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¿Qué pasó el 19 de julio?

19 de julio, 2019 · Historia> Historia del Proletariado> Memoria histórica

Ilustración de «19 de julio: Estampas de la Revolución española» de Rey Vila

El año 1936 conoció una fuerte recuperación de la lucha de clases después de la inevitable depresión que siguió a la derrota de la insurrección fallida de octubre 1934. En primavera, la dimisión del presidente de la República abre el camino para una «salida» fascista a la crisis. El 17 y 18 de julio una sublevación militar confirma que un sector de la clase dirigente española -el más tétrico- ha decidido emprender ese camino. Pero el día 19, la «inesperada» insurrección general del proletariado español, por encima de partidos y sindicatos, desarma a la reacción armada y gana el poder en 4/5 partes del territorio.

19 de julio de 1936, Madrid

Desde los primeros momentos de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 se produjo una decantación de las fuerzas políticas. El PCE y el PSOE fueron los primeros en cerrar filas con el estado y el gobierno republicanos.

El momento es difícil pero no desesperado. El gobierno está seguro de que posee los medios suficientes para aplastar esta tentativa criminal. En caso de que sus medios fuesen insuficientes, la República cuenta con la promesa solemne del Frente Popular. Está dispuesto a intervenir en la lucha a partir del momento en que se reclame su ayuda. El gobierno manda y el Frente Popular obedece.

Nota conjunta PSOE-PCE, 19 de julio de 1936

Pero lo que estaba pasando tenía una naturaleza muy distinta. El 19 de julio, en todo el país los trabajadores se levantan y enfrentan directamente a los golpistas. El estado republicano colapsa en la mayor parte de la «España republicana». El tapón del Frente Popular se disuelve como un azucarillo ante el empuje de la clase. El ejército es derrotado en prácticamente todo el país.

Con la Revolución afirmándose, lo que queda del estado y la burguesía intentan reunir fuerzas formando un gobierno alrededor de Martínez Barrio, alentado por el Frente Popular, que ofrece capitular a los golpistas.

Desde días antes, las masas, movilizadas espontáneamente, por iniciativa de la C.N.T., de militantes medios socialistas y stalinistas, y por otras organizaciones pequeñas, eran materialmente dueñas de la calle en las principales ciudades. El poder real había quedado polarizado en las masas y en los cuarteles. El choque era inevitable. Apenas notificada por la radio la constitución del nuevo Gobierno, estalló en violentas manifestaciones una explosión de cólera, al grito de ¡Abajo Martínez Barrio! Los propios partidos socialistas y stalinista hubieron de acceder al deseo de las masas, y secundar, como partidos, las manifestaciones. Así, humillantemente repudiada por la reacción, ante cuya espada se inclinaba, combatida e injuriada por las masas, la intentona capituladora de Martínez Barrio quedó ahogada en el seno del frente popular que la alentó. La situación no admitía medias tintas. Para someter a las masas desbordadas, al Gobierno le hacía falta la misma fuerza militar que se sublevaba contra las masas y contra el Gobierno; para someter a los militares era preciso armar las masas. (…)

Fracasada la conciliación, nada podía evitar que las masas se armaran y arremetieran contra los militares. Al contrario, los propios partidos obreros del frente popular tenían que correr de la cola a la cabeza de las masas, para no ser desarticulados ellos mismos, y para que el armamento quedara bajo su deletéreo control, en la medida de lo posible.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

La clase colectiviza fábricas y campos y enfrenta al fascismo con sus milicias, el país se llena de comités que toman de facto el poder local y de la producción. Pero confundida por la CNT y el peso del anarquismo, ausente una organización política de dimensiones y trayectoria suficiente, la miriada de comités no se centraliza, no afirma un poder de clase, e inevitablemente… las estructuras del Estado descubren una inesperada tregua a partir de la que reconstituirse. Especialmente desde la Generalitat.

Las masas, aunque rechazadas continuamente por el FP, estaban decididas a disputar el terreno a la reacción. Armándose a despecho del Gobierno, vencieron a los militares en la mayoría del territorio. Desde luego, dondequiera pudieron conquistar, en el momento preciso, un mínimo de armas. El resultado de las jornadas del 19 de Julio y siguientes, fue la destrucción casi completa del Estado burgués. El Gobierno, llamado legal -o los Gobiernos, teniendo en cuenta el de Cataluña y más tarde el de Euzkadi- no representaban nada ni poseían apenas poder real. La derrota de los cuerpos armados burgueses a manos del proletariado y los campesinos, llevaba automáticamente aparejada la desaparición del Estado burgués. Formidable revelación de lo que es el Estado burgués en épocas revolucionarias. Desarmando a sus cuerpos coercitivos, la burguesía desaparece.

