¿Qué fue la Transición y qué significó la Constitución del 78?

Qué fue la crisis del franquismo

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A finales de los sesenta y principios de los setenta el régimen franquista era una anticualla que cada vez pesaba más a la burguesía española. El «Plan de estabilización» de 1959, la convertibilidad de la peseta y los subsiguientes «planes de desarrollo» habían ido insertando al capital español en el bloque americano. Las necesidades de capitalización -y compra de tecnología- y acceso a mercados empezaron a ser asociadas cada vez más a la «homologación» o «normalización» del régimen político por esa burguesía supuestamente liberal que se daba cuenta de que la anomalía de las dos dictaduras ibéricas representaba cada vez más una fragilidad.

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A finales de los sesenta la lucha de los trabajadores vuelve con fuerza y las herramientas del franquismo (los sindicatos corporativos), completamente desprestigiadas, son cada vez más inútiles para hacerlas descarrilar. Los sectores industriales de la burguesía serán los primeros en darse cuenta de la utilidad de los sindicatos, entonces clandestinos y de las reivindicaciones democráticas para conseguir enfrentar a los trabajadores. Algunos reconocerán los comités de CCOO, USO, UGT, ELA etc. por su cuenta. Otros animarán a «sus» sindicalistas a infiltrar los sindicatos verticales franquistas (cosa que harán primero CCOO -controlada por el PCE- y a partir de 1976 UGT (PSOE). Aunque al principio la burguesía tiene la esperanza de una adaptación funcional del aparato creado tras la guerra, las reformas -la más importante de ellas la del Fuero del Trabajo de 1938 que tendrá lugar en 1967- se mostrarán impotentes para reconducir una lucha de clases que se estaba acentuando en todo el mundo y preocupaba a burguesías mucho más sólidas.

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Las consecuencias de la hambruna rural de 1939 a 1959, la concentración de la propiedad por los trasvases y cambios de cultivo y la industrialización agraria de la segunda mitad de los sesenta habían dejado obsoleto el viejo programa de la pequeña burguesía. El franquismo había convertido a las masas de pequeños propietarios pobres de la meseta y Galicia en migrantes, proletarizando a la mayoría. La nueva masa de la pequeña burguesía, en parte heredera de la pequeña burguesía comercial pero sobre todo crecida al calor del desarrollo del estado totalitario, colocaba a finales de la década a una primera generación de universitarios. «No te dejaré una tierra en herencia pero, con los sacrificios que hagan falta, te daremos una cultura» decían muchos padres pequeñoburgueses de entonces. Es decir, no se esperaba que los hijos pudierar heredar una propiedad sino que ganaran una «plaza en propiedad», que se incorporaran al capitalismo de estado como pequeños burócratas.

25 de abril de 1974, «Revolución de los claveles» en Portugal.
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En una dictadura militar inserta en un bloque «de verdad» como era el bloque americano en los años 70, el ejército y el imperialismo eran las dos claves para poder realizar una transformación política del régimen de acuerdo con las necesidades y posibilidades de inserción internacional de la burguesía española. El ejército estaba paradójicamente desarticulado como fuerza política por el propio régimen militar. Por eso una salida «a la portuguesa» -encarnada anecdóticamente por la UMD- no era viable, como tampoco lo fueron las intentonas golpistas de «los duros». Convertido en un peso muerto conservador, atascado en una descolonización (Sahara) que evidenciaba su atraso técnico y doctrinal, el ejército solo sirvió para retrasar el proceso hasta el «hecho biológico» de la muerte del dictador aunque se mantuvo en todo momento como un «último recurso» de una burguesía que tampoco las tenía todas consigo. El imperialismo americano, apoyado de cerca por el francés y alemán, gestores de la entonces Comunidad Económica Europea, fueron los verdaderos pilares y guías de la «Transición» suave a un «régimen político homologable».

