Qué es reformismo

Alegoría de la derrota de la reacción tras el fin de las leyes antisocialistas (1893).
En la segunda mitad del siglo XIX el capitalismo conoció su periodo de mayor y más rápido desarrollo. La existencia de grandes mercados extracapitalistas tanto en el interior de las grandes naciones burguesas (artesanado y campesinado independiente, sin asalariados, que vendía en el mercado su producto) como en el exterior (Europa, China, India, buena parte de América...) permitieron un desarrollo de la productividad como nunca se había visto en la Historia.

En ese marco, el movimiento obrero se organizó masivamente en casi todos los países capitalistas en los partidos socialdemócratas y los sindicatos que se ligaban a éstos. Hay que decir que los grupos parlamentarios socialdemócratas, siguiendo al partido alemán, tenían una estricta política abstencionista en los parlamentos nacionales y regionales que obligaba al voto en contra cuando se discutía cualquier presupuesto público. El presupuesto era cosa de la burguesía y de cómo organizaba su maquinaria de dominación. Su asunto, no el nuestro. Solo tenía sentido votar cuando se trataba de hacer reales aquellas reformas -como el derecho de reunión, la libertad de prensa o el voto universal para ambos sexos- que facilitaban, de manera permanente o al menos sostenible en el tiempo, la auto-organización de los trabajadores y su presencia pública como sujeto político. Dicho de otra manera: el parlamentarismo era una herramienta, entonces efectiva, del proceso de constitución del proletariado en clase social independiente. Los sindicatos, las cooperativas, las organizaciones de mujeres, etc. se concebían en la misma lógica. Eran ante todo lugares de difusión y reflexión en torno al programa comunista. Y las mismas luchas salariales y por las condiciones de trabajo se entendían ante todo como parte de ese proceso auto-educativo, constitutivo, de la clase.

El prodigioso desarrollo industrial y tecnológico del capitalismo en su fase ascendente multiplicó las capacidades y el conocimiento humano.
La socialdemocracia actuaba como una fuerza revolucionaria celosa de la independencia de clase, en un marco donde la revolución no se planteaba en el horizonte inmediato porque:

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La burguesía misma estaba dedicada a demoler las instituciones heredadas de la época feudal, desde la pequeña propiedad agraria a la vieja estructura de propiedad feudal, desde Europa a China. Esto llevaba a una coincidencia más que puntual en la práctica cotidiana con el ala izquierda de la burguesía, la pequeña burguesía democrática, republicana. Esta cercanía alimentaba inevitablemente el oportunismo, es decir un cómodo cortoplacismo que tendía a olvidar que solo desde el objetivo, solo desde el futuro, la acción de clase sirve a la constitución de la clase. Como escribió Lenin:

El oportunista no traiciona a su partido, no le es desleal, no se retira de él. Sigue sirviéndolo, sincera y celosamente. Pero su rasgo típico y característico es que cede al estado de ánimo de momento, es su incapacidad de oponerse a lo que está en boga, es su miopía y abulia políticas. Oportunismo significa sacrificar los intereses prolongados y esenciales del Partido en aras de sus intereses momentáneos, transitorios y secundarios.

Lenin. ¡El radical ruso reflexiona con retardo!, 1906

Propaganda por la jornada de ocho horas de los sindicatos alemanes en 1895.
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El capitalismo como un todo se desarrollaba todavía a toda velocidad y estaba emprendiendo la fase final de la creación del mercado mundial, base, según Marx, de esa experiencia universal que creaba al proletariado como sujeto universal; pero también de su paso a una nueva etapa en la que se tornara un «freno al desarrollo de las fuerzas productivas» haciendo la revolución necesaria.

Esta expansión capitalista sostenida hacía que en la lucha cotidiana por el salario y en la lucha política por las libertades políticas que fortalecían la organización autónoma de la clase, se pudieran conseguir mejoras duraderas.

La tensión entre la reivindicación concreta, «inmediata», y el objetivo último se materializó en el establecimiento por los partidos socialistas de un «programa mínimo» y un «programa máximo». Este último, el objetivo comunista, quedaba como dijo Rosa Luxemburgo, como un «lucero distante» ante el prodigioso desarrollo económico que desplegaba un capitalismo todavía en expansión global. En ese marco, la mayor parte de la actividad comunista se concentraba en obtener mejoras sólidas en las condiciones materiales y espacios para su auto-organización política. La derecha del partido usó esta división como «una capa para encubrir todo tipo de oportunismo», disfrazando como aspectos de la «lucha inmediata» una colaboración institucional tanto desde los sindicatos como en el Parlamento que acabó en la «unión nacional» y el encuadramiento para la guerra. Pero la lucha inmediata, las reivindicaciones laborales y de derechos sociales y civiles que se ligaban a estas fueron también el centro de actividad del ala izquierda porque en aquel marco servían al desarrollo de la conciencia, eran en sí mismas revolucionarias porque:

Despiertan en el proletariado la comprensión, la conciencia socialista y lo ayudan a organizarse como clase.

