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Por qué no funciona la subida del salario mínimo

2 de febrero, 2019 · Marxismo> Economía

A estas alturas, más que de crisis de la teoría económica cabría hablar de agonía. No hay «avance» o «novedad esperanzadora» que aguante dos asaltos a la realidad. El último velo en caer: el «círculo virtuoso» entre salarios mínimos al alza, automatización y productividad.

Volante y anuncio en redes de Bernie Sanders durante las primarias de 2016

A partir de 2016, con siete años de crisis a las espaldas, la desafección de grandes sectores sociales ante el discurso de la izquierda globalista es ya evidente. Es el momento en el que Trump y los brexiters empiezan a calar en los sectores más frágiles de la pequeña burguesía y el proletariado de los barrios periféricos, el momento en el que las encuestas de los grandes medios dicen que la juventud americana se ha vuelto «socialista» y los demócratas recuperan a Bernie Sanders. El salario mínimo se convierte en el tema de las primarias y las facultades de económicas empiezan a producir toda una literatura que presenta el establecimiento y subida de salarios mínimos como la alternativa al neo-proteccionismo. La idea que nos machacan entonces es que el salario mínimo no solo reduce la dispersión salarial y con ella las estadísticas de desigualdad, sino que, al cambiar los incentivos del capital, va a aumentar la productividad general «canalizando» hacia mejores salarios la mejora tecnológica. Eso es lo que la evidencia empírica refuta ahora.

La nueva teoría económica de la izquierda americana defendía que subir salarios mínimos aumentaría la productividad general «canalizando» hacia mejores salarios la mejora tecnológica. Eso es lo que ahora se refuta con datos.

¿Por qué no funcionó?

¿Electrificación y automatización del transporte de mercancías o vuelta a la tracción humana?

Como en toda la teoría económica, algo de verdad había en la expectativa «optimista». Con una clase trabajadora desarticulada, los salarios a la baja y en mitad de una crisis, de todas las maneras cualquier empresa iba a preferir contratar nuevos trabajadores precarios a salarios de miseria que invertir en nuevas máquinas y tecnología para reducir los costes de producción unitarios de los productos. No solo aplicaba a las grandes empresas y la robotización, sino a todo el capital. Por ejemplo ¿Para qué arriesgarse una cadena de restaurantes a comprar una furgoneta de reparto si podía disponer de trabajadores que ponían su propia bicicleta y estaban dispuestos a cobrar casi nada y solo por lo realmente repartido? La espiral de la precarización y la pauperización parecía no tener fondo. Fijarlo legalmente, nos decía la izquierda, haría que a partir de cierto punto a la empresa le mereciera la pena invertir. Y si invertía, mejoraría la productividad y con la subida de productividad subirían los salarios reales.

La crítica marxista es bien conocida. Enfrentado a la crisis, el capital apuesta por aumentar la explotación en términos absolutos, ésto es, la plusvalía absoluta, lo que de media y al final significa pagar menos por hora trabajada. La estrategia alternativa, solo es tomada al principio de los ciclos de acumulación. ¿Por qué? Al aumentar la productividad física del trabajo -lo que se produce por hora con las mismas horas de fuerza de trabajo media- la tasa de ganancia tiende a caer, pues se explota el mismo trabajo utilizando más capital. La forma de compensar esta caída de la rentabilidad es «aumentar la masa de producto», es decir, aprovechar la mejora tecnológica para producir y vender más cantidad -a un precio menor- hasta aumentar la ganancia total obtenida en términos absolutos. Y, nos decían, a fin de cuentas, éste es todo el secreto del desarrollo en China o Corea: reinversión de beneficios en la producción, mejoras de productividad que arrastran hacia arriba los salarios y a su vez fortalecen la demanda interna…

La nueva teoría del salario mínimo llevaba razón cuando señalaba que el capital no invertiría en tecnología que revalorizara el trabajo si podía aumentar la ganancia pagando menos por hora a los trabajadores

Trabajadores de una fábrica de productos electrónicos en China

Pero olvidaban algo importante: no basta con producir más cantidad de producto, hay que venderlo. La plusvalía tiene que «realizarse» y como apuntaba Marx, «la existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajador que la produjo» porque el mismo hecho de la explotación hace que «la demanda de los trabajadores nunca puede ser adecuada» [=suficiente] para comprar el total de la producción. Es decir, si no hay «nuevos mercados» que absorban el incremento de producción la mejora de la productividad solo producirá nuevos problemas al capital. Por eso los desarrollos tecnológicos se implantan al comienzo del ciclo de acumulación, cuando la unión de un estirón del crédito -que crea una falsa demanda presente- y el acceso a nuevos mercados, permiten colocar los incrementos de la producción.

