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Oscars: el año del cine lumpenizador

12 de febrero, 2020 · Artes y entretenimiento> Cine

Los Oscars dieron la sorpresa a los críticos de la prensa internacional, que esperaban que los principales premios de mejor director, mejor película y mejor guión fuesen a «Joker» o a «1917». No para la crítica norteamericana que intuye que el listado de ganadores tiene que «reflejar el momento», esto es, reproducir el mensaje ideológico más insidioso y útil a la paz social en cada momento.

De un lado teníamos a «Joker», cuyo principal actor, Joaquin Phoenix ha ganado el premio a mejor actor principal casi por aclamación. ¿Qué nos cuenta el Joker sino una historia de descomposición social y personal? Un hombre con evidentes problemas mentales acaba siendo el referente de un movimiento de protesta sin otro horizonte ni expresión que la destrucción, la quema y el robo.

La revuelta se limita a expresar «odio contra los ricos» y «resentimiento social». El rencor del protagonista le lleva a asesinar en directo en televisión a Murray, el presentador del show nocturno que adora pero en el que fracasa, haciéndole sentir traicionado. Sus objetivos son estrictamente personales, pero sirve de detonante a una algarada general, una explosión de destrucción. Nuevo par causa-consecuencia absurdo y en absoluto inocente. No existe eslabón racