Qué es la proletarización

Fábrica de neveras argentina en los años 30
Desde ambos lados del espectro político se nos dice que la sociedad capitalista ha cambiado completamente desde la era de los grandes movimientos obreros y que el antaño sujeto revolucionario, la clase trabajadora, ya no existe o se ha vuelto irrelevante. Es cierto que el obrero industrial se ha vuelto cada vez mas escaso en los países centrales, al trasladarse gran parte de la capacidad industrial a los países emergentes. Pero eso no significa que la clase trabajadora no siga siendo la más numerosa de la sociedad. El marxismo analiza a la sociedad como una totalidad; a partir de ahí emerge una visión de las relaciones sociales y la división del trabajo. Las sociedades de clases no son un conjunto estático, la transformación constante de los medios de producción que caracteriza al capitalismo también transforma al mundo del trabajo y al tipo de empleos comunes a cada época. Nunca fue razonable esperar una similitud entre los trabajadores de 1790, aún mayoritariamente artesanales, y los de la época de la gran industria de 1890. Y por lo mismo, el progreso constante en los medios de producción, hacía poco seria cualquier expectativa de encontrar un siglo después, en 1990, al mismo arquetipo de trabajador medio que en la era de la industria pesada.

Call center en Madrid
Clase trabajadora es la que intercambia su fuerza de trabajo por salario y es explotada por el capital para generar la plusvalía que engrasa las ruedas de ésta sociedad. Lo que la define es la lucha de clases y las relaciones de producción; no unas supuestas esencias sociológicas fosilizadas en el tiempo. Del mismo modo que la tecnología capitalista se encuentra en cambio continuo, las condiciones de trabajo de los trabajadores se encuentran también en transformación permanente.

Del mismo modo que la tecnología capitalista se encuentra en cambio continuo, las condiciones de trabajo de los trabajadores se encuentran en transformación permanente.

El proceso de proletarización

Cestero artesano en un azulejo de Gandía. Siglo XVIII.
La transformación del capital mercantil en industrial, el nacimiento del capitalismo, se fundó sobre el desarraigo masivo y forzoso de los campesinos, la expansión del mercado a todas las esferas productivas y el ascenso de la antigua clase de los mercaderes a clase dominante. Las consecuencias de esta transformación fueron enormes. Los desposeídos, arrancados del campo, se vieron obligados a vender su fuerza de trabajo a quien poseía los medios para producir mercancías. Esta clase poseedora, la burguesía, se vio obligada a incrementar la productividad progresivamente en un proceso en el que cada burgués individual intentaba obtener ventaja en el mercado contra los demás propietarios incorporando mejoras tecnológicas y organizativas1. Esta carrera, que desarrolla las capacidades productivas de la sociedad, se reflejó en una bajada de precios que arruinó a prácticamente todos los artesanos.

No se trataba solamente de la proletarización de los campesinos «desterrados», de hecho y desde el principio, el progreso en la técnica significa también la proletarización de los artesanos altamente formados. El proceso toma proporciones aun mayores en la década de los 90 del siglo XIX, cuando llega la «administración científica» del trabajo de la mano de Frederick Taylor y Carl Barth. Todavía en esas fechas, los trabajadores recibían una larga formación y «acaparaban» conocimientos técnicos que los capitalistas veían como un peligro para el negocio. Barth y Taylor se dedicaron a encontrar la mejor manera de estandarizar, repartir y simplificar el trabajo de cada obrero para asegurar la menor resistencia de los trabajadores y la mayor tasa de ganancia.

Mi sueño es que un día cada prensa vaya a la misma velocidad y cada correa este tan armonizada a lo largo y ancho del mundo como los tonos musicales

Carl Barth, Hearings of the US Commissions on Industrial Relations.

Trabajadores en un laboratorio farmacéutico.
La lógica del capital se extiende y se repite sin cesar a lo largo del siglo XX: empujados por el mercado y la competencia, los capitalistas aumentan la productividad y reducen al trabajador a una tarea rutinaria y vacía de toda vida. Para aumentar la productividad se ven empujados a introducir nueva maquinaria y, dada la insuficiencia crónica de mercados más allá de las reconstrucciones que siguieron a las grandes guerras mundiales, a reducir plantilla2.

Debido a las relaciones sociales capitalistas, que atan la producción al mercado y reducen el trabajo a un ente abstracto y universalmente intercambiable, el trabajo se ve reducido de actividad humana por excelencia, a esclavitud. Esclavitud vacía de vida donde por ende y para ridiculez final son las máquinas las que cada vez hacen mayor parte del trabajo que antes hacían los humanos… pero no para liberar a los trabajadores, sino ¡¡para mantenerlos atados a ellas!!

La historia del capitalismo es, desde sus comienzos, la de la proletarización de campesinos autónomos, artesanos, productores independientes, pequeños burgueses y profesionales.

Un nuevo tipo de máquina entra en escena: el ordenador

Redacción de «El Periódico», Barcelona, en 2014.
Al acabar el ciclo permitido por la reconstrucción que siguió a la segunda guerra mundial, a principios de los años 70, el capitalismo entra en crisis. El «boom» económico de la posguerra se ha acabado. Además de toda una serie de modificaciones en el capital financiero, se plantea un cambio en el modelo productivo, una reestructuración del empleo en los países centrales. La industria pesada, otrora paisaje vital de los obreros estereotipados en la propaganda política, es enviada a ultramar, desmontada reactor por reactor, chimenea por chimenea. Si la máquina de vapor significó el fin de los artesanos, ahora entra completamente en escena un nuevo tipo de máquina que revolucionará la producción capitalista: el ordenador.

