Renta Básica Universal

Experimento de Renta Básica en Finlandia.

Después de un año, el gobierno finés ha decidido que cuando acabe su experimento de «Renta Básica Universal», en 2019, no expandirá el modelo ni seguirá adelante con las 2000 personas que hasta ahora se beneficiaron de ella. Es un golpe para el modelo que la nueva izquierda y una parte del liberalismo, han tomado como bandera, pero no por eso se caerá de los programas electorales. ¿Qué es y qué significaría la Renta Básica Universal desde un punto de vista de clase?

¿Qué es la Renta Básica Universal?

Cartel de uno de los muchos actos de promoción de la RBU en España.

La Renta Básica Universal (RBU) es una cantidad de dinero fija y suficiente para llevar una «vida digna» que recibiría toda persona por el hecho de tener la nacionalidad o, en algunos casos, la residencia. En el modelo propuesto en España, equivaldría a la línea de la pobreza: el 50% de la media de ingresos. Todo el mundo, por rico que fuera, lo cobraría. Los más acaudalados pagarían una cantidad de impuestos mayor que la RBU y se convertirían en contribuyentes netos al sistema. La RBU es por tanto un sistema de redistribución de los ingresos que pretende tener dos virtudes:

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Instauraría una «ciudadanía efectiva». Nadie tendría por qué aceptar condiciones de trabajo infames o salarios por debajo del umbral de pobreza porque tendría garantizado un mínimo decente. La desigualdad rampante se reduciría de un hachazo y la coacción económica permanente de las clases propietarias desaparecería del escenario político, sustituyendo el conflicto de clase por el debate ciudadano.

La RBU se promociona como un nuevo derecho universal de ciudadanía.
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Asegura una base de consumo capaz de mantener el capitalismo en marcha bajo la robotización. Las empresas podrían contratar menos personas -gracias a la productividad incrementada por el desarrollo tecnológico- sin temer que la reducción del número de trabajadores se convirtiera en menor demanda de sus productos. Dicho de otro modo: la RBU acabaría con la «sobreproducción», característica de las crisis capitalistas como la actual.

La #RBU promete reducir la desigualdad, fortalecer la capacidad de negociación de los trabajadores e incluso acabar con la crisis. Pero ¿funcionaría?

La crítica marxista de la Teoría Económica

Primera edición de «El Capital» con dedicatoria manuscrita de Marx a Eccarius.

El capitalismo se basa en una relación social muy sencilla: el incremento de valor que realiza el trabajo -la plusvalía- es apropiado por el capital y se integra a éste. Por eso, como apunta Marx, «la existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajador que la produjo; la demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada», es decir, suficiente, para «comprar» todo lo producido. Por eso el capitalismo es brutalmente expansivo desde el primer momento: necesita llevar al mercado a masas de campesinos independientes y artesanos en los países donde se desarrolla porque necesita una demanda mayor de la que él mismo produce. Este mecanismo se reproduce a escala global y explica la rapidísima extensión del capitalismo en el mundo durante el siglo XIX en busca de mercados. Esta expansión se produce en ciclos de auge, desarrollo tecnológico y crisis que culminan con una nueva expansión del mercado mundial, tanto dentro de cada estado capitalista como geográficamente, absorbiendo nuevas regiones y países en él.

Botadura de uno de los primeros grandes vapores mercantes británicos que sirvieron para reducir los costes de transportes de mercancías y expandir el comercio internacional.

Gracias a la expansión del mercado mundial, estos ciclos comienzan con una demanda suficiente para toda la producción. Todo lo que se produce se vende y el capital puede «realizar» la plusvalía producida. Pero la competencia entre los destinos del capital da incentivos a las empresas a aumentar la plusvalía. Cuanto más beneficios -materialización última de la plusvalía- den, más capitales atraerán. El capital solo tiene dos maneras de hacerlo: pagar menos por hora trabajada (incrementar la plusvalía en términos absolutos) o aumentar lo que se puede producir en una hora de trabajo (aumento relativo de la plusvalía). Este segundo camino es el de la mejora tecnológica. Implica nuevas inversiones, más capital por trabajador, es decir, aumentar la relación entre la inversión (capital fijo) y los salarios (capital variable), dicho en términos marxistas «aumentar la composición orgánica del capital».

El resultado es evidente: como cada unidad de producto contiene una cantidad de trabajo menor, el beneficio por unidad de producto (la «tasa de ganancia») se reducirá. La forma de contrarrestar esto es simplemente producir y vender más («aumentar la masa de producto») para que una cantidad mayor, vendida al nuevo precio inferior, produzca un beneficio mayor que el de partida. Por supuesto esto no es inmediato. Las primeras empresas que hacen el cambio no bajan casi los precios, pero conforme nuevas empresas ganen inversores y apliquen la nueva tecnología, la única forma de colocar toda esa nueva masa de productos será bajar los precios hasta el punto en el que la tasa de ganancia se iguale entre todos los competidores.

El imperialismo no es más que el resultado de la imposibilidad de realizar toda la plusvalía en un mercado interno donde los trabajadores son ya la gran mayoría de la población y por definición no pueden comprar todo lo que han producido.

Este es todo el secreto del ingente desarrollo de las fuerzas productivas de que el capitalismo fue capaz. El problema es que, aunque bajen los precios, llega un momento en que el mercado se queda pequeño. Es entonces cuando aparecen las burbujas de crédito que preceden a toda crisis: el capital tira la pelota hacia delante y sigue a lo suyo. Cuando las burbujas estallan o amenazan con hacerlo, la realidad aparece tal cual es: el mercado capitalista se ha tornado insuficiente para absorber toda la producción. Productos de todo tipo, casas, bienes, servicios… quedan sin vender o simplemente dejan de producirse. Hay una aparente «sobreproducción», sobreproducción que es tal en relación a la demanda que el mercado capitalista genera, por supuesto, no en relación a las necesidades humanas. Las empresas reducen la producción y despiden a trabajadores. Y los despidos generan otra nueva reducción de la demanda. Estamos en la crisis capitalista típica: burbuja de crédito, sobreproducción y desempleo. La salida: una nueva ampliación del mercado. De ahí la prodigiosa expansión durante todo el siglo XIX del modo de producción capitalista. El capitalismo es un gigantesco parásito que solo puede vivir realizando la plusvalía sobre modos de producción pre-capitalistas… a los cuales absorbe en el mercado a través del intercambio («subsunción formal» de los viejos sistemas por el capital) y finalmente transforma hacia la producción de plusvalía («subsunción real por el capital»). Pero el globo es finito y también el volumen de la creación de valor de la que, globalmente, son capaces los productores independientes de valor, los campesinos independientes, los artesanos, etc. que no producen plusvalía. El resultado es una saturación permanente de mercados que produce un capitalismo sin ocupaciones rentables suficientes para todo el capital que reproduce y se incrementa (la famosa «sobreacumulación»). Esta nueva etapa, esta fase global del capitalismo como un todo, es lo que se llama imperialismo.

Lee también nuestra introducción a la crítica marxista de la teoría económica

  1. Mercancía, trabajo y capital
  2. El plusvalor
  3. Acumulación, mercados y crisis
  4. El imperialismo en Rosa Luxemburgo y en Lenin

La RBU desde la crítica marxista

Las urbanizaciones y torres de pisos vacías fueron el símbolo y el síntoma de la «sobreproducción» en la primera etapa de esta crisis en España.
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La crisis capitalista no se produce por una distribución desigual del ingreso. Por mucho que corrijamos la desigualdad en los ingresos, los mecanismos que llevan a la crisis son parte intrínseca del modo de producción. Es la existencia de plusvalía la que hace insuficiente el mercado, no la distribución de ingresos entre miembros de las distintas clases de la sociedad. La RBU por tanto no puede acabar con la sobreproducción porque por mucho que se llegara, como defendía la pequeña burguesía demócrata del siglo XIX, a un «ingreso equitativo» la suma de todos los ingresos de la población involucrada en la producción capitalista (burgueses y proletarios) no llega para comprar todo lo producido. La burguesía lo sabe, se da cuenta que toda distribución del ingreso no le generaría significativamente más capacidad de compra. Es cierto que elevar a una pequeña parte de la población de la miseria al límite de la pobreza aumentaría mínimamente los consumos básicos, pero en términos globales el resultado sería casi inapreciable y en todo caso, la burguesía cuenta con las políticas asistenciales ya para ello.

La #RBU no puede acabar con la sobreproducción porque esta nace del modo de producción, no de la distribución del ingreso: la suma de todos los ingresos de burgueses y trabajadores no llega para comprar todo el valor producido.

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La RBU no reduciría a medio plazo la desigualdad. Esta es el reflejo de la monstruosa sobreacumulación de capital… que es producto de la tendencia permanente a la crisis del capitalismo imperialista. Si durante las décadas que siguieron a la II Guerra Mundial no se produjo desigualdad en el grado «escandaloso» de hoy es porque la guerra había destruido la mayor parte del capital mundial en forma de infraestructuras, fábricas y todas las formas posibles de capital fijo, dando lugar donde colocarse a nuevas masas de capital y permitiendo, sobre los escombros y los cadáveres de 70 millones de personas, un nuevo ciclo de acumulación que llegó a su cima casi treinta años después, a finales de los sesenta. A partir de ahí, se reproducen una y otra vez todos los síntomas de la crisis: baja de la tasa de ganancia, burbujas financieras, desempleo endémico… con las irremediables tendencias a la guerra de un capitalismo al que el propio mercado capitalista se le ha quedado pequeño. Entre todos estos síntomas podemos ver ya una sobreacumulación brutal: masas inmensas de capital que no tienen lugar en el sistema productivo se destinan a la especulación, «flotan» en mundos virtuales de apuestas sobre los resultados del sector productivo o las tendencias de consumo. Forman lo que se llama «capital ficticio». Este capital ficticio es ya el triple del capital productivo. La desigualdad galopa sobre su lomo… Y la RBU no la ataca en ninguna medida.

La desigualdad es un reflejo de la sobreacumulación. El capital ficticio es ya el triple del capital productivo. La desigualdad galopa sobre su lomo... Y la #RBU no la ataca en ninguna medida.
La robotización bajo un capitalismo que no tiene dónde expandirse, a falta de nuevos mercados, produce desempleo.
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La RBU no paliaría los efectos de la robotización sobre el desempleo. La robotización, como toda mejora tecnológica en la producción, produce desempleo si no hay un mercado suficiente en el que colocar una masa mayor de producto. Pero, como hemos visto, ese es precisamente el problema del capitalismo de hoy, y la RBU, como cualquier sistema redistributivo del ingreso, no puede «crear nuevos mercados», ni siquiera aumentar significativamente la demanda. Las tendencias a la robotización no solo seguirán sino que, en un escenario de guerra comercial, se harán más fuertes que nunca para aumentar la competitividad de las exportaciones, y generarán más desempleo que nunca -porque los mercados exteriores tenderán a reducirse para el capital nacional.

La #RBU no paliará las consecuencias de la tendencia a la robotización. En un periodo de guerra comercial y escasez endémica de demanda, será más fuerte y producirá más desempleo
Horas extra ilegales en España.
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¿De qué va entonces la RBU? ¿Cuál es el debate? La RBU es un polo del continuo en el que la burguesía ve las posibles respuestas a la crisis. En un polo tendríamos a los que ven como un lastre al 30% de la clase trabajadora por su «dudosa empleabilidad», es decir, la parte de la burguesía que a estas alturas da por hecho que no tiene capacidad para explotar a casi un tercio de los trabajadores… pero que se resiste a tener que pagar nada para evitar una fractura social. En el otro polo, los defensores de la RBU proponen convertir la necesidad en virtud, utilizando un sistema redistributivo para dar materialidad a su idea de «ciudadanía»… que no soluciona la crisis ni sus peores consecuencias para los trabajadores. Para los primeros, gastar en parados de larga duración es solo engordar el peso del estado de forma improductiva. Para los segundos, la RBU es la forma de convertir la exclusión en nacionalismo, difuminando la relación con el trabajo y con ella la identidad de clase, aumentando la dependencia directa del estado y la separación entre «nacionales» y «emigrantes».

La burguesía sabe que el sistema «no da» y renuncia a explotar a casi 1/3 de los trabajadores. Un polo propone abandonarlos a su suerte, otro «estatalizarlos» y reforzar el nacionalismo vía #RBU

¿Hay alternativas?

Programa El Socialista
Primera publicación del programa socialista en separata de «El Socialista».

