¿Qué fue el trotskismo?

1932 es el peor año de la crisis del 29. Hitler consigue un excelente resultado electoral y Dreyfuss es nombrado canciller en Austria. Trotski, que acaba de terminar su Historia de la Revolución Rusa, se decide a convocar por primera vez una conferencia internacional de la Oposición de Izquierda. Pero no invitará a todos los grupos, quedarán fuera la izquierda comunista italiana y germano-holandesa, el zinovietismo y algunos grupos independientes o locales. Está muy tentado de excluir incluso a la Izquierda Comunista Española, a la que exige, entre otras cosas, que cambie de nombre. Acendra una parte de la Oposición de Izquierda al stalinismo, el trotskismo, con el objetivo de crear a partir de ahí una IV Internacional.

Manuel Fernández Grandizo («Munis») en 1977
Cincuenta años después, en 1982, G. Munis, dirigente de la sección española de la IV Internacional desde su fundación en 1938 y mientras ésta existió, además de albacea político de Trotski, escribió un balance que partía de lo que fue y no supo ser el «trotskismo» durante los años de vida del dirigente ruso y más allá.

El texto explica su descomposición y desbandada tras el asesinato del revolucionario ruso, con el vergonzoso apoyo de su sección más numerosa (el SWP norteamericano) al reclutamiento bélico y la participación de secciones europeas en las «resistencias antifascistas». El proceso de rápida degeneración que sigue a la muerte de Trotski culminó con el II Congreso de la IV Internacional cuando ésta se negó no solo a condenar la traición chovinista de varios de sus miembros, sino que planteó abiertamente que la contradicción fundamental del capitalismo de posguerra no era ya entre proletariado y burguesía sino entre EEUU y Rusia. Fueron estas las causas que llevaron a la sección española y a la misma Natalia Sedova Trotski, a denunciar a la IV Internacional. El texto de Munis hace un somero análisis del trotskismo posterior, escudero siempre del stalinismo, y lo contrasta con el trabajo y la evolución de los grupos internacionalistas que rompieron en aquel congreso, reagrupados en el GCI primero y el FOR después, siglas que tomó sucesivamente la organización de la izquierda comunista española en la posguerra.

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¿Qué fue el «trostkismo»? ¿Por qué la oposición internacional al stalinismo y todo cuanto había construido el revolucionario ruso estallaron tras su muerte?

«Cincuenta años después del trotskismo» (G. Munis, 1982)

No se trata de vaticinar un futuro cualquiera, sino de señalar medio siglo después de la aparición del trotskismo en la arena internacional en qué han parado las tendencias que se adornan hoy con el mismo título. Sus diversos fragmentos pueden y deben ser juzgados como unidad pues nada esencial los distancia.

