Sobre la futura Internacional

Nº 9 de la revista de la Internacional Comunista.
La aparición de «Emancipación» marca un hito en el trabajo de este blog. Es el primer grupo internacionalista militante que surge de nuestro entorno. Esperamos, deseamos y animamos a que surjan más, tanto en España como en los demás países donde han ido formándose pequeños grupos de lectores que aportan y colaboran a que podamos publicar prácticamente todos los días. Tanto si eso ocurre a corto plazo como si se estira en el tiempo, nos parece claro que nos impone una nueva responsabilidad: alimentar la reflexión y maduración política de los que ya dieron un paso adelante, con materiales históricos y actuales sobre la construcción, desarrollo y perspectivas de las organizaciones políticas de clase.

Comenzamos ayer con un texto de 1975 de la «Izquierda Comunista Española». Reproducimos a continuación nuestra traducción de un texto de la Tendencia Comunista Internacionalista, heredera y continuadora de la de la «Izquierda Comunista Italiana», publicado hace un par de semanas. Nos gustaría señalar en primer lugar los importantísimos elementos comunes: la coincidencia sobre el papel de la organización política, la función del movimiento «espontáneo» de la clase y la necesidad de la construcción del partido de clase para que la clase pueda constituirse en partido. Pero también los aportes que incorporan la experiencia desarrollada por los grupos políticos revolucionarios en los últimos cuarenta años.

¿Cómo ha de ser la futura Internacional? Su forma de mañana ha de orientar el trabajo de hoy. Un texto reciente de la TCI, continuadora de la Izquierda Comunista Italiana

Sobre la futura Internacional (2018)

Reunión de migrantes precarios en Escocia
Hoy nos encontramos ante un capitalismo en profunda crisis y un proletariado tan fragmentado y desorganizado que sólo de forma esporádica resiste activamente la imposición de la guerra, la austeridad y el aumento de la pobreza. Por eso, puede parecer prematuro contemplar un proceso mediante el que podríamos llegar a una futura Internacional obrera. Sin embargo, incluso en esta terrible situación hay muchos elementos nuevos en todo el mundo que reconocen el estancamiento, si no la bancarrota, del sistema. Están debatiendo y discutiendo tanto virtualmente como cara a cara en pequeños grupos aquí y allá, precisamente de la manera en que lo haría el proletariado al auto-emanciparse. Al hacerlo, están, como nosotros, intentando reabsorber la experiencia de las luchas de los trabajadores del pasado. Lo que sigue es nuestra contribución, basada en lo que consideramos las lecciones históricas aprendidas por el proletariado, a esa necesaria discusión.

Evolución de la tasa de ganancia.
El ciclo actual de acumulación de capital entró en su espiral descendente hace más de 40 años. Después del auge más largo de la historia capitalista (1948-71) hemos vivido la caída más lenta. Este sistema económico casi estancado se ha sustentado en una intervención estatal sin precedentes que ha permitido hasta ahora evitar el colapso total del sistema. Durante la mayor parte de ese tiempo se ha reducido el salario promedio de la mayoría de los trabajadores, pero sus pérdidas no han sido suficientes para estimular la recuperación, mucho menos para prevenir la acumulación masiva de deuda, la creación generalizada de capital ficticio y los mini-booms y quiebras a lo largo de ese tiempo.

Bandera del Partido Comunista Internacionalista, 1945.
También ha producido la desarticulación y desorientación de la clase que de modo permanente se opone objetivamente al sistema capitalista. Muchos lamentan que a lo largo de este período los revolucionarios no hayan hecho más para unirse, como si los revolucionarios tuvieran una existencia independiente del resto de la clase trabajadora. Las divisiones entre los revolucionarios hasta ahora han sido en gran parte una función de la debilidad del movimiento de clase en su conjunto. No ocurre sólo ahora, ocurrió a lo largo de toda la historia de la clase. Cuando la clase se está reconfigurando ante nuevas condiciones después de un período de retroceso, las primeras respuestas son inevitablemente vacilantes y diversas. Es sólo cuando el movimiento realmente comienza a generalizarse y a tomar una forma masiva que se acentúa la tendencia de los revolucionarios a enterrar las diferencias del pasado y abandonar viejos particularismos de grupo. A medida que el camino de la clase obrera se hace más claro, la demanda de la creación de una organización política de la clase con una visión clara del comunismo se hace más fuerte.