La alternativa histórica que está planteada en nuestros días se da entre un capitalismo que es incapaz de aumentar las capacidades productivas de la sociedad sin destruirla y que nos amenaza cada vez más abiertamente con la guerra, y la transformación radical de la sociedad desde su base para desmercantilizarla de arriba a abajo. Sin embargo, tiene poco sentido plantearse cada lucha concreta, cada debate público incluso, directamente en su enunciado histórico. Cada momento de la vida del capital y de la lucha de clases tiene una serie de reivindicaciones que expresan ese antagonismo histórico en su forma más concreta.

Eso es lo que se llamó «programa de transición». No es un nombre alternativo para el famoso «programa mínimo» del movimiento obrero durante el siglo XIX. Durante el capitalismo ascendente el programa mínimo ganaba posiciones para los trabajadores -libertades políticas y de organización fundamentalmente- y aseguraba que los resultados de las luchas económicas se hicieran extensivos a los sectores más débiles de la clase. En la medida en que estábamos ante un capitalismo en expansión, esas «conquistas» podían convivir con el propio desarrollo del sistema y hacerse duraderas en el tiempo… por lo cual eran, aparentemente, solo aparentemente, independientes del «programa máximo», el paso a la transformación revolucionaria de la sociedad que quedaría para una etapa posterior. La frontera, según todos los revolucionarios de la época, de Rosa Luxemburgo a Lenin, vino marcada por el estallido de la primera guerra mundial, materialización de la incapacidad del capitalismo para seguir expandiéndose y desarrollando las fuerzas productivas de la sociedad sin producir y ser en sí mismo, una catástrofe global.

«Pro segundo Manifiesto Comunista». Edición bilingüe en francés y español de 1965.

En esa nueva fase, la nuestra, las consignas concretas suponen cada vez más, conforme la crisis se eterniza y se convierte en modo de vida de un capital periclitado, en un choque, una puesta en cuestión de la capacidad del capitalismo para satisfacer las necesidades humanas. No se espera que el capitalismo pueda satisfacerlas de forma duradera, de hecho solo cabe esperar parches cada vez más temporales. Por eso, las consignas «de época», hoy, son «de transición», pues deben facilitar la transición hacia una situación en la que los propios trabajadores tomen directamente en sus manos su puesta en marcha, con todo lo que ello significa: la superación en los hechos del capitalismo.

En 1949, cuando comenzó la redacción del «Pro Segundo Manifiesto Comunista», sus redactores -Benjamin Peret y G. Munis- llamaron a ese programa «Tareas de nuestra época». Tras afirmar la necesidad de acabar con el trabajo a destajo, el segundo punto reclamaba:

Reducción de la semana de trabajo a 30 horas (primer paso), sin disminución alguna del salario, al cual han de incorporarse las primas, indemnizaciones, horas extra, etc., cuanto constituye, encubre o espolea el trabajo a destajo.

Es llamativa la actualidad de estas consignas. Actualidad que, en sí misma, es una demostración del carácter reaccionario del capitalismo en la actualidad. Hoy vuelve el destajo vestido de ecologismo y «sharing economy»; la jornada de trabajo lleva congelada años en las 40 horas… sobre el papel, porque la precarización y la generalización de las horas extras no pagadas, la han estirado en la práctica al tiempo que reducían los salarios reales. En 1949 se veía el paso a las 30 horas como un «primer paso»… cuando el desempleo era prácticamente inexistente si comparamos con las escalas de hoy. Y aun así, se reclamaba:

Trabajo para todos, parados y obreros jóvenes, con disminución de las horas laborables proporcionalmente al número de obreros y a los perfeccionamientos instrumentales. Se trata de una solidaridad de clase que comporta excelentes consecuencias, y de un derecho al trabajo que lleva aparejado el supremo derecho a la pereza, hoy inexistente pese las vacaciones, mera distensión fisiológica semejante a la de las horas de sueño.

Movilizaciones en Túnez

Ese es el tipo de consignas que debemos llevar hoy a las huelgas y al debate público. Consignas que lejos de diluirnos como clase, lejos de someterse a las necesidades del capital nacional como la RBU, afirmen nuestra solidaridad interna y demuestren nuestra capacidad, como trabajadores, para ofrecer a la Humanidad un futuro.

El camino no es la #RBU, sino la reivindicación de la jornada de 30 horas, sin disminución de salario y a partir de ahí, jornada proporcional a la productividad y el desempleo
 
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