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Qué es el estado

26 de marzo, 2018 · Fundamentos> Marxismo

El Rey en la sala de gobierno del Tribunal Supremo.

El significado de las palabras es una de las primeras víctimas del nacionalismo. A nadie pareció extrañarle en los últimos meses que Puigdemont insistiera en negociar una y otra vez con «el estado». Seguramente quería decir el aparato político español, tal vez incluso la burguesía de estado española, difícilmente al estado propiamente dicho. Pero estado no es un sinónimo de «España», ni de «gobierno» ni siquiera de «aparato político» o «burguesía de estado». El estado es quien ha roto el estancamiento del que el independentismo esperaba salir tras alguna suerte de «diálogo» con el gobierno. Hoy se ve claramente que tanto independentistas como Moncloa lo subestimaron. Pero… si el estado es algo diferente y hasta cierto punto autónomo del gobierno y de la misma clase dominante, ¿qué es?

Qué es el estado

Detalle coloreado de la primera portada del «Leviatán» de Hobbes por Abraham Bosse, 1651. El estado aparecía ante la burguesía como un monstruo todopoderoso y colectivo, único garante de la perpetuación de toda vida social -pues era incapaz de imaginar una sociedad sin explotación.

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El estado es el producto directo de la fractura de la sociedad en clases. Es un aparato esencialmente conservador que nace para mantener la sociedad constreñida dentro de las relaciones imperantes en cada momento evitando que colapse a consecuencia de la lucha de clases.

Acababa de surgir una sociedad que, en virtud de las condiciones económicas generales de su existencia, había tenido que dividirse en hombres libres y en esclavos, en explotadores ricos y en explotados pobres; una sociedad que no sólo no podía conciliar estos antagonismos, sino que, por el contrario, se veía obligada a llevarlos a sus límites extremos. Una sociedad de este género no podía existir sino en medio de una lucha abierta e incesante de estas clases entre sí o bajo el dominio de un tercer poder que, puesto aparentemente por encima de las clases en lucha, suprimiera sus conflictos abiertos y no permitiera la lucha de clases más que en el terreno económico, bajo la forma llamada legal.

Federico Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, 1884

Comienzo de la represión de la huelga de masas en Vitoria el 3 de marzo de 1976.

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Que se presente y coloque «por encima» del conflicto de clases no quiere decir que no forme parte de él. El estado es un instrumento de la explotación y la opresión de clase.

Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado.

Federico Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, 1884

El estado es un aparato esencialmente conservador que nace para mantener la sociedad constreñida dentro de las relaciones imperantes en cada momento, evitando que colapse a consecuencia de la lucha de clases.

Luis XIV. Ceremonia del «despertar» del Rey. El desarrollo y concentración de poderes en el Rey y su aparato sirvió para contener el conflicto entre burguesía y nobleza en el marco de las viejas relaciones jurídicas estamentales.

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Pero el estado no es una herramienta mecánica, ciega, de la clase dominante. Es, ante todo, un protector del orden social cuya principal misión es constreñir la lucha permanente que tensa las costuras de una sociedad desgarrada por la existencia de clases y explotación. Su primer objetivo es mantener esas costuras unidas para asegurar la preservación del orden de explotación y con él su autopreservación. Esto, le da una cierta autonomía incluso frente a la clase dominante, especialmente en aquellos periodos donde la lucha de clases se estanca sin perder virulencia y amenaza con producir lo que el Manifiesto describía como «hundimiento de las clases en conflicto». Por eso, Engels continúa el párrafo anterior señalando que…

Sin embargo, por excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto a una y otra. En este caso se halla la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, que mantenía a nivel la balanza entre la nobleza y la burguesía.

Federico Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, 1884

Manuel Godoy, valido de Carlos IV, representó la penetración de las ideas y perspectivas burguesas en la monarquía hispánica.

Los periodos de lucha abierta entre dos clases explotadoras históricas, una decadente y otra ascendente, es una lucha por el estado, por hacerse con su control, no por destruirlo. Ambas clases están interesadas en mantener el conjunto social dominado y cohesionado para la explotación, aunque bajo relaciones sociales y jurídicas diferentes. Destruir el estado sería equivalente a destruir las condiciones bajo las que prevé construir las formas de su propia dominación. Ante las clases explotadoras el estado aparece así como «el poder» mismo y por eso, al menos en los momentos previos y posteriores a las grandes revoluciones, la lucha entre los nuevos y viejos amos es precedida y seguida de una guerra de guerrillas, de un juego de posiciones en el interior del propio estado. El mismo estado aparece entonces, cuando la clase económicamente dominante lo es también políticamente, como terreno de una lucha burocráticamente amortiguada entre la vieja clase que se resiste a abandonar el poder político y la nueva clase que espera o ha ocupado ya su lugar.

«París a sangre y fuego», uno de los primeros relatos sobre la Comuna de 1871 publicados en España.

