común. El famoso segundo congreso de la Liga en el que se aprueba el Manifiesto Comunista vino precedido de meses de correspondencia entre los miembros de toda Europa, reuniones y largas discusiones. Y cuando por fin se celebró, en el «Red Lion» -un hotel/pub de Soho que todavía sigue abierto como coctelería– duró tres días enteros de intensos y apasionados debates. La importancia que sus miembros le daban iba pareja a su compromiso y éste puede medirse no solo por el brutal trabajo de preparación y debate previo, sino también por lo que suponía para un trabajador de la época viajar hasta Londres y renunciar al salario por un tiempo indeterminado… si no era detenido en el camino.

Podemos imaginar el ambiente de las reuniones comunistas por los relatos de los asistentes, para los que tales viajes eran grandes aventuras que describían en cartas y charlas a sus compañeros a la vuelta. Así sabemos, por ejemplo que cuando los delegados al encuentro de Sant Martin in the Fields en el que nacerá la I Internacional llegaron a las banquetas en las que trabajarían aquellos días, encontraron una bolsa de tabaco y dos pintas de cerveza. Un congreso obrero era un espacio de relación fraterna, de escucha y de reflexión. Un lugar donde se desarrollaba la conciencia de clase. Por eso las tretas y conspiraciones miserables de Bakunin y su secta generaron tanta violencia en la gran mayoría de representantes obreros. Fue el primer aviso de lo venenosa que llegaría a ser la descomposición de la pequeña burguesía para los comunistas.

Militantes socialistas construyen en su día libre la Casa del Pueblo de Turón (Asturias) en los años 10.
Si vamos a la II Internacional, con sus asambleas semanales, sus escuelas obreras, sus ateneos, sus casas del pueblo, sus cancioneros… realmente nos cuesta imaginar hasta que punto la expresión política independiente de la clase movilizaba alrededor toda una forma de socialización que multiplicaba la lucha obrera y su representación política en cada aspecto de la vida. Estas «pequeñas cosas» nos ayudan a entender a más de un siglo, y unas pocas derrotas de distancia la profunda relación con el partido obrero de millones de trabajadores, el drama que supuso la traición de la socialdemocracia y la fortaleza de los comportamientos militantes de la época revolucionaria que le siguió.

Lo que la vida socialista ofrecía era una experiencia de fraternidad, superación intelectual y desarrollo político continuo. Tenía riesgos y costes, pero era generador de sentido en la vida de cada militante.

Todo esto que los académicos llaman hoy «la sociabilidad obrera», todas esas «pequeñas cosas», esa experiencia de fraternidad, superación intelectual y desarrollo político continuo que la vida socialista ofrecía, eran generadoras de sentido en la vida de cada militante.

Pequeñas cosas, sin grandes cosas abundan en la vida humana. Pero en la Historia, jamás se consiguen grandes cosas sin pequeñas cosas. Más exáctamente: las pequeñas cosas, en una gran época, integradas a una gran obra, dejan de ser «pequeñas cosas»

Eso no quiere decir en absoluto que fuera fácil ni que tuviera siquiera la comprensión del entorno, especialmente en los países, como España, en que el proletariado era débil no solo numéricamente. Juan José Morato -un tipógrafo que fue testigo, militante e historiador del primer PSOE- nos cuenta que en 1882

La simiente de la que nacería la Unión General de Trabajadores [se desarrolló al] ensanchar la esfera de relaciones personales de los núcleos socialistas (…) No núcleos fuertes, sino más bien como aglomeración de contados amigos y partidarios, humildes obreros mecánicos todos, que tenían siempre enfrente la hostilidad de los anarquistas, el menosprecio de los republicanos y lo que era peor, la indiferencia de la masa obrera.

Café de la Casa del Pueblo de Madrid
Leer a Morato es descubrir la lenta decantación, el esfuerzo intelectual casi heroico de aquellos trabajadores que apenas podían acceder y aun menos traducir, los textos marxistas europeos y que tenían que sostener el esfuerzo entre la represión, las migraciones forzosas y la escasez más absoluta. Tardaron años en llegar a tener su propio periódico semanal. Nunca aspiraron a otra cosa que la autofinanciación -una obviedad para una organización que se consideraba revolucionaria- y poco a poco construyeron a su alrededor un tejido que pivotaba sobre las «casas del pueblo», levantadas y financiadas por los magros sueldos de los propios militantes.

