Qué es la militancia comunista

La aparición de nuevos grupos internacionalistas en todo el mundo ha renovado la discusión sobre la naturaleza de la militancia de clase. No se trata de establecer el molde, un «hombre nuevo» ni un ideal. Se trata de entender en que consisten las responsabilidades que para cada uno resultan de esa «escuela de pensamiento político y, por consiguiente, organización de lucha»1 que ha de ser el partido, siquiera sea, como hoy, un partido en formación, en devenir.

Los fundamentos

Postal enviada por JJ Morato desde la prisión central de Madrid durante la huelga de 1908.
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Desde las primeras expresiones políticas del proletariado, el trabajador internacionalista fue consciente de que su militancia suponía abrazar una vida extraordinaria: vivir conscientemente significaba «subordinar sus propios fines a los de la especie»2. Es decir, convertir su vida en útil a un proceso que trasciende en mucho al individuo tal y como el capitalismo lo define. Pero si el individuo no puede existir más que como alienación en una sociedad dividida en clases, el objeto de ese «movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual»3, el comunismo, hace el «descubrimiento del hombre por el hombre mismo, al fin posible»4, proyectando sobre las formas de la militancia de hoy, la exigencia y la promesa de una forma distinta de integrarse en la Historia a través del hacer colectivo. El compromiso del militante no es una negación de su personalidad, sino una superación del individualismo y la atomización para destilar una consciencia que lucha por convertirse en consciencia humana, de especie.

El compromiso del militante no es una negación de su personalidad, sino una superación del individualismo y la atomización para destilar una consciencia que lucha por convertirse en consciencia humana, de especie.
Escena del segundo congreso de la Liga de los Comunistas -el primero en el que participaron Marx y Engels- según una ilustración de la época.
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Para empezar, integrarse al movimiento consciente de la clase significa abrazar un modo de aportar e intervenir que solo puede vivir en la discusión y la práctica política colectiva. Ese conocimiento colectivo que se destila en programa, verdadero núcleo de la consciencia de clase, es el que establece continuidades históricas y políticas. Es el programa y el método que lo anima, el que permite a una clase explotada, dotarse de una estrategia consciente a caballo de la propia combatividad que su situación en la sociedad le impone5.

No existe alma distinta del cuerpo, no existe consciencia sin materialidad, el programa no es una idea pura existente desde siempre que la clase recibe o adopta mecánica y completamente, llevada por la pura necesidad inmediata o azuzada por los desastres de un sistema agotado. El programa y el método es el resultado de la experiencia de la clase procesada en sus minorías más conscientes6. No hay programa de clase sin partido de clase, e incluso en las fases en las que el partido no es más que un conjunto de minorías más o menos dispersas y en que las luchas de clases son débiles, no hay posibilidad de desarrollo programático fuera del intento por construir el partido y sin que esas minorías organizadas den batalla por su propio afianzamiento en la mayoría de la clase.

No hay compromiso útil fuera del trabajo y el debate colectivo. No hay posibilidad de un programa fuera del intento por construir el partido y sin dar batalla por su propio afianzamiento en la mayoría de la clase.
Juicio de Wilhelm Liebknecht y August Bebel. Holzstich, 1872
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También desde el principio del movimiento comunista, las fronteras de clase daban forma a la organización y no solo al programa. La primera de ellas, el internacionalismo, la afirmación del proletariado como una única clase mundial y por tanto la negación de que tenga cualquier interés «nacional» una vez la burguesía ha conseguido derrotar al absolutismo y hacerse con el poder político7, fue una conquista de los primeros pasos de la Liga de los Comunistas. Y tuvo, por supuesto consecuencias organizativas. Engels cuenta8 como la primera organización revolucionaria de trabajadores se formó haciéndose internacional en su propia composición y programa: «prácticamente, por la diversa nacionalidad de sus miembros, y teóricamente, por la conciencia de que toda revolución, para triunfar, tenía que ser una revolución europea». De forma muy significativa, remata diciendo que «a los cartistas ingleses se les dejaba a un lado como elementos no revolucionarios, por razón del carácter específicamente inglés de su movimiento».

«El enemigo está en el propio país». Carlos Liebknecht.

El internacionalismo en su resultado de derrotismo revolucionario, dará forma a la IIª Internacional desde sus orígenes -cuando August Bebel y Wilhem Liebknecht denuncien la guerra franco-prusiana y sean llevados a juicio y prisión- hasta su muerte, cuando los partidos socialdemócratas apoyen el reclutamiento en la guerra y las izquierdas llamen a convertir la guerra imperialista en guerra civil… preparando el camino para que la lucha de la clase contra la guerra se convirtiera en revolución. Hasta entonces no se había nadado tan a contracorriente ni sufrido una represión tan brutal. Ese espíritu, con el internacionalismo y su significado bien claro, será el que de forma a los jóvenes partidos comunistas como el español o el italiano cuyos grupos fundadores se convertirán después en izquierdas de la IIIª Internacional9 defendiendo en las peores condiciones de represión y aislamiento el derrotismo revolucionario en la IIª Guerra Mundial. Pero es que en una era de guerras imperialistas, el internacionalismo es la divisoria de clase más presente y la que más directamente da forma a la vida de las organizaciones políticas de clase, exigiendo el máximo de los militantes.

En una era de guerras imperialistas, el internacionalismo es la divisoria de clase más presente y la que más directamente da forma a la vida de las organizaciones políticas de clase, exigiendo el máximo de los militantes.
Reunión del soviet de Petrogrado inmediatamente después de la revolución de febrero.
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La otra gran frontera, el centralismo, dio vida a las redes de correspondencia de la Liga de los Comunistas, fue el centro de la batalla de la Iª Internacional contra el anarquismo y sus sociedades secretas, pero también de la izquierda de la IIª Internacional contra los identitarismos nacionales dentro del partido… Y sin duda de las izquierdas comunistas que se enfrentaron al stalinismo, es decir a la contrarrevolución, y su deformación del término para ahogar la discusión en los partidos comunistas. Porque el nuevo modelo de militancia que imponía la contrarrevolución no era el de la disciplina a la decisión colectiva, sino el de la obediencia a las directrices desde arriba y el uso de la militancia como mera «correa de transmisión». En realidad, el modelo stalinista de militancia es la negación del centralismo. Y de ése modelo y del de la socialdemocracia surge toda la gama de militancias del izquierdismo: sumisión a los jefes, culto a los líderes, ausencia de debate teórico, fraccionamiento en mil grupos «por identitades» sin otro objetivo que «encuadrar».

En la clase trabajadora, «centralismo» no significa la adhesión a un principio formal, la defensa de una cierta tipología de estructuras de mando. Y desde luego, no significa concentrar el poder en una única persona o grupo, sino por el contrario, extender el ámbito deliberativo y de decisión de cualquier organización a todos sus miembros, reflejando el carácter universal que late bajo cada expresión de clase y anteponiéndolo a cualquier particularismo, a cualquier sentimiento o prejuicio, privilegio imaginario u opresión real. El centralismo de los trabajadores es el de una asamblea que organiza una huelga no el de un consejo de administración erguido sobre un organigrama. Por lo mismo, es una herramienta natural del desarrollo de la consciencia de clase y en la vida de toda organización. Esto, desde el punto de vista del militante, significa también una responsabilidad, una cierta forma de disciplina: aportar temas de debate; articular en argumentos sus diferencias; aportar a la consciencia colectiva de lo que significan las decisiones tomadas entre todos y por supuesto ser coherente con ellas y si los desacuerdos se convierten en desacuerdos de principio, romper argumentadamente. Es decir, las responsabilidades de todo aquel que decide formar parte de un proceso de discusión y decisión colectiva

Centralismo no significa concentrar el poder en una única persona o grupo, sino por el contrario, extender el ámbito deliberativo y de decisión de cualquier organización a todos sus miembros sin divisiones

Un modo de vivir la consciencia

En la práctica diaria, la militancia es una forma de vivir la consciencia de clase. Implica por tanto aceptar una responsabilidad colectiva cuyo desempeño transforma nuestro día a día haciéndolo parte de una crítica práctica y consciente.

Rosa Luxemburgo habla en una reunión del SPD en 1905 defendiendo contra la derecha del partido y la dirección sindical el nuevo tipo de luchas y formas de organización de masas, la huelga de masas y los soviets, aparecidos en la Revolución Rusa de aquel año.
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La práctica militante cotidiana implica aprendizaje y estudio colectivo de la realidad desde una perspectiva mundial de la lucha de clases. Leemos todos los días y ponemos en común fuentes de prensa de todo el mundo. El objetivo es hacernos un marco de análisis que responda al momento de las tendencias del capitalismo. A partir de ahí, compartiendo y discutiendo en común, surgen los informes que, en nuestro caso, conforman las secciones de actualidad del blog: desde el estado del conflicto imperialista a las dificultades de las burguesías nacionales de España, de Argentina o donde quiera vayamos conformando un cuadro particular de análisis.