En consecuencia, para la burguesía como clase, durante la buena parte de su vida histórica, el estado se presentó como un organismo a cierto punto externo a sí misma precisamente porque era necesario para ejercer su dominación social. Esa apariencia se desvanece cuando el protagonismo de la lucha de clase es tomado por el proletariado, la primera clase no explotadora que aspira a tomar el poder político y que por tanto…

…no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está, y a servirse de ella para sus propios fines.

El Poder estatal centralizado, con sus órganos omnipresentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura -órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo-, procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo. (…)

Al paso que los progresos de la moderna industria desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el Poder estatal fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase. Después de cada revolución, que marca un paso adelante en la lucha de clases, se acusa con rasgos cada vez más destacados el carácter puramente represivo del Poder del Estado.

Carlos Marx. La Guerra Civil en Francia, 1871.

Esta instrumentalización cada vez más directa del estado por la burguesía pasa de lo cuantitativo a lo cualitativo con el desarrollo del imperialismo y la entrada del capitalismo en su decadencia. El «capitalismo de estado» se convierte en la forma de organización de la burguesía. El estado hiperdimensionado «ordena» y elimina buena parte de la competencia capitalista de la mano de los grandes monopolios y el capital financiero orientando el conjunto social. El capital financiero, el industrial, las viejas clases latifundistas… todos se entreveran con el estado en lo que no es sino una forma de socialización, es decir, de orientación organizada de toda la sociedad hacia un único objetivo: la reproducción del capital. Lo que, en las condiciones del imperialismo, es decir, bajo una carencia crónica de mercados «internos» suficientes, supone también, cuando menos, una tensión permanente hacia el disciplinamiento del conjunto social para la guerra. No en vano, el desarrollo del capitalismo de estado y la guerra imperialista van de la mano desde el principio.

La instrumentalización directa del estado por la burguesía se hace más clara al entrar los trabajadores en escena, hasta llegar al «capitalismo de estado», forma actual de organización del capitalismo y la burguesía

El presidete del gobierno firma con patronal y sindicatos el acuerdo para la subida del salario mínimo

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El capitalismo de estado es esencialmente totalitario, en su tendencia a socializar la producción mediante el monopolio, fija precios y orígenes para los insumos industriales (energía, combustible, etc.), reparte determina las líneas de investigación y desarrollo científico, orienta o veta fusiones y compras, aprueba o modifica direcciones de grandes bancos y empresas «estratégicas», regula y selecciona los medios de comunicación de masas, atraviesa e instrumentaliza cualquier organización social e incluso absorbe a las que hasta entonces eran «instituciones representativas obreras».

Pero que sea totalitario no quiere decir que sea monolítico, que haya superado las contradicciones entre sus componentes o que estos no tengan una cierta autonomía y papeles diferenciados en la defensa del capital nacional. Precisamente por constreñir más violentamente las contradicciones entre las clases y en el seno de la propia clase dominante, estas se manifiestan de manera explosiva. Nunca hubo tantas «guerras civiles» en el mundo como en el último medio siglo. Nunca como en los últimos treinta años las batallas internas en el seno de la burguesía de estado nos habían ofrecido tamaño espectáculo de escándalos y denuncias de «corrupción». Nunca la pequeña burguesía se había afirmado como una fuerza centrífuga y reaccionaria con tanta claridad como en la última década.

Los jueces de instrucción milaneses que protagonizaron el movimiento «mani pulite» que acabó con el aparato político italiano creado en la posguerra.

Y precisamente por eso, el esqueleto del capitalismo de estado, el estado en su sentido estricto, tiene que afirmarse una y otra vez no solo frente al proletariado en lucha o a la pequeña burguesía en sus rebeliones sin sentido, sino poniendo orden en las querellas internas de la propia burguesía de estado e incluso, imponiéndose sobre partes de ella tan importantes como el aparato político o las altas direcciones empresariales cuando desfallecen o ponen por delante intereses de grupo.

El capitalismo de estado no es monolítico: el estado como tal tiene que disciplinar no solo a otras clases, sino cada vez más a sectores de la propia burguesía de estado, cuando no forzar la renovación de su aparato político

La alta judicatura suele ser, por sus automatismos y capacidades, la protagonista de este tipo de movimientos de auto-corrección y reorganización. La hemos visto forzar una renovación del aparato político de la burguesía en la Italia de los noventa con las «mani pulite», un modelo repetido luego en muchos otros países, y la vemos ahora impulsar una salida al estancamiento de «la cuestión catalana» en contra de las inercias del propio gobierno. No es el único componente del estado que tiene que jugar un papel cada vez más activo en el disciplinamiento del cuerpo político de la clase dominante: en los EEUU de hoy, es el alto mando militar el que limita una aceleración «excesiva» de las tendencias belicistas de la Presidencia. Pero sin duda la judicatura es y seguirá siendo una herramienta protagonista para mantener disciplinada y enfocada en sus objetivos de conjunto a la clase dominante.

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