¿Qué es «acendrar»?

Benjamin Peret, Arlette Monnerie y Munis en 1956 en Francia.
Uno de los textos más conocidos de la Izquierda Comunista Española se titula «Acendremos camaradas» y apareció a finales de 1975 en el número 30 de «Alarma». El texto argumenta y discute con los grupos consejistas autónomos de la época, pero también, sobre todo, propone una metodología de trabajo y elaboración programática que está ya contenida, en realidad, en el mismo título. Su autor, G. Munis, fue seguramente el militante más destacado de los años de la guerra, la clandestinidad bajo la represión franquista, el exilio y los primeros años del régimen del 78. Munis que pasó su vida a caballo entre México, Francia y España, usaba un lenguaje muy rico y preciso que hoy puede parecernos un poco difícil porque algunos contextos prácticamente se han perdido. Uno de ellos es el uso técnico de «acendrar».

G. Munis, tras dar el responso de Trotski en su funeral, charla con Natalia Sedova.
Para Munis, que pasó su adolescencia en Llerena, de donde era su familia y que fue una de las plazas fuertes de la Izquierda Comunista Española, el mundo de la platería y el minero estaban muy presentes. Aunque la mayoría de los trabajadores de Llerena y su comarca eran jornaleros, buena parte de ellos trabajaban también en las cercanas minas de Guadalcanal. No son unas minas cualquiera, según las investigaciones históricas más recientes, fueron junto con otras minas de la Andalucía de hoy, el primer lugar de Europa donde la relación capital-trabajo ordenó la economía regional… en el siglo I AEC, mucho antes de que el capitalismo se impusiera como modo de producción en una sociedad entera. Desde aquella época se extraía la plata y se «afinaba» en unos hornos especiales mediante una técnica llamada «copelación»… o «acendramiento». El proceso se basa en que la plata no se oxida a altas temperaturas mientras que los metales de base que le acompañan, al calentarse se separan formando escorias. Se llama copelación porque las temperaturas necesarias son tan altas que se requiere un recipiente especial, la «copela» que solo podía estar hecha de un material, la «cendra». La cendra es una pasta que se hace con ceniza de huesos y en el folclor de aquellos plateros y mineros que habían mantenido el arte de su oficio durante siglos, aparecía en un conjunto de metáforas que iban desde la capacidad de resistencia al conocimiento, desde la fortaleza moral a la memoria del pasado. Para Munis, «acendrar» será la palabra-formula que resuma un proceso de maduración política.

«Acendremos camaradas»

Manuel Fernández Grandizo («Munis») en 1977
Para Munis, el programa y su argumentanción eran el metal precioso que había que «afinar» para poder realizar una intervención revolucionaria en el seno de la clase.

La primera calidad del ser revolucionario consiste en adoptar posiciones políticas netas y defenderlas sin medias lenguas. Eso, lo mismo en el batallar directo, cerca del proletariado, que en contrastada discusión con terceros, grupos o personas.

Acendrar es definirse en la crítica de la experiencia histórica de clase hasta ganar la claridad necesaria para adoptar posiciones políticas netas y defenderlas sin medias lenguas

Munis y Jaime Fernandez encarcelados en el penal del Dueso hacia 1954
No se trataba de hacer una «escuela de oratoria», sino de formar revolucionarios, una vocación muy distinta -como atestiguó Munis con su propia vida y trayectoria- de la de los gallos y «machos alfa» a los que el izquierdismo nos tiene acostumbrados.

La revolución, cuyos aldabonazos están oyéndose ya, no es diversión de cenáculos ni de individuos, tampoco podio de campeonato. Es el juego más apasionante y decisivo de la Humanidad. Hay que entrar a él de cabeza y sin sombra de autobombo, siempre orgullo y amor propio fatuos, por carencia de orgullo y amor propio veros.

Y por supuesto también de «académicos» y «obreristas» que unos por una cosa y otros por su contraria piensan que la teoría no puede ser herramienta del conjunto de la clase. Para los primeros pertenece a unos cuantos intelectuales nacidos para dictar doctrina y ser seguidos sin rechistar. Para los segundos solo es una herramienta puntual, de usar y tirar, sin más valor ni continuidad que resolver un problema concreto en un momento concreto. Munis, marxista hasta la médula, entiende la teoría revolucionaria y la conciencia de clase como la forma más elevada de conocimiento a la que es posible llegar en una sociedad de clases. Conocimiento que, en una sociedad comunista, tras superar las escisiones impuestas por la explotación, se expandirá hasta unificar el conocimiento científico para dar paso, por primera vez, a una verdadera conciencia de especie.