Desde los tiempos de la Liga de los Comunistas, este tipo de rutinas, leer las noticias y mantener un marco de análisis actualizado de la realidad global ha sido una parte central del día a día de los militantes, un esfuerzo colectivo en el que no era una parte menor acceder a los medios de comunicación. Hoy Internet nos lo pone mucho más fácil. Y pone también mucho más fácil lo que históricamente era el debate cotidiano, la puesta en común del día en el club obrero o la casa del pueblo. Es de esa discusión permanente de donde salen los temas que permiten luego trabajar «formalmente», investigar, fundamentar y contrastar con método.

Reunión de precarios en Escocia
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Lo que no es en absoluto más fácil es reapropiarse colectivamente del método marxista de análisis que permite dar sentido a ese marco. No se trata de hacer un marathon de cursos o seminarios. No hay un grado de «militante» que «ganar» ni ninguna certificación que obtener. Se trata de hacerse con el método marxista a través de conocer su uso histórico de Marx a hoy, confrontando de nuevo los viejos debates para ganar una visión histórica. Y no es un trabajo individual. Son lecturas compartidas y discutidas, es aprender a ver el mundo en su perspectiva histórica material y deshacer las trampas de la ideología dominante.

Los compañeros de Emancipación interviniendo en la manifestación en apoyo de los trabajadores de Metro Granada.
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Todo lo anterior no es un entretenimiento social, un ejercicio intelectual. Tiene un objetivo: poder incorporar esa profundidad en la intervención política con claridad y sencillez de forma útil al movimiento de clase. Cuando la Izquierda Comunista Española insistía que «la consciencia de los revolucionarios es la que primeramente tiene que situarse a la altura de las posibilidades ofrecidas espontáneamente por la historia»10, se refería a ésto. Todo este trabajo tiene una finalidad y es a esa finalidad a la que está supeditado. No se trata de jugar a ser comentaristas políticos ni perseguir el placer del mero conocimiento, no se trata de hacer proselitismo ni de vivir bajo la vana esperanza evangélica de «convencer» a masas de trabajadores11, se trata de ser útil de la forma precisa para que la reflexión cotidiana, la resistencia a la explotación y en especial las luchas abiertas cuando se producen, sirvan al desarrollo de la consciencia en el conjunto de la clase y puedan conseguir escalar a objetivos más amplios12.

Toda la práctica cotidiana de la militancia se orienta a ganar profundidad de análisis, pero esa profundidad solo es un medio para intervenir con claridad en la clase y ser útiles para que las luchas escalen en sus objetivos conscientes

En las antípodas del izquierdismo

Cartel del año 1924. El titán proletario asociado a la industrialización y el progreso destruye el poder clerical… y sus «identidades» asociadas.

Es ésa finalidad siempre presente y no un academicismo estéril o un elitismo idiota, la que nos hace estudiar y discutir cada día para a partir de esas discusiones tener otras más formales y documentadas. Mientras las organizaciones del izquierdismo son felices con una militancia de escasa o nula formación, de adhesión estética y subordinación caudillista, la militancia comunista es una militancia exigente. El izquierdismo no busca formar militantes, sino encuadrar trabajadores en la lógica ganadera exigida para ser reconocido por el capitalismo de estado («tanto encuadras, tanto vales»), la propia de cualquier aspirante a liderar un monopolio para, en o desde el estado. Pero la consciencia de clase es otra cosa.

«Tanto encuadras, tanto vales» es pura lógica del capitalismo de estado. Agrupar al mayor número es la lógica propia de cualquier aspirante a liderar un monopolio para, en o desde el estado sea de carbón o de trabajadores.
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Nada más lejos de la falsa erudición del marxismo académico o de la cita siempre a mano del predicador bíblico. Los textos producidos por el partido de clase de Marx a hoy fueron herramientas para el desarrollo de la consciencia y siguen siendo las mejores herramientas disponibles. Nada es más ajeno al marxismo que la actitud del guardián de los textos sagrados: Marx, Lenin o Rosa Luxemburgo no fueron oráculos que recogían la verdad de boca de los dioses. Erraron, difirieron cuestiones importantes, corrigieron las más de las veces en el debate, otras la realidad les corrigió, algunas con consecuencias dramáticas. Es, en conjunto y en sus partes, un legado precioso, pero como todo legado histórico implica una responsabilidad: conservar su integridad, pero también desarrollarlo. Hemos heredado un método de análisis revolucionario, pero está en nuestras manos desarrollarlo en el contexto presente.

