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Precarios, organización y sindicatos

13 de abril, 2019 · Marxismo> Clase trabajadora

Asamblea de trabajadores petroleros votan huelga en Patagonia.

Una nueva generación llega al trabajo asalariado. Todos son precarios. Producto de la precarización y la proletarización, muchos llegan «de nuevas», sin memorias familiares y después de haber sufrido cuatro o cinco años de bombardeo ideológico. Quieren «hacer algo», «organizar a los compañeros»… y cómo no podía ser de otro modo, lo que aprendieron en las universidades del estado, no les sirve de nada.

Implícitos erróneos

Cartel de los sindicatos alemanes por las 8 horas en los años 90 del siglo XIX. Prometeo lleva al proletariado hacia la liberación.

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Nos dicen que «las reivindicaciones por condiciones laborales y salarios son luchas sindicales», que aunque «los sindicatos no son un vehículo para la lucha de clases», «hay un beneficios reales para los trabajadores en la lucha por mejores condiciones de trabajo y salarios».

¿Un lío? Desde luego que la lucha por mejorar las condiciones de vida y de trabajo es siempre el punto de partida. Y claro que tenemos mucho que ganar… ¡¡un mundo entero!! Y por supuesto que los sindicatos no son herramientas para los trabajadores en la lucha de clases. Pero ¿por qué entonces las luchas y huelgas van a ser «sindicales»?

El error nace de la interiorización de que la función de los revolucionarios en las luchas es, exclusivamente difundir el objetivo comunista. Llevada al límite, este error implica que en realidad, los objetivos concretos, por sí mismos, no son verdadera lucha de clase. Pero claro, no pueden dejar de reconocer su necesidad y su materialidad. Así que encuentran valor en ellas, valor que se transmite inmediatamente… a los sindicatos que aspiran a controlarlas y darles cauce en el estado, normalmente reventándolas.

La incomprensión fundamental de que la lucha del proletariado no es sino la lucha material por las necesidades humanas y que el comunismo, «el movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual», es precisamente lo que se dibuja en ellas, se refuerza con esa concepción moralizante de la intervención comunista que rechaza la participación de los revolucionarios en la elaboración de las consignas concretas de las luchas. El problema es que

Si interiorizamos que nuestra función es promover la difusión del objetivo comunista sin participar del desarrollo de los medios y medidas necesarios para alcanzarlo, acabaremos concluyendo que la abolición del trabajo asalariado podría hacerse «de a una»… pero nunca se acaban de dar las condiciones. Nos habremos convertido en «utópicos». Y es que las condiciones que hacen posible la abolición del capitalismo son todas esas medidas que las luchas deben tomar para poder desarrollarse, todas esas reivindicaciones cuya realización los trabajadores van tomando en sus propias manos. Lo que es aún peor, perdido el nexo entre la lucha concreta y su objetivo, acabaremos sin distinguir la expresión de clase de su encuadramiento estatal. Nuestro centro ya no estará en las luchas, sino en cualquier lugar donde los trabajadores se agrupen o sean agrupados, no para sacar adelante acciones -un programa- que transforme y niegue su situación, sino para representarse, en el mejor de los casos, como «identidad obrera» inoperante: desde una procesión sindical a una manifestación feminista o una «huelga fake» nacionalista.

Plenario de sindicalistas en Lanús.

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Y eso es lo que inmediatammente sucede con la argumentación ¿Puede organizarse la clase como tal en un monopolio que es parte del estado? La respuesta parece obvia: no. El mayorista de la fuerza de trabajo organiza a trabajadores, pero no es una organización de clase, del mismo modo que no lo es la promotora que organiza una cooperativa de vivienda social.

¿De dónde viene esta idea en los compañeros con los que debatimos? En primer lugar de una moral débil apenas oculta: si en el fondo pensamos que la clase no puede organizarse por sí misma es natural pensar que hay que organizarla. Esto alimenta un error más profundo. Como se parte de la concepción de que la lucha por las condiciones inmediatas no es ese movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual, no se ve el programa comunista en las reivindicaciones concretas. Resultado: el programa «de verdad» solo está en «el partido». La organización de la clase y su programa, se convierten en dos cosas distintas y opuestas. Y de resultas, cualquier organización de trabajadores se convierte en una organización de clase, independientemente de su programa. Todo lo que tiene trabajadores es expresión de la clase porque todo lo que se mueve es potencialmente rojo, única y exclusivamente porque «el partido» puede usarlo para hacer propaganda. Una vez más, desmoralización y oportunismo, van de la mano

Conclusiones erróneas

Asamblea de trabajadores en Matamoros, México

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«Hay que llamar a los sindicatos a organizar secciones sindicales en nuestros puestos de trabajo porque fuera del sindicato las victorias son difíciles».