Desde principios del decenio 30, la única tendencia de amplitud mundial y contenido revolucionario era la Oposición Comunista Internacional, ensanche de la Oposición de Izquierda al Partido ruso iniciada por Trotsky, Rakovsky y muchos otros revolucionarios de gran temple y calidad, todos asesinados. Fue ese el origen de la IV Internacional. Las bases teóricas del trotskismo eran las del partido bolchevique en plena floración más la lucha contra la degeneración stalinista fronteras adentro y en la Internacional Comunista. Capacidad teórica y acometividad práctica, alas de cualquier proyecto revolucionario, se acendraban y centraban en él. Recibiendo constancia de ello, el trotskismo se encontró entre dos fuegos: la represíón asesina de la GPU. (actualmente K.G.B.) y la concomitante de los gobiernos en cualquier parte. Al mismo tiempo, el Kremlin orquestaba, mediante recursos financieros inmensos, y en todos los idiomas, una insistente campaña de falsificaciones tocantes a Trotsky y al trotskismo. En el fondo se trataba de presentar a los revolucionarios como reaccionarios asoldados y a la inversa, de glorificar la contrarrevolución stalinista en Rusia, más sus secuaces por doquier, como guardianes de la revolución de 19171. Ningún antídoto mejor contra una sublevación comunista del proletariado en el país que fuera. Moscú soltaba mensualmente millonadas para la publicidad de sus mentiras, para sus partidos, para sus asesinos, para la concusión descarada o disimulada de intelectuales en el occidente europeo y americano, así como en otros continentes. Hay escritores, poetas, artistas, cuya reputación [sin hablar de los emolumentos consecuentes) fue llevada hasta el cénit por las exigencias asesinas de Stalin. « ¡Viva la G.P.U., figura dialéctica del heroismo!» —graznaba Aragón. Por su parte, Neruda, Siendo embajador del capitalismo chileno en México, ponderaba el valor del asesino de Trotsky y si no tuvo relación personal con él, cosa muy probable, la tuvo de cierto con Siqueiros, el asesino frustrado de Trotsky y asesino de Sheldon Harte. Vale la pena recordar también que en plena revolución y guerra civil de España, el católico Bergamin hizo coro a los calumniadores y asesinos del partido de la policia rusa secundado por otros, entre ellos el modosito Alberti y el propio Picasso, que no necesitaba venderse, pero sí librea política, pintaba el cuadro Guernica, tan famoso como fácil por el tema, pero no dio una pincelada para mostrar la sanguinaria y retrógrada destrucción de la revolución por el stalinismo en España, ni para denunciar los procesos de Moscú, los más monstruosos que registra la historia. Poco después solicitaba el carnet a la organización pro-rusa.

No sólo los citados, sino miles de intelectuales en el mundo formaron parte, por su respaldo político, cuando no más alla, de los piquetes de ejecución del Kremlin, que eran, y no podían ser otros que los de la contrarrevolución. La historia de las sociedades de explotación, nada parca en mentiras martilleadas como verdades sublimes, ni en crímenes ensalzados como nobles actos salvadores, no registra nada tan inmundo y tan monstruoso como el torrente de fango arrojado sobre el trotskísmo durante 20 años largos, y la incitación al exterminio de sus militantes. El saldo de asesinatos asciende a millares, a centenares de miles en Rusia solo. Que parte de los hombres, intelectuales u obreros, enrolados por el Kremlin en contra del trotskismo lo fuesen abusivamente, engañados por la falacia propagandística, nada quita ni pone al sanguinario hecho. Tampoco constituye disculpa, sobretodo tratándose de intelectuales, esos especialistas, privilegiados del saber. Aun aquellos mismos que no obedecían a intereses sórdidos, se dejaron enrolar por las patrañas propagandísticas más y mejor que los obreros ignaros. La capacidad de engaño de esa propaganda ha sido tanta, que hoy mismo, ya desvelada en gran parte su falacia, prevalece su versión sobre la identidad personal del asesino de Trotsky: Mercader, Ramón, contra la cual las objeciones son diversas muy sólidas, sí bien su verdadero nombre y nacionalidad sólo deben figurar, si acaso, en los archivos personales del asesino en jefe, Stalin2.

En resumen, ser militante trotskista en aquellas fechas, máxime teniendo alguna notoriedad, comportaba día a día amenaza de asesinato, además de desafiar la calumnia incluso tras la muerte. La enorme diferencia entre aquel trotskismo y el de cincuenta años después, no reside tan sólo en el temple humano, sino también, y sobretodo, en el contenido teórico. El actual ha hecho progresos numéricos importantes, pero los anula su torpor ideológico, resultas de sus innumerables prevaricaciones desde la guerra mundial acá. Su decaimiento ha sido tal, que involuciona sin cesar a derecha de lo que fué su reagrupamiento inicial y del Programa de Transición, fundamento de la IV Internacional. Es propio de un pensar revolucionario reconocer y enmendar sus errores e insuficiencias con arreglo a la experiencia. Cincuenta años después del trotskismo, los grupos e individuos dichos trotskistas no han reconocido error alguno ni enmendado nada, lo que basta para dejarlos muy atrás de cuanto requiere la situación actual.