La teoría revolucionaria persigue una transformación social que suprimirá la clase obrera también (…) En cambio, esa transformación no suprimirá la teoría, sino que por el contrario le conferirá dimensión humana generalizada, abriéndole dominios vastísimos, insospechados, infinitos. La validez comunista de la teoría revolucionaria hoy, su absorción por el todo social mañana, le consienten enmendarse y ampliarse sin cesar. Es la expresión más límpida del ser humano en posesión de sí mismo. Proletariado y teoría revolucionaria son respectivamente cifra de emancipación económica y de emancipación intelectual; juntos, cifra de desalienación.

Munis y su hija Natalia
En esa perspectiva histórica que se proyecta hasta el «verdadero comienzo de la historia humana», la teoría revolucionaria, el desarrollo científico del conocimiento de las contradicciones sociales y su desarrollo es, como dijo Rosa Luxemburgo, «guía para la acción». Pero lo es en un sentido mucho más profundo y global que el de un libro de instrucciones o un manual de ingeniería. La teoría marxista es la única forma en la que nos es dado transcender las limitaciones y la alienación impuestas por una sociedad escindida a nuestra comprensión del mundo. Acendrar, separar la mena de la escoria de las ideas y las trabas implantadas por la explotación, nos ha de permitir no solo mayor claridad política, sino también moral y ética. Acendrar es «afinar» una forma de luchar que se hace forma de vivir y que es capaz también de adelantar elementos de esa vida realmente completa que solo será posible en una sociedad sin clases.

«Acendrar» es también «afinar» una forma de luchar que se hace forma de vivir y que es capaz de adelantar elementos de esa vida realmente completa que solo será posible en una sociedad sin clases.

La perspectiva: la constitución de un partido de clase para llegar a la constitución de la clase como partido. El primer paso: la constitución de una organización revolucionaria que agrupara a los distintos grupos «autónomos» que en aquel momento emergían de las luchas que sobrepasaban el control tanto de los sindicatos verticales como de los nuevos sindicatos democráticos. Grupos, dispersos, autónomos entre sí, que Munis veía sin embargo como parte del «partido en devenir» cuando frente la fobia a la organización política de los consejistas les recordaba que «la concordancia entre dos, diez o cien personas es ya un partido o un núcleo de partido».

La nueva etapa a cubrir es la constitución de una organización revolucionaria (…) Si el proletariado como clase es el partido de la revolución comunista, jamás actuará como tal sino conglomerando a sus componentes más activos y conocedores. Un partido revolucionario no es otra cosa que eso. Es parte destacada de la clase en búsqueda de un movimiento generalizado de la misma, a la vez batalla practica y teórica que cristalizará en la revolución. La espontaneidad del devenir histórico, única real, ofrece las condiciones indispensables para ella, pero el hecho grandioso de su realización exige un grado de consciencia tanto más penetrante cuanto más complicada es la situación política.

La perspectiva de la acción política es la constitución de un partido de clase para llegar a la constitución de la clase como partido

«Paz en las chavolas, guerra en los palacios», azulejo pintado por Marc Chagall
Pero esa «fusión» de los núcleos que aventajan a la mayoría en la toma de conciencia y que se multiplican en el ascenso de las luchas, no podía ser un mero apaño organizativo, un «feliz encuentro», sino ante todo un proceso de acendramiento programático. La «unidad», herramienta que afirma a la clase en su lucha, se convierte en un fetiche vacío cuando no se encamina al programa, a la claridad política que hace posible una voluntad de acción colectiva, especialmente en los sectores más conscientes.

No es cuestión, ni mucho menos, de forzar la unidad, ni de pasar por alto nada de lo negativo en la experiencia de los partidos anteriores, desde la Primera Internacional hasta la Cuarta, en primer término la experiencia de los bolcheviques hasta la contrarrevolución stalinista. Una unidad orgánica sobre bases laxas se revelaría no menos inconsistente y perniciosa que el actual salpicado de autonomías. Por el contrario, se trata de sacar todas las repercusiones positivas que para nosotros se desprenden de lo negativo anterior. Mas como ese negativo está estrechamente ligado a la evolución y a la involución del sistema capitalista, la concreción teórica en un partido revolucionario adquirirá así, y solo así, una coherencia y un potencial de acción subversiva en máxima consonancia con el cometido histórico, ya inmediato, del proletariado.

En suma, la teoría revolucionaria tiene que haber asimilado las lecciones negativas, aún mejor que las positivas, de sesenta años de luchas obreras, y hasta el porqué de la larga ausencia de luchas revolucionarias después de la última guerra; tiene que rectificar sin mitigaciones lo sobrepasado y lo errado en las nociones teóricas anteriores y que proyectar en consecuencia su desdoblamiento combativo.

