Qué es el partido

Escena del segundo congreso de la Liga de los Comunistas -el primero en el que participaron Marx y Engels- según una ilustración de la época.
Hay dos momentos en el Manifiesto Comunista (1848) que casi siempre resultan chocantes para el lector de hoy. El primero, cuando relatando como las luchas por el salario en cada empresa se convierten en luchas de clase y emergen reivindicaciones como la reducción de jornada, el proletariado se constituye por primera vez como un sujeto político, como una clase políticamente independiente:

Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia entre los propios obreros. Pero resurge, y siempre más fuerte, más firme, más potente.

La segunda cuando en el segundo capítulo, «Proletarios y comunistas», arranca asegurando que:

Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros.

La clase como partido

Amadeo Bordiga, fundador del Partido Comunista en Italia y dirigente de la izquierda comunista italiana.
Los dos usos del término forman un par dialéctico, contradictorio y complementario a la vez, ambos relacionados directamente con la concepción de lo que es la clase y ambos a años luz de la imagen estática que la Sociología nos da de las clases sociales y los partidos políticos. Como apunta Bordiga en «Partido y Clase» (1921):

El concepto de clase no debe pues suscitar en nosotros una imagen estática, sino una imagen dinámica. Cuando distinguimos una tendencia social, un movimiento hacia determinadas finalidades, podemos reconocer la existencia de una clase en el verdadero sentido de la palabra. Sin embargo, entonces existe, de manera substancial si no aún de manera formal, el partido de clase. Un partido vive cuando viven una doctrina y un método de acción. Un partido es una escuela de pensamiento político y, por consiguiente, una organización de lucha. El primero es un hecho de conciencia, el segundo es un hecho de voluntad, más precisamente, de tendencia a una finalidad. Sin estos dos caracteres nosotros no poseemos ni siquiera la definición de una clase. El frío registrador de datos puede, repitámoslo, constatar afinidades en las condiciones de vida de agrupamientos más o menos grandes, pero sin aquéllos ninguna huella se graba en el devenir de la historia.

Bordiga está retomando las dos acepciones del Manifiesto, haciendo la distinción entre el partido como momento de la conciencia y de la clase y partido como organización formal. Por un lado tenemos la clase que en la medida en que se hace consciente de sus propios intereses y los yergue bajo su propio programa en el espacio político se convierte en un sujeto político independiente «y por tanto en partido político». La clase se convierte en un partido, en una parte autónoma de la sociedad capitalista. Por otro tenemos a «los partidos», pequeñas secreciones de la clase, fermentos del desarrollo de su conciencia, cristalizaciones de esa voluntad de extenderla y profundizarla.

Los trabajadores se constituyen «en clase y, por tanto, en partido político» cuando sus luchas propias e independientes de cualquier fracción de la burguesía les convierten en sujeto político propio.

El partido de clase

El VI congreso del Partido Bolchevique, durante las jornadas de julio de 1917, trajo la fusión con el grupo interdistritos del POSDR y el comienzo de la masificación del partido que pronto cambiaría el nombre a «Partido Comunista».
Lo que sabemos por lo aprendido en la Comuna de París, en la Revolución Rusa e incluso en mayo de 1937 en España o en las huelgas revolucionarias de 1942 en Italia es que en esos momentos las organizaciones formales, los «partidos obreros» que agrupan a los militantes son empujados por el propio movimiento de clase a coincidir y fundirse para ser útiles… o estallan y mueren. El pequeño partido bolchevique no solo creció, también absorbió a otros grupos militantes como el importante «grupo interdistritos» del POSDR, en el que militaba Trotski, e incluso a militantes individuales que hasta entonces se habían etiquetado de anarquistas o populistas, para convertirse en Partido Comunista de Rusia a partir de la decantación que impusieron las «tesis de abril» de Lenin en el que es el momento nodal del proceso revolucionario ruso. Y lo que es más importante, a partir de abril el partido en formación mes tras mes agrupa sectores cada vez mayores de la clase hasta integrar en Octubre a una parte numéricamente significativa de los trabajadores más conscientes e implicados en el movimiento revolucionario.

Es entonces cuando se puede hablar en propiedad del «partido de clase»: una organización formal que agrupa a sectores numéricamente significativos de los trabajadores que forman su vanguardia, y que lo hace además en torno al programa que hace posible el desarrollo de esa constitución del proletariado en clase, en sujeto político, en partido protagonista y ariete de la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista. Como ya había anunciado Marx en «La ideología alemana» (1845) esta elevación de la clase en partido y la aparición consecuente de un partido formal de la revolución proletaria, solo podía darse en el curso de la propia revolución porque solo en ella, a través de la lucha de clase contra clase, las ataduras que ciñen el desarrollo de la conciencia podrían aflojarse lo suficiente como para hacerlo posible:

Tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres que solo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución, y que por consiguiente, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.