Ahora bien, el Programa de Transición estaba sobrepasado por los acontecimientos mundiales desde el momento mismo de su aprobación. Si bien no apareció claro sino después. Cuando no es la lucha revolucionaria en victoriosa acción la que introduce innovaciones pertinentes desprendiéndose de conceptos adquiridos nulos, cuando no perjudiciales, entonces sólo la reflexión posterior —con retraso pues— puede poner la teoría a nivel de las posibilidades históricas. Estas últimas dependen únicamente de lo que economía, ciencia, técnica, cultura general consienten, utilizadas, previa supresión de la relación capitalista, por y para el hombre. Ninguna derrota, ningún grado de indiferencia del proletariado respecto a sus propias posibilidades disminuye cualitativa ni cuantitativamente la radicalidad de las mismas. Es decir, que el pensamiento revolucionario debe captarlas y orientarse por ellas en cada instante, incluso en medio de la más profunda despolitización de la clase obrera. De lo contrario se niega a sí mismo en cuanto pensar revolucionario. Es lo que le ha ocurrido a la IV Internacional a partir de la revolución española y de la guerra mundial última, sin que ninguno de sus fragmentos quede excluido. Cincuenta años después, el llamado trotskismo es por ello totalmente nulo para suscitar la transformación de lo posible en realidades sociales. Ha dejado de ser una fuerza revolucionaria siquiera potencial.

El trotskismo surgió en un momento crucial del devenir contemporáneo. La revolución rusa degeneraba. El maretazo revolucionario mundial que suscitó, sobrecogía a un país tras otro a despecho del influjo cada vez más negativo de los partidos ligados a Moscú. La última de dichas tentativas revolucionarias, la del proletariado español, vencedor de su ejército nacional en 1936 fué deliberada y policíacamente destruida por Moscú y sus secuaces. Sin esa destrucción previa, Franco no habría conseguido instalarse como matarife supremo del país. En resumen, la derrota de la revolución comunísta internacional no fué obra de los gobiernos burgueses, sino de la intervención del gobierno ruso, directamente o por intermedio de sus partidos, y otros incondicionales. Semejante saldo acusaba la presencia, en Rusia, de una contrarrevolución cuya base económica era el capitalismo estatal, no el privado. Por ello mismo, y habida cuenta de lo sucedido durante la guerra e inmediatamente después, una revisión teórica general se imponía, al trotskismo y alas demás tendencias antistalinistas. La situación se clarificaba, dejaba de ser imprecisa, crucial, tornaba pues contornos y rumbo netos. Para enlazar con las posibilidades ofrecidas por la historia se hacía indispensable refundir la teoría revolucionaria, redefinir la naturaleza de la revolución de 1917, someter a crítica ideas y hechos de los bolcheviques, los de su continuador, el trotskismo, poner bien en evidencia la naturaleza capitalista y contrarrevolucionaria del poder stalinista más la de sus afines, negar carácter de obreros a los partidos de la ex-segunda Internacional, y a cualquier sindicato. En fin, hacía falta justipreciar la etapa actual del capitalismo, Este y Oeste en uno, y enmendar la plana aquí o allí, a Marx y Engels, pero reafirmando el materialismo dialéctico, es decir su carga revolucionaria, subversiva.

Ocurrió lo contrario: una vez estrangulada la revolución y desencadenada la guerra imperialista, el trotskismo fué deslizándose a la derecha, paulatina y vergonzantemente al principio, sin lacha después, hasta dar en su actual cretinismo de capón. León Trotsky solía decir que la perfidia y la bestialidad stalinista amenazaban convertir en algo odioso la idea misma de revolución comunista. Los de 50 años después no saben hacer otra cosa que rogativas por un stalinismo «de faz humana». Mentes de un materialismo pedestre, creían que la economía nacionalizada, su Ser Supremo, produciría algo mejor que el stalinismo, carrilándose al fin necesaríamente, hacia la sociedad sin clases ni Estado. Alimentada otrora esa idea más por oportunismo que por convicción, hace ya largos años que sus abogados mismos no se atreven a sustentarla, tanto la realidad económica y política en Rusia y sus dominios aparece degradada y degradante. No obstante, los de 50 años después prosiguen su entontecedor runrún político, ya sin sombra de persuasión íntima, por mero conservatismo orgánico. Nunca el movimiento revolucionario había tenido que hacer frente a una modificación tan general y profunda de su propio ámbito como la consumada inmediatamente antes de la última guerra mundial, durante ella y después de ella. Incapaz de verla, interpretarla y hacerle frente poniendo al dia su táctica y su estrategia, el trotskismo fue arrastrado hacia atrás y modificado también él, a semejanza de las otras organizaciones dichas obreras, la ex-Segunda Internacional y los sindicatos incluidos.