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El desarrollo de la consciencia necesita militantes, no diletantes. Una vez más la realidad del izquierdismo debe servirnos de modelo de lo que no es una organización política de clase. Integrar no es acudir a unas reuniones donde el trabajo ya viene redactado y solo hay que asentir, pegar algunos carteles de vez en cuando, acudir a algunas conferencias y actos para mostrar fuerza. Eso puede servir como modelo para la organización de una afición, no es un hacer colectivo que sirva para la profundización y la extensión de la consciencia.

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El «patriotismo de grupo», los cantos a la «lealtad a la organización», la exaltación de líderes… no tienen nada que ver con la fidelidad al método y al programa. La organización es el cuerpo y la herramienta del programa histórico de clase, pero si abandona este, no necesita disolverse para haber dejado de existir como herramienta del desarrollo de la conciencia en la clase. La separación entre cuerpo -organización- y alma -programa- es una idea característica de las clases explotadoras que está en la esencia de lo que alienación significa.

Una de las manifestaciones más comunes últimamente es la figura del «catedrático marxista» que elabora el programa en la Academia -es decir, desde el estado- para los núcleos de trabajadores que así pueden especializarse en hacer crecer, numéricamente, la organización. Es un verdadero concentrado de ideología ya en el planteamiento y por lo tanto toda una demostración de lo que no es una organización de clase: la fantasía del autómata social al que le llega un alma desde fuera, la exaltación de la división del trabajo al extremo, la reducción de los trabajadores al número, la consagración de una ridícula «autoría individual» del programa… Los avances teóricos y programáticos son y solo pueden ser, resultado de un trabajo colectivo, «de partido», no un uniforme «pret a porter» que pueda adoptarse de entre la generosa oferta que hacen las universidades y otros aparatos ideológicos del estado. Menos aun una «creación de autor» que nos haga a medida un genio incomprendido. Y no, ni siquiera en las primeras etapas del movimiento comunista existió ese tipo de figuras más que como un estorbo reaccionario al desarrollo de la consciencia, como los patéticos Dühring que el socialismo de la pequeña burguesía fabricó mil veces. Marx fue toda su vida un militante, no un profeta, y por mucho que intenten no van a conseguir reducir su trayectoria a la de un pope intelectual de los que gustan a la clase dominante y aun menos colarnos nuevos «Dühring» con esa excusa.

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Las formas importan. El debate inundado de amenazas y violencia que finaliza en la «caza de brujas» es una actitud que refleja las formas brutales de la contrarevolución stalinista. Lo aparentemente opuesto, el relativismo del «todo vale» -porque nada se toma en cuenta y los posicionamientos están tomados de antemano- es el reflejo del cinismo bajo el discurso democrático. Ni uno ni otro se parecen siquiera al debate franco que se produce en el marco claro y explícito de un método y un programa. La disciplina propia de un compromiso serio con el desarrollo de la consciencia, incluye saber vencer la tentación del «quedar bien» tanto como inhibir la discusión incómoda.

La militancia en el izquierdismo está en las antípodas de las formas, objetivos y relaciones que caracterizan a las organizaciones políticas de clase desde tiempos de Marx

La consciencia se expresa y desarrolla como moral

Lo comunitario -la solidaridad, el igualitarismo espontáneo, el tratar al otro como un fin en sí mismo- es una parte indisociable de la moral comunista.

Como Engels comentaba en el AntiDühring la moral proletaria «presenta el futuro en la transformación del presente». Por eso es más importante que nunca en la decadencia del capitalismo. Con la pauperización y la precarización instaladas como tendencias permanentes, con la mercantilización de hasta el último detalle de las relaciones humanas -hasta los supuestamente más «íntimos»– el capitalismo de hoy propaga la atomización y la descomposición de los lazos de solidaridad más básicos.

