¿Por qué somos centralistas?

Buenos Aires en el siglo XVIII fue centro comercial que conectaba el interior y la actual Paraguay y su producción de mate con Europa.
Hoy, cuando la pequeña burguesía enloquece con el indigenismo y lo convierte en un «political correct», la vindicación del papel revolucionario del capitalismo por Marx es censurada una y otra vez. A falta de más supuestos pecados con que acosar su fantasma, ahora descubren que no les parece suficientemente «progresista». Marx sin embargo insiste en que la llegada de portugueses, castellanos, ingleses, holandeses y franceses a vastísimas regiones de América, Asia y Africa fue una verdadera revolucion social que llevó las bases de la mercantilización general de aquellas sociedades precapitalistas y que, sobre todo, sentaba las bases del mercado mundial que daría forma a la primera clase universal, el proletariado. Las nuevas relaciones sociales capitalistas podrían liberar así las fuerzas productivas inmensas que hacían posible, por primera vez, pensar en una sociedad comunista. Frente al significado de todo eso, frente al futuro que hacía posible, poco o ningún valor en el análisis podían tener el rechazo instintivo a los crímenes de los conquistadores.

Represión británica de la revuelta de 1857 en la India..
Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la Humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe:

¿Quién lamenta los estragos
Si los frutos son placeres?
¿No aplastó miles de seres
Tamerlán en su reinado?

Carlos Marx. La dominación británica de la India, 1853

Ferrocarriles británicos en India.
Esta perspectiva -una vez más, marcada por el futuro– es la misma que aplicarán en Europa frente a los distintos movimientos nacionalistas-localistas que aparecerán a mediados del XIX, desde el nacionalismo húngaro al cantonalismo español pasando por el paneslavismo. La resistencia de la vieja economía patriarcal y feudal, el culto al particularismo, la reivindicación de lo local contra la expansión del mercado capitalista… no podían ser sino reaccionarias, resistencia y protesta contra un capitalismo sin cuyo concurso y relaciones sociales era imposible plantear el salto de la Humanidad a un nivel superior de relación con la Naturaleza y consigo misma.

Afirmar lo local contra la expansión del mcdo capitalista era reaccionario pq enfrentaba unas relaciones sociales sin las que es imposible plantear el salto de la Humanidad a un nivel superior de relación con la Naturaleza y consigo misma
Delacroix: «La libertad guiando al pueblo»
Para desarrollarse, la burguesía necesitaba crear mercados nacionales libres, esto es, sin barreras internas, lo más amplios posibles. Para ello se sirvió del republicanismo, del nacionalismo o de lo que tuvo a mano en cada momento. Los grandes mercados no nacen «espontáneamente», significan eliminar aduanas internas, homogeneizar radicalmente códigos mercantiles y regulaciones administrativas. Significan, a fin de cuentas el establecimiento y desarrollo del centralismo estatal ya iniciado por las monarquías absolutas europeas. El gran estado nacional centralizado fue la forma concreta, material que tomó la expansión del capitalismo y las relaciones capitalistas en Europa y América y por esto era progresivo.

El gran estado nacional centralizado fue la forma concreta, material que tomó la expansión del capitalismo y las relaciones capitalistas en Europa y América y por esto era progresivo.
Arrúe, «Romería»
Por contra, la reacción de la pequeña nobleza, de los restos de economía patriarcal local y de una pequeña burguesía conservadora que temía ser aplastada por la inevitable concentración capitalista, tomó como bandera el culto romántico a las esencias, a la «diversidad», a la «cultura ancestral» y como forma política la aspiración a la estatalidad para las «pequeñas naciones». Aunque tomara un relato nacionalista como hacía la burguesía con cada vez más decisión en Alemania o Francia, el independentismo y la «autonomía» de las «pequeñas naciones» subdesarrolladas europeas no engañaba a los marxistas de la época.

