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Sangre y deuda

14 de febrero, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe semanal

En los medios europeos esta fue la semana de los Oscars y del triunfo electoral del Sinn Féin en Irlanda, todo acompañado de nuevos episodios de crisis política en Alemania y España. Todos esos temas los tratamos en detalle en estos días, pero no podemos cerrar la semana sin poner el foco en al menos dos ejes más: la renegociación de la deuda argentina y la escalada global de la guerra y el militarismo.

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Argentina comenzó la negociación con el FMI, que arrancó negando cualquier posibilidad de quita. El argumento de partida de la vicepresidenta, apoyada por Alberto Fernández es que el FMI incumplió su estatuto al prestar dinero destinado a evitar la devaluación de la divisa. La razón real es que, sin quita, cualquier intento de un superavit presupuestario golpearía aun más la actividad económica y generaría automáticamente recesión. El gobierno argentino en realidad propone que se reduzca la deuda hasta hacer posible pagar lo que quede y sin bajar del 2% de crecimiento.

A su favor Fernández cuenta las promesas arrancadas durante su accidentado tour europeo a Merkel, Macron, Conte y Sánchez. En contra un «riesgo país» que no para de subir y la última andanada de la guerra comercial de EEUU: el gobierno Trump está modificando una exención de las leyes comerciales de Estados Unidos. Dos docenas de «países en vías de desarrollo» perderían las actuales facilidades arancelarias, entre ellos China, India, Sudáfrica… Brasil y Argentina.

La izquierda argentina respondió con una movilización sobre bases nacionalistas, es decir defendiendo al capital nacional frente al FMI proponiendo el no reconocimiento de la deuda, la nacionalización de la banca y la estatalización de las empresas quebradas. Pero el problema no es un capital imperialista extranjero contra un capital nacional «bueno» al que habría que proteger porque el desarrollo capitalista está por llegar. El problema es que el capitalismo como un todo no tiene ya un verdadero horizonte de desarrollo por delante y que los capitales nacionales del «modelo exportador», semicoloniales, como el argentino, no tienen otro encaje posible en el capital global ni oportunidad alguna de desarrollo independiente en un mundo de mercados saturados y guerras comerciales.

Y en esas condiciones a la Argentina, como a cualquier región o sector sin capacidad para incorporar más capital, le va a corresponder cada vez menos en la tarta global de las ganancias. Sea bajo el gobierno de Macri, del peronismo o de la izquierda, sea «liberalizando» monopolios o estatizando ¡¡a las quebradas!! la única manera de salvar al capital nacional es a costa de los trabajadores. Por si había dudas: el salario medio, medido en dólares, cayó un 44,3% desde 2015 cuando nos decían que «iba bien». No, no va de salvar al capital nacional con medidas capitalistas de estado, va de enfrentar al capital como un todo y desde ya con consignas anticapitalistas.

Submarino nuclear francés.

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Dos declaraciones de intenciones estratégicas han sido el centro de esta semana. En primer lugar el presupuesto federal de EEUU presentado por Trump. EEUU está ganando la guerra comercial, en 2020 espera crecer un 3% y las perspectivas estructurales parecen dar la razón al trumpismo: viene, dicen los economistas norteamericanos, una renacionalización y automatización de las cadenas productivas. ¿Qué trae en ese marco el presupuesto? Aun más militarismo (44.000 millones de euros) y nuevos recortes millonarios en protección social, educación y salud.

En Europa, prácticamente al mismo tiempo, Macron daba un golpe de mano presentando la doctrina estratégica militar y nuclear francesa, afirmando que agruparse en torno al «paraguas nuclear» francés es la última opción para los capitales europeos para poder hacer valer sus propios intereses imperialistas sin ser absorbidos por la polarización China-EEUU, la carrera nuclear Rusia-EEUU y el caos de conflictos cada vez más violentos y con más agentes con agendas imperialistas propias.

Solo podemos sacar dos conclusiones: la primera que la generalización de la guerra es ya una realidad cada vez más peligrosa integrada en la consciencia política y militar inmediata de los estados europeos; la segunda que las respuestas solo van a agravarla, y que la forma francesa de hacerlo va a intentar empujar a la UE post-Brexit a convertirse en un bloque militar

Y para dar prueba de la voluntad de afimación militar franco-europea, ofensiva militar francesa en Mali seguida de un casi inmediato contraataque político del gobierno maliense, que intenta escapar del control francés, con su Presidente reconociendo en exclusiva a la TV francesa negociaciones con grupos jihadistas y un camino para poner fin al «número de muertes exponencial» en el Sahel muy distinto al macronita. No fue la única supuesta «rebelión» de un aliado que han sufrido esta semana las grandes potencias. Esta semana Duterte puso fin al acuerdo de colaboración en defensa con EE.UU. Una señal no tanto de una perspectiva estratégica propia –es imposible para Filipinas contrarrestar la presión china sin su antiguo colonizador– como de la necesidad de obtener alivio económico en proyectos con China.

Caravana de refugiados huyendo de las tropas de El Assad.

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El foco más sangriento de la semana ha estado de nuevo en Siria, donde continúa la escalada entre Turquía y las tropas de El Assad apoyadas por Rusia.

El acuerdo tácito entre Rusia y Turquía era que solo se enfrentarían directamente tropas de tierra sirias. Las de el Assad con apoyo de la aviación rusa, las del Ejercito Libre Sirio con apoyo de la artillería turca. La realidad: Idlib se ha convertido en la piedra de toque de la interminable guerra siria y tanto las bases aéreas rusas como los soldados turcos empiezan a ser objetivos directos.

Durante la semana, las declaraciones obscenamente militaristas de Erdogan y su gobierno y las sangrientas amenazas de El Assad y el suyo acabaron dejando a Rusia como mediador imposible. No solo es que las conversaciones entre Erdogan y Putin no llegaran a nada, es que las propias tropas rusas se vieron cercadas por las facciones sirias apoyadas por Turquía.

En este momento el gobierno de Erdogan sigue mandando refuerzos para imponer un alto el fuego a la fuerza… aun a costa del riesgo de entrar en una guerra total.

Y mientras, cientos de miles de refugiados siguen huyendo de las tropas de El Assad en «la migración más rápida que hemos visto» según funcionarios de la ONU. Es también la mayor de la guerra hasta ahora y se perfila como «catástrofe humanitaria», con miles de niños, enfermos y viejos a la intemperie con temperaturas bajo cero.

Esta semana cazas taiwaneses y chinos tuvieron roces sobre la isla.

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Nada nos puede hacer esperar que las tensiones imperialistas vayan a relajarse, ni en Siria, ni en el Mediterráneo Oriental ni, mucho menos, globalmente.

Bien al contrario, los focos de guerra se expanden, los arsenales globales se amplían y las tensiones entre potencias se agravan al ritmo de las dificultades del capital global. Como se ve con los presupuestos de EEUU, ni siquiera cabe esperar alivio para los trabajadores de la potencia «triunfadora», todo lo contrario: la perspectiva del hambre se extiende también allí mientras miles de millones se dedican a nuevos armamentos. ¿Y pretenden que cerremos filas con «nuestro» capital nacional, que nos reserva cada día más miseria y militarismo?