Qué es la pauperización

La pauperización de los trabajadores en el capitalismo integra desempleo, reducción de los salarios reales y exclusión social.
Pauperización es el nombre que recibe el proceso sostenido y generalizado de empobrecimiento de capas completas de la población. Como todos los fenómenos sociales, tiene un fundamento económico y un desarrollo histórico. Para entender en qué consiste y saber a partir de qué momento y bajo qué circunstancias deja de ser una expresión coyuntural de una crisis temporal para convertirse en una tendencia permanente tenemos que entender en qué consiste el capitalismo y en qué momento histórico de su desarrollo se encuentra.

La cuestión no es si el capitalismo produce «pauperización» sino cuando deja de ser una expresión coyuntural de una crisis temporal para convertirse en una tendencia permanente

¿Qué es el capitalismo?

Tejedores en Manchester en los años 20
El capitalismo se basa en una relación social muy sencilla: el trabajo asalariado. El incremento de valor que realiza el trabajo -la plusvalía- es apropiado por el capital y se integra a éste, es decir, produce más capital que a su vez buscará «reproducirse», generar plusvalor. Eso es lo que se llama «acumulación»: el capital crece, se acumula en cada ciclo con el incremento de valor producido en el ciclo anterior. Pero hay un problema: como apunta Marx, «la existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajador que la produjo; la demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada», es decir, suficiente, para «comprar» todo lo producido. Por eso el capitalismo es brutalmente expansivo desde el primer momento: necesita llevar al mercado a masas de campesinos independientes y artesanos en los países donde se desarrolla porque necesita una demanda mayor de la que él mismo produce. Este es el «núcleo» del capitalismo. Al extenderlo sobre el plano histórico aparecen dos fases claramente diferenciadas: una «progresiva», de ascenso y expansión global; otra de decadencia en la que el propio sistema se convierte en un freno al desarrollo de las capacidades y fuerzas productivas que ha desarrollado.

El capitalismo, como todos los modos de producción anteriores, tuvo una fase histórica ascendente en que liberó fuerzas y capacidades productivas latentes y una fase decadente en que las coharta y destruye

El capitalismo ascendente

El prodigioso desarrollo industrial y tecnológico del capitalismo en su fase ascendente multiplicó las capacidades y el conocimiento humano.
En su fase ascendente el capitalismo tiene oxígeno de sobra para realizar la plusvalía que obtiene de los trabajadores, vendiendo a los campesinos independientes, los artesanos, etc. Con un mundo entero por delante, libera y despierta fuerzas productivas dormidas e impensables en el sistema feudal y los sistemas anteriores de los países que luego serían coloniales o periféricos. En esta fase, la burguesía se presenta como revolucionaria frente a las clases dominantes anteriores.

Por supuesto la burguesía no es homogénea ni deja de competir en el mercado entre sí. Esta competencia se daba -y se sigue dando- de dos formas. La más sencilla y evidente es aumentar la plusvalía en términos absolutos: simplemente pagar menos por hora trabajada, bajando salarios y alargando jornadas. Pero esta estrategia, en una situación de práctico pleno empleo, producía que la competencia entre los capitalistas por los trabajadores privara de mano de obra -o al menos de la mano de obra más productiva- a quienes seguían esta estrategia. La «ideal» según la propia burguesía es incorporar tecnologías que permitan producir más con menos horas de trabajo, es decir, aumentar la plusvalía relativa. En teoría eso permitiría aumentar salarios y aumentar los beneficios al mismo tiempo, pero solo a condición de que el mercado aumentara también. Es decir, en el periodo ascendente del capitalismo la pauperización es el resultado de la aparición desempleo que permite a los capitalistas bajar los salarios… lo que a su vez aumenta el desempleo porque reduce el mercado. Es la dinámica «clásica» de la crisis capitalista en la que la sobreproducción de mercancias, el desempleo y la bajada de salarios van de la mano y se alimentan mutuamente.

Botadura de uno de los primeros grandes vapores mercantes británicos que sirvieron para reducir los costes de transportes de mercancías y expandir el comercio internacional.
Estas crisis, son en principio nacionales, se producen cada vez que encuentra un límite en el mercado extracapitalista interno. No es que «se acaben» los campesinos, sino que una mala cosecha o la falta de infraestructuras de comunicaciones acaban determinando su capacidad de absorción. En la cercanía de cada crisis se producen la expansión del crédito -para inflar la demanda artificialmente- y el aumento de la competencia entre capitalistas para aumentar la plusvalía y mantenerse en el mercado existente. Si unimos con lo anterior, el ciclo económico típico del capitalismo ascendente resulta evidente: expansión del mercado -> desarrollo tecnológico -> signos de saturación del mercado –> expansión del crédito -> aparición de desempleo y sobreproducción -> aumento de la plusvalía absoluta -> nueva crisis

Es decir, cada ciclo se cerraba con «sobreproducción» de mercancías y pauperización de los trabajadores, y comenzaba con una nueva expansión de los mercados hacia dentro (mediante amortizaciones, construcción de vías de comunicación, etc.) y hacia fuera (conquista de colonias, unificación nacional, imposición del libre comercio en nuevas regiones, etc.). Como esto era todavía posible porque existía globalmente -e incluso localmente- una amplia economía precapitalista, cada ciclo de crisis se cerraba con la expansión de un capitalismo empoderado por nuevas tecnologías, más fuerzas productivas, un proletariado ampliado por nuevas masas desposeidas, nuevos desarrollos de los transportes, etc.

