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¿Qué aprendimos de la lucha de clases en 2018?

30 de diciembre, 2018 · Actualidad> Actualidad global

Delegados del soviet de Shush, Irán, dirigiéndose a la asamblea en la calle el pasado noviembre.

2018 ha sido un año importantísimo para la lucha de clases. Se han planteado todas las debilidades y trampas que paralizaron y pusieron techo a las huelgas y luchas de los 70 y 80 pero, esta vez, se han esbozado las formas de superarlas. Hemos visto huelgas de masas, luchas que se extendían, asambleas, comités electos y hasta soviets. Un panorama global inédito durante los últimos veinticinco años.

Los manifestantes independentistas a la puerta del Parlamento de Cataluña

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Todo en 2017 parecía para muchos apuntar a que el protagonismo de la lucha de clases en 2018 iba a ser, de nuevo, para una pequeña burguesía cada vez más enloquecida que arrastraría a los trabajadores bajo sus propias consignas. El miedo a la lumpenización en los barrios y décadas de nacionalismo pintarrajeado de rojo auguraban -y sobre eso nos insisten todavía los medios– en un crecimiento sin límite de la extrema derecha y de las «liberaciones nacionales», cuando no de las dos cosas al mismo tiempo, al estilo Salvini. Sin embargo… ¿qué es lo que queda? Cataluña es un buen ejemplo: tras la «independencia fake» y unas elecciones «día de la marmota», el independentismo lleva más de un año de paralísis e impotencia política. ¿Y el nacionalismo español que iba a emerger en respuesta? Encontró techo y se sumó a la impotencia del resto de expresiones de rabia de la pequeña burguesía española. ¿Su gran éxito? Haber desgajado en Vox a «los fachas de toda la vida» del PP permitiendo, sin tocar la ley electoral una ténue perspectiva de mayorías absolutas sin la aprobación de la pequeña burguesía regional nacionalista. ¡¡Vaya éxito esperar volver al punto de partida después de años de gobiernos con el palo entre las ruedas!!

2018 ha mostrado en todo el mundo que las revueltas nacionalistas y xenófobas de la pequeña burguesía solo conducen a la impotencia política y la nada.

Asamblea de trabajadores en huelga en Jerada, 2018

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2018 ha sido el año en que volvieron las huelgas de masas. Empezó con movilizaciones masivas y abiertamente de clase en Kurdistán e Irán. Poco después, en Túnez, los trabajadores tomaron las calles y los barrios. Tanto en un caso como en otro, las movilizaciones se desinflaron y pararon por sí mismas estancadas en sus propios límites. ¿Qué cabía aprender de los movimientos de hace casi un año? No bastaba con tomar las calles. Lo resumíamos en dos cosas: «hablar como trabajadores y organizarse en asambleas». Y eso precisamente es lo que apareció luego en la huelga de masas de Jerada (Marruecos) y sobre todo en Irán, donde hemos visto no solo asambleas masivas y extensión de las luchas, sino los esbozos de nuevos soviets, comités, consejos…

Las luchas de 2018 mostraron que son necesarias dos cosas que el «ciudadanismo» aplasta: hablar desde un «nosotros» propio como trabajadores y una organización asamblearia real con capacidad de discusión, decisión y extensión.

Exigirle «carga de trabajo» al capital es aceptar que nuestro bienestar depende de él y que luchar no tiene sentido porque no hay intereses de los trabajadores distintos de los del capital.

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La primavera trajo las huelgas de Air France y ferrocarriles en Francia. Ambas lastradas de salida por la desconfianza en las propias fuerzas creada por la vieja trampa sindical que ahogó las luchas de los 70 y los 80, la misma que habíamos visto en febrero en el Inti en Argentina, que en ese mismo momento se planteaba en Portugal y que luego vimos en Navantia en España: la idea de que el límite de las luchas está en la viabilidad de la empresa. Viabilidad, es decir rentabilidad del capital, a la que deben supeditarse las reivindicaciones y movilizaciones de trabajadores porque… ¿cómo vamos a conseguir nada de una empresa quebrada?