En verdad, las demás tendencias antistalinistas, antiguas o nuevas, se quedaron también por debajo o muy debajo de lo requerido en cuanto a elaboración teórica. Pero la repercusión negativa de su ineptitud en la clase obrera no iguala a la del trotskismo, además de que la estulticia de éste ha determinado en gran parte la estulticia o la incapacidad de aquellas otras. La IV Internacional es pues, para una crítica revolucionaria cabal, el principal responsable de la inercia y la modorra intelectual en que se encuentra el proletariado desde la guerra acá.

Nada focaliza de manera tan impresionante la degeneración ideológica de los de 50 años después como el episodio del «Informe Krhutchef». Revelaba con crudeza al stalinismo mundial y a sus legiones de sirvientes, intelectuales, «izquierdistas», «anti-imperialistas», «progresistas», etc., siquiera de manera incompleta y no sin dolo, que su demiurgo, al que obedecieron ciegamente durante decenios, al que juraban fidelidad personal, a cuyos pies se arrastraron y cuya baba política sorbieron relamiéndose, era un déspota odioso y un criminal sin el menor escrúpulo ante sanguinarias atrocidades. El trotskismo, que antes de la guerra lo había denunciado como tal, mil veces proclamado desde el Kremlin principal enemigo del stalinismo y del sujeto Stalin, hubiera debido adquirir un ascendente decisivo y convertirse en potente organización internacional. Nada, absolutamente nada, sí no es, por el contrario, un aflojamiento de su oposición al stalinismo. Imploraba, quejumbroso, una rehabilitación de Trotsky por sus mismísimos calumniadores y asesinos que, concedida, hubiese sido un envilecimiento póstumo de Trotsky y una rehabilitación del Kremlin contrarrevolucionario. Creyeron llegado el momento en que la industrialización debería desembarazarse de la «excrecencia» burocrática, cual seguían trompeteando, no tanto entonces por zurdo economismo cuanto por la esperanza de que una democratización del stalinismo les permitíese a ellos ocultar, sí no justificar sus prevaricaciones.

Es que su política en los años transcurridos desde vísperas de la guerra mundial, su negativa a rectificar carencias y graves meteduras de pata tocante a la defensa humana en forma de resistencia, la resolución principal de su Congreso de 1948, la que plantó el mojón más importante de una degeneración incontenible, habían hecho del trotskismo, antes del «Informe Krhutchef», una organización huera, sin razón revolucionaria de existencia. De manera que en un momento que hubiera debido serle excepcionalmente propicio, se encontraba irremediablemente aquejado de mongolismo mental.

Era ya totalmente incapaz de discemir que calumnias, procesos falsificados, asesinatos, campos de concentración y exterminio en ellos de millones de hombres, etc., tenían por motivación y explicación el más horrendo de todos los crímenes de la burocracia stalinista, o sea, haber hecho la contrarrevolución en Rusia y haber destruido, al mismo paso, la revolución internacional. Caía por tal modo el trotskismo de bruces en la maniobra «destalinizadora» de Krhutchef, endosaba el demonológico «culto de la personalidad» como explicación de la bestialidad represiva en Rusia, y de paso aceptaba la nueva falsificación tocante a «las violaciones de la legalidad Soviética», como sí no fuese esa misma legalidad —ni por asomo soviética— la que ha sido decretada por y para la contrarrevolución3. La machacona e imbécil exaltación del criminoso palurdo Stalin como genio de genios, era la pleitesía bajuna de sus cómplices subordinados, y la aureola postiza con que se maquilla invariablemente cualquier gran déspota, cualquier Führer.