La pauperización, el empobrecimiento masivo de los trabajadores, mezcla de desempleo y caída de los salarios, era un fenómeno puntual, un síntoma de fin de ciclo y, de alguna manera, la antesala de una nueva expansión en la que con productividades mayores los salarios reales también crecerían hasta la siguiente fase de crisis.

En el capitalismo anterior a las guerras mundiales la pauperización se producía al final del ciclo y antecedía a una nueva expansión y subida de salarios reales

Imperialismo y decadencia capitalista

El imperialismo no es más que el resultado de la imposibilidad de realizar toda la plusvalía en un mercado interno donde los trabajadores son ya la gran mayoría de la población y por definición no pueden comprar todo lo que han producido.
El capitalismo es un sistema parasitario, que necesita de vender a otros sistemas para poder materializar el valor creado. En un mundo finito, cuanto más se expandía más difícil le resultaba volver a hacerlo. El mundo se acababa… literalmente: a finales del siglo XIX la mayor parte de la población mundial vive ya bajo su dominio… aunque todavía no esté proletarizada al nivel de hoy. El resultado transforma el capitalismo, le hace entrar en una nueva etapa: el imperialismo. En un principio, los síntomas de un cambio de fase solo se dan en los países con mayor concentración de capital, pero en realidad, la ausencia de mercados extracapitalistas suficientes en el mercado interior y exterior, es un fenómeno global que transforma en veinte años todas las estructuras capitalistas, la organización del estado y hasta las formas de la propiedad. El capital se centraliza, concentra y sobreacumula. Incapaz de encontrar destinos rentables aparecerán un capital ficticio dedicado a la especulación y se incentivarán las tendencias al militarismo y la guerra en la disputa permenente de mercados y destinos rentables para el capital.

El imperialismo será el preámbulo de un nuevo tipo de ciclo económico. Como el capitalismo ha conquistado ya el mundo entero, las crisis serán globales y darán paso a guerras mundiales a las que seguirán periodos de reconstrucción proporcionales a la cantidad de capital fijo destruido junto con millones de vidas. Esta globalización de crisis, guerras y reconstrucciones expresa hasta qué punto el capital ya no cabe en el mercado nacional. Le resulta ya imposible desarrollarse de manera independiente, autónoma, en el territorio de un único estado nacional. Y esto aplica incluso a los periodos de reconstrucción, que solo superficialmente recuerdan, a las fases de crecimiento del capitalismo ascendente.

Los ciclos en el capitalismo decadente son de crisis, guerras y reconstrucciones y no son nacionales ni regionales, sino globales, expresando hasta qué punto el capital ya no cabe en el mercado nacional

La pauperización en el capitalismo de hoy

Las hambrunas en Biafra (Nigeria) mostraron los límites de los jóvenes estados capitalistas africanos durante la reconstrucción posbélica.
Y es que la tendencia a la pauperización estará presente durante todo el ciclo económico, aunque solo se hará claramente global en la fase de crisis. La demostración es clara cuando hablamos de la «liberación nacional» porque aun cuando la burguesía nacional expulse a los colonizadores o derrote a las últimas clases feudales, no va a poder desarrollar las fuerzas productivas al modo del capitalismo ascendente, sino bajo las formas deformadas del capitalismo de estado, los monopolios y el totalitarismo. Este fenómeno que se ve ya en Turquía a principios del siglo XX, se convierte en evidencia brutal con la «descolonización» que inauguró el periodo de reconstrucción: buena parte de las «liberaciones nacionales» africanas y asiáticas abrieron paso a pauperizaciones masivas y atroces.

Las nuevas burguesías nacionales, incapaces de poner en marcha un desarrollo «clásico» sobre bases nacionales, solo podrán aspirar a un modelo exportador que expresará y dará forma a su dependencia. Si vendes fuera más de lo que compras de fuera, a fin de cuentas estás realizando la plusvalía a costa de otros estados capitalistas. De ahí la obsesión por la balanza comercial de Trump. La plusvalía en un mercado saturado globalmente es como el diablo de la botella de Stevenson, todos ganan mientras encuentren a quien pasársela. Dependientes de cuotas de exportación, del cambio de divisas y de mercados con techos relativamente estables, sufrirán una bajada sostenida de la tasa de ganancia y una permanente sangría de capitales hacia el exterior a falta de ocupaciones rentables en un mercado interno que nació ya prácticamente saturado. Por eso recurrirán en tantos casos a capitalismos de estado totalizantes vendidos como «socialismo». Pero al final, con independencia del discurso ideológico, Argentina, Venezuela o Cuba son estructuralmente muy similares: desempleo y subempleo estructurales e incremento de la explotación en términos absolutos marcan el desarrollo social de todos ellos.

Fábrica de neveras argentina en los años 30
Y si la pauperización se hace presente donde la burguesía es más joven y débil ya durante la reconstrucción, la tendencia se hará patente y constante en todos los países, también los centrales, en cuanto se entre en una nueva -y larga- fase de crisis a principios de los setenta. Carentes de mercados precapitalistas, y en una huida permanente hacia el crédito, las innovaciones tecnológicas no pueden impulsar ya expansión exterior. Así que la innovación, la estrategia de incremento relativo de la plusvalía, produce pura y simplemente desempleo. Es el cuadro de la pauperización sistémica, expandiéndose como una mancha de aceite de la periferia hacia el centro capitalista a lo largo de todo el periodo… como Marx había previsto en «El Capital», por cierto.

¿Excepciones? Pocas y solo aparentes. La guerra permitirá a algunos países «neutrales» y todavía con algunos mercados internos extracapitalistas, una cierta diversificación productiva y el desarrollo de un mercado interno. Es el caso de Argentina, e incluso de Chile durante los años cuarenta. En otros casos como España, Portugal, Taiwan o Corea del Sur será el acceso privilegiado a mercados externos, por consideraciones estratégicas del bloque americano durante la guerra fría, el que permita un cierto desarrollo capitalista «a destiempo histórico» e incluso una cierta expansión imperialista. En todos estos casos podemos hablar de «ventanas» de tiempo breves en los que a partir de cierto momento el desarrollo del desempleo y la tendencia a la baja de los salarios se aunarán para hacerse estructurales. Pauperización constante a velocidades cambiantes según las décadas y las regiones.

China ha reducido la pobreza extrema mientras ha gozado de acceso a libre a mercados externos y se ha apoyado en la demanda interna de un campesinado independiente masivo y cautivo al que se impide emigrar a la ciudad.
Pero la mayor «excepción» seguramente sea China. Y solo después de 1989 porque antes las grandes campañas maoistas orientadas a crear una «acumulación originaria socialista» al estilo ruso, habían producido también hambrunas espantosas y millones de muertos. Pero si miramos de cerca, China aunaba tres cosas en 1989: disponía todavía de mercados no capitalistas amplios (campesinado independiente que podía absorber la plusvalía industrial), poder imperialista regional -que permitía colocar capitales excedentarios en países vecinos- y acceso prácticamente libre a los mercados de los países centrales. Tres condiciones prácticamente únicas a esa altura del siglo y desde luego únicas a esa escala. Condiciones que ahora empiezan a socavarse y ponerse cada vez más en duda por su propio desarrollo y sobre todo por la guerra comercial con quien había sido su mentor, EEUU.

Hoy la pauperización es una tendencia permanente. Las condiciones que precisaron las «excepciones» como China confirman la imposibilidad de revertirla globalmente.

Como las olas en la orilla

Banco de alimentos en Glasgow. Los «food banks» se han convertido en una parte de la vida de la clase obrera precarizada británica que a pesar del pluriempleo muchas veces no puede llegar a fin de mes con comida para sus hijos.
Existe una tendencia general y permanente a la pauperización en el capitalismo decadente. Puede revertirse temporal y localmente. Un cambio tecnológico que requiere conocimientos especializados, puede dar aire a una categoría concreta de trabajadores. Una súbita demanda internacional de una materia prima o una industria local relativamente exclusiva o innovadora pueden generar un desarrollo temporal del capital nacional y durante unos años, una cierta recuperación de salarios. Pero nada de eso niega la tendencia, que volverá una y otra vez.

Un mercado en saturación permanente, la ausencia de destinos productivos rentables para tanto capital acumulado... lo que define al capitalismo de hoy son las condiciones para la pauperización

Evolución del número de kits de emergencia alimentaria para 3 días repartidos en Gran Bretaña por bancos de alimentos.
El mercado del capitalismo decadente vive en la saturación permanente. Por eso las empresas dedican 572.000 millones al año a publicidad. No hay destinos productivos rentables para tanto capital acumulado. Por eso el capital ficticio es tres veces mayor que el capital productivo, o lo que es lo mismo, las apuestas sobre los resultados de las empresas son tres veces el capital invertido en ellas. En un capitalismo global así la apuesta por la innovación tecnológica produce desempleo y el desempleo abre las puertas a la estrategia de aumentar la explotación en términos absolutos. Es decir, lo que define al capitalismo actual es su tendencia a la pauperización del trabajo. Por eso el capital no puede avanzar sin atacar de forma cada vez más brutal y directa a los trabajadores en todo el mundo, desde Rusia a Argentina, desde España a Chile. Con la guerra comercial y las tensiones crecientes hacia la guerra generalizada la pauperización no puede sino hacerse aun más patente. Solo negando la realidad social de nuestra clase se puede relativizar lo que nuestros barrios viven desde hace años. La pauperización, como las olas en la orilla, vuelve constantemente para recordarnos que el capitalismo es hoy la principal amenaza que sufre la Humanidad.

La pauperización, como las olas en la orilla, vuelve constantemente para recordarnos que el capitalismo es hoy la principal amenaza que sufre la Humanidad.
 
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