El famoso «partido de clase» solo puede existir en las épocas revolucionarias, cuando una parte numéricamente significativa de los trabajadores hace suyo el programa histórico de clase como única forma de que su lucha siga avanzando

Rosa Luxemburgo habla en una reunión del SPD en 1905 defendiendo contra la derecha del partido y la dirección sindical el nuevo tipo de luchas y formas de organización de masas, la huelga de masas y los soviets, aparecidos en la Revolución Rusa de aquel año.
Por otro lado, está claro que el programa de clase no es una ocurrencia o una visión salvífica nacida al calor de la batalla, sino el resultado de un largo y constante trabajo de crítica en continuidad desde los primeros grupos comunistas obreros que comienza con los comunistas icarianos de Cabet y la liga de los Justos de Weitling y toma cuerpo sólido con la conversión de esta última en Liga de los Comunistas con Marx y Engels. Pero que desde luego no para ahí. En el caso ruso es evidente que el partido se forma entorno a la fracción bolchevique en el seno del partido sociademócrata. Sin toda una labor tanto teórica de elaboración del pasado y de una intervención de años, sin una forma organizativa entonces nueva útil para las nuevas condiciones que se abrirían con la guerra, hubiera sido impensable llegar siquiera a las «tesis de abril». En el sentido contrario, la debilidad de las vanguardias en la breve revolución española de 1936-37 (bolcheviques-leninistas, «Amigos de Durruti» y militantes individuales del POUM y CNT) no solo expresaba la debilidad de la clase en el momento de la verdad de forma directa, sino también la incapacidad de las fracciones comunistas opositoras a la contrarrevolución reinante para haber dado respuestas útiles a las necesidades de la clase en la década anterior.

Es decir, la capacidad de los revolucionarios para, en los periodos en los que la clase no ha conseguido emerger como sujeto político, constituir fermentos organizativos y políticos sólidos, es imprescindible para que, en la hora revolucionaria la clase pueda desarrollar su conciencia y materializar un curso político propio.

El «partido de clase» de los momentos revolucionarios no saca su programa de la nada sino de un largo trabajo teórico y de intervención de los grupos de revolucionarios en los periodos de debilidad, derrota y retroceso.

El partido como organización política formal en la clase

Manuel Fernández Grandizo («Munis») en 1977
Desde luego, no todo lo que se llame o pretenda «comunista» u «obrero», por muchos obreros que tenga como miembros, es una organización política de clase. No todo vale. Hay fronteras que son fundamentales, fuera de las cuales no puede haber siquiera una reflexión de clase, independiente de la burguesía, por bienintencionados que sean los que la impulsen. Esas fronteras son en realidad muy básicas: no haber llamado a los trabajadores de ningún lado a masacrarse unos a otros bajo las banderas nacionales de sus burguesías en defensa del capital nacional, su imposible «independencia» o cualquier otra causa imaginable. Y es que como apuntaba G. Munis en 1975 sobre los criterios políticos para definir una organización de clase:

Todos ellos están englobados en el internacionalismo. Su abandono, en 1914, por la Segunda Internacional en beneficio de la defensa patriótica (capitalista, no puede ser otra) fue un gran descalabro para el proletariado. Puesto de nuevo en marcha por la revolución rusa, origina la primera oleada revolucionaria mundial, que va siendo contenida en un país tras otro hasta ser vencida en España. Causa directa de esa eliminación del proletariado como clase en lucha, fue la traición al internacionalismo por la III Internacional, traición que provenía de los intereses del capitalismo estatal erigido en Rusia e hipócritamente etiquetado socialista.

El internacionalismo nos da pues la clave para comprender todos los problemas y para adoptar en conclusión las nociones teóricas necesarias a la próxima ofensiva del proletariado.

Él permite deslindar méritos y errores de la revolución rusa, comprender su marcha atrás hasta la contrarrevolución stalinista, el papel reaccionario mundial de la misma a través de sus partidos, la derrota de la revolución española, la victoria de Franco y su duración en el poder, la guerra de 1939-45, las resistencias nacional-imperialistas y todas las guerras o movimientos nacionales posteriores de igual naturaleza, la conversión de los que fueron partidos comunistas en partidos anti-comunistas, el crecimiento industrial degenerativo tanto en Occidente como en Rusia, China y países atrasados, el largo marasmo del proletariado desde la guerra acá y la importancia reaccionaria creciente de los sindicatos; permite comprender igualmente la actual estupidez retrógrada del trotskismo, y hasta los primitivismos, charlatanerías, yerros teóricos o indigencias de numerosos grupos mas postineros que llanamente revolucionarios.

