¿Qué es la Izquierda Comunista?

La extensión de los casos de canibalismo evidenció el desastre en que la guerra había sumido a Rusia.
Durante y después del aislamiento y derrota de la Revolución Rusa, aparecieron en el seno de los jóvenes partidos comunistas una serie de tendencias que trataban de enfrentar los primeros signos de degeneración del estado de los soviets (consejos o comités obreros) y sus consecuencias para el desarrollo de la primera oleada revolucionaria. Sus primeras posiciones resistirán sobre todo a la influencia creciente del nuevo estado ruso sobre la Internacional. En el asediado estado ruso, con su proletariado en desbandada, resistir en espera de la Revolución Mundial, o al menos europea, comenzaba a ser cada vez más contradictorio con los intereses y tareas de propia la Revolución Mundial. En el III Congreso de la Internacional se pasa de denunciar la traición de la socialdemocracia -con su participación en la guerra imperialista- al «frente único», un intento de ganarse a sus bases sin poner en cuestión ya la naturaleza de aquellos partidos que habían reclutado a millones de obreros para degollarse unos a otros en defensa del capital nacional.

Mineros de Tidslay en el comienzo de la huelga de masas británica.
Lo que en principio son actitudes oportunistas justificadas sobre las «prisas» y la necesidad de resistir en Rusia, se convertirán pronto en un choque de intereses. El estado ruso, en el que la NEP empezaba ya a consolidar lo que Lenin había definido como un «capitalismo de estado», empezará a presionar a la Internacional: si el movimiento revolucionario no era lo suficientemente fuerte como para derrocar el capitalismo en los países centrales, debía asegurar, al menos, la no intervención contra Rusia apoyando gobiernos «de izquierda». El problema es que eso se tradujo primero en precipitación, ahogando los restos del movimiento revolucionario alemán y después en un choque frontal entre los intereses de la revolución mundial -que necesitaba romper con los movimientos de «liberación nacional» y «la izquierda» para desarrollarse- y los del estado ruso que primaba a nacionalistas y «progresistas» en función de sus propios intereses. Estos se resumen en la fórmula «socialismo en un solo país» que no significaba otra cosa que la supeditación de los movimientos revolucionarios del mundo a la supuesta «construcción del socialismo en Rusia», es decir de un capitalismo de estado casi totalmente estatalizado. La traición del partido ruso y la Internacional a la huelga de masas en Gran Bretaña primero y sobre todo a la revolución china inmediatamente después, representan un punto de no retorno marcado con pilas de cadáveres de decenas de miles de trabajadores.

El antiparlamentarismo fue una bandera común de las izquierdas comunistas que arrancó con el «abstencionismo» de las izquierdas italiana y germano-holandesa.
A partir de ahí, cada consolidación de la burocracia de estado nacida del partido bolchevique se convertirá en un nuevo revés para la revolución y cada revés de la revolución en un nuevo país reforzará a la burocracia en Rusia. Todo en un «crescendo» que acabará con la política de «frentes populares» -alianza con los sectores «democráticos» de la burguesía- y el liderazgo abierto de los PCs estalinizados en la represión de los últimos movimientos revolucionarios, en particular el español.

Lo que se suele llamar «degeneración» de los PCs consistió en la adopción de una teoría adhoc, el «socialismo en un solo país», supeditando la Revolución Mundial a las necesidades estratégicas de la reconstrucción rusa y su capitalismo de estado

Huelga de masas en Shanghai en 1927.
A lo largo de todo este proceso, durante los años 20, 30 y 40, se van formando distintas «izquierdas comunistas». Primero en Rusia, Alemania y Holanda, luego en Italia y Francia, un poco más tarde en España, México y otros países. Cada una intenta enfrentar al mismo tiempo la degeneración de los partidos comunistas en cada país y dar sentido al marco global. Las cuestiones centrales serán en primer lugar, y vistos los resultados, afirmar la imposibilidad de una alianza con sectores de la burguesía, sea la socialdemocracia o sean los movimientos de «liberación nacional». Luego, la naturaleza misma del estado que se consolida en la URSS y la actitud a tomar frente a ella -y frente a las «resistencias» por ella apoyadas- durante la Segunda Guerra imperialista mundial. La importancia de este trabajo de refundamentación del comunismo, destaca especialmente si lo comparamos con los intentos de Trotski a partir de 1928 por agrupar a la «Oposición de Izquierda Internacional». La IV Internacional, careciendo de la fundamentación de una crítica que fuera más allá de las barbaridades del stalinismo y profundizara en los errores de los propios revolucionarios rusos, incluidos el mismo Trotski y Lenin, estará condenada a estallar miserablemente poco después de su asesinato al traicionar lo más básico: el internacionalismo.