Reunión del soviet de Petrogrado inmediatamente después de la revolución de febrero.
Algunos argumentarán que esto no es necesario. Argumentarán que el movimiento «espontáneo» de la clase será suficiente para llevarla a la victoria. Tenemos gran confianza en que surja un movimiento elemental la clase trabajadora que finalmente decidirá un día que ya no puede seguir viviendo a la antigua usanza y en las viejas condiciones. El primer asalto al sistema será inevitablemente imprevisto y de esta naturaleza. Este movimiento puede llegar lejos, pero ahí no acaba la cosa. Las fuerzas que actúan en su contra no se rendirán fácilmente. Buscarán todos los medios posibles para descarrilar el movimiento e impedir tanto que derroque al Estado como que fundar una nueva forma de organizar la vida económica y social. En cierto momento se pondrán máscaras, adoptarán ideologías impostadas e intentarán dirigir el movimiento hacia un curso consistente con la continuación del sistema.

La pancarta reza: «¡Paz! ¡Tierra! ¡Pan! ¡Todo el poder a los soviets!»
Lo sabemos por la Historia. Si no son combatidos políticamente por la clase obrera, descarrilarán el movimiento. Tomemos dos ejemplos en contraste. En la Revolución Rusa el movimiento espontáneo derrocó al Zar en febrero, pero mientras los obreros seguían luchando en las calles, la burguesía y sus aliados estaban estableciendo un gobierno que intentaba robar a los comités de trabajadores los frutos de su victoria. Los trabajadores no se dejaron engañar por esto y de forma creciente confiaron en la única presencia organizada que apoyaba sin ambigüedades el poder soviético y el internacionalismo: el Partido Bolchevique. Aunque era una pequeña minoría, había existido en la clase trabajadora años antes de la revolución, y dos tercios de sus miembros eran trabajadores. Sus consignas ayudaron a orientar el movimiento para ir más allá del sistema parlamentario que la clase capitalista intentaba imponer. Finalmente, la clase obrera hizo del Partido Bolchevique su instrumento y, después de obtener la mayoría en los soviets de todo el país, se convirtió en la punta de lanza de la insurrección revolucionaria.

Trabajadores de los astilleros Lenin marchan durante la huelga de masas de 1980 en Gdansk, Polonia.
Contrastemos ésto con Polonia en la década de 1980. Aquí los obreros ocuparon espontáneamente los astilleros y rechazaron la autoridad del estado stalinista. Sin embargo, en un país supuestamente comunista no había ningún partido político revolucionario al que pudieran recurrir. A este vacío llegaron la Iglesia Católica y los nacionalistas polacos (y detrás de ellos toda la CIA). Dirigieron el movimiento de ser sobre trabajadores a ser sobre «democracia». En resumen, su lucha se convirtió en víctima de una rivalidad interimperialista.

Sabemos también que entre las filas de la la clase trabajadora, la conciencia de la necesidad de destruir el capitalismo golpeará a unos (una minoría) antes que a otros y cualquier unión de quienes rechazan al capital seguirá siendo una minoría. La dominación de la burguesía sobre los medios de producción (incluyendo las ideas) significa que el instrumento político de los trabajadores conscientes siempre será una minoría antes del estallido de la revolución. Cuanto más coherente sea el mensaje político que transmite esta minoría, cuanto más se asocie a una forma organizativa coherente y más haga por operar dentro del resto de la clase trabajadora, más se convertirá en parte del movimiento vivo de la clase. Cuando el movimiento necesita tener claros sus objetivos y la dirección que necesita para llevar a la minoría revolucionaria, o en otras palabras, al partido político, tiene un papel clave que desempeñar en la lucha contra la ideología burguesa al presentar un programa ante toda la clase basado en las lecciones históricas y las adquisiciones de sus propias luchas anteriores.

¿Hay algo más centralista que una revolución mundial?
Estos aprendizajes tienden a ser olvidados con el tiempo. Uno de los elementos fundamentales del Manifiesto Comunista era afirmar que:

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Desde sus primeros días el movimiento comunista moderno se ha centrado en el carácter universal e internacionalista de la clase obrera. Cuando se fundó la Primera Internacional en 1864, Marx y Engels la consideraron su mayor logro. Marx anunció que por fin la clase obrera tenía un instrumento independiente de todos los partidos burgueses y que ahora podía decir con orgullo que «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos».