La inepcia de los de 50 años después del trotskismo la confirma su propio crecimiento numérico. No lo deben a su expresión política y teórica, que va de torpeza en claudicación, a mil leguas de lo requerido para fomentar revolucionarios sino al conocimiento cada vez más extenso de la verdad sobre Rusia e imitadores. Esos centenares o miles de jóvenes acogidos a sus diversos cónclaves por asco del stalinismo, ven cortada su educación revolucionaria, si bien lo ignoran, por los círculos mismos en que ingresan. Los retrollevan en parte al stalinismo, enseñándoles a hacer frente único con él en cada país y momento, militarmente caso de guerra imperialista; los amodorran siempre. Para ellos, no para los veteranos con anteojeras, «esclavos de viejas fórmulas» (L. Trotsky dixit) hay que enumerar los principales abandonos e incapacidades de renovación que, cinco decenios después de la aparición del trotskismo, hacen indispensable la ruptura con él para llegar a la formación de un partido revolucionario.

  1. La incapacidad inicial consiste evidentemente, en no haber discernido que el Frente Popular, política de apariencia socialdemócrata, era en realidad de leva paramilitar pro-guerra imperialista, en perfecto acuerdo con los intereses ya reaccionarios del Partido-Estado ruso. Y que por ello sus encomenderos españoles desempeñaron, frente a la actividad revolucionaria del proletariado, no el papel de un Kerensky o de cualquier organización oportunista liberal-burguesa tipo Segunda Internacional, sino el de la contrarrevolución capitalista… con Moscú por metrópoli.
  2. La reculada principal sumada a dicha incapacidad, consistió en un abandono más o menos vergonzante de la imperecedera divisa proletaria: «¡Contra la guerra imperialista, guerra civil!». La mayoría europea de los partidos de la IV Internacional colaboraron, «resistencias» mediante, a la defensa nacional imperialista, en el campo Occidental tanto como en el Ruso. En Estados Unidos, el Socialist Workers Party, el de mayor audiencia mundial durante toda la guerra, militaba en favor de un triunfismo antifascista, que fueron respaldando los partidos europeos a medida que los ejércitos estadunidenses penetraban continente adentro. El Partido inglés llegó a envanecerse de «nuestro ejercito» (el que combatía en Italia). En Ceylán los dirigentes del Lanka Sama Samaja, Da Silva, Gunawardera, etc., que por un momento parecieron situarse en el internacionalismo, revelaron ser vergonzosos patriotas antibritánicos aun más derechistas que los partidos antes citados y se aliaron a los Pablo, Canon, Mandel, Frank.
  3. Hacia el final de la guerra, esos mismos partidos y grupos, inclusive la dirección de la IV Internacional, hablaron con fatuo ardor de las consecuencias revolucionarias que a su entender tendría el avance de las tropas rusas hacia occidente. La represión desencadenada por dichas tropas contra los trabajadores en acción, desde Finlandia y Polonia hasta Rumania, les hizo poner sordina a su estúpida exaltación, pero no modificar su actitud. No pudiendo negar que los gobiernos de los países aludidos eran impuestos por las tropas ocupantes, no por lucha revolucionaria alguna, los definieron como otros tantos «Estados obreros deformados». El ramal menos comprometido con la resistencia nacionalista en Francia, cuya prolongación actual es Lutte Ouvriere, se distinguió calificando burgueses dichos Estados, y revoluciones ídem la substitución de los antiguos poderes por los nuevos, invariablemente stalinistas. Incluso para la China de Mao Tsedong, algo más tarde, adoptó dichas definiciones, no menos incongruentes y trapaceras que la de sus otros congeneres. Total, en un caso el «Estado obrero degenerado» ruso engendraba una parvada de Estados obreros deformados, contrahechos, como quien dice genéticamente tarados, en el otro, lo obrero del Estado ruso, paría revoluciones y poderes burgueses, en ambos casos ejército, policía y represión antiproletaria mediante. Es difícil imaginar marasmo teórico más despreciable, ni mejor elogio del stalinismo en boca de sus supuestos enemigos de siempre. A partir de entonces todas las tendencias IV Internacional, —pro y regeneradoras incluidas— renegaban de hecho, ya que no explícitamente, de su representatividad histórica. Desde el momento en que se atribuye a la extensión del stalinismo en Europa y en Asia, un valor revolucionario, siquiera positivo aun con defectos, toda otra organización al margen de él o contra él pierde necesidad de existencia. En tal caso, el stalinismo habría tenido razón, en lo esencial, frente a Trotsky, frente a todos sus enemigos y críticos, y eso desde el primer momento. A él y a NADIE más que a él correspondería el gran ometido revolucionario de tan imperiosa necesidad en el mundo actual. Y no se trata de negar lo último de labios a fuera, ni por afirmación sincera; hace falta que concepciones y acciones pongan en la picota el carácter no sólo capitalista, sino además contrarrevolucionario y oscurantista en todos los aspectos, del stalinismo y de sus aliados. Está muy lejos de ser ese el caso para los de 50 años después del trotskismo. De la revolución permanente a la degeneración incesante, tal es su recorrido.
