Sánchez en América

Los dirigentes de los «siete grandes» y el presidente de la poderosa AEB (Asociación Española de Banca) a principios de los 80: Alejandro Albert (Hispano Americano), Alfonso Escámez (Central), Ángel Galíndez (Vizcaya), José Mª Aguirre Gonzalo (Banesto), Luis Valls (Popular), Emilio Botín (Santander), Rafael Termes (AEB) y José Ángel Asiaín (Bilbao).
La historia reciente del capital español suele contarse desde un ángulo muy limitado, el de la llamada «Transición». Pero el proceso de transformación del aparato político del estado y la culminación del conjunto de perspectivas, fusiones y alianzas que define al capitalismo de estado español quedaría muy cojo sin tener en cuenta su dimensión imperialista.

El proceso de transformación del aparato del estado y la culminación del capitalismo de estado español que se conoce como «Transición» estaría cojo sin contar su dimensión imperialista

Una historia reciente del imperialismo español

Una de las muchas manifestaciones de trabajadores contra la «reconversión» de los ochenta.
Bajo la bandera de la «competitividad» del aparato productivo y la estructura empresarial urgida por por la «entrada en Europa» (1985) y la perspectiva del mercado único europeo (1992), los gobiernos de Felipe González impulsaron una profunda transformación del capitalismo de estado español. Se trató, sobre todo, de un acelerado proceso de concentración de capitales alimentado por el estado y sostenido en un aumento simultáneo y general de la tasa de plusvalía y la composición orgánica del capital. Es la década de las «reconversiones industriales» y la primera precarización, entonces llamada «juvenil»; los años de las fusiones aceleradas de bancos -los «siete grandes» de 1982 son hoy Santander y BBVA-, las privatizaciones y recapitalizaciones masivas de las grandes compañías públicas (Telefónica, Repsol, Aguas de Barcelona, Iberia, Trasmediterránea…) y finalmente de la primera gran reforma de las cajas de ahorros, que llevó a la expansión territorial e industrial de «la Caixa».

Las fusiones bancarias, las «reconversiones», la entrada de capitales y las privatizaciones, «modernizaron» y concentraron al capital español preparándolo para sobrevivir en Europa y «reconquistar» América

Raúl Alfonsín en la Moncloa con Felipe González en 1984
Con todo ese capital acumulado, el estado utilizó las conmemoraciones del «Vº Centenario» para dar una orientación particular y definida al imperialismo español: «Iberoamérica», es decir, el conjunto de territorios europeos y americanos de lengua española y portuguesa. Eran mercados en los que EEUU había dominado sin competencia y practicado su intervencionismo más burdo y brutal. El «felipismo» supo sacar provecho de ello: la salida de las dictaduras militares llevó al poder a una generación de dirigentes (desde radicales argentinos y apristas peruanos a miristas bolivianos y socialistas chilenos y uruguayos) con fuertes lazos con el PSOE, entre otras cosas porque muchos habían estado exiliados en España o recibido ayuda directa de su entonces joven tejido de fundaciones, auspiciadas en principio y creadas a su vez a imagen y semejanza de sus equivalentes alemanas. Equilibrar a EEUU con la España «socialista» podía ser presentado como un signo de independencia e incluso como una sutil resistencia anti-imperialista. El capital español y una mirada de consultores se convirtieron en los facilitadores de franceses, italianos y alemanes mientras eran vistos con cada vez más recelo por EEUU y Gran Bretaña. El resultado fue un éxito sin ambages para el fortalecido imperialismo español. En menos de diez años, los «campeones nacionales» españoles generaban la mitad de su dividendo en Sudamérica al tiempo que el capital español podía sentirse bien insertado en Europa, fuertemente ligado a París y Berlín en lo que se encaminaba ya a convertirse en «Unión Europea» y sin embargo menos dependiente del «eje franco-alemán» que cualquier otro país mediterráneo.