Paralelamente, toda España quedó tachonada de Comités formados por obreros, campesinos y milicianos, que ejercían el poder político, ejecutaban justicia contra los reaccionarios, expropiaban a la burguesía, patrullaban calles y carreteras. Cualquiera de estos Comités tenía más poder real que el famoso Gobierno legal del Frente Popular. Porque no hay más legalidad que la sancionada por los acontecimientos históricos. La falacia de la teoría democrático-burguesa sustentada por el FP, aparecía con toda claridad. El proceso histórico -sin que ningún factor consciente le ayudara, insistamos- destruía el estado burgués, creando simultáneamente las células de un nuevo Estado proletario. El Frente Popular fue sorprendido en infragante delito de acción anti-histórica. Y todo lo anti- histórico, en mayor o menor grado, es contrarrevolucionario.

En diversas ocasiones, el autor de este artículo ha calificado la situación resultante de las jornadas de Julio de atomización del poder. Me parece más adecuada, para la situación de España, que la conocida de dualidad de poderes, heredada de la revolución rusa. Esta supone la existencia de dos poderes que se disputan respectivamente el poder total. Muy otra cosa ocurría en España. El poder burgués, pese a su supervivencia formal, carecía de poder efectivo, a pesar de que los partidos stalinista y socialista proclamaban a los cuatro vientos: El Gobierno manda, el Frente Popular obedece. Así era en efecto, con la salvedad de que al FP no le obedecían las masas, ni siquiera la mayoría de los militantes de sus propios partidos. En cambio, a los comités constituidos por las masas les faltó coordinación y capacidad colectiva para reclamar todo el poder para sí y apoderarse de él. Cada Comité era un pequeño Gobierno, un minúsculo Estado obrero dentro de su radio de acción. El poder que perdió el gobierno burgués del FP, lo tenían, distribuido desigualmente entre sí, los Comités. De ahí deduzco, que para caracterizar más exactamente la situación en las semanas siguientes al 19 de Julio, es preciso definirla como atomización del poder en manos del proletariado y los campesinos. Estos tenían plena conciencia de su poder local, aunque les faltara conciencia de la necesidad de coordinar su poder nacionalmente. Por su parte, durante las primeras semanas, al gobierno burgués le faltó capacidad y voluntad de lucha contra el naciente poder obrero. De dualidad no puede hablarse sino hasta después, cuando el Gobierno del FP vuelve en sí, se da cuenta de que vive, reagrupa en su torno a las fuerzas armadas de que puede disponer y empieza a disputarle el poder a los Comités del proletariado y los campesinos.

G. Munis. «Significado histórico del 19 de julio», 1938

¿Qué papel jugó el PCE?

Cartel del PCE con José Díaz y Dolores Ibárruri, presentando al ejército y al estado burgués con su bandera de entonces, como causa proletaria.

El PCE, en continuidad con la línea trazada desde Moscú trata de defender el estado republicano no solo contra el fascismo, también contra las colectivizaciones. El resultado es que el PCE, beneficiario además de la ayuda soviética, se convierte en el nuevo partido del orden y multiplica su reclutamiento entre la pequeña burguesía. Como informa el dirigente del PCE Fernando Claudín:

A las filas del PCE acuden numerosos elementos pequeñoburgueses, atraídos por el renombre que adquiere el partido de defensor del orden, de la legalidad y de la pequeña propiedad. Y al PCE afluyen sobre todo – o se ponen bajo su dirección a través de la JSI- un gran contingente de la juventud no formada aun en los sindicatos y organizaciones obreras tradicionales.

El informe de José Díaz al CC en mayo del 37 arroja que frente a los 150.000 asalariados que encuadra el partido (y que incluyen además de obreros agrícolas e industriales, funcionarios y cuadros empresariales) existen ya más de 100.000 pequeños propietarios (profesionales y agricultores) junto a 20.000 mujeres de las que no figura adscripción social. Los testigos exteriores, vinculados al PCE en la época, refuerzan estos datos en sus testimonios.

El PC es hoy, en primer lugar, el partido del personal administrativo y militar, en segundo lugar el partido de la pequeña burguesía y de ciertos grupos campesinos acomodados, en tercer lugar el partido de los empleados públicos y solo en cuarto lugar el partido de los trabajadores.

Frank Burkenau. El reñidero español, 1971.