Carné acreditativo de la membresía en la AIT (Iª Internacional)
Sin embargo, era una declaración un poco prematura. La Primera Internacional estaba rasgada por la división entre sindicalistas ingleses, mutualistas prudonianos y la oscura rivalidad de la Alianza para la Democracia Social de Bakunin. Algunos internacionalistas individuales desempeñaron un papel en la Comuna de París, pero para entonces la Internacional había dejado ya prácticamente de existir como organización real.

Pasarían otros veinte años antes de que su sucesora, la Segunda Internacional, emergiera. Se basaba explícitamente en secciones nacionales que eran mucho más poderosas que la Oficina Socialista Internacional que la coordinaba nominalmente. Reunía varias tradiciones en el movimiento obrero y no era exclusivamente marxista. De hecho, el ala marxista del movimiento fue cada vez más marginada por el creciente poder de los sindicatos socialdemócratas. Al final se disolvió en sus componentes nacionales cuando partido tras partido todos ellos -con la excepción de los partidos ruso, polaco, rumano, serbio y búlgaro- votaron créditos de guerra a sus respectivas naciones al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Cartel espartaquista durante la revolución alemana.
A pesar de los esfuerzos por reunir a los socialistas contra la guerra (Zimmerwald y Kienthal), no surgió ninguna nueva internacional para reemplazar a la Segunda Internacional. Sólo con el triunfo del proletariado ruso y la Revolución de Octubre como primer paso en la revolución mundial se volvió a plantear seriamente la cuestión de una nueva internacional. Sin embargo, en una Europa desgarrada por la guerra, establecer una Internacional revolucionaria o comunista no fue fácil, y no fue hasta 1919 que tuvo su primera reunión en Moscú.

La nueva Internacional prometía. Bajo la influencia de la Revolución Rusa comenzaron a aparecer partidos comunistas en todo el mundo que luego buscaron la afiliación a la Internacional sobre la base de sus 21 condiciones. Sin embargo, estos partidos eran en gran medida nuevos, a menudo con líderes jóvenes y sin duda impresionados por los logros de los camaradas rusos. Como resultado, el partido ruso dominó la Internacional desde el principio, al igual que el Partido Socialdemócrata Alemán fue visto como «el Partido» (Trotsky) de la Segunda Internacional. Y ésto tendría consecuencias desastrosas para la Tercera Internacional y sus partidos constituyentes.

Portada del número de «La Antorcha» del 1 de mayo de 1921 con el Manifiesto de la Internacional que daba materialidad a la consigna de «ir a las masas».
A medida que la revolución en Rusia se retiraba de su promesa original -fundamentalmente porque nuevas revoluciones, especialmente en Europa, no acudían en su ayuda- el Partido Comunista ruso veía cada vez más a la Internacional como un medio para obtener apoyo para «Rusia» -es decir, para el nuevo orden estatal ruso que se equiparaba ambivalente y ambiguamente con la Revolución Rusa. Pero el apoyo a un Estado cuya prioridad era cada vez más sobrevivir en el orden mundial capitalista (estabilizador) significaba cada vez más abandonar la meta de la revolución mundial. La revolución mundial era lo único que pudo haber revivido el potencial revolucionario en Rusia. En 1921 la Internacional adoptó la política de «ir a las masas», que en la práctica significaba tratar de hacer un frente común con los diversos partidos socialdemócratas de la reavivada Segunda Internacional. Habían sido el baluarte del capitalismo contra la revolución de los trabajadores en todos los países -especialmente en Alemania, donde fueron cómplices del asesinato de Luxemburgo y Liebknecht y de cientos de obreros comunistas. Un año más tarde, la Comintern transformó el «ir a las masas» en la política del «frente único» que exigía que los nuevos y jóvenes partidos comunistas buscaran la alianza con aquellos de los que acababan de separarse unos meses antes. La Tercera Internacional se convirtió así en una herramienta de la nueva clase en ascenso en Rusia y dejó de ser un vehículo para la revolución internacional.

Lenin junto a algunos delegados en el IIº Congreso de la IC. Se reconoce a Zinoviev, Roy y «Ramírez».
¿Qué demuestra la experiencia de la última ola revolucionaria? Por su propia naturaleza, la lucha de la clase trabajadora para vencer al capitalismo será muy diferente de la de la burguesía en su lucha contra el feudalismo. La burguesía desarrolló su forma de propiedad bajo el feudalismo y construyó su riqueza y poder dentro del antiguo sistema antes de reemplazarlo. La revolución proletaria es diferente. No tenemos propiedades que defender. Nuestra fuerza proviene de nuestra capacidad de acción colectiva común. Y la revolución proletaria no puede venir por la mera persecución de intereses inmediatos. La revolución proletaria tiene que ser una revolución consciente. Sin embargo, bajo condiciones capitalistas, algunos trabajadores llegarán al reconocimiento de la necesidad de derrocar el sistema antes que otros. Es natural que esta minoría forme una organización política que exprese su objetivo consciente de crear una nueva sociedad.