El «felipismo» supuso la reorientación imperialista del capital español hacia «Iberoamérica». Un éxito que dio al capital español una autonomía e influencia única para un país mediterráneo dentro de Europa

José Manuel Durao Barroso, Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar en la cumbre de las Azores.
La llegada al poder de Aznar no cambió la orientación imperialista española durante su primera legislatura. Sin embargo, el desentendimiento de los socios europeos ante el incidente de la isla Perejil (2002) y la intervención de EEUU, en el cambiante contexto imperialista que siguió al atentado del 11S, llevaron al entonces presidente a liderar un cambio drástico que puso a prueba la cohesión de la burguesía española. Ante la campaña estadounidense que culminó en la invasión de Irak, el gobierno español se posicionó con EEUU y Gran Bretaña (Cumbre de las Azores, 2003) frente al fallido consenso a la contra de Alemania y Francia e incluso desplegó tropas tras la invasión como parte de la fuerza internacional liderada por EEUU. Semejante giro significaba también un pacto tácito respecto a los entornos de competencia y colaboración inter-imperialista. El capital español, que hasta entonces había apostado fuertemente por el «eje Pacífico» y México, frenó su avance y en cambio intentó, infructuosamente, ganar posiciones, concesiones públicas y privatizaciones en Argelia, Marruecos y Rumanía, tradicionalmente ligados a Francia, pero también en Turquía, ligado a Alemania desde hacia casi un siglo. Es ahí cuando BBVA, empujado por una serie de intercambios entre Aznar y Erdogan, empieza su periplo turco que tan criticado es ahora.

El «giro atlantista» de Aznar creó fisuras duraderas en la burguesía española e inició una erosión acelerada de su posición imperialista en América y en Europa

Uribe, Zapatero, Hugo Chávez y Lula.
En aquel contexto de aceleración de la descomposición y la guerra generalizada en Oriente Medio, buena parte de la burguesía española, incómoda con un «giro Atlántico» que le obligaba a buscar mercados y colocación a sus capitales en un Mediterráneo cada vez más problemático, no podía sino interpretar el atentado del 11M de 2004 en Madrid como una confirmación del aventurerismo de Aznar. La fractura, acallada por los buenos resultados económicos de la orgía especulativa de los años Zapatero, continuaba. Zapatero trató de nadar entre ambas: mientras hacía bandera hacia el Mediterráneo de la «Alianza de civilizaciones», sacaba a las tropas españolas de Irak; mientras aupaba a la Caixa -foco tradicionalmente orientado al Mediterráneo del imperialismo español- al control de Repsol, intentando salvar in extremis los contratos de explotación en Argelia y reorientándolos hacia América del Sur, batallaba contra la venta al capital alemán de Endesa -buque insignia del capital español en Chile- asumiendo un coste tremendo para al final acabar entregándola a la empresa pública energética del estado italiano. Todo mientras intentaba vender material militar y barcos a la Venezuela de Chávez y negociaba con Evo Morales las condiciones de nacionalización del gas y de los fondos de pensiones públicos («AFP»), cuya gestión había quedado en manos de BBVA y Santander. Al cabo de dos legislaturas intentando batallar en dos frentes simultáneos, la capacidad del imperialismo español se demostraba insuficiente en un mapa de conflicto capitalista global al que le saltaban ya las costuras. España dejó languidecer la «Cumbre Iberoamericana» para en su lugar concentrarse, a modo de legado de Zapatero, en una cumbre «UE-CELAC» («Unión Europea- Comunidad de estados latinoamericanos y del Caribe») donde concedía hasta el nombre de la región en favor de aquel inventado originalmente por Francia en su intentos de conquista de México en el XIX («Latinoamérica») y adoptado luego por los gestores financieros de la City y Wall Street («Latam»). Y si la situación era ya de debilidad confesa, la crisis de 2009, el rescate bancario y los años Rajoy (2011-2018) acabaron definitivamente con el sueño imperial felipista.

Los intentos de Zapatero por reconciliar las orientaciones imperialistas divergentes de distintos sectores de la burguesía española fracasaron y el fracasó se agravó con la crisis y la parálisis política de los años Rajoy

¿Qué hace un presidente como tú en un continente como éste?

Sánchez en uno de sus «posados robados» en Doñana con Merkel y sus respectivas parejas, este verano.
Sánchez llegó a la Moncloa sabiendo que tenía por delante una contrarreloj. Antes de llegar a nuevas elecciones tenía que convencer ante la burguesía española de que la salida de su estancamiento no pasaba por el orillamiento de los dos grandes partidos. Sabe que en la interna solo puede plantear deseos y sacar adelante leyes «menores» para los intereses de la burguesía. Está lejos de la mayoría parlamentaria, tiene enfrente un independentismo catalán encallado pero empecinado y un PP al que intenta echar capotes pero que seguramente no sepa evitar una nueva implosión. Así que los esfuerzos de Sánchez pasan por el gesto y la política exterior.

Sánchez corre una contrarreloj para demostrar a la burguesía española que la solución a su estancamiento y la renovación de su aparato político no pasa por orillar al PSOE y al PP

Merkel, Sánchez y Tsipras en un aparte durante la cumbre europea sobre migraciones.
Su apuesta en la crisis del «Aquarius» fue esencialmente la misma que la que le llevó al poder en España: presentarse como equilibrista entre dos fuerzas agotadas. No le salió mal… pero el gran juego europeo le excede tanto a él como a la burguesía española. ¿Opción alternativa? Intentar representarse como un nuevo Felipe Gónzalez a la burguesía española. El lema: «Hablar a toda la comunidad iberoamericana desde su diversidad»… sea lo que sea que quiera decir. Porque los motivos aducidos en la ruta elegida (Chile, Bolivia, Colombia, Costa Rica) son cuando menos sorprendentes. Según la explicación oficial el equipo de Sánchez eligió los países por su tamaño, PIB per capita y localización. Objetivo: una «muestra representativa». ¿Una «muestra»? ¿Piensa reflotar el imperialismo español con estadísticas?

Sin opciones de ir más allá de lo declarativo en España, sin fuerza para contribuir a desatascar el estancamiento franco-alemán en la UE, Sánchez necesita éxitos americanos para presentarse como un nuevo González.

Piñera y Sánchez en Santiago
No solo la ruta y sus criterios, sino los temas y contenidos en la agenda que se ha publicado dejan atónitos a propios y extraños. Empezando por Chile. Temas declarados para tratar con Piñera: colaboración en ciberseguridad y acuerdo de reconocimiento de títulos universitarios. ¿Hacía falta un viaje presidencial para uno de esos apartes que realizan los números tres de los ministerios en las Cumbres Iberoamericanas sin pena ni gloria? Obviamente toda la élite chilena pensaba que era solo una cobertura. Pero no, se trataba, como declaró el asesor de exteriores de Sánchez, de «dejar clara la importancia de la región para España»… Puro protocolo de reuniones breves y fotos, declaración de lugares comunes sobre Venezuela con Piñera y gesto de adhesión al mito allendista ahora en su versión «memoria histórica». ¿Sustancia política o económica? Ninguna. Muy simbólicamente, en la recepción por los presidentes de las cámaras en el viejo Parlamento de Santiago, los frutales del patio fueron «decorados» con naranjas compradas para la ocasión para que parecieran más fecundos y frondosos de lo que son.

La falta de propuestas y objetivos concretos de Sánchez en Chile han dejado atónitos a comentaristas y políticos. Apreciaron el gesto, no vieron el negocio.

Evo Morales condecora a Pedro Sánchez con la «Gran orden del cóndor de los Andes»
En Bolivia el «revolucionario» favorito del FMI, Evo Morales, le recibió en medio de su propia bronca con la pequeña burguesía urbana para firmar un acuerdo que afirma la seguridad jurídica de las inversiones en el «corredor bioceánico». Basicamente: Morales se compromete a que el estado boliviano no nacionalizará nada mientras la inversión no sea amortizada. El contenido es tan obviamente declarativo, tan limitado a las buenas intenciones que no puede sino producir escepticismo entre un capital español que lleva dos décadas siendo invitado al proyecto y está mucho más escarementado que el alemán. Morales, en medio de un «show» discursivo indigenista con ditirambos para Repsol, le pidió que mediara ante la UE para organizar la próxima cumbre UE-CELAC, Sánchez recogió el guante feliz y acabó dándose un baño de relaciones públicas para sorpresa del los desconfiados bolivianos. La crónica de «El Deber» resumía: «Se creía que venía a reclamar por los fondos del BBVA en las AFP y terminó bailando y tomándose selfis con todo mundo».

