¿Qué es el pacifismo?

Barak Obama, entonces presidente de EEUU, recibe el premio Nobel de la Paz.
No hay un solo político que no se declare hoy en día amante de la paz y de la fraternidad «entre los hombres y naciones». La prensa de todos los estados -y todos son imperialistas– proclama las bondades de la paz. Intelectuales, profesores y académicos argumentan su pacifismo desde retóricas moralizantes y lecciones piadosas. Papas, curas y frailes de todas las religiones se deshacen en llamamientos a la hermandad, el amor y el respeto entre las personas de toda condición. No hay representante del orden capitalista y su aparato político e ideológico que no vista de pacifismo su papel en cada una de las carnicerías, rapiñas, matanzas y limpiezas étnicas que asolan el planeta. Pero en realidad, el pacifismo de los explotadores, «political correct» del discurso internacional, nos acerca tanto a la paz como meter la mano en agua hirviendo puede curarnos una quemadura.

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El pacifismo de los estados es un arma de guerra. El pacifismo del que hacen gala los dirigentes de todos los estados se caracteriza por ser selectivo. Nos sermonean para que apoyemos el desarme de tal o cual potencia, para que apoyemos la tregua en tal o cual conflicto, para que secundemos manifestaciones por el fin del uso de la violencia por tal o cual régimen político. Pero mientras nos dicen que miremos contra un punto del mapamundi, nos tapan otro… en el que se juegan los intereses de «su» imperialismo. Por supuesto, el pacifismo de cada burguesía es denunciado como hipocresía por su rival y sus instrumentos políticos. Y así resulta que si hacemos caso a cada una de las partes, las masacres sirias se realizan por puro amor a la paz. Pero si no hacemos caso a ninguna, si denunciamos, como es correcto, el carácter imperialista y criminal de todos los estados y para-estados en conflicto… todos se pondrán de acuerdo en que somos malvados agentes del imperialismo contrario porque todos estarán de acuerdo en masacrar a los trabajadores que rechacen colocarse bajo sus banderas de guerra. De hecho hasta colaborarán entre sí con ese objetivo como han hecho más de una vez durante el último siglo.

Todos los estados son imperialistas, todos denunciarán el imperialismo rival y la hipocresía de su pacifismo. Y todos estarán de acuerdo en masacrar a los trabajadores que rechacen colocarse bajo sus banderas de guerra
Guta, barrio periférico del Este de Damasco en el que un millón de personas sufren bombardeos masivos diarios en nombre de la paz.
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No hay paz posible bajo el capitalismo. La paz, como cualquier otro fenómeno social, es solo posible si se dan condiciones materiales para ello. La cuestión es que esas condiciones hace mucho que no se dan bajo el capitalismo. Lo vemos cada día no solo en las tensiones bélicas constantes, sino en la forma en la que los estados conciben su «seguridad» y sus estrategias comerciales. No hay paz en el futuro que no pase por la superación del capitalismo, del mismo modo que no hay futuro bajo el capitalismo que no pase por la generalización de la guerra.

La guerra imperialista es el producto necesario del capitalismo actual. Los capitales sobreacumulados no tienen donde rentabilizarse porque la globalización del capitalismo produce una carencia endémica de mercados. El ansia de esos mercados es cuestión de vida o muerte para el capital. Y por eso el chantaje comercial, la imposición de la miseria, la desestabilización y la extensión de la guerra son su vida… y nuestra muerte, la de millones de personas en todo el mundo. No hay parches posibles: otro capitalismo no es posible.

No hay paz en el futuro que no pase por la superación del capitalismo. No hay futuro bajo el capitalismo que no pase por la generalización de la guerra.
Oponer la guerra a la paz, un clásico del pacifismo, presenta a ambas como una elección libre. La paz se conseguiría «transformando al ser humano» o con «un cambio de política».
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El «pacifismo político» es un arma de la guerra social. El pacifismo nos dice que frente a la amenaza de guerra tenemos que «defender la paz», «comunicar para la paz», «educar para la paz», aprender «resolución no violenta de conflictos», practicar la «no violencia»… Pero las tendencias que nos llevan a la guerra no se originan en una supuesta «violencia congénita» de nuestra especie ni en la mala educación o en dificultades para comunicarnos. Y desde luego no se arreglan poniendo la otra mejilla en nuestras disputas cotidianas ni, mucho menos aun, en la resistencia al militarismo y el belicismo de los estados y sus consecuencias. El desarrollo hacia la guerra está inserto en la propia lógica del sistema económico capitalista. Pretender lo contrario, jugar a dar respuestas culturales o éticas a lo que es un problema que no se juega en ese terreno, solo sirve para desviar la atención y culpabilizar a los mismos trabajadores que sufren las consecuencias del desarrollo general del capitalismo hacia la guerra generalizada.

El pacifismo político, es una herramienta utilísima… para el mismo estado que intenta dirigir a la sociedad hacia la guerra. El pacifismo con su enfoque ético, individualista, cultural… es puro disolvente frente a las únicas luchas que, como hemos visto en Kurdistán e Irán hace unos meses, son capaces de enfrentar de modo efectivo ese curso al desastre y la matanza masiva. Luchas de clase contra la guerra y sus efectos sobre las condiciones de vida de toda la sociedad. Luchas que afirman las necesidades humanas genéricas, universales, empezando por la vida misma, frente a la lógica guerrera del capital.

El pacifismo político es una herramienta utilísima para el mismo estado que intenta intenta mantener la cohesión de la sociedad alrededor de la «unión sagrada» para dirigir y concentrar a la sociedad hacia la guerra

Movilizaciones de trabajadores en Irán, primera reacción, junto a los trabajadores kurdos, contra el desarrollo bélico en Oriente Medio.
Solo hay una manera de luchar de modo efectivo contra la guerra y lo que supone: no dejarse encuadrar bajo ninguna bandera nacional, bajo ninguna fracción de la burguesía por democrática, «anti-imperialista» o «progresiva» que pretenda ser… y dar la única batalla que puede acabar con esto: la lucha de clases real, la batalla aquí y ahora por el salario, la salud, contra la precariedad… por todo eso que llaman «condiciones de vida y de trabajo» y que representa, en realidad, las necesidades humanas universales frente a un capital moribundo que amenaza con llevarse por delante la Humanidad entera con tal de mantener viva una rentabilidad exhausta.

Solo hay una manera de luchar de modo efectivo contra la guerra: no dejarse encuadrar bajo ninguna bandera nacional, bajo ninguna fracción de la burguesía por democrática, «pacifista», «anti-imperialista» o «progresiva» que diga ser
 
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