El sistema no solo tiene bajo ataque permanente la dimensión comunista de nuestra clase, intentando hacer descarrillar cualquier toma de consciencia, también enfrenta, cada vez más brutalmente, las expresiones de su dimensión comunitaria: los lazos fraternales, personales, afectivos, familiares se inflan en el discurso mediático y público tanto como se degradan y destruyen en la práctica, cuando no se mercantilizan sin pudor -«sharing economy»- o son atacados con toda la fuerza de los medios y el estado intentando azuzar las divisiones que el propio sistema crea para enfrentar a trabajadores entre sí.

El sistema no solo tiene bajo ataque permanente la dimensión comunista de nuestra clase. Con ideologías divisivas y mercantilización enfrenta las expresiones de su dimensión comunitaria

El militante comunista no lo es solo en su acción política. Vivir la consciencia, vivir conscientemente significa que en toda su actividad está presente la tensión del futuro… por lo que en alguna medida se hace presente: disfrute del conocimiento, visibilización de la abundancia, solidaridad, desmercantilización de las relaciones personales… La capacidad para encontrar la historia de la Humanidad y su progreso en lo que nos rodea, descubrir la lucha secular de nuestra especie por llegar a la abundancia en las cosas cotidianas, nos abre capacidades de disfrute en lo más básico, una forma distinta de placer que es contagiosa y ayuda a los nuestros a resistir haciendo presente la posibilidad y la necesidad del comunismo. Es esa lucha por la abundancia de la especie, que hoy se concentra y decide en la clase universal, es el elemento distintivo de la moral comunista. Vivir conscientemente significa también que nuestra relación con lo comunitario parte de la afirmación de que la abundancia es posible hoy, y que solo la constriñe el lastre del capitalismo.

La consciencia de clase que es conocimiento si no todavía completamente liberado, en liberación, nos hace, nos da forma y nos convierte en un aporte dentro y fuera de la organización. Si en la vida militante la consciencia se expresa y desarrolla como moral, el militante en la vida comunitaria proyecta la consciencia como una moral desmercantilizadora de las relaciones humanas en la que los individuos pueden proyectarse como fines y no como medios de la sociedad futura.

En la vida comunitaria la consciencia militante se refleja como una moral desmercantilizadora de las relaciones humanas en la que los individuos pueden proyectarse como fines y no como medios de la sociedad futura.

Las raíces de la militancia

G. Munis (derecha) y Jaime Fernandez encarcelados en el penal del Dueso hacia 1954

La relación entre consciencia, moral y militancia es nítida e íntima. Es la aceptación individual de una necesidad de la especie que al hacerla propia nos une al futuro necesario y nos integra ya en su realización des-cosificándonos.

Desde Babeuf y Marx hasta nosotros, la consciencia revolucionaria es el rayo de luz creado por el choque entre la explotación y los explotados, es la subjetividad humana en rebelión contra una objetividad que pervierte y niega esa misma subjetividad, sin la cual el hombre no es hombre sino cosa. O nuestra subjetividad acomoda el mundo exterior a sus requerimientos –no puede haber otros– o se somete, esclavuna, a la nauseabunda objetividad existente.

G.Munis. «Consciencia revolucionaria y clase para sí», 1976

La relación entre consciencia, moral y militancia es tan nítida como íntima. Es la aceptación individual de una necesidad de la especie que al hacerla propia nos une al futuro necesario y nos integra ya en su realización des-cosificándonos

Notas


1. Amadeo Bordiga, «Partido y clase», 1921.

2. Anatoli Lunacharski, «Religión y socialismo», 1907.

3. Marx y Engels. «La Ideología alemana», 1846

4. G.Munis. «Consciencia revolucionaria y clase para sí», 1976

5. «La combatividad de la clase mana irresistiblemente, explosiva en determinados momentos, de su propio trasfondo histórico. Se cristaliza en hechos que sólo después son pensados por ella y le dan base y energía para ulteriores avances. Procede pues, en los hechos como en la consciencia, por saltos en el desarrollo, la continuidad de cuyo discontinuo ha de asegurarla su sector deliberadamente revolucionario. La propia victoria decisiva será para la mayoría de la clase una realización antes que una intención consumada. No en balde es la clase revolucionaria forjada por la historia a despecho de la opresión y el dirigismo intelectual que acompañan su vida cotidiana. Por lo mismo, en los núcleos obreros revolucionarios recae, mucho más que hace 150 años, un cometido en fin de cuentas determinante». G.Munis. «Consciencia revolucionaria y clase para sí», 1976

6. Y es que el proletariado es la clase cuyos intereses objetivos, aquello que se ve forzada a hacer para defenderse, le hacen portadora del comunismo… por ser clase explotada. Pero ser la clase explotada del último modo de producción basado en la explotación, significa sufrir la máxima alienación. Significa la imposibilidad de desarrollar una consciencia masivamente más allá de los periodos revolucionarios, cuando al quebrar las estructuras políticas que le oprimen, hace posible una toma de consciencia en sectores amplísimos de sí misma. Por eso, «nadar contracorriente», ha sido siempre la principal responsabilidad del militante comunista. Pero en tanto que conexión con un futuro que significa la liberación de la especie entera, ese «nadar contracorriente» es en sí, liberador para quienes lo aceptamos como forma de vida.