El aumento exponencial de capacidad computacional y de telecomunicaciones produjo desde el primer momento una gran expansión del sector de servicios en los países centrales. Abundan historias personales de ex-trabajadores de la industria automovilística reconvertidos en empleados de oficina tras una breve formación en una escuela técnica o en la universidad. Como contaban algunos empleados «reconvertidos», las condiciones en el nuevo empleo son mejores, pero no hay organización ni conciencia de clase y se arriesgan al despido si suenan lo mas mínimamente comunistas.

«Software factory» de Ibermática.
Pero no se trata solamente de obreros de la industria clásica reconvertidos, como ocurrió en el pasado con los artesanos independientes. Los trabajadores con oficios «intelectuales» también estaban siendo proletarizados: ingenieros, científicos, médicos, arquitectos, periodistas y otras profesiones que requerían una elevada formación en el pasado y encontraban empleos de mayor estatus social y salario, ahora se vuelven redundantes. El ordenador es una copia de la mente humana con mucha más memoria potencial que la que ningún trabajador intelectual podrá tener nunca. Programas informáticos pueden calcular, modelar y planificar mas rápidamente y con mayor seguridad que la que cualquier ingeniero puede tener. La hemeroteca del periodista esta a tres clics de ratón, el científico se ve reducido a apretar botones en una maquina de PCR siguiendo procedimientos estandarizados ¡¡un proceso idéntico a las máquinas de las fábricas de antaño!!

Igual que la máquina de vapor acabó con los artesanos, el ordenador acabó con el status y la remuneración de los trabajadores de los «oficios intelectuales»

Reunión de precarios en Escocia
Esto es muy significativo. El capitalismo esta destruyendo una de las principales divisiones que dificultaban la afirmación de la clase universal: la diferenciación entre el trabajo manual y el intelectual. La fetichización extemporánea del trabajador manual del siglo pasado no tiene ningún sentido sencillamente porque la identificación exclusiva del proletariado con el trabajo manual no tiene base en la estructura productiva del capitalismo actual. De hecho, podemos decir que la identificación reductora del proletariado a los trabajadores manuales, contribuye hoy por hoy a la confusión general y dificulta la toma de conciencia por parte de una clase cada vez más precarizada que ya no es llamada a producir en grandes fábricas y que en su mayoría no ha tenido contacto con ellas. La reducción del peso demográfico de los trabajadores industriales clásicos en el conjunto de la clase no es en sí una mala noticia desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores. Bajo las nuevas condiciones, las posibilidades de afirmación como clase y de toma de conciencia se multiplican.

El capitalismo esta destruyendo una de las principales divisiones que dificultaban la afirmación de la clase universal: la diferencia entre el trabajo manual y el intelectual.

Notas

1. La competencia entre capitalistas por aumentar la plusvalía y ganar el mercado toma dos formas

  1. La más sencilla y evidente es aumentar la plusvalía en términos absolutos: simplemente pagar menos por hora trabajada, bajando salarios y alargando jornadas. Pero esta estrategia, en una situación de práctico pleno empleo, producía que la competencia entre los capitalistas por los trabajadores privara de mano de obra -o al menos de la mano de obra más productiva- a quienes seguían esta estrategia.
  2. La «ideal» según la propia burguesía es incorporar tecnologías que permitan producir más con menos horas de trabajo, es decir, aumentar la plusvalía relativa. En teoría eso permitiría aumentar salarios y aumentar los beneficios al mismo tiempo, pero solo a condición de que el mercado aumente también. Ese fue el motor de la expansión del capitalismo por todo el mundo durante el siglo XIX.

2. El capitalismo se basa en una relación social muy sencilla: el incremento de valor que realiza el trabajo -la plusvalía- es apropiado por el capital y se integra a éste. Por eso, como apunta Marx, «la existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajador que la produjo; la demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada», es decir, suficiente, para «comprar» todo lo producido. Por eso el capitalismo es brutalmente expansivo desde el primer momento: necesita llevar al mercado a masas de campesinos independientes y artesanos en los países donde se desarrolla porque necesita una demanda mayor de la que él mismo produce. Este mecanismo se reproduce a escala global y explica la rapidísima extensión del capitalismo en el mundo durante el siglo XIX en busca de mercados. Esta expansión se produce en ciclos de auge, desarrollo tecnológico y crisis que culminan con una nueva expansión del mercado mundial, tanto dentro de cada estado capitalista como geográficamente, absorbiendo nuevas regiones y países en él.

Pero el globo es finito y también el volumen de la creación de valor de la que, globalmente, son capaces los productores independientes de valor, los campesinos independientes, los artesanos, etc. que no producen plusvalía. El resultado histórico es que a partir de cierto punto se produce una saturación permanente de mercados que a su vez da paso a un capitalismo sin ocupaciones rentables suficientes para todo el capital que reproduce y se incrementa (la famosa «sobreacumulación»). Esta nueva etapa, esta fase global del capitalismo como un todo, es lo que se llama imperialismo. En la medida en que todos los capitales nacionales cada vez tienen acceso a menos mercados en los que colocar su plusvalía, la competencia se agudiza sin por ello generar globalmente más demanda. La consecuencia inevitable es que la mejora tecnológica no produce subidas de la masa salarial pagada en total, sino desempleo.

 
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