Cartel del PSOE de Alicante el 1º de mayo de 1902
Bajo la socialdemocracia, la clase obrera estaba organizada en partidos nacionales que reconocían su pertenencia a la II Internacional. Pero esta Internacional era un mero buzón de correo en lugar de un liderazgo coordinado de una clase internacional. En cualquier caso, construyó un movimiento de masas abrumadoramente consagrado al reformismo. Los revolucionarios en ella fueron en gran medida marginados como se demostró en agosto de 1914. Esto dejó a la clase obrera revolucionaria sin una Internacional hasta después de la Revolución Rusa. La Tercera Internacional llegó demasiado tarde para actuar como estaba previsto -como la vanguardia de la revolución mundial. Dado el enorme prestigio de la única clase obrera que había logrado imponerse a su clase dominante y se había convertido así en el faro de la revolución mundial, no era antinatural que el partido ruso ejerciera una influencia considerable en la Internacional. Pero cuando la Revolución Rusa se traicionó a sí misma, la Internacional abandonó muy rápidamente la revolución mundial en busca de políticas para defender un estado ruso que ya estaba separado de su fundamento de clase original. La imposición de la «bolchevización» a los nuevos partidos los despojó de sus verdaderos revolucionarios y convirtió a la Internacional en una agencia más de la URSS en su lucha por un lugar entre el «concierto de las naciones».

La lección es clara. Antes de que se produzca cualquier brote revolucionario en cualquier lugar, es necesario que exista algún tipo de Internacional que:

Mauro Stefanini
no puede ser una Federación de partidos más o menos independientes con políticas diferenciadas basadas en reivindicaciones propias de diferentes situaciones nacionales. Por lo tanto, es más correcto hablar de un partido internacional. La naturaleza, la estructura y los estatutos de este Partido Proletario Internacional deben dar forma homogénea a todas y cada una de las secciones nacionales. Su plataforma política debe ser su patrimonio común, desarrollado homogéneamente por todas las secciones y todos los militantes

M. Stefanini. La Nueva Internacional será el Partido Internacional, en «Internationalist Communist» nº20, 2001

En este caso, la homogeneidad no significa una identidad total y acuerdo sobre cada cuestión, sino un acuerdo sobre una plataforma común y, en última instancia, un programa común. Esto sólo puede ser superado por la discusión más amplia dentro de la Internacional. El Partido Internacional (o como quiera que se llame) debe tener una unidad centralizada en acción para derrotar al enemigo de clase, pero no se llega a una unidad significativa sin un diálogo constante entre sus miembros. El Partido Bolchevique, contrariamente a la mitología estalinista, estaba lleno de debates entre facciones pero, a pesar de todas las diferencias, esto no impidió que sus diversas secciones demostraran capacidad de iniciativa y que se convirtieran en el vehículo que la clase trabajadora tomó y transformó en la punta de lanza de la revolución. Por el contrario, fue el hecho de que se había creado tanto debate por la conexión directa y concreta que la masa de los miembros tenía dentro de la clase obrera lo que la ayudó a convertirse en un instrumento del movimiento obrero más amplio en 1917. Por lo tanto, los miembros de la futura Internacional no pueden contribuir al verdadero movimiento de emancipación a menos que tengan vínculos directos con la clase en su conjunto. Los comunistas tienen que ganar el derecho a ser escuchados.

Onorato Damen dando un discurso en los años 50
Los militantes de esta Internacional participarán e intentarán guiar cualquier revolución futura, para fomentar la autonomía de la lucha obrera a través del establecimiento de órganos de clase. Participarán en todos los niveles en la medida de lo posible, pero la Internacional no será un gobierno en la sombra. Su tarea sigue siendo la difusión de la revolución mundial. Esto significa que aunque sus militantes pueden aceptar ser delegados de los cuerpos de clase en cualquier área, la Internacional como cuerpo no gobierna. Como escribió Onorato Damen en la Plataforma de 1952 del Partido Comunista Internacionalista:

No hay posibilidad de emancipación de la clase obrera, ni de construcción de un nuevo orden social si éste no surge de la lucha de clases… En ningún momento y por ningún motivo el proletariado abandona su papel combativo. No delega en otros su misión histórica, y no cede poder, ni siquiera a su partido político.