Transición y pactos de la Moncloa

Los pactos de la Moncloa fueron firmados por los partidos políticos de izquierda recién legalizados -PSOE, PSP, PCE- el nacionalismo y el gobierno, pero la clave fue su firma posterior por CCOO y UGT, encargados de vender el «sacrificio de los trabajadores por la democracia».
La longevidad del dictador y el desarrollo de la crisis capitalista abiertamente a partir de 1972 dieron a la burguesía un sentido de urgencia cada vez mayor. Como resultado no pudo evitar algunas angustias. Las más evidentes en el relato que queda hoy todavía fueron las erosiones a cuenta de algunos imperialismos vecinos: Marruecos, Mauritania y Argelia en Sahara, amenazas a Ceuta y Melilla por Marruecos y a Canarias por Argelia, apoyo más o menos abierto desde potencias exteriores al terrorismo separatista del MPAIAC en Canarias y de ETA en el País Vasco, etc.

Pero el más importante y prometedor de los retos a la burguesía en aquellos años vino del proletariado y se manifestó en enfrentamientos de clase abiertos y huelgas de masas (Vitoria 76, Roca 77). Por eso el verdadero momento clave de la Transición fueron los llamados «Pactos de la Moncloa», el momento en el que la burguesía española, por primera vez desde la guerra, estrena un aparato pluripartidista y sindical propio. Con el PCE y CCOO en primera línea la «reconciliación nacional» de la burguesía española se representaba y enfrentaba a la oleada de luchas obreras reconstituida. Aunque UGT tardó en firmar y CNT finalmente no lo hizo, la Transición testó por primera vez juntos y unidos al antiguo rival del aparato franquista al frente contrarrevolucionario del 37. Si el principal arma entonces para orillar la lucha de los trabajadores había sido la oposición fascismo-antifascismo, la bandera común de la democracia se esperaba que lo hiciera ahora. Había una base material lógica: la ilusión democrática de unos trabajadores que habían soportado el atraso, las carencias materiales y la represión descarnada del franquismo durante demasiado tiempo. Su inexperiencia en la confrontación con las formas del estado democrático hacía más fácil de tragar el «sacrificio de los trabajadores por la instauración de la democracia y los derechos democráticos» que se encargaron de vender los sindicatos.

Cartel pidiendo el voto favorable a la Constitución del partido del gobierno en 1978. Obśervese que no todas las banderas regionales estaban todavía «inventadas».

Constitución del 78

Vistos los intereses de la burguesía, la pequeña burguesía y el imperialismo la Constitución del 78 se entiende como un esfuerzo coherente que remata el proceso de concentración y construcción del capitalismo de estado a lo largo del siglo XX.

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Normaliza el juego institucional de la burguesía: los sindicatos, los partidos, el Parlamento… alimentarán la ilusión democrática de los trabajadores renovando las formas de la «unidad nacional» bajo la consigna de «defensa de la democracia». Sin este nuevo armamento la burguesía española hubiera tenido muchísimo más difícil acometer la «reconversión industrial» y desmontar progresivamente las condiciones de seguridad laboral heredadas del fuero franquista del trabajo.

Firma de los tratados europeos por España.
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En cuanto a la organización interna de la burguesía, se pasa de un capitalismo de estado todavía muy burdo a un conjunto orgánico de las instituciones que es el que va a permitir las privatizaciones (Telefónica, Repsol, Banco Exterior, etc.) y a partir de esa reconcentración de capital, la oleada de expansión imperialista en América de los 80.

Hay que pensar que todavía a principios de los 60 cosas tan básicas como las subastas semanales del banco central no existían, el ministro de Economía fijaba los tipos de interés a golpe de teléfono. Y que se pasa de ahí al «reto del mercado único», es decir a una inserción plena (1992) en el mercado europeo bajo tutoría franco-alemana que transformará la composición del capital español y lo pondrá a un nivel tecnológico aceptable para culminar su integración dentro del proceso de concentración de capitales europeo, sacando a España de la ayuda del FMI en 1983.

Manifestación autonomista en Sevilla el 4 de diciembre de 1979
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La pequeña burguesía regional, ahora universitaria encontrará por fin «su lugar en el mundo» gracias al «estado de las autonomías». Aunque ahora esté puesto en cuestión por sus «excesos», la cesión del 70% del presupuesto estatal directo, a la pequeña burguesía bajo la consigna de la «descentralización» no ponía ya en cuestión la fusión de las antiguas burguesías regionales periféricas en la burguesía nacional y daba un campo de desarrollo amplísimo a una clase históricamente ligada al caciquismo y el poder local. España multiplicó por 16 sus gobiernos, sus universidades, sus cuerpos funcionariales sus cuerpos de policía, etc. Una cancha inmensa para la masa de hijos de tenderos, capataces, meritócratas, agricultores y pequeños industriales que salían de las ya saturadas universidades tardofranquistas armados con un progresismo estatalista que pronto trocaría en neoliberalismo y políticas identitarias.

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Desde el punto de vista del imperialismo del bloque americano y del retrasado militarismo español, la Constitución significó la normalización definitiva de la burguesía española, atornillada como bastión Sur en la OTAN -lo principal para EEUU- e integrada cada vez más en el eje franco-alemán europeo, se convertiría en un aliado perfecto en su propia expansión hacia Hispanoamérica, un proceso simbolizado con los fastos del 92 (V Centenario del primer viaje de Colón, Olimpiada de Barcelona, Exposición Universal de Sevilla, Mercado Único europeo).

¿Hubo entonces una alternativa?

El Comité Central ampliado del PCE en 1976 voto con 169 votos a favor y 11 abstenciones hacer propia la bandera rojiagualda, una medida simbólica muy comentada en la época.
Aunque ahora la «izquierda» nos venda una mítica Transición «alternativa» o nos intente contar que fue un error o un camino truncado, hay que recordar el papel de refuerzo «crítico» y «republicano» que jugaron en ella tanto el PCE -piedra de toque de los pactos de la Moncloa- como de todos sus grupos satélites (trotskistas, maoistas, prosoviéticos, independentistas, etc.). Vistos en perspectiva, sirvieron de apoyo primero para vender ilusión democrática, encuadramiento sindical y descarrilar luchas; y cuando la burguesía se sintió lo suficientemente fuerte como para renovar cuadros en masa, se convirtieron a toda velocidad sus proveedores a través fundamentalmente del PSOE (aunque no todos, maoistas como F.J. Losantos, Girauta o el hoy ministro Montoro lo harían directamente a través del PP). El PCE, con una organización mucho más fuerte, intentó frenar la erosión tras el referendum de la OTAN uniéndose con el Partido Carlista, el Partido Humanista -expresión política de una secta argentina, el PCPE -su propia escisión prosoviética- y el ínclito Tamames, para crear Izquierda Unida. La «izquierda radical» fue radicalmente importante en la creación del ahora llamado «régimen del 78» y sus discursos sociales y culturales, desde el municipalismo a la legitimación «desde la izquierda» de las políticas de desmantelamiento industrial y erosión social.

Asamblea de trabajadores de Roca en «huelga salvaje» en 1977.
Entonces, como ahora, la alternativa república-monarquía, no significaba más que dos formas distintas de encuadramiento al servicio de la misma burguesía. Con un capitalismo mundialmente decadente no hay adjetivo que podamos poner detrás de la palabra «burguesía» que torne mágicamente en progresista a la clase dominante. Y si ella no es más que un poderoso zombi histórico, ni hablemos de cualquier forma de estado (república, monarquía, etc.) de la que se dote para ejercer su dominación.

Lo que ahora la burguesía llama fatuamente «la mejor época de la Historia de España» no fue sino el periodo en el que se desarrollaron todas las contradicciones que están precipitando en la actual crisis. La Constitución del 78 ha sido el instrumento bajo el que la clase dirigente española se felicita de haber mantenido la amenaza de los trabajadores dentro del sistema y conseguido tardiamente la consolidación nacional de sus filas y su inclusión en los procesos globales de concentración del capital. Juzgarlo desde cómo «mejorar» o «reiniciar» aquel «momento constituyente» de las formas modernas de dominación es ponerse en la mirada de quien quiere hacerlas más efectivas e intenta vendernos que es posible un capitalismo sin contradicciones internas, inclusivo, feminista, ecológico… y sin trabajadores. Porque, no lo olvidemos, los trabajadores somos la principal contradicción del sistema, los únicos que podemos poner coto y fin a su irracionalidad criminal. Y para eso tendremos que actuar políticamente como tales, al margen de las banderas, las consignas y las constituciones de sus beneficiarios.