  4. El Congreso de 1948 se negó a condenar la participación en la defensa nacional capitalista so capa de resistencia, y aprobó una resolución política que elevaba la rivalidad Rusia-Estados Unidos al grado de principal contradicción mundial. Se desentendía en realidad de la irreductible contraposición proletariado-capitalismo, en escala terrestre, guía exclusiva de una organización revolucionaria. Por lo uno y por lo otro, la IV Internacional dejaba de serlo a partir de dicho congreso. En lo sucesivo podria deformar, en manera alguna formar revolucionarios. Consecuentemente con el abandono del internacionalismo durante la guerra y con la dicha resolución política, la IV Internacional ha sido un peón fiel a los intereses del Estado Mayor del Kremlin secundando a todos los falsarios venales surgidos en nombre de la liberación nacional, en realidad engendrados por la rivalidad Rusia—Estados Unidos, cuya naturaleza imperialista por ambas partes resulta innegable, salvo para mercenaries 0 imbéciles. Verdad es que, desde la última guerra mundial, la imbecilidad es un factor social importante como nunca, tanto, que hace presa incluso en personas inteligentes en mejores circunstancias.
  5. Resbalando por esa pendiente, tenía que llegar un momento en que la caída fuese reconocida y defendida como algo honroso. Pablo (Raptis) procesado en Holanda por un asunto relacionado con el islámico partido que despotiza en Argelia, se defendió aportando prueba testimonial de haber formado parte, durante la guerra mundial, de la resistencia patriótica francesa. La resístencia patriótico-islámica argelina no tardaría en agradecer a Raptis su colaboración, ascendiéndolo a eminencia gris ministerial. De ello se pavoneó el interfecto. Ninguna diferencia esencial entre su envilecimiento político, y el de la Liga Comunista (Krívine-Frank). Desde su congreso constitutívo enaltecía ésta; en efecto, la calidad de sus militantes «forjados por las revoluciones vietnamita y china». Es decir, por fuerzas constituidas al socaire de la rivalidad interimperialista mundial, asoldadas y armadas por uno de los dos bloques, calco de la contrarrevolución stalinista en Rusia. Por lo demás, no existe partido, grupo o grupito de los de 50 años después que no esté pringado hasta la coronilla, con las maniobras imperialistas del Kremlin y sus respectivos Ho Chi Minh, Castro y otros Pol Pot. Lejos de «nadar contra la corriente», distintivo revolucionario en épocas como la actual, allá se van con el regato fangoso de stalinistas, «socíalistas» y burgueses en pena de izquierdismo. No están sólos, no, y como lo dice la voz popular, «mal de muchos consuelo de tontos».
  6. La hoja de parra del anti-imperialismo cae en cuanto se considera su política en los países occidentales. El pretenso eurocomunismo fué acogido en los medios cuartinternacionalistas como una gran esperanza. El señor economista Mandel, uno de los principales protagonistas de la degeneración cuando utilizaba el pseudónimo Germain, se extasiaba ante la audacia de Santiago Carrillo. Por su parte, Krivine se honró entrevistando al mismo personaje, pútrido entre los pútridos del stalinismo, que ya es decir. Ambos a dos, sus organizaciones en cualquier país y cuantas se colocan el marchamo trotskista, colean cual perro faldero tras la «izquierda» burgueso-stalinista y sindical, lo mismo en período electoral que en cualquier otro. Perjudicial entre todas es su actuación cotidiana cerca de la clase obrera. Absolutamente incapaces de denunciar las pseudo—huelgas sindicales, sean o no stalinistas, como sucias maniobras de consenso, o sea, de retención de la clase trabajadora en el sistema capitalista, se han deslizado dentro de ese mismo consenso. Más de 20 años hace que dijeron «ser parte del movimiento comunista mundial» o sea stalinista. Que ahora se proclamen también «parte de la izquierda» era de esperarse vista su reculada continua.