No hay país europeo que no tenga en algún rincón una o más ruinas de pueblos, restos de habitantes anteriores, desalojados y dominados por la nación que más tarde se encargará del desarrollo histórico. Estos restos de naciones que han sido pisoteados despiadádamente por el paso de la Historia, como dijera Hegel, estos desechos de pueblos se convierten, y siguen siendo hasta su exterminio o desnaturalización, en el sostén más fanático de la contrarrevolución, ya que su existencia no es más que una protesta contra una gran revolución histórica.

Federico Engels. La lucha magiar, 1849

Postal de «Altos Hornos de Vizcaya»
Algunas de aquellas regiones, que habían producido movimientos reaccionarios, feudalizantes y clericales -como el foralismo vasco-navarro y catalán o la resistencia de la baja nobleza polaca- vieron con el tiempo el nacimiento de una burguesía local a la que las «glorias» medievales no identificaban ya.

No: Vizcaya no tiene apenas historia —continuó el doctor,—y por esto posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes cabelludos y zafios que en Padura gritaban ¡sabelian, sabelian sarrtu! avisándose que debían herir con sus chuzos a los españoles en el vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas industriales, que todos aquellos Jaunes, sucios, barbudos y llenos de costras.

Vicente Blasco Ibañez. El intruso, 1904

January Suchodolski «Stefan Czarniecki durante la guerra ruso-polaca»
El grito anticapitalista reaccionario se convierte entonces en autonomismo. No es de extrañar que el famoso «giro españolista» de Sabino Arana se diera con la primera guerra mundial, cuando su mano derecha y heredero político, el armador de la Sota, tras acumular capitales inmensos abasteciendo a los británicos, se integre en el movimiento de concentración financiera con el que el capital vasco acabará liderando la formación de un capitalismo de estado en España. La burguesía vizcaína no dejará de sentirse vasca, pero integrada en una única clase rectora con sus pares cantábricos, el latifundismo mesetario y andaluz y el alto funcionariado estatal segregado de éste, se hará con el control, a través de los bancos engordados por las exportaciones durante la guerra mundial, de los grandes negocios peninsulares: desde el naval a la aceituna pasando por la electrificación del Levante.

La pequeña burguesía local, temerosa de las crecientes luchas de clases, se enquistará en un reaccionario nacionalismo antiobrero. Será necesariamente xenófobo donde la clase obrera se forma a base de emigración y casi siempre antisemita, especialmente en lugares como Polonia donde hay entonces un amplio proletariado judío. Son estos movimientos, ya pequeño-burgueses más que aristocráticos, los que tiene presente Rosa Luxemburgo cuando debate la «cuestión nacional y la autonomía», por eso puede ser tajante cuando asegura que:

Volver al objetivo de dividir todos los Estados existentes en unidades nacionales y limitarlas mutuamente según el modelo de los Estados y los pequeños Estados nacionales es una tentativa desesperada y, desde un punto de vista histórico, reaccionaria.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

La revolución de 1905 mostró la unidad de los trabajadores en el imperio ruso por encima de las fronteras internas. En la imagen la insurrección en Letonia.
La denuncia de los movimientos contra la centralización del estado se convertía entonces, en países como Rusia o España, en la denuncia de lo que significaban en tanto que intento de romper la lucha de los trabajadores.

El desarrollo capitalista en Polonia une cada vez más estrechamente al país con Rusia a través de los intereses económicos de las clases dominantes.(…) El análisis objetivo del desarrollo social de Polonia nos lleva a la conclusión de que las tendencias a favor de la independencia de Polonia son una utopía de pequeños burgueses y como tales, solo puede perturbar la lucha de clases del proletariado o conducirla a un callejón sin salida.

Rosa Luxemburgo. Prefacio a «La cuestión polaca y el movimiento socialista», 1905

Y es que en estados que, como Rusia o España, concentraban el desarrollo capitalista en solo unas pocas regiones muchas veces aisladas entre sí, la «centralización» jacobina de la burguesía fortalecía que el movimiento de clase se sincronizara y se dotara cuanto antes de objetivos comunes.

Los nacionalismos tardíos amenazaban con dividir a los trabajadores en países como Rusia o España en los q la producción industrial se concentraba en regiones aisladas entre sí. El jacobinismo de la burguesía fortalecía a los trabajadores.

