¿Qué son y por qué protestan los taxistas?

Manifestación de taxistas ayer en Madrid.
Ultimamente los taxistas, es decir, los propietarios de licencias de taxi, aparecen como una parte especialmente combativa de la pequeña burguesía. En la medida en que se enfrentan a gigantes globales como «Uber», asociados a la precarización de sus trabajadores, suscitan apoyos sociales crecientes y diversos. Pero ¿Qué son? ¿Cuál es su proyecto? ¿Por qué se movilizan? ¿Deberíamos apoyarles?

1

Un taxi es un coche con una licencia especial otorgada por la administración que le permite transportar pasajeros bajo unos precios tasados y con una competencia limitada. El negocio del taxi es un oligopolio. En España hay 69.972 «licencias de taxi». Están concentradas sobre todo en dos provincias: Madrid (16.070) y Barcelona (11.777).

2

Como existe un número limitado de licencias y sin ellas no se puede ejercer la actividad, las licencias se han convertido en capital fijo: una licencia de taxi en Madrid cuesta entre 130.000 y 150.000 euros. El propietario de una licencia ha hecho por tanto una inversión, y no desdeñable, para poder convertirse en «taxista».

3

En ciudades como Madrid, los conductores, en teoría, trabajan un máximo de 10 horas al día durante cinco días a la semana (los «eurotaxis» pueden trabajar todos los días, pero esa es otra historia). Como el coste de licencia es fijo, el inversor sabe que cuantas más horas tenga al taxi rodando antes amortizará su inversión. ¿Resultado? Algunos reparten las horas de trabajo entre miembros de su familia (hermanos, pareja, hijos, etc.), otros, la mayoría, contratan asalariados. La proporción entre propietarios y asalariados es 51,89% propietarios de licencia vs 48,11% asalariados.

4

Un taxista asalariado corre con los gastos de combustible y viene a ingresar, aunque puede variar según el acuerdo al que llegue con el propietario, entre el 35% y el 40% de lo facturado en «carreras». En un mes medio eso significa aproximadamente 1.200€. El propietario de la licencia tendrá unos ingresos netos por esas horas de trabajo del asalariado de unos 1.300€. No solo hay capital sino que la plusvalía, la tasa de plusvalía y la tasa de ganancia no están mal dadas las dificultades crónicas del capital en el capitalismo actual. No es de extrañar que muchos propietarios de licencias -un un 16,4% en Madrid- hayan invertido sus beneficios ya en nuevas licencias.

Los llamados «taxistas» son pequeña burguesía protegida por un monopolio de «licencias» que mantiene en la precariedad a un número igual de asalariados y defiende su tasa de ganancia.

¿Quiénes protestan y por qué?

Bloqueo de calles de Barcelona por taxistas movilizados.
Los taxistas, como hemos visto, son un sector relativamente escaso de la pequeña burguesía para quien la rentabilidad de su inversión viene dada por la limitación de la competencia que las propias licencias -estancadas en número desde hace décadas- garantiza. Su forma de aumentar rentabilidad durante los últimos años o al menos, de intentar mantenerla ante la caída de demanda producida por la crisis, ha sido incrementar la plusvalía absoluta: precarizar y pagar cada vez menos a los asalariados. Sin embargo, la aparición de la «sharing economy» y el fenómeno «Uber» puso en jaque su relativa seguridad de monopolistas. Uber se convirtió en el demonio encarnado para ellos y tras movilizaciones que a veces llegaron casi a motines, consiguieron en España que se les garantizara un sistema en el que este tipo de empresas requeriría un nuevo tipo de licencias para sus vehículos. Licencias que el estado se comprometió no superarían el ratio 30 a 1. Solo otorgaría una licencia a Uber o empresas similares por cada 30 licencias de taxi en marcha. Como los números se calcularon a nivel nacional, el resultado parece ser que fue una concentración de licencias de este tipo en los mayores mercados. En Madrid, aseguran los taxistas, hay una licencia de Uber o equivalente por cada siete licencias «tradicionales». Dicho de otro modo: los taxistas luchan por hacer efectivo, mercado a mercado, el monopolio que hasta ahora disfrutaban en solitario.

¿Y Uber? El modelo de Uber tiene mucho más jugo. Por un lado su modelo partió elevando la precarización al máximo. Por otro convirtió la inversión en «taxi» en algo homogéneo a nivel global, permitiendo la participación de las gigantescas masas de capital improductivo que no encuentran ocupación. Uber era, como tantos negocios que surgieron del movimiento de la «sharing economy», el sueño del capital financiero y la pesadilla de los trabajadores. Enfrentado después a las dificultades de la regulación, su perspectiva pasó a ser sustituir conductores por coches sin conductor, es decir, una estrategia de supervivencia basada en el incremento de la plusvalía relativa a través de la mejora tecnológica que siguiera justificando la utilización de nuevas masas de capitales en inversiones en inmovilizado. Por eso se escudan en la «innovación» y el aumento de la productividad del trabajo que ésta podría traer.

El conflicto Uber vs taxistas, es una de las muchas expresiones, seguramente de las menos dramáticas, del roce creciente entre el capital financiero y la pequeña burguesía.

¿Hay alguien progresista aquí?

Taxistas madrileños bloquean la Castellana.
La movilización de los taxistas, como todas las de la pequeña burguesía, es conservadora y reaccionaria: buscan conservar una posición que el capital, al revolucionar los medios de producción, incluso en su decadencia, les erosiona continuamente. Pero eso tampoco convierte a Uber en un adalid del progreso en términos marxistas, ni mucho menos. El problema es que en un capitalismo en decadencia el incremento de la productividad del trabajo no sirve para mejorar los salarios y reducir la jornada de trabajo sino que se traduce en pauperización porque genera aun más desempleo y precariedad.

El conflicto Uber vs taxistas, es una de las muchas expresiones, seguramente de las menos dramáticas, del roce creciente entre el capital financiero y la pequeña burguesía. Un choque que va mucho más allá de taxistas, tenderos opuestos a la «libertad de horarios comerciales» o campesinos enfrentados a las multinacionales de productos agrarios, cuyas expresiones políticas se hacen sentir en todo el mundo y especialmente en Europa: desde Italia a Francia y desde Alemania a España, desde los movimientos alternativos a las nuevas reivindicaciones de un capitalismo «social» o al menos «suavizado». No tenemos nada que ganar ni con el gran capital ni con la pequeña burguesía. Ninguno de ellos representa una alternativa real ni tan siquiera transitoria. Unos, como Uber, crean medios y tecnologías que, aunque bajo otro sistema, reducirían el tiempo de trabajo, en este solo pueden crear miseria y pauperización. Otros quieren que todo «siga igual» para poder seguir precarizando y manteniendo agónicamente sus resultados a costa nuestra.

Los trabajadores no tenemos nada que ganar ni con Uber ni con los propietarios de licencias de taxi. Ambos, gran capital y pequeña burguesía, solo ofrecen desempleo y pauperización.
 
Sígueme en Feedly