La diferencia entre las primeras izquierdas comunistas y la «oposición de izquierda internacional» de Trotski es que ésta limitó su crítica al stalinismo, sin entrar en los errores y estrategias de la III Internacional

Nuevo Curso, 1939
La Izquierda Comunista Española, que había nacido como grupo fundador del comunismo español y había sido parte central del reagrupamiento alentado por Trotski, encabeza entonces (1942-48) la ruptura de los sectores sanos de la IV Internacional frente a su traición al internacionalismo, embarcándose -a pesar de las durísimas condiciones de la militancia bajo el franquismo- en una revisión teórica fecundísima que le acercará en cuestiones clave como el rechazo del sindicalismo a la evolución que habían tomado las izquierdas comunistas que habían resistido a los años más duros de la contrarrevolución: la germano-holandesa, la italiana y la francesa, nacida de ésta.

Ni puede negarse que la Izquierda Comunista Italiana ha sido histórica y organizativamente la más sólida, ni puede darse «carpetazo» a la evolución de las otras izquierdas comunistas.

Miembros del «Comitato d'Intesa» de la Izquierda Comunista Italiana que reconstruyó el Partido en 1943
Hoy ni puede negarse que la izquierda italiana ha sido histórica y organizativamente la más sólida, ni puede darse «carpetazo» a la evolución de las otras izquierdas. Resulta tentador reducir la Izquierda Comunista y lo que significó a sus grandes polos de reagrupamiento a partir de los años setenta: TCI para la izquierda italiana, CCI para la izquierda francesa y el extinto FOR, que mantuvo publicaciones hasta los noventa, para la izquierda comunista española, añadiendo quizás alguna de las publicaciones y círculos en los que se han mantenido las posiciones de la izquierda germano-holandesa. Pero sería un error. La izquierda comunista fue más que una serie de posiciones más o menos comunes; mucho más, incluso, que una suma de los últimos internacionalistas coherentes, por importante que ésto sea. La izquierda comunista fue ante todo la expresión, la respuesta de la clase ante la necesidad de clarificar su derrota histórica. Al responder a una necesidad universal de la clase, la izquierda comunista fue un fenómeno global aunque -como expresión natural de una dolorosa y profunda derrota- se viera fragmentada.

La Izquierda Comunista no solo fue el último reducto del internacionalismo, sino, sobre todo la respuesta de la clase ante la necesidad de clarificar su derrota histórica

G. Munis, tras dar el responso de Trotski en su funeral, charla con su compañera Arlette Monnerie y Natalia Sedova.
En el mundo de habla española no es casualidad que «nuevas» o «tardías» izquierdas comunistas hayan tenido por arranque la crítica del trotskismo. Los dos ejemplos más conocidos son la izquierda comunista mexicana a finales de los treinta («Grupo de Trabajadores Marxistas») y un conato de izquierda comunista en la Argentina de los 80 y 90 («Emancipación Obrera»). De hecho, hoy por hoy, la relación histórica de la Izquierda Comunista Española con la agónica apuesta que fue la IV Internacional hasta su II Congreso, se ha convertido en un potencial de desarrollo. La evolución de la Izquierda Comunista Española, su contribución, plenamente vigente, a la comprensión de la Historia del siglo XX, especialmente en temas que siguen estando en nuestro día a día en España, Argentina o México, son hoy un aporte innegable para el desarrollo de la conciencia de clase y el impulso de ese «partido en devenir» que tanto necesitamos. Por supuesto, la izquierda comunista española tuvo también sus debilidades, especialmente en su análisis económico de los años de reconstrucción postbélica -y su incapacidad para ver que habían acabado. Pero también había sido la primera en hacer un análisis «luxemburguista» de los mecanismos de la tendencia permanente a la crisis ya en los años 30. Continuar hoy su trabajo no es repetir una y otra vez las «mejores jugadas» de un fetiche congelado en el tiempo, es retomar el debate con el resto de izquierdas comunistas y en especial con los resultados de la evolución de la izquierda italiana, para enriquecer aun más el ya rico instrumental analítico, político e histórico que las generaciones presentes hemos recibido del conjunto de la izquierda comunista.

La continuidad crítica con la Izquierda Comunista Española es fundamental para el desarrollo de un movimiento internacionalista global, especialmente en los países de lengua española.

A nosotros no dejaba tampoco de hacernos gracia que, a los cincuenta años de haberse fundado la Primera Internacional, todos los internacionalistas del mundo pudieran caber en cuatro coches. Pero en aquella broma no había el menor escepticismo. El hilo histórico se rompe con harta frecuencia. Cuando tal ocurre, no hay sino que anudarlo de nuevo. Esto precisamente era lo que íbamos a hacer a Zimmerwald.

León Trotski. Mi vida.

 
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