Centralismo de clase

La revolución de 1871. Tras París, Marsella. caída, y Lyon.
Y sin embargo, parece que cuando llega la hora de la Revolución la clase trabajadora y con ella los marxistas, giran 180º. La Comuna de París fue, obviamente, un poder municipal que llamaba a la insurrección a otras ciudades como Lyon o Marsella buscando coordinarse con ellas, no someterlas a un aparato central. Los soviets en 1905 y especialmente de 1917 también. Pero bajo la apariencia «municipalista» de los embriones de estados obreros que la historia ha conocido hasta ahora, en realidad se producía un nuevo tipo de centralización de clase.

El antagonismo entre la Comuna y el Poder estatal se ha presentado equivocadamente como una forma exagerada de la vieja lucha contra el excesivo centralismo.(…) La burguesía de las ciudades de la provincia francesa veía en la Comuna un intento de restaurar el predominio que ella había ejercido sobre el campo bajo Luis Felipe y que, bajo Luis Napoleón, había sido suplantado por el supuesto predominio del campo sobre la ciudad. En realidad, el régimen comunal colocaba a los productores del campo bajo la dirección intelectual de las cabeceras de sus distritos, ofreciéndoles aquí, en las personas de los obreros, a los representantes naturales de sus intereses. La sola existencia de la Comuna implicaba, evidentemente, la autonomia municipal, pero ya no como contrapeso a un Poder estatal que ahora era superfluo.

Carlos Marx. La guerra civil en Francia, 1871

Fábrica de Volkswagen en Wolfsburg (al frente el Ritz-Carlton). La fabrica produce más de 850.000 coches al año y tiene una superficie de 6,5 millones de m2.
Pero ¿cuál es el horizonte de esta «centralización» de clase que ya se demuestra capaz de articular políticamente un país como Francia en 1871? La escala. El paso a una sociedad comunista y por tanto de abundancia implica la liberación de las fuerzas productivas, un desarrollo brutal de la productividad del trabajo en el que la escala es una herramienta fundamental, como lo había sido durante el explosivo desarrollo del capitalismo progresivo del XIX.

La fase de transición entre el capitalismo y el comunismo comienza pues por un aumento de la escala al máximo: la escala pasa a ser la del conjunto de la sociedad mundial. Eso es lo que se conoce como socialización de la producción. Y como todos los elementos del futuro comunista de la Humanidad está ya presente en el momento en el que el capitalismo inicia su decadencia.

El punto de partida para la transición al comunismo es el paso de la escala de producción a su máximo: el conjunto de la sociedad mundial. Esa es la famosa «socialización de la producción» y ya está presente en el capitalismo decadente.
En 1899 el senado de EEUU debatió una ley antitrust… «por los monopolistas, de los monopolistas y para los monopolistas» según reza el cartel de la caricatura de la época.
Lenin lo descubre cuando estudia el imperialismo.

Esta transformación de la competencia en monopolio constituye uno de los fenómenos más importantes, -por no decir el más importante- de la economía del capitalismo en los últimos tiempos. (…)

El resumen de la historia de los monopolios es el siguiente:

  1. Décadas del 60 y 70, punto culminante de desarrollo de la libre competencia. Los monopolios no constituyen más que gérmenes apenas preceptibles.
  2. Después dde la crisis de 1873, largo período de desarrollo de los cárteles, los cuales sólo constituyen todavía una excepción, no son aun sólidos, aun representan un fenómeno pasajero.
  3. Auge de fines del siglo XIX y crisis de 1900 a 1903: los cárteles se convierten en una de las bases de toda la vida económica. El capitalismo se ha transformado en imperialismo

(…)La competencia se convierte en monopolio. De ahí resta un gigantesco progreso de socialización de la producción. Se socializa también, en particular, el proceso de los inventos y perfeccionamientos técnicos.