Rosa Luxemburgo. Reforma o revolución

Caricatura sobre Marx y el socialismo en «Le figaro» 1 de mayo de 1892. A la «tierra prometida» del socialismo se llegaría, según este periódico conservador, a través del barco del sufragio universal.
Es decir, el reformismo no consistía en luchar por reformas, sino en defender que mediante la lucha por mejoras y reformas duraderas -que eran todavía posibles- podía alcanzarse el socialismo sin pasar por una revolución. El reformismo se deslizaba de manera natural a negar que el capitalismo tuviera un límite objetivo a su desarrollo progresivo, que fuera necesariamente a entrar en una etapa de crisis y guerras generalizadas, la famosa «decadencia» capitalista que la primera Guerra Mundial demostraría materialmente. Por eso llevaba a «revisar» el análisis marxista de la acumulación capitalista y su teoría del estado y la revolución, de ahí que en su forma más acabada, la de Berstein, fuera etiquetado por los revolucionarios como «revisionismo».

El reformismo no consistía en luchar por reformas, sino en defender que mediante la lucha por mejoras y reformas duraderas -que eran todavía posibles- podía alcanzarse el socialismo sin pasar por una revolución

¿Existe hoy el reformismo?

Hoy no existe el reformismo, no nos venden que el capitalismo pueda convertirse en otra cosa, sino que es posible un mundo utópico donde el capitalismo «funcione».
La verdad es que no. No existe ningún grupo de trabajadores hoy en día que defienda que el comunismo, una sociedad desmercantilizada y basada en la abundancia, pueda alcanzarse gracias a las tendencias hacia la concentración y el monopolio del capital, mediante un incremento progresivo de la participación de los trabajadores en una renta nacional siempre creciente y el desarrollo como clase política gracias a la culminación de conquistas democráticas.

Hoy «la izquierda» nos vende que es posible un capitalismo sin guerras (pacifismo), sin discriminaciones (antiracismo, feminismo), que no destruya la Naturaleza (ecologismo) o que no rompa a la sociedad y que en vez de generar miseria masivamente se convierta mágicamente en «popular» o «democrático» (partidos de izquierda). Nos venden un imposible capitalismo «progresista» porque niegan la posibilidad de un progreso más allá del capitalismo que el verdadero reformismo daba por cierto.

La «izquierda», el feminismo, el ecologismo... nos venden un imposible capitalismo «progresista». Niegan la posibilidad de un progreso más allá del capitalismo que el verdadero reformismo daba por cierto.

No, el reformismo no existe. Existen partidos herederos de aquellas organizaciones de la II Internacional que, anquilosadas y abotargadas por el reformismo, cruzaron con armas y bagajes las fronteras de clase llamando a los trabajadores a matarse los unos a los otros bajo banderas nacionales. Existen discursos que pretenden convencernos de que algunas reformas duraderas son todavía posibles en el capitalismo existente y que deberíamos concentrarnos en ellas. Pero lo que plantean no es que a través de esas «reformas» se pueda llegar al comunismo. Nos dicen que imaginar el fin de la mercancía y el trabajo asalariado es «utópico» y nos invitan a abandonar cualquier perspectiva de transformación real de las relaciones de producción para centrarnos solo en sus síntomas más repugnantes... y así no poner en cuestión la raíz.

Y lo interesante es precisamente eso: que no exista reformismo es una evidencia más de la decadencia histórica del capitalismo. Aunque durante el periodo de reconstrucción que siguió a las guerras mundiales hubo quien intentó vender esa ilusión, hace décadas que nadie, ni siquiera los vendedores de ideología más enloquecidos, pretenden que el capitalismo sea progresivo, que tenga un desarrollo pacífico y que los trabajadores se estén consolidando como clase política y participando crecientemente de la riqueza social producida.

La ausencia de reformismo hoy es una demostración palpable del carácter reaccionario del capitalismo. Nadie cree ya que tenga un desarrollo pacífico en el que el trabajo participe de forma creciente y sostenida de la riqueza social
 
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