El análisis sociológico de la militancia refleja hasta qué punto la política frentepopulista y el partido correa de transmisión han conseguido atraer a unos sectores sociales cuyo objetivo es salvar el estado democrático republicano y no hacer la revolución socialista.

¿Qué papel jugó el POUM?

Compañeros del radio de la ICE en Llerena instantes antes de ser fusilados por el ejército el 8 de agosto de 1936

¿Qué ha pasado mientras tanto con el recién nacido POUM? Al producirse la sublevación militar Maurín está en Galicia, es capturado por los insurrectos y se le da por asesinado. Solo Nin tiene talla para asumir la Secretaría. El culto a la personalidad y la mentalidad bloquista es tan ridícula, tan antimarxista, que asume la «secretaría ejecutiva» porque la «secretaría general» pertenece ad eternum al -supuesto- muerto.

Desgraciadamente, la guerra civil estalló antes de que se hubiera establecido la soldadura interna en la concepción de los problemas de las dos organizaciones fusionadas. (…) La ausencia de su jefe Maurín, había creado entre los antiguos bloquistas un reflejo de defensa preventiva contra los dirigentes del partido procedentes de la ICE, en los que suponnían la intención de «apoderarse del POUM» y de «imponer el trotskismo». Por esta situación, Andrés Nin fue un secretario político disminuido en sus funciones, lo que le afectó dolorosamente durante el año de guerra civil que vivió, y contra cuyo estado de cosas yo estimaba que no quería ni acertaba a reaccionar resueltamente.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

En Cataluña el POUM, que ya había entrado en el 36 en el pacto electoral del Frente Popular aduciendo que entraba para convertirlo en un frente único de partidos obreros, estaba colocándose al otro lado de la frontera de clase irremisiblemente. El propio Nin entró en el gobierno de la Generalitat durante la guerra, el mismo gobierno que sirvió de estructura base para la reconstitución del estado republicano y el aplastamiento de la autonomía obrera y sus colectivizaciones.

El P.O.U.M., rebotando del frente popular a la oposición y de la oposición al frente popular, carecía de línea política propia; se guarecía a la sombra sin contornos de la izquierda socialista, o a la sombra del anarco-sindicalismo, artificialmente alargada por el ocaso automático del sol capitalista. Resultado: en el momento de la insurrección militar, las organizaciones obreras, o bien sostenían con todas sus fuerzas el Estado capitalista, cual el reformismo y el stalinismo, o bien se acercaban a él, cual la C.N.T., la F.A.I. y el P.O.U.M. Pese a todo, el Estado y la sociedad capitalista, sin que nadie se lo propusiera deliberadamente, cayeron por tierra, desmoronados como consecuencia del triunfo obrero sobre la insurrección reaccionaria.

La teoría marxista que proclama la necesidad de destruir el Estado capitalista y de crear un Estado obrero basado en relaciones de producción y distribución socialistas de las clases productoras, en posesión de los instrumentos de trabajo, recibió en España, el 19 de Julio, la más brillante demostración. En la Rusia de 1917, el doble proceso social de destrucción del viejo Estado y creación del nuevo fue consciente y poderosamente auxiliado por el Partido bolchevique. Pero en España se consumó el mismo proceso no sólo sin auxilio de ninguna organización, sino con auxilios deliberadamente adversos por parte del reformismo y del stalinismo, inconscientemente adversos, aunque en menor grado, por parte del anarco-sindicalismo y del centrismo poumista. La prueba tiene un valor irrecusable y aleccionador para el proletariado mundial. De la colisión armada salía reforzado el Estado burgués allí donde triunfaban los militares; totalmente destrozado donde triunfaba el proletariado y rudimentariamente creados los organismos básicos de un nuevo Estado proletario. Por repercusión, el hecho constituye una acusación de criminalidad para los partidos obreros infeudados a la fórmula: ni revolución social ni fascismo, sino democracia burguesa. Pues si ésta hubiese representado, por poco que fuera, una verdadera necesidad de la evolución histórica, la derrota de los militares el 19 de Julio la habría confirmado vigorizando espontáneamente el parlamentarismo, el frente popular, y en general todas las instituciones del Estado burgués. La vida fantasmal a que todas ellas quedaron súbitamente reducidas demuestra el carácter anti-histórico, reaccionario de aquella fórmula, y por consecuencia de los partidos obreros que la hacían suya.