Las victorias son difíciles. Punto. Las concesiones en condiciones de trabajo y salario que se consiguen en una lucha son, en esta fase del capitalismo, siempre transitorias. Esa transitoriedad depende del momento en el que se encuentre la crisis económica, ya perenne, en los momentos más agudos son inmediatamente devoradas por la inflación y la precarización general, en los momentos de burbuja y huida hacia el crédito pueden llegar a ser sostenibles durante dos o tres años de media.

¿Qué podemos llamar victoria? En primer lugar a la experiencia de auto-organización. En segundo lugar a esas concesiones. Lo mínimo: una obtención de concesiones que no dañe la posibilidad de seguir luchando en el futuro. Por eso una derrota por nuestros propios medios, que no consigue concesiones pero da una experiencia de auto-organización, en preferible a una victoria de la mano de los sindicatos que esteriliza el futuro y nos desarma para la siguiente batalla.

La burguesía también sabe ésto. Y precisamente por eso las concesiones tienen, cada vez más, el objetivo de parar en seco la maduración de las luchas y evitar que los trabajadores salgan del carril sindical. Lo vimos recientemente con los «chalecos amarillos» pero sobre todo lo hemos visto en México, en las huelgas de masas de Matamoros, donde el enfrentamiento masivo con los sindicatos concluyó con una patronal cediendo subidas del 100% en salarios con tal de evitar que la auto-organización desmontara el aparato sindical entero.

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Si por victoria se entiende tan solo el cumplimiento de la ley laboral, habitualmente burlada en las condiciones de los precarios, serviría también para reivindicar a la inspección de trabajo como un organismo de clase que consigue «victorias» para los trabajadores. Si el estado tiene inspectores de condiciones laborales y «se preocupa» con los sindicatos de homogeneizar las condiciones de explotación, no es por ninguna «conquista» de los trabajadores, sino porque así iguala y regula las condiciones de competencia facilitando la circulación y colocación óptima del capital. Si hoy es más «laxo» e insiste menos en la homogeneidad de condiciones de explotación, animando a los convenios de empresa y poniéndolos sobre los de sector o provincia es porque así pretende salvar sus partes más débiles a costa de los trabajadores que explota en ellos… pero sin romper el «cuadro de mandos» del capitalismo de estado. La inspección de trabajo, la represión de los «excesos» y los gabinetes jurídicos de los sindicatos sirven para disciplinar a los que intentan ir más allá. No son parte de la lucha de clases sino de los mecanismos de cohesión y «fair play» de la propia clase dominante.

Asamblea de estibadores durante la huelga de 2017

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«La estrategia a seguir dependerá de la empresa y el grado de compromiso de los compañeros de trabajo», «hay que ir caso por caso».

El marxismo no es un método en el sentido habitual del procedimiento automático del sueño burgués y su ciencia, sino un dinamitado permanente y continuo de cuanta ideología se coloca en el camino de una comprensión de la realidad desde la perspectiva del programa de la clase explotada y revolucionaria. Cuando Marx llama a sus principales textos «críticas», hay que interpretar «crítica» como «demolición». El resultado es de una coherencia aplastante porque refleja un punto de vista de clase único. Es más, por si acaso una casuistica pudiera encontrar un conflicto entre los intereses de un grupo de trabajadores y los de la clase en su conjunto, el Manifiesto nos recuerda que los comunistas «en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto».

¿Por qué? Porque el capitalismo es un sistema de explotación de una clase por otra. No existe capitalismo en una sola fábrica, ni en una sola comarca. El capitalismo es un «sistema», requiere una compleja estructura circulatoria «doble»: la de la mercancía -incluida la fuerza de trabajo- y la del capital. Por eso la explotación solo puede ser puesta en cuestión como un todo, cuando la clase lucha masivamente como tal -eso significa la famosa clase para sí– y no cuando lucha atomizada en empresas, cuando solo la burguesía se da cuenta de que lo que tiene enfrente -y por tanto el proletariado es una clase en relación al capital, una clase en sí que no es consciente todavía del carácter universal de su situación y sus objetivos, inmediatos o globales.

Resultado. ¿Qué quiere decir para un marxista ir caso por caso? Significa dudar una vez más de la posibilidad de constitución de la clase como sujeto político, pensarla como una trabajosa suma de partes; visualizar la explotación como suma de situaciones particulares, de identidades de empresa. ¿Y desde ahí adónde vamos?

Asamblea de trabajadores en la puerta de la fábrica Fray Luís Beltrán, Santa Fe.