La prensa boliviana dice sorprendida de Sánchez que «se creía que venía a reclamar por los fondos del BBVA en las AFP y terminó bailando y tomándose selfis con todo mundo»

Duque y Sánchez en Madrid el 5 de julio pasado.
La anécdota boliviana da ya una pista de los objetivos de Sánchez. En Colombia, hoy, visitará a Duque en Nariño para «ofrecerse» como mediador en el proceso de paz con el ELN bajo las condiciones que desee Colombia, con otros mediadores o en solitario, en territorio colombiano o en España… es decir, Sánchez, con Duque como con Morales, en Chile como en Bolivia y Colombia, va para pedir. Pedir oportunidades para existir en la diplomacia continental y participar en ocasiones más o menos históricas, sea como conseguidor, mediador, facilitador o lo que haga falta, porque salvo en Colombia, tampoco ha llevado ninguna propuesta con una mínima concreción.

El ofrecimiento para mediar en la negociación con la guerrilla del ELN en Colombia solo tiene un objetivo: estar presente, aparecer como España en el juego diplomático americano

Sánchez en el avión camino de Chile con miembros de su equipo.
En realidad Sánchez lo que persigue es una imagen y un relato. Consciente de que no tiene tiempo para desarrollar líneas estratégicas de fondo o proponer una estrategia para el imperialismo español en América, quiere encontrar valedores para convencer a la burguesía española de que puede tejer relaciones útiles a sus intereses imperialistas en el mercado extra-europeo más importante para el capital español. De ahí la necesidad de «la muestra»: dos presidentes de la derecha sudamericana, el pinochetista Piñera y el uribista Duque, y dos presidentes de la izquierda, el bolivariano Morales y el socialdemócrata Alvarado.

Sánchez busca en los presidentes americanos valedores para convencer a la burguesía española de que puede tejer relaciones útiles a sus intereses imperialistas en el mercado extra-europeo más importante para el capital español

¿Qué esperar del capital español en América?

Ocaso en Madrid.
El capital español ya no tiene la fuerza ni la retaguardia de los años felipistas. Y el contexto global y regional no podía resultarle más adverso. Por mucho que la burguesía española evoque aquellos «años prodigiosos» de acumulación y expansión imperialista, no tiene capacidad para volver a levantar nada parecido. Lo sabe y si tuviera la tentación de olvidarlo, los agónicos traspiés de la burguesía británica se lo recuerdan cada día. Como el Cid, se lamenta a coro cantando «¡qué buen vasallo si hubiera buen señor!», mostrando su «compromiso europeista» día sí y día también. Su estrategia en América durante los últimos años ha oscilado entre el conservadurismo del que sabe que podría soportar pocos envites y la pura y simple desinversión para tapar agujeros en casa y defender sus empresas insignia de la voracidad de sus competidores internacionales. A día de hoy está ya lejos de poder volver a plantear una «estrategia iberoamericana» autónoma de la Unión Europea. En el futuro, más allá de treguas temporales en la guerra comercial, la perspectiva a medio plazo es hacia enfrentamientos, en principio comerciales, cada vez más violentos con EEUU, China y Gran Bretaña. Y en ellos, el imperialismo español será cada vez más escudero que caballero. Los sueños imperialistas en español, llámense «Patria Grande» o «Iberoamérica», no tienen «una segunda oportunidad sobre la tierra».

España está ya lejos de poder volver a plantear una estrategia autónoma de la UE. Los sueños imperialistas en español, llámense «Patria Grande» o «Iberoamérica», no tienen «una segunda oportunidad sobre la tierra»
 
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