La frontera básica que distingue a los grupos políticos de clase es el internacionalismo, la negación a supeditar el movimiento de clase a ninguna facción o interés del capital bajo ninguna circunstancia, especialmente la guerra.

El partido en devenir

Encuentro de trabajadores precarios.
Hay hoy toda una serie de grupos que se definen bajo los principios del internacionalismo, habiendo sacado lecciones de la contrarrevolución, de la evolución del capitalismo en su decadencia y de todos los avances y derrotas del movimiento. En su mayoría forman eso que llamamos vanguardia histórica: son el resultado de la evolución de las izquierdas de la segunda y la tercera internacionales. También hay otros grupos internacionalistas «nuevos» que intentan sacar sus propias lecciones de las experiencias de la clase en el pasado. Unos y otros tienen distintas posiciones sobre algunos temas, distintas tradiciones, modelos tácticos y formas organizativas, pero dentro siempre del acerbo común. En general, su éxito dependerá de su capacidad para recuperar y convertir en útil el programa de clase, todas esas lecciones del pasado que emergen de la propia historia del movimiento obrero, a las «vanguardias contingentes». Llamamos «vanguardias contingentes» a toda esa capa de trabajadores que ponen en duda las mentiras y trampas continuamente bombardeadas por derecha e izquierda por los medios y los aparatos del estado en todo el mundo y cuya respuesta, de desarrollarse coherentemente, solo puede llevarles al programa comunista.

Juntas, vanguardias históricas, grupos obreros que se reapropian del programa y vanguardias contingentes que buscan respuestas, conforman el movimiento real «hacia» el partido. Son en toda su modestia, el partido del proletariado de hoy, el «partido en devenir», el partido que nunca ha dejado de existir y que está en permanente proceso de formación. Es, en conjunto y en la medida en que se asienta en el programa comunista, el «partido histórico». El «partido de clase» o «partido revolucionario» en su forma actual embrionaria, aunque esté compuesto de varios «partidos» en tanto que organizaciones formales y contingentes.

Como todo movimiento vivo y contradictorio no todas sus tácticas funcionarán, no todas sus formas organizativas actuales responderán a las necesidades históricas que se plantearán en los años por venir y desde luego no se sostendrán todas sus posiciones de hoy, contradictorias algunas entre unos y otros grupos. Cada uno de esos grupos se ve y se seguirá viendo confrontado, de forma creciente si el movimiento de clase toma impulso, a la realidad y las necesidades de las luchas de clase. Y en ellas tendrán que corregirse y forjarse como fuerzas con capacidad de orientar de un modo efectivo a la clase a superar los distintos niveles de resistencia y confrontación. Eso no ocurrirá discutiendo academicamente, obcecándose en «crecer», ni mucho menos entrando en los dimes y diretes propios del izquierdismo. Ni el sectarismo ni la obsesión numérica, menos contradictorias de lo que parecen, aportarán nada que no sean obstáculos.

Los grupos internacionalistas, históricos o nuevos, y los trabajadores que buscan respuestas para avanzar, forman hoy ese «partido en devenir» que apunta a un futuro partido de clase

No hay otro secreto que aportar con viejas y nuevas formas, respuestas y caminos al desarrollo de la conciencia de la clase en sus conflictos y aspiraciones. Porque al final el partido, en todas sus acepciones, no es más que el programa de clase descubriéndose a sí mismo y materializado, corporeizado en la parte más consciente de los trabajadores. Por eso, el trabajo de todos esos grupos, hoy pequeños y aparentemente modestos, es sin embargo de una importancia inmensa porque son el nexo entre el conocimiento gestado en el pasado y el futuro que ha de dar sentido a la entera epopeya humana.

Las condiciones objetivas de la revolución comunista no bastan para garantizar su victoria, y la condiciones subjetivas no serán necesariamente engendradas por las primeras. Las condiciones subjetivas no son otra cosa que la conciencia teórica de la experiencia anterior y de las posibilidades máximas ofrecidas al proletariado; es el conocimiento anhelante de acción humana y listo para mudar su existencia subjetiva en existencia objetiva.

Partido-estado, stalinismo, revolución. G. Munis, 1976

 
Sígueme en Feedly