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«Es verdad, colocarse bajo el paraguas de los sindicatos, es un error, pero a lo mejor los comunistas tendremos que montar un sindicato propio»

Los duros años de la medianoche del siglo tocaron la moral de buena parte de las izquierdas comunistas. El delirio bordiguista de que la clase en realidad se reduce a il partito, la idea franco-italiana de que los comunistas no deben plantear consignas concretas que responden a los problemas concretos que movilizan a los trabajadores, el miedo consejista al dirigismo… todo apunta al mismo lado: los comunistas no somos parte de la clase -o la clase somos nosotros solos, que es lo mismo-, como si por ser comunista perdieras tu condición de trabajador… y ¡hasta de humano sometido a necesidades concretas!

La realidad es que la revolución no es un acto, es un proceso en el que la lucha por las necesidades humanas se va afirmando sin perder concreción en un solo instante. Ni siquiera habrá algo así como un decreto de «abolición del trabajo asalariado», el mismo corazón del programa comunista será el resultado de una progresión de medidas tomadas por la clase en su conjunto organizada en comités y soviets.

¿Dónde empieza todo? Donde empezó siempre: en la necesidad concreta pero colectiva descubriéndose común a la clase, descubriéndose universal. ¿Cuál es la función de los comunistas? Servir a esa transición que hace de la lucha de los trabajadores el movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. La función de los comunistas no es entregar la organización de los trabajadores al monopolista de la fuerza de trabajo que es parte del estado (sindicatos), pero tampoco es organizar a los trabajadores como si no lo fuéramos, como si fuéramos observadores caídos desde Marte. Somos comunistas porque somos parte de ese proceso de auto-organización. Estudiar, discutir y conocer la historia de la clase y sus luchas no es ningún mérito, es solo la forma en que ganamos herramientas para poder servir, lo mejor posible, de catalizadores a ese proceso.

En la práctica eso significa generalmente actuar en la semiclandestinidad que el precario tiene en toda empresa, tender puentes, abrir conversaciones, facilitar la confianza entre compañeros… nuclear un grupo alrededor de las posiciones más combativas, tal vez incluso en torno a conversaciones de más alcance, un grupo del partido en devenir. Y seguir, y seguir, y seguir… hasta organizar un comité y poder convocar una asamblea con fuerza suficiente.

¿Es ese grupo de confianza, igual que un sindicato? ¿Es un sindicato con otro nombre? No, porque no pretende ser el sujeto de la lucha, ni convertirse en el mediador necesario para el capital en la determinación del precio de la hora de trabajo, sino constituir la asamblea que ha de dirigir y llevar adelante la lucha. Además, en primer lugar, el sindicato en muchos países reclama condiciones solo para sus afiliados, la asamblea para toda la plantilla. En segundo lugar, la asamblea elige comités revocables para coordinar la huelga, el sindicato convoca asambleas para informar a los trabajadores, copando el comité de huelga y sin someterse a su control real. El sindicato representa a los trabajadores, la asamblea es los trabajadores.

Cuatro ideas

Postular la revolución comunista, incluso flanqueada por la abolición del trabajo asalariado, no pasa de ser noción borrosa, aún suponiéndola –esperanza vana en el mundo presente– compartida por la mayoría. Porque la eliminación del salariato en cuanto objetivo directo una vez arrancado el poder al capital, está lejos de ser un acto único, cual la abolición de las leyes del mismo o el desmantelamiento de su armatoste estatal. Se descompone o subdivide en una serie de medidas, de cuyos efectos inmediatos y mediatos resultará la dicha eliminación, estructura social básica de la sociedad comunista. Las principales medidas, las más transcendentes se desprenden de la situación actual de la clase, de sus posibilidades máximas en contraste con un capitalismo apabullador y decadente, ya sin derecho a la existencia. ¿Donde, en qué sino en la formulación y defensa de las mismas cerca del proletariado puede aparecer la consciencia de una organización revolucionaria? Se condenan al bullicio inocuo, cuando no al charlatanismo, las tendencias que rehuyen hacerlo, cualquiera sea su cuantía numérica.

Acendremos Camaradas, 1975.

Asamblea de trabajadores de Roca en «huelga salvaje» -rechazada por los sindicatos- en 1977.

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No hay un modo para defender nuestras necesidades como trabajadores en la empresa y otro para defenderlas como clase en la sociedad. Es lo mismo. La clase solo puede constituirse en sujeto político en la lucha y esa lucha no brota de la nada: madura y se desarrolla a partir de necesidades materiales y concretas a las que nunca deja de responder. El socialismo mismo no es sino ese mismo proceso a partir de cierto momento de su desarrollo.