Acendrar es ante todo sacar las lecciones negativas de la experiencia histórica. A la claridad no se llega reafirmándose acríticamente en lo que funcionó, sino sacando a la luz las raíces de cuanto lastró o ya quedó obsoleto

El acendramiento como metodología política marxista

Cartel ruso de 1921 celebrando el aniversario de la Comuna de París
El objetivo del acendramiento es llegar a «posiciones políticas netas y defenderlas sin medias lenguas». El primer paso consiste en colocarse en la «copela» de la experiencia histórica de la clase, en la ceniza de sus huesos, sus derrotas y sus avances. Se trata de «afinar» el programa separándolo de todo cuanto es escoria, peso muerto. Solo con ganar esa «concreción teórica» la capacidad para impulsar al conjunto de los trabajadores se multiplica ya. Pero como en el proceso físico hace falta algo más que un contraste, hace falta «alta temperatura». Y en la historia de la clase trabajadora ese fuego ha venido dado una y otra vez por aquello que permitió convertir el mayor ataque posible de todos los que lanza el capitalismo contra nuestra clase y la humanidad, la guerra, en la puerta de su superación histórica, la revolución.

Todos [los lineamientos de cualquier forma de unidad política] están englobados en el internacionalismo. Su abandono, en 1914, por la Secunda Internacional en beneficio de la defensa patriótica (capitalista, no puede ser otra) fue un gran descalabro para el proletariado. Puesto de nuevo en marcha por la revolución rusa, origina la primera oleada revolucionaria mundial, que va siendo contenida en un país tras otro hasta ser vencida en España. Causa directa de esa eliminación del proletariado como clase en lucha, fue la traición al internacionalismo por la III Internacional, traición que provenía de los intereses del capitalismo estatal erigido en Rusia e hipócritamente etiquetado socialista.

El internacionalismo nos da pues la clave para comprender todos los problemas y para adoptar en conclusión las nociones teóricas necesarias a la próxima ofensiva del proletariado. Él permite deslindar méritos y errores de la revolución rusa, comprender su marcha atrás hasta la contrarrevolución stalinista, el papel reaccionario mundial de la misma a través de sus partidos, la derrota de la revolución española, la victoria de Franco y su duración en el poder, la guerra de 1939-45, las resistencias nacional-imperialistas y todas las guerras o movimientos nacionales posteriores de igual naturaleza, la conversión de los que fueron partidos comunistas en partidos anti-comunistas, el crecimiento industrial degenerativo tanto en Occidente como en Rusia, China y países atrasados, el largo marasmo del proletariado desde la guerra acá y la importancia reaccionaria creciente de los sindicatos; permite comprender igualmente la actual estupidez retrógrada del trotskismo, y hasta los primitivismos, charlatanerías, yerros teóricos o indigencias de numerosos grupos mas postineros que llanamente revolucionarios.

Por otra parte, rebasando con mucho la situación de guerra imperialista generalizada o regionalizada, el internacionalismo nos da también la clave de la táctica y la estrategia a adoptar en la lucha del proletariado contra el capitalismo, lucha que se cisca en las fronteras y que no puede ser sino mundial, empiece donde empezare. Mundial en lo geográfico, mundial por su contenido concreto, reivindicativo. Nos veremos así abocados a hacer frente a todos y cada uno de los regímenes políticos del capital (el de España, el de Estados Unidos, el de Rusia o el de cualquier Angola), con las soluciones que la revolución comunista apronta a los diversos aspectos de la explotación del hombre por el hombre.

Todos los lineamientos de cualquier forma de unidad política están englobados en el internacionalismo. Es la clave para comprender los problemas, diseñar la táctica y afrontar una estrategia contra el capitalismo.

La clase trabajadora vista por Chagall a principios de los años 20.
Es decir, al final, acendrar es pasar tanto la ropa sucia de las ideas que supura el ambiente totalitario que nos rodea como los descubrimientos que creemos particulares, por la piedra del internacionalismo. E internacionalismo no es más que afirmar la unidad de la clase y sus intereses en todo el mundo y en todo momento, lo que, desde hace un siglo, significa entender que es el capital y el capitalismo el que se ha convertido en reaccionario como un todo, que no hay ya fracciones «progresistas» de la burguesía ni alianzas tácitas ni explícitas posibles con ellas.

Acendrar es pasar la ropa sucia de las ideas que supura el ambiente por la piedra del internacionalismo entendiendo que no hay ya fracciones «progresistas» de la burguesía ni alianzas tácitas ni explícitas posibles con ellas.

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