Movilizaciones en Túnez
Esta es nuestra visión de la forma de la futura Internacional, pero ¿por dónde empezamos hoy? Después de cuarenta años de reestructuración, la fragmentación de la clase hoy se refleja en la dispersión de las energías revolucionarias. Algunos han sido desanimados por las divisiones entre los revolucionarios, que atribuyen a que cada uno defiende sus propios puntos de vista de grupo. Sin embargo, estas diferencias han sido diferencias reales y se basan en los diversos esfuerzos que se han hecho para abordar el legado contrarrevolucionario del fracaso de la ola revolucionaria tras la Primera Guerra Mundial. Con el tiempo algunas diferencias han llegado a ser reconocidas como menos importantes de lo que alguna vez parecieron, pero el camino de regreso a un renacimiento revolucionario de la clase obrera es largo. Esto no debe ser visto como un factor negativo sino como una parte necesaria del proceso de desarrollo de la conciencia de clase. En el camino han sido, y siguen siendo, necesarios importantes debates. Sin un debate agudo para aclarar las cuestiones, el proletariado nunca estará en condiciones de tener un programa sólido para luchar contra la próxima gran embestida contra el capitalismo.

Asamblea de estibadores
Al mismo tiempo, hay que profundizar y fortalecer los tenues vínculos entre los revolucionarios y las masas de la clase. Cada organización política local tiene que adoptar medios para mantener su contacto con capas más amplias de trabajadores que todavía no se consideran revolucionarios pero que saben que quieren luchar contra la miseria que trae el capitalismo. En el auge de la posguerra, a la luz de su entendimiento de que los sindicatos son antagónicos a la organización de la resistencia anticapitalista, una estrategia clave presentada por el Partido Comunista Internacionalista fue la de grupos fabriles que incluían miembros y no miembros, en varios lugares de trabajo (incluyendo FIAT). Sin embargo, con el declive de las enormes concentraciones fabriles de «grupos territoriales» de trabajadores, que a veces comprenden un colectivo de grupos militantes de los lugares de trabajo locales, a veces se han adoptado grupos que luchan por otras cuestiones (por ejemplo, la guerra, la vivienda o el empleo). La clave aquí es que la organización política debe aspirar a existir en los lugares donde la propia masa de la clase está presente: Los grupos internacionalistas no son creaciones espontáneas de la clase, sino herramientas políticas adoptadas por el partido para arraigarse en la vida de la clase donde actúa como guía e interviene donde puede. El partido no es una entidad que se forma en el último minuto y no es algo que sólo aparece cuando tiene lugar una lucha. Tiene que ser parte de la vida de la clase pero sin sucumbir al cáncer del reformismo para hacer ganancias artificiales a corto plazo.

Movilizaciones de trabajadores en Irán, primera reacción, junto a los trabajadores kurdos, contra el desarrollo bélico en Oriente Medio.
En la actualidad, la presencia de revolucionarios en la clase es muy embrionaria, pero a medida que la crisis se profundiza, a medida que más obreros se dan cuenta de que no hay soluciones capitalistas a sus problemas, se presentará a los revolucionarios la posibilidad de trabajar y llegar más lejos. Una vez que la clase obrera comience a moverse, entonces el movimiento práctico tenderá a asumir el programa que más satisfaga sus necesidades reales. Sin embargo, esto no significa que los revolucionarios esperen con los brazos cruzados hasta el gran día. No habrá un gran día a menos que los que ya son comunistas luchen por esa perspectiva tan ampliamente como sea posible dentro de las organizaciones combativas que la clase obrera misma crea.

Cartel del PCInt (TCI) durante la última campaña electoral italiana.
La Internacional (o al menos un gran núcleo de ella) tiene que existir antes del estallido de la crisis revolucionaria. Es «estrecha» en el sentido de que su Plataforma y programa se basan sólo en las lecciones revolucionarias de la lucha de clases hasta ahora. Dentro de ese marco, todo debate es posible y el partido se organiza en torno a líneas centralistas democráticas (es decir, en última instancia, todos los temas son votados por los miembros). Al mismo tiempo, el partido también permitirá la existencia de diferentes tendencias sobre cuestiones que aún no se han resuelto o cuando surjan nuevos aspectos del programa existente. Deben tener pleno derecho al debate y a la publicación de la opinión de las minorías, ya que habrá muchos nuevos desafíos en el camino hacia la revolución y todavía hay muchas cuestiones que la historia aún no ha respondido para nosotros. La salud de la organización depende del intercambio de opiniones. En última instancia, estos intercambios deben llevar a una política común, pero cuando un debate obliga a una votación, la minoría acepta el veredicto de la mayoría para no socavar la unidad de acción de las organizaciones. Esta es la única manera sana en que el partido puede desarrollarse si quiere actuar como una fuerza centralizada cuando así lo requiera la situación de la revolución mundial.