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Nada es más dañino que desbaratar la organización unitaria, asamblearia, de los trabajadores entregando sus asambleas a un sindicato, sea un sindicato establecido, sea un sindicato creado «ad hoc», que privará en cualquier caso a los trabajadores de la experiencia de su propia lucha

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Los comunistas no somos observadores externos, parte de un cuerpo ajeno que moraliza con una perspectiva comunista que -necesariamente- para muchos compañeros es aparentemente inalcanzable en las primeras fases de lucha. Somos parte de las plantillas en las que trabajamos y parte de sus luchas. Y desde luego, aportamos en cada lugar desde la perspectiva de las necesidades generales de la clase y su movimiento. Eso significa, antes que cualquier otra cosa, batallar para que seamos los propios trabajadores los que dirijamos y nos organicemos en la lucha y en segundo lugar servir a que, en cada momento de su desarrollo, las consignas y reivindicaciones concretas la permitan avanzar.

Asamblea de trabajadores al margen de los sindicatos en la puerta de una maquiladora de Matamoros.

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Servir al desarrollo de la consciencia de clase no queda ahí, es obvio que tenemos que agrupar a los compañeros más combativos, desarrollar con ellos la batalla por ganar y convencer a los demás para ir más allá, para entender el significado de lo conseguido -o perdido- en cada momento de los choques con la empresa, para extender la lucha si es posible. Ese es el núcleo del proceso real de organización del partido. El partido es ese sector más avanzado de la clase, se forma y consolida en las luchas, no a través de un «MasterChef» de marxismo, un torneo de discusiones y debates para «iniciados» en el arte del ratoneo de biblioteca. El resultado tiene que cristalizar en grupos de trabajadores en las empresas y en los barrios. ¿En qué se diferencian de un sindicato de base? Primero en que no entienden la clase como una suma de explotaciones en distintos puestos de trabajo. Segundo en que no pretenden sustituir a las asambleas de huelga, ser «por derecho» comité de huelga, ni encaramarse a los «comités de empresa» de la estructura laboral del estado o tener «liberados». Y sobre todo en que su mirada no acaba en las batallas y eventuales concesiones en el lugar de trabajo sino que «en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto».

Resumen en tuits

Las reivindicaciones por condiciones laborales y salarios no son luchas «sindicales», son la base del «movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual»
Bajo la idea de que los trabajadores no nos podemos organizar por nosotros mismos la más peligrosa desmoralización: no se ve que el comunismo es precisamente la lucha por imponer las necesidades humanas sobre la ganancia
Una derrota por nuestros propios medios, que no consigue concesiones pero da una experiencia de auto-organización, en preferible a una victoria de la mano de los sindicatos que esteriliza el futuro y nos desarma para la siguiente batalla
No existe capitalismo en una sola fábrica, ni en una sola comarca. El capitalismo es un «sistema». La explotación solo puede ser puesta en cuestión como un todo, cuando la clase lucha masivamente como tal
La revolución no es un acto, es un proceso en el que la lucha por las necesidades humanas se va afirmando sin perder concreción en un solo instante.
¿Dónde empieza todo? Donde empezó siempre: en la necesidad concreta pero colectiva descubriéndose común a la clase, descubriéndose universal. ¿Cuál es la función de los comunistas? Servir a esa transición
Estudiar, discutir y conocer la historia de la clase y sus luchas no es ningún mérito, es solo la forma en que ganamos herramientas para poder servir, lo mejor posible, de catalizadores a ese proceso.
La asamblea elige comités revocables para coordinar la huelga, el sindicato convoca asambleas para «informarnos» sin someterse a su control real. El sindicato representa a los trabajadores, la asamblea somos los trabajadores.
La clase solo puede constituirse en sujeto político en la lucha. La lucha madura y se desarrolla a partir de necesidades materiales y concretas a las que nunca deja de responder. El socialismo mismo no es sino ese mismo proceso.
Nada es más dañino que desbaratar la organización unitaria, asamblearia, de los trabajadores entregando sus asambleas a un sindicato, sea un sindicato establecido, sea un sindicato creado «ad hoc». Nos privan de la experiencia de nuestra propia lucha
Los comunistas batallamos para que seamos los propios trabajadores los que dirijamos y nos organicemos en la lucha y servimos a que, en cada momento de su desarrollo, las consignas y reivindicaciones concretas la permitan avanzar.
Tenemos que agrupar a los compañeros más combativos, desarrollar con ellos la batalla por ganar y convencer a los demás para ir más allá, para entender el significado de lo conseguido -o perdido- en cada momento, para extender la lucha.
El partido es ese sector más avanzado de la clase, se forma y consolida en las luchas, no a través de un «MasterChef» de marxismo, un torneo de discusiones y debates para «iniciados» en el arte del ratoneo de biblioteca.
A diferencia de un sindicato «de base», no entendemos la clase como una suma de explotaciones en distintos puestos de trabajo, no sustituimos a la asamblea y defendemos siempre los intereses del movimiento de clase en su conjunto.