7. «En Alemania está todavía por delante la lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía absoluta. Pero, como los comunistas no pueden contar con una lucha decisiva con la burguesía antes de que ésta llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los gobiernos [absolutistas], los comunistas deben estar siempre del lado de la primera, precaviéndose, no obstante, contra el autoengaño en que incurre la burguesía y sin fiarse en las aseveraciones seductoras de ésta acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Las únicas ventajas que la victoria de la burguesía brindará a los comunistas serán: 1) diversas concesiones que aliviarán a los comunistas la defensa, la discusión y la propagación de sus principios y, por tanto, aliviarán la cohesión del proletariado en una clase organizada, estrechamente unida y dispuesta a la lucha, y 2) la seguridad de que el día en que caigan los gobiernos absolutistas, llegará la hora de la lucha entre los burgueses y los proletarios. A partir de ese día, la política del partido de los comunistas será aquí la misma que en los países donde domina ya la burguesía». Federico Engels. Principios del Comunismo, 1847

8. Federico Engels. «Contribución a la Historia de la Liga de los Comunistas», 1887


9. En el caso español, todavía vivirán la Revolución y su derrota en propio suelo y se enfrentaran a la degeneración de una IVª Internacional fundada a contrapelo y que acabará apoyando a las burguesías aliadas en la 2ª Guerra Mundial… lo que de paso significó el tremendo esfuerzo de desvelar la naturaleza de la Rusia stalinista bajo las duras condiciones de la militancia clandestina y la represión franquista. En el italiano tras mantener la actividad política en las condiciones de clandestinidad de la Francia ocupada, participarán en las huelgas de masas contra la guerra del Norte italiano y fundarán el Partido Comunista Internacionalista en 1943.


10. G.Munis. «Consciencia revolucionaria y clase para sí», 1976


11. «La validez teórica es importantísima a la larga, como lo es también, en lo inmediato, para la formación de organizaciones aptas. No obstante, ni la mejor de éstas conseguirá introducir consciencia en la clase revolucionaria. En tal empeño, la escuela del proletariado no será jamás la reflexión teórica, ni la experiencia acumulada y bien interpretada, sino conquista de sus propias realizaciones en plena lucha». G.Munis. «Consciencia revolucionaria y clase para sí», 1976


12. «Lo que la clase obrera en su conjunto, o uno de sus sectores, piensa de cualquier lucha en juego, se queda muy por debajo de lo que la lucha misma realiza o podría realizar. El contenido latente rebasa con creces el contenido aparente. Sólo cuando el primero adquiere cuerpo aparece la consciencia revolucionaria del hecho mismo consciencia concreta, no teorizada por la clase, pero si conversión de la teoría revolucionaria en realización, o nueva condensación de la experiencia en teoría. Así ha ocurrido invariablemente desde 1848 y la Comuna de París hasta la revolución española. Resulta por consecuencia imposible trazar un plan, siquiera muy aproximativo de desarrollo de la consciencia revolucionaria. Es el número de obreros conscientes dentro de la clase el que sí puede y debe aumentar y esa es incumbencia principalísima de los revolucionarios organizados. La consciencia de la clase obrera entera irá abriéndose camino en la medida en que los avatares de la lucha, que no dejarán de presentarse, la lleven a destrozar en la práctica las nociones que el capitalismo le inculca y las cadenas que las organizaciones políticas y sindicales del mismo le tienen echadas encima. Llegada esa tesitura, la concepción revolucionaria concreta, puesta en línea de combate por minorías de la clase, desempeñara un papel catalizador importantísimo. No gracias a cualquier planteamiento progresivo, sino al contrario, por su aptitud para favorecer y llevar al máximo esas situaciones bruscas». G.Munis. «Consciencia revolucionaria y clase para sí», 1976

 
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