Ni una sóla de las modificaciones mundiales habidas desde la revolución española y la guerra imperialista, ha sido, no ya comprendida, sino tan siquiera señalada, por los trotskistas de 50 años después del trotskismo. Todas ellas son de gran bulto y conciernen tanto al capitalismo en cuanto sistema, como al proletariado en cuanto antitesis del mismo, y por consecuencia, redundan en la teoría y en la práctica revolucionarias. Basta señalar aquí lo principal. El enorme agrandamiento técnico y productivo del capitalismo, no denota validez como tipo de civilización, sino todo lo contrario. Es deletéreo en la vida diaria de cada trabajador y criminal para la totalidad social, por su producción bélica termonuclear y clásica. Como tal, débese al rechazo de la revolución social, a su vez impuesto por la política de organizaciones falazmente dichas socialistas y comunistas, más los sindicatos de cualquier obediencia. Eso dicho, el potencial técnico existente, arrebatado al capitalismo y puesto en acción para producir únicamente lo necesario a la desaparición de las clases y de la incultura, constituye muy holgada base objetiva de la revolución social. La realización de ésta encuentra pues facilidades materiales incomparablemente mayores que nunca. Pero falta, más que nunca también, el factor subjetivo revolucionario, en cuya ausencia no puede haber revolución social. Y ésto ya no es culpabilidad del stalinismo, del ex-socialismo, ni de los sindicatos, el culpable principal es el trotskismo. Aquellos desempeñan su papel de representantes del capitalismo, cada uno a su manera. El trotskismo sigue tratándolos, ¡hasta hoy! cual, antaño, de organizaciones obreras más o menos oportunistas. No habiéndose enterado de las transformaciones sucintamente señaladas antes, le era imposible ponerse a la altura de las respuestas revolucionarias reclamadas por esas mismas modificaciones. No le quedaba sino la derivación a la derecha y el consecuente amodorramiento intelectivo, sin despertar posible.

Ni el movimiento trotskista ni Trotsky previeron los cambios dichos. Eso, de por sí evidente, sirve a los de 50 años después para justificar su rumiar político. ¡Como sí las imprevisiones, o siquiera los errores de cualquier antecesor fuesen parte a disculpar meteduras de pata e incapacidades de los discípulos, menos aún sus prevaricaciones, cada vez más bochornosas! Muy torpe es el discípulo que se muestra incapaz de ir más allá que su maestro llegado el momento, decía hace medio milenio Leonardo da Vinci. En cuestión de retraso el actual trotskismo no va en zaga de nadie.