Esto no tiene nada que ver con la antigua libre competencia de patronos dispersos, que no se conocían y que producían para un mercado ignorado. La concentración ha llegado a tal punto que se puede hacer un inventario aproximado de todas las fuentes de materias primas (por ejemplo, yacimientos de minerales de hierro) de un país, y aun, como veremos, de varios países y de todo el mundo. No solo se realiza este cálculo, sino que asociaciones monopolistas gigantescas se apoderan de dichas fuentes. Se efectúa el cálculo aproximado de la capacidad del mercado, que las asociaciones mencionadas se «reparten» por contrato. Se monopoliza la mano de obra capacitada, se contratan los mejores ingenieros, y las vías y los medios de comunicación -las líneas férreas de América y las compañías navieras en Europa y América- van a parar a manos de monopolistas. El capitalismo en su fase imperialista, conduce de lleno a la socialización de la producción en sus más variados aspectos; arrastra, por decirlo así, a los capitalistas, en contra de su voluntad y su conciencia, a cierto régimen social nuevo, de transición de la absoluta libertad de competencia a la socialización completa.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

La especulación sobre los valores de los trusts arruinó en 1901 a buena parte de los pequeños inversores americanos pero consolidó el monopolismo.
Por supuesto esto no significa que el capitalismo «tienda» a convertirse en socialismo o a superar sus contradicciones por sí mismo. Al revés, dentro del marco inmutable bajo el capitalismo de la ley del valor, estas contradicciones se multiplican con la socialización en ciernes de la producción, como se verá con las guerras mundiales imperialistas, el paro, los estancamientos de la producción y la productividad…

El desarrollo del capitalismo ha llegado a un punto tal que, aunque la producción mercantil sigue «reinando» como antes y es considerada base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada y las ganancias principales van a parar a los «genios» de las maquinaciones financieras. Estas maquinaciones y estos chanchullos tienen su asiento en la socialización de la producción; pero el inmenso progreso de la humanidad, que ha llegado a esa socialización, beneficia… a los especuladores. Más adelante veremos cómo, «basándose en esto», la crítica pequeñoburguesa y reaccionaria del imperialismo capitalista sueña con volver atrás, a la competencia «libre», «pacífica» y «honrada». (…)

La supresión de las crisis por los cárteles es una fábula de los economistas burgueses, los cuales ponen todo su empeño en embellecer el capitalismo. Al contrario, el monopolio que se crea en varias ramas de la industria aumenta y agrava el caos propio de toda la producción capitalista en su conjunto.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Centralización sin poder separado

Soviet de Petrogrado en 1917
¿Hay algo más centralizado que una sociedad que se hace consciente de sí misma y organiza la producción y la distribución en función de las necesidades de cada uno? Porque éso es el Comunismo.

Si vamos más atrás, a la sociedad de transición, en lo que ocurre después del triunfo de los trabajadores más allá de un bastión como fueron los breves casos de París o Rusia, ¿puede haber algo más centralizado que la democracia total en una sociedad sin clases? En la lucha por multiplicar esas capacidades productivas en provecho y con la participación de cada uno, cualquier frontera, cualquier privilegio local es tan absurdo y destructivo como cualquier poder separado, autónomo y con decisión propia al margen y sobre la sociedad.

Y aun más atrás, a las necesidades de hoy mismo. ¿Hay algo más centralizado que una asamblea de trabajadores decidiendo como dirigir una lucha? ¿Que la coordinación de asambleas a base de comités electos y revocables en todo momento a escalas cada vez mayores?

¿Hay algo más centralista que una revolución mundial?
Lo que instintivamente nos alerta contra la centralización no es la centralización misma, sino su identificación con poderes separados y autocráticos típica de las clases dominantes: el monarca absoluto del pasado o la trama burocrática de la burguesía que gobierna los estados del capitalismo decadente. La práctica de las luchas de trabajadores demuestra sin embargo que el centralismo de la clase trabajadora tiene un contenido y unas formas muy diferentes: en vez de crear un foso entre capas dirigentes y masas dirigidas, restañan la división de clases e igualan a todos con todos en un cuerpo social no escindido. El centralismo del proletariado es la antesala del «paso del reino de la necesidad al de la libertad».

No desconfiamos de la centralización, sino de su identificación con poderes burocráticos y autocráticos. El centralismo del proletariado es el opuesto al de la burguesía: el fin de todo poder separado de la sociedad