Sin una comprensión compartida de las líneas generales de avance (aunque no haya acuerdo en su totalidad) no se llevará a cabo ninguna política significativa. Al mismo tiempo, la discusión y el debate preparan a cada miembro individual del partido para actuar autónomamente como un revolucionario cuando lo requiera la situación local inmediata. No existe ningún mecanismo estatutario para garantizarlo. Está en la preparación y la conciencia de cada uno de los miembros y esto sólo puede lograrse a través de un partido que tenga una animada cultura de educación y discusión.

Congreso de Livorno de 1921. Fundación del Partido Comunista en Italia.
Aunque hemos adoptado estos principios en nuestros estatutos, la Tendencia Comunista Internacionalista, como hemos repetido muchas veces, no es ese partido, ni siquiera es el único núcleo de un futuro partido, ya que las condiciones para ello todavía no existen. Sin embargo, no hemos aparecido de la nada. Estamos en la tradición de la Izquierda Comunista de Italia que fundó el Partido Comunista de Italia, sección de la Tercera Internacional en 1921. Cuando nuestros predecesores fueron retirados de la dirección de ese partido por el proceso de la llamada «bolchevización» (en realidad la antítesis de todo cuanto era revolucionario en el bolchevismo) continuaron luchando por el internacionalismo y la política revolucionaria en las fábricas de Francia y Bélgica, así como en las cárceles de la Italia fascista. Fue a partir de la confluencia de estas dos corrientes que la Izquierda Comunista se reunió en el Partido Comunista Internacionalista en Italia en 1943. Mantuvo viva e incluso desarrolló la política revolucionaria a pesar de los intentos de aniquilarla por parte de los secuaces de Stalin y sobrevivió durante el auge económico de la posguerra para actuar como punto focal para el establecimiento de la Tendencia Comunista Internacionalista. El Partido Comunista Internacionalista tiene una larga historia tratando de encontrar puntos en común con otras agrupaciones y tendencias, a pesar de que éstas no siempre dieron como resultado un acuerdo, la puerta al diálogo siempre se ha mantenido abierta. Es en esa tradición que la Tendencia Comunista Internacionalista trabaja hoy en día.

Cartel de convocatoria a una conferencia de CWO (TCI).
Debido a esta herencia política, la TCI es un componente del futuro partido, ya que espera mantener vivas las lecciones de las luchas de la clase obrera del pasado para las nuevas generaciones. Se trata de que no tengan que pasar por todos los errores pasados de la clase trabajadora antes de entender qué deben hacer a continuación. Al mismo tiempo, reconocemos que la situación de la clase obrera hoy, y en el futuro, es y será diferente a la del pasado. Por eso estamos abiertos a nuevas ideas en vista de los problemas que la futura ola revolucionaria planteará a cualquier minoría política de la clase.

La TCI no se considera un mero centro de discusión, sino un núcleo del futuro partido internacional, por lo que se estudian otras experiencias que pueden contribuir a su construcción. La adhesión de la TCI a una plataforma política común y clara, su constante intento de mantenerse en contacto con la clase más amplia y arraigarse en ella dentro de los límites obvios de las condiciones objetivas y subjetivas existentes, define su trabajo hacia la creación de dicho partido.

En nuestra lucha por el comunismo hemos planteado constantemente la cuestión del Partido Internacional. A menos que la clase obrera mundial forje esta herramienta política como parte del crecimiento de su conciencia revolucionaria, se enfrentará a más derrotas en el futuro. Nuestra más sincera esperanza es involucrarnos con nuevos grupos que tomen conciencia de la necesidad de derrocar el sistema, para darles una brújula política en la que apoyarse. Al mismo tiempo, buscamos el diálogo con los grupos existentes, para cooperar activamente cuando sea posible, acordar desacuerdos cuando sea necesario y, en última instancia, unirnos a medida que la historia avanza inexorablemente y se desarrolla un verdadero movimiento de clase.

Tendencia Comunista Internacionalista, junio de 2018

 
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