¿Qué papel desempeña pues el referido trotskismo y qué definición merece en cuanto organización? Desde luego, no tiene ni tendrá en un futuro cualquiera aptitud para desempeñar el papel revolucionario correspondiente al proletariado, o sea, la transformación del capitalismo en comunismo. Se lo vedan terminante y definitivamente sus ideas, más sus vínculos sociales, en cada país y mundialmente. En cualquier ámbito nacional, izquierdiza respecto de una izquierda capitalista apenas diferenciable de la derecha, y de un stalinismo contrarrevolucionario, dígase europeo o filorruso; en la arena mundial, no pierde ocasión de aventajar los íntereses del Kremlin frente a los de la Casa Blanca de Washington. Lo primero se ayunta a lo segundo. Aquí, entra sin recato en el criminal juego interimperialista; allí, en las avide-
ces y los trapicheos económico-políticos de los diversos sectores capitalistas locales. Lejos de preparar por tal camino un desbordamiento revolucionario a lo bolchevique en 1917, cual explica a sus militantes, su porvenir es la incorporación, siquiera paulatina, a uno de los sectores capitalistas, o la desaparición. Mas suponiendo que por un concurso cualquiera de circunstancias consiguiese un día ocupar el poder, instauraría, no la «fase inferior del comunismo», sino el capitalismo de Estado. De él está henchido por sus nociones economistas, y en su programa subyace a título de nacionalización. Entonces, la revolución tendría que arrollar necesariamente a esos trotskistas, a menos de morir a sus manos.

Tendencias que también proyectan la nacionalización aunque alguna lo silencie, motejan de contrarrevolucionario al trotskismo. Ponen en ello saña, no definición, pasando por alto, además, sus propias similitudes con él. Ahora bien, un análisis definidor certero, no invectivas, es el único susceptible de prevenir radicalmente contra el trotskismo a los jóvenes que anhelan encontrar un medio revolucionario, y de inspirar la ruptura ideológica y orgánica de los que han sido equivocadamente captados por él. El análisis se encuentra en las líneas anteriores; la definición deductible, hela aquí: Cincuenta años después del trotskismo, queda un residuo o desperdicio de lo que fue un movimiento revolucionario durante años cruciales de la historia contemporánea. El desperdicio es al movimiento original, lo que son las mutaciones negativas respecto de las positívas en la evolución de las especies. Ese trotskismo no va hacia el porvenir, y para entrar en el antiporvenir, tendría que desplazar a los partidos y sindicatos ex-obreros, que ocupan todo el lugar disponíble y necesario para el capitalismo. No es revolucionario, ni centrista, ni netamente reaccionario excepto por relación a lo revolucionario; pero sí es un obstáculo importante al resurgir de la subversión comunista del proletariado mundial.

G. Munis, mayo 1982

Notas


1. So pena de complicidad o complacencia con las fechorías pasadas, presentes y futuras del Kremlin, hay que entender por stalinismo la explotación capitalista estatal y su complementario totalitarismo militaro-policíaco, lo resultante de la contrarrevolución.


2. Es un disparate creer que Stalin encargase de asesinar a Trotsky a un sujeto que podía ser reconocido como stalinista por decenas, o centenares de refugiados políticos españoles en México. La «misión» habría corrido gran riesgo de fracasar, o bien de poner en evidencia la mano del Kremlin, cuando este tenía mayor necesidad de hacer pasar el asesinato como obra de un trotskista decepcionado. Para hacerse perdonar la vida por los guardias de Trotsky, e] asesino exclamó y repitió: «lo he hecho para que liberen a mi madre encarcelada en Rusia» lo que cuadra bien con los métodos de ]a GPU, a la inversa de la versión acreditada incluso por Gorkin y otros. En efecto, Si Caridad Mercader rondaba cerca de la casa de Trotsky en el momento del asesinato, o siquiera en el pais, es razón suplementaria para no creer que fuese la madre de] asesino. Sin añadir más aquí, la psicología, los gustos, el acento en francés y en inglés del asesino no eran los de un español, de cualquier región que sea.


3. Los soviets fueron oficialmente disueltos en 1936, precisamente cuando la clase obrera daba signos de querer reactivarlos contra la burocracia que los había reducido a mera ficcion. Lo que recibe desde entonces el mismo nombre, son asambleas aún más serviles ante el poder que las ha aparejado que las Cortes de Franco.

 
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