En Argentina, Portugal, España, Francia... los sindicatos volvieron a plantear la vieja trampa: supeditar las reivindicaciones a la «buena marcha de la empresa», «¿cómo vamos a conseguir nada de una empresa quebrada?»

Cortes de carreteras de los «chalecos amarillos» en su «tercer acto».

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La respuesta, aun confusa, vino del lugar menos pensado. Los «chalecos amarillos», un movimiento interclasista impulsado por la pequeña burguesía provinciana francesa y seguida por miles de trabajadores atomizados y precarizados dependientes del coche para sobrevivir a los que el impuesto al carburante de Macron había puesto contra las cuerdas. Pero a pesar del horror de las banderitas nacionales y los himnos patrióticos que representan precisamente la supeditación de la lucha al interés nacional, es decir a la rentabilidad del capital, la clase trabajadora tomó como «percha» la movilización dándole masividad e introduciendo con cada vez más peso reivindicaciones propias. Volvía a Europa el fantasma de la huelga de masas. Era solo un fantasma: no hubo asambleas masivas, no hubo comités electos y revocables, no hubo soviets como en Irán… y sin embargo hubo un principio de afirmación de necesidades humanas genéricas por encima de la «buena marcha» de un capital nacional agónico. Hubo una amenaza de constitución en clase. Y éso bastó: el gobierno francés se apresuró a ceder con tal de abortar el horizonte al que apuntaba el movimiento.

La fuerza y el éxito de los «chalecos amarillos» se deben no a lo que fueron, sino a aquello en lo que amenazaron con convertirse. Por eso el movimiento está ya, en realidad, superado sin haber sido superado en la práctica. La principal lección: el discurso de la implacabilidad y la imposibilidad de superar los límites del capital nacional, en este caso el famoso «límite europeo de déficit», se desvaneció tan pronto se vieron amenazados por una lucha generalizada de los trabajadores. Merkel -la Atila de Grecia- de repente defendía la «flexibilidad»… No hay nada de inapelable en las necesidades del capital, no hay un límite «indiscutible» a nuestras necesidades en su rentabilidad. Es al revés, si ponemos un «techo» imaginario a nuestras luchas, si las supeditamos a las necesidades del capital, es cuando no podemos esperar otra cosa que empobrecernos y precarizarnos.

Los «chalecos amarillos» mostraron que la rentabilidad del capital no impone ningún límite «indiscutible». Es al revés: si aceptamos un techo en la existencia de beneficios, solo podemos empobrecernos y precarizarnos

La torre Tatlin (1919-20) proyecto de lo que había de ser la sede de la Internacional Comunista, nunca construida.

2018 ha sido un año en el que la lucha de clases ha abierto puertas y ensayado soluciones. Pero también ha mostrado debilidades profundas. La principal: que incluso en su momento revolucionario a la clase trabajadora le cuesta generar las vanguardias que necesita para llevar la lucha adelante marcando un dirección y planteando el siguiente nivel de consignas y reivindicaciones. Es más, sin balance, sin acendrar un programa, la combatividad choca contra un techo bajo. Y aunque el partido es un proceso siempre en marcha, la conciencia teórica de la experiencia histórica de clase no puede dejarse al albur de las propias luchas a las que ha de aportar para que avancen. Este año ha habido pasos prometedores desde España a EEUU. Los hemos seguido y apoyado. Desde este blog, desde la «Escuela de Marxismo» y desde nuevas iniciativas que pondremos en marcha en el nuevo año, estamos intentando aportar herramientas para que ese proceso se desarrolle. Pero de nada servirán sin lo fundamental: que des un paso adelante, te formes, discutas y te organices.

La principal debilidad hoy es la ausencia de una organización internacional capaz de aportar realmente al desarrollo de las luchas. Hay pasos adelante, pero falta el fundamental: el tuyo