Anarquismo y poumismo, aunque no dejaron de conciliar con el frente popular, aparecían a la izquierda de él, encontrándose así en excelentes condiciones para asegurar a los Comités-gobierno la completa posesión del poder político. Por sí sola, la numerosa y excelente militancia anarquista habría garantizado fácilmente el éxito, si su espontánea actividad hacia la creación de un nuevo Estado no hubiese sido frenada y desviada hacia el Estado burgués por la propia dirección anarquista. Por su parte, El P.O.U.M., aunque incomparablemente menos influyente, contaba con recursos y fuerza numérica suficiente para conquistar la mayoría proletaria mediante una enérgica política revolucionaria, y frustrar la torva intención de stalinistas y reformistas. Pero ya se ha visto que desde la constitución del frente popular, en las organizaciones obreras no se divisaban más que los Kerensky; faltaban los Lenin y los Trotsky. En el momento en que el frente popular, con el Estado burgués, recibía un golpe mortal, cuando, señoreando las masas todas las relaciones sociales, podía ser rápidamente desarraigada la traicionera influencia del stalinismo y el reformismo, se suman a éstos el anarquismo y el poumismo, acceden a sus maniobras reaccionarias, les dan viabilidad, cortan a los Comités-gobierno el paso hacia el poder en escala nacional, y salvan al Estado burgués del tiro de gracia. Es el entrelazamiento de dos tendencias deliberadamente pro-capitalistas, y de otras dos semirrevolucionarias, lo que impidió que la obra de Julio cristalizase y se consolidase, lo que más tarde causó el retroceso de la revolución y el triunfo de Franco.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

La contrarrevolución

Octavilla repartida durante los combates de mayo de 1937 por el Grupo Bolchevique-leninista

El 19 de julio el proletariado destruye el poder de la burguesía; al no centralizarse el poder de clase, el estado comienza a reorganizarse y concentrar las pocas fuerzas que le quedan. Es entonces y hasta las jornadas de mayo, que existe un doble poder. Estado republicano y clase obrera -organizada en mil comités y milicias- lo ejercerían temporalmente mientras los trabajadores no acababan de encontrar una dirección revolucionaria.

El equilibrio entre clases acabaría en mayo del 37, cuando el estado republicano y el PCE se sientan con fuerzas para tomar el poder de nuevo en solitario destruyendo completamente las expresiones autónomas de la clase, comenzando por las milicias y el control obrero.

Precisamente cuando la revolución alcanzaba su pináculo en España, en 1936, la contrarrevolución stalinista consolidaba en Rusia su poder para muchos años, mediante el exterminio de millones de hombres. En consecuencia, su ramal español tuvo deliberadamente, desde el 19 de Julio, un comportamiento de abanderado de la contrarrevolución, solapado al principio, descarado a partir de Mayo de 1937. Con toda premeditación y por órdenes estrictas de Moscú, se abalanzó sobre un proletariado que acababa de aniquilar el capitalismo. Ese hecho, atestiguado por miles de documentos stalinistas de la época, representa una mutación reaccionaria definitiva del stalinismo exterior, en consonancia con la mutación previa de su matriz, el stalinismo ruso.

Un reflejo condicionado de los diferentes trozos de IV Internacional y de otros que la miran con desdén, asigna al stalinismo un papel oportunista y reformista, de colaboración de clases, parangonable con el de Kerensky o Noske. Yerro grave, pues lo que el stalinismo hizo fue dirigir políticamente la contrarrevolución, y ponerla en ejecución con sus propias armas, sus propios esbirros y su propia policía uniformada y secreta. Se destacó enseguida como el partido de extrema derecha reaccionaria en la zona roja, imprescindible para aniquilar la revolución. Igual que en Rusia, y mucho antes que en Europa del Este, China, Vietnam, etc., el pretendido Partido Comunista actuó como propietario del capital, monopolizado por un Estado suyo. Es imposible imaginar política más redondamente anti-comunista. Lejos de colaborar con los partidos republicanos burgueses o con el socialista, que todavía conservaba sesgo reformador, fueron éstos los que colaboraron con él y pronto aparecieron a su izquierda, como demócratas tradicionales. Unos y otros estaban atónitos y medrosos a la vez, contemplando la alevosa pericia anti-revolucionaria de un partido que ellos reputaban todavía comunista. Pero otorgaban, pues con sus propias mañas flaqueaban ante la ingente riada obrera.

G. Munis. «Reafirmación», 1977

Es decir, el stalinismo era ya la cabeza de la contrarrevolución misma y como tal la clase trabajadora había pasado de defenderse con las armas de la crítica de la Oposición, en escasos círculos y organizaciones minoritarias; a ejercer la crítica de las armas. Cuando el proletariado español, fusil en mano, defiende su Revolución frente al stalinismo, algo muy profundo ha cambiado.