Podemos imaginar el orgullo y la sensación de fortaleza que les dieron aquellos edificios, modernos y bonitos, levantados con sus propias manos y que rivalizaban con los casinos de los caciques provinciales e incluso, en la capital, con el Círculo de Bellas Artes de la burguesía republicana. Y no hablemos de las campañas de alfabetización, las guarderías, las conferencias, es decir las «pequeñas cosas» al lado de las cajas de resistencia y, a partir de cierto momento, la representación política. La vida del obrero militante era una vida sacrificada por definición, arriesgada muchas veces y dura siempre. Pero estaba llena de sentido, colectiva e individualmente. Era enaltecedora y envolvía al trabajador desde el primer día en un proceso de superación personal, formación en comunidad y discusión colectiva permanente en que pasaba de aprender a leer a redactar e incluso a conocer los rudimentos del arte de imprimir.

Congreso de Amsterdam de la II Internacional en 1904.
Sin esta escuela de la Segunda Internacional es difícil entender, por ejemplo, cómo eran los militantes de base del partido bolchevique que mantuvieron la organización y derrotaron la primera gran tentativa contrarrevolucionaria, el golpe de Kornilov, enfrentándose a la dirección del partido y coincidiendo, sin saberlo, con lo que defendía Lenin desde su aislamiento finés. Aislamiento que, por otro lado, solo era físico, pues no paró de enviar cartas y críticas al Comite Central del momento.

La vivencia del comunismo ha sido siempre, desde los orígenes del movimiento, lo contrario de la ideología pequeño burguesa, destinada al consumo individual, reducible a «experiencias», estéticas y actitudes. La actividad de los comunistas ha sido, aun en los peores momentos, aprendizaje y debate colectivo. Lo vemos en los testimonios que nos quedan del peor momento de represión de la contrarrevolución, la famosa «Medianoche en el siglo». Incluso los comunistas de la generación que vivió los momentos más dramáticos de la derrota de la clase y el exilio, retomaron y reconstruyeron la actividad militante creando rutinas colectivas de estudio, crítica, discusión e intervención, por modestos que fueran los medios y adversos los condicionantes. Si algo no han sufrido los comunistas ha sido la soledad individual.

La vivencia del comunismo es lo opuesto a la ideología pequeño burguesa, destinada al consumo individual y reducible a «experiencias», estéticas y actitudes. Aun en los peores momentos militar significó aprendizaje y debate colectivo

¿Y hoy?

Hoy más que nunca, el capitalismo nos niega como clase en todas sus manifestaciones ideológicas con la fuerza aplastante de su maquinaria mediática. La unión de la ideología culpabilizadora y negadora, machacada en cada minuto de radio y televisión, con la precarización del trabajo y la vida que impone un capitalismo agotado histórica y económicamente es una verdadera máquina de atomizar y triturar. Por eso el primer acto de conciencia efectiva, ahora como siempre, es juntarse, estudiar y recuperar la teoría y la historia de nuestra clase y comenzar a entender y analizar con esos instrumentos la realidad.

Te invitamos a hacer lo que hicieron cada día todas las generaciones de comunistas que nos precedieron: leer la prensa disponible del mundo. Para hacértelo más accesible lo ponemos en tu móvil a través de nuestro canal de Telegram. Son herramientas, información y un mínimo marco para que no te pierdas demasiado en ella. Porque lo importante viene después. El primer elemento colectivo: la conversación -pública o privada, lo que más cómodo te sea- en twitter y facebook.

La docena larga de personas que andamos en y alrededor de la elaboración diaria de este blog y del canal de noticias estamos muy dispersas geográficamente. Pero vamos siempre con la conversación abierta en el móvil. Como decíamos, si hay algo que los comunistas nunca sufrimos, fue la soledad individual.

 
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