Qué es ideología

El diccionario define ideología como ese «conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político». Para el marxismo sin embargo, la cuestión no es qué es, sino qué significa una ideología. Entre otras cosas porque como apunta Marx, «así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época por la conciencia de sí misma». La razón es que que las ideas se producen, como todas las demás cosas en una sociedad, bajo un determinado marco de relaciones sociales, responden a él y lo reflejan.

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente.

Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación. Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época.

Marx y Engels. La ideología alemana, 1845

«La libertad guiando al pueblo» de Delacroix, representa gráficamente la ideología de la burguesía revolucionaria de 1789.
Todas las clases dominantes necesitan presentar sus programas y necesidades como bienes universales, como objetivos del conjunto social. Y necesitan hacerlo así, en primer lugar, frente a sí mismas. No tenemos razón para pensar que la burguesía no sea sincera cuando identifica el «interés de todos» con el interés nacional -el interés del capital nacional- exigiéndonos que aceptemos de buen grado peores condiciones de vida y trabajo o que nos masacremos en una guerra. Pero es que la burguesía no puede concebir otra forma de organización social que no sea la suya, la que le da sentido como clase. Si pudiera hacerlo, se pondría en cuestión a sí misma.

Por eso, en lugar de una expresión franca, abierta y consciente de las necesidades de la clase social dominante, aparecen cuentos, relatos, argumentaciones, programas y estéticas que por un lado enmascaran y por otro, empujan hacia objetivos que son útiles a las necesidades del dominio y la gestión de la sociedad por el capital... aunque esto nunca sea reconocido abiertamente por los discursos -ni sea consciente siquiera- en sus propios impulsores. Eso es la ideología, una conciencia interesada y falsa de la realidad.

La ideología de una época forma en sí misma un lenguaje de sobreentendidos y un conjunto de reglas de pensamiento que limitan la capacidad de acción y pensamiento de sus defensores, a veces de manera paradójica y en algunos momentos críticos incluso en contra de sus propios intereses. Algunos elementos frecuentes de la ideología de nuestra época, la ideología burguesa, son la imposibilidad de imaginar siquiera una sociedad de abundancia, la incapacidad para discernir aquello que tiene una naturaleza social e histórica de lo supuestamente «natural» en lo humano y la negación de las necesidades humanas universales cuando se afirman sobre la lógica de la reproducción del capital.

La ideología es una conciencia interesada y falsa de la realidad, forma un juego de sobreentendidos y reglas de pensamiento que parten y afianzan la supuesta «imposibilidad» de un orden social liberador

La clave para el triunfo de una nueva ideología es que refleje las necesidades de distintos sectores del capitalismo de estado hasta elevar el consenso a ideología de estado.
La ideología no es un producto maquiavélico surgido de un gabinete estatal o empresarial que piensa abiertamente en términos de lucha de clases. Es un producto social. En el capitalismo de estado no es la burguesía directamente, personalmente, como en sus siglos de ascenso, la que elabora las formas ideológicas que «aceitan» el sistema y le sirven de guía para ejercer su dominio. Existen órganos del estado, como la universidad, los partidos políticos, los medios, los sindicatos o los thinktanks, dedicados a específicamente a crear ideología absorbiendo «tendencias» y ponderando sus consecuencias.

Estos ideólogos profesionales pertenecen por lo general a la pequeña burguesía y buena parte de lo que producen lleva su sello, desde el ultraliberalismo a los populismos. Dada la naturaleza de esta clase intermedia y sus expectativas, realmente nada de lo que puedan crear es un peligro real para el capitalismo. Al contrario, en la medida en que aporta confusión, nuevas divisiones y debates absurdos, servirá siempre para desviar hacia lo inofensivo a quienes reclute. El sello de la pequeña burguesía es echar arena en los ojos del descontento y la rabia. Por supuesto esto bien puede ser inconsciente para los que lo proponen, pero toma materialidad conforme se produce socialmente, es decir conforme suscita el consenso de distintos sectores del poder construyéndose como una «verdad social» a través de los medios y la acción del estado. Para que el aparato del capitalismo de estado nos revele una nueva ideología como «verdad social», esta tiene que revelarse útil -aunque no siempre por las mismas causas ni de la misma manera- a una parte lo suficientemente amplia de sus sectores y apéndices. Por supuesto, para los «creyentes» esto puede ser, muchas veces es, inconsciente o invisible. Por eso es ideología.

La ideología no es un producto maquiavélico de unos malvados estrategas de la lucha de clases, sino el resultado orgánico del sistema de producción social de ideas del capitalismo.

Una significativa portada de El País: a la izquierda, el gasto militar crecerá el 80%... a costa de servicios sociales; a la derecha Tabarnia.
A veces las propuestas que salen de la Universidad u otros cenáculos de la pequeña burguesía intelectual se salen de lo que es estríctamente útil al poder, llegando incluso a convertirse en un palo en la rueda de las necesidades políticas de la clase dominante. Pero el sistema, por lo general, tiene sus filtros para evitarlo.

Como decíamos, el éxito de una nueva ideología depende no tanto de los objetivos imaginados por sus creadores como del consenso que sea capaz de crear entre los medios de comunicación y los aparatos políticos del estado. Cuando apoyan todos al unísono, como hemos visto con la llamada «huelga feminista» a eso se le llama «cambio social» y se celebra públicamente como tal, con independencia de su impacto real. La ideología de estado se fabrica como una serie de profecías autocumplidas. Cuando el proyecto pierde interés porque contradice una estrategia de consenso, aunque haya sido inflado previamente, como «Tabarnia», puede pasar rápidamente a las páginas interiores y diluirse en la nada antes de que nos demos cuenta.

La producción social de ideología en el capitalismo de estado utiliza los medios e instituciones como filtro y altavoz. De la invisibilización al consenso generalizado del poder cada grupo de poder participa en su creación

La Universidad, entre fábrica, laboratorio y bazar de ideología para el sistema.
Las grandes campañas ideológicas son prácticamente universales, como «comunismo = stalinismo» y su corolario «la caída del comunismo», lanzada cuando colapsó el capitalismo de estado ruso. La recepción internacional de la «huelga feminista» en España apunta por ejemplo a que muchas otras burguesías nacionales ponderan su utilidad: colocar a la burguesía y al estado al frente de una causa «progresista» que divide a los trabajadores y distingue ideológicamente tanto al «proyecto europeo» como a los «globalistas» norteamericanos de las potencias emergentes (Rusia, China) y del trumpismo.

 
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