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¿Por qué suben las bolsas si está todo tan mal?

2 de julio, 2020 · Actualidad> Actualidad global

Desde EEUU a China pasando por Brasil y España los datos de empleo son escandalosos. Y con un mercado que se reduce semana tras semana, la llegada de capitales y la inversión extranjera directa caen en China, Rusia, Gran Bretaña, Holanda…. La incertidumbre geopolítica está, para rematar en máximos. A la guerra comercial entre EEUU y China, se ha sumado la de India contra China, la de Japón contra Corea del Sur. Y vendrán más. Y sin embargo… las bolsas suben y los precios de las acciones de las grandes empresas -especialmente las tecnológicas- escalan hasta divorciarse de cualquier relación con beneficios futuros. ¿Por qué?

Del capital al capital ficticio

En mayo de 1893, albores del imperialismo, se inaugura la Bolsa de Madrid en la Plaza de la Lealtad.

El capitalismo se llama así porque la organización social entera se supedita y orienta a la acumulación de capital. Tenemos que ver el capital en realidad como dinero invertido que se convierte en un derecho de explotación, como un título acumulable que en cada ciclo crece premiando proporcionalmente más a aquellos que han explotado de una forma más efectiva la fuerza de trabajo. La necesidad de impulsar la acumulación lleva a cada capital a aumentar la productividad física, lo que se produce con cada hora de trabajo. Pero lo hace indirectamente, a través de la productividad del propio capital, es decir, de las ganancias. Ganancias cuyo objetivo es… amalgamarse y aumentar el capital acumulado tras cada ciclo productivo.

Si el capital está tan pendiente de los consumidores es porque, al final, no hay ganancia si no se coloca la producción. Pero esto tiene trampa: la demanda que crea el capital con los salarios que paga es por definición insuficiente. El valor de mercado de lo que los trabajadores producen siempre es mayor que la suma de sus salarios. Así que el capitalismo necesita vender fuera. Fuera, para un capital nacional son exportaciones. Y para el conjunto del capitalismo global son todos los estratos sociales que hay en el mercado mundial que no utilizan trabajo asalariado: campesinos independientes sin jornaleros, artesanos, cooperativas de trabajo que no son en realidad trabajo precarizado… no tanto y desde hace al menos un siglo crónicamente insuficientes para el volumen del capital global.

Es claro: las exportaciones -tanto de mercancías y servicios como de capital en forma de inversión externa-, que es lo que busca cada capital nacional individual para viabilizar su propia acumulación, son un juego de la pelota envenenada. Al final de todos los intercambios algunos pierden -tienen balanzas comerciales deficitarias sostenidamente- y pagan la acumulación de los demás… Eso explica el imperialismo y sus evoluciones, entre las más recientes la globalización y ahora la guerra comercial.

Ahora pongámonos en el lugar del propio capital. La cuestión es… ¿qué hacer con el nuevo capital que se crea cuando no es posible encontrar -entre las opciones disponibles- suficientes aplicaciones productivas para tanto como se ha acumulado? Es decir, ¿qué hacer cuando no hay lugar rentable en el que invertir capitales al por mayor? Y aquí hay que pensar a la escala del gran capital. Por supuesto que habrá pequeñas empresas con rentabilidades estupendas, pero… ¿en cuantas tendría que fraccionarse el capital? ¿Qué pasa cuando a esa rentabilidad le restamos los costes de gestión y vigilancia de tantos administradores?

No, ante una situación así, crónica en el capitalismo durante el último siglo, una proporción creciente de capital se dedica a especular. Eso significa que en vez de utilizar los derechos de explotación… se apuestan. Deja de ser capital propiamente dicho, y se convierte en capital ficticio: capital que apuesta su reproducción a los resultados de otros capitales. Al principio fueron las bolsas, grandes masas de capital se dedicaron desde relativamente pronto a apostar a la capacidad de tal o cual negocio de mejorar las ganancias que obtenía más allá de lo esperado. Luego llegó el mercado de futuros, apuestas por el valor en algún momento del futuro de productos, empresas o incluso deudas. Llegado cierto punto, el peso del capital ficticio acumulado llegó a distorsionar el aparato productivo entero instrumentándolo para que fuera útil al gran casino, es lo que se llamó financiarización.

Y ese es nuestro mundo, un aspecto más del capitalismo en su fase de decadencia.

La crisis y las bolsas

Bolsa de Madrid

La tendencia permanente a la crisis en la decadencia expresa las contradicciones entre los mercados solventes que el capitalismo es capaz de crear y la capacidad productiva que desarrolla explotando la fuerza de trabajo. Esto es importante porque hace de la crisis misma la cara B de la contradicción entre burguesía y proletariado, entre lógica de la acumulación y necesidades humanas universales. Pero también porque nos apunta dónde tenemos que mirar cuando vienen las grandes crisis y nos cuentan que han sido problemas financieros que se arreglarían con una mejor regulación o con una mejor gestión de las cuentas de bancos, empresas o gobiernos.

No, no tiene que ver con eso, las crisis no son evitables por el sistema. Al final las crisis no son más que gigantescas devaluaciones del capital que se producen porque el capital invertido en producción de bienes y servicios no encuentra demanda y se demuestra que no es rentable. Cuando eso se hace evidente todas las apuestas que lleva sobre su lomo caen con él. Las expectativas de todos los capitales ficticios apostadas se rompen, hacen «crack»; los fondos que las articulan pierden valor estrepitósamente; las bolsas bajan de golpe, los futuros se desploman, los créditos pasan a ser calificados de incobrables. Y todo pasa muy rápidamente, como un alud. Un día… caen las bolsas, quiebran bancos, las quiebras se precipitan en medio de un dominó de deudas incobrables. Y los medios, propiedad de los mismos capitales, se preguntan hipócritamente por qué.

¿Y por qué eso no pasa ahora?

Christine Lagarde presenta el paquete de medidas del BCE ante la caída de la actividad económica debida a la epidemia de coronavirus.

Muchas empresas están dando pérdidas. Otras, como los propios bancos, vienen de un largo periodo de rentabilidades a la baja. Y sin embargo los capitales ficticios llueven en las bolsas y compran como locos. Es cierto que muchas de esas empresas en pérdidas volverán a generar beneficios en breve. Pero también que las expectativas globales que dan los propios bancos centrales son de una década de ajustes y empobrecimiento, es decir, de demanda deprimida. Y los mercados mundiales, como estamos viendo, lejos de ser boyantes y accesibles, van a ser cada vez más fortalezas guardadas con ejércitos de aranceles… y cada vez más, ejércitos de verdad. Y no, no es que los especuladores sepan algo que los demás desconozcamos.

La cuestión más bien es la contraria. Para amortiguar la crisis, los bancos centrales -que llevan tiempo prestando dinero a los bancos sin interés, es decir, gratis- están inyectando cantidades masivas de liquidez en las empresas y en los bancos. El BCE está comprando ya a los estados esas «garantías» que el estado otorgó a los créditos que pidieran las empresas. Y no hace más que aumentar la compra y aceptar garantías más débiles de los bancos. Es decir, los créditos impagables los acabará pagando en muchos casos el BCE y los bancos no sufrirán tanto como podrían. Es lo de menos, un apunte contable y un resultado de pérdidas en Franckfurt es solo una ilusión contable más. Este es todo el secreto del «optimismo de los bancos» del que hablan hoy los comentaristas de bolsa en los medios.

Visto desde el capital ficticio no podría haber una noticia mejor. Los jugadores se saben quebrados, creen que pueden dar por perdidas buena parte de sus inversiones. Pero aparece el crupier y les ofrece, sin interés, prestarles todas las fichas que quieran y asegura que salga lo que salga las fichas apostadas a rojo volverán a sus dueños. ¿Van a dejar el juego, convertir las fichas que les ofrecen y montar nuevos negocios? ¿Con lo que está pasando? Ni locos. Doblan la apuesta y la concentran en aquello que tenga más probabilidades de sobrevivir cuando quiebre todo. ¿Netflix? Claro. ¿Internet? Por supuesto. ¿Bancos? Está casi garantizado que no quiebren y todo apunta a que tendrán que fusionarse dentro de poco para ganar algo de rentabilidad, es decir que puede que suban… Agreguemos finalmente todos esos capitales ficticios que flotan desesperados en busca de destino… La acción de Netflix ya no se correlaciona con los beneficios esperados. ¿Bajará? Por supuesto. ¿Fue una locura doblar la apuesta? La esperanza del especulador es que no lo haga demasiado. Su capital habrá mermado sí, pero habrá sobrevivido. Y con un poco de suerte

Lo que estamos viendo no es el optimismo del capital financiero, es la risa histérica del ludópata desesperado.