El imperialismo no es más que el resultado de la imposibilidad de realizar toda la plusvalía en un mercado interno donde los trabajadores son ya la gran mayoría de la población y por definición no pueden comprar todo lo que han producido.

¿Por qué le había funcionado a Corea o Taiwan en los setenta-ochenta? Porque por motivos geo-estratégicos -la guerra fría- EEUU les había dado libre acceso a su mercado y no tenían problemas para encontrar demanda a nuevos productos baratos. ¿Por qué le funcionó a China siendo muchas veces mayor que sus vecinos? Porque la reducción global de las barreras aduaneras desde los 90, la llamada «globalización», han permitido hasta ahora algo parecido a mucha mayor escala. En cuanto éso ha sido puesto tibiamente en jaque por el neoproteccionismo de EEUU, el famoso «mercado interno» chino se está demostrando incapaz de mantener las tasas de crecimiento.

El «ciclo virtuso» de la plusvalía relativa solo funciona cuando hay nuevos mercados en los que sostenerlo. Por eso la amenaza proteccionista pone en cuestión el crecimiento chino hoy y por eso, desde una mirada histórica, el capitalismo en su conjunto abandonó su periodo ascendente, de progreso casi constantemente acelerado de las fuerzas productivas cuando los mercados extracapitalistas se tornaron cada vez más insuficientes. Ese mundo, ese capitalismo, el del imperialismo y la decadencia, es el nuestro… y no puede «hackearse» por mucho tiempo si no hay una destrucción masiva -equivalente a la de la última guerra imperialista mundial- que acabe, temporalmente, con el «exceso» de capital fijo.

El «ciclo virtuoso» de la plusvalía relativa solo funciona cuando hay nuevos mercados en los que sostenerlo. Por eso la amenaza proteccionista pone en cuestión el crecimiento chino

¿Y los «liberales» qué dicen?

Pero lo que realmente da una mirada completa del horror cotidiano en el que se ha tornado esta máquina rota que es el capitalismo de hoy, es el «te lo dije» de los «liberales». Los liberales de hoy no son aquellos adalides del librecambio y la burguesía ascendente que fueron los del XIX, sino los representantes, con retórica decimonónica, de los intereses monopolísticos más cerriles dentro del capitalismo de estado imperante. Su apuesta pasa siempre y sin ambages por el ataque directo a las condiciones de vida y de trabajo de la clase trabajadora.

¿Qué dicen de todo ésto? Hacen sus cálculos y llegan a la conclusión de que fijar un salario mínimo cercano al límite de la pobreza solo puede… crear más desempleo pobreza. Es más, confirmando que, como adelantábamos, la subida del salario mínimo incrementaría el número de trabajadores con salarios menores, el Banco de España calcula que la subida del 22% del SMI solo impulsará un 0,8% el salario medio de los beneficiarios.

La máquina de producir beneficios está tan rota, es tan disfuncional ya al interés de la sociedad y la humanidad, que el famoso «equilibrio» que permite mantener la máquina de los beneficios del capital en marcha, solo puede mantenerse en pie remunerando al trabajo por debajo de lo que cuesta recuperarlo y mantenerlo para el siguiente ciclo. Dicho de otra manera, que la supervivencia de una «economía sólida» pasa por nuestra pauperización y que esto no va a cambiar.

El sistema capitalista está tan roto, es tan disfuncional ya al interés de la sociedad y la humanidad, que solo puede mantenerse en pie remunerando al trabajo por debajo de lo que cuesta recuperarlo y mantenerlo

¿Qué conclusión debemos sacar de todo ésto? Que no cabe hacerse ilusiones con los parches y reformas que continuamente se sacan de la manga. No hay manera de «reiniciar» el capitalismo que no pase por una guerra masiva y generalizada. Es hora de plantar cara e imponer nuestras necesidades por encima del beneficio del capital. No podemos esperar a que al capital «le vaya bien» como nos dicen los sindicatos. Hay que luchar ya por reducciones de jornada con aumento de salario y contratación de todos los parados. Si el capital no puede aceptarlo solo significa que se ha vuelto inaceptable para la sociedad que dirige.

No podemos esperar a que al capital «le vaya bien». ¡Reducciones de jornada con aumento de salario y contratación de todos los parados, ya! Si el capital no puede aceptarlo solo significa que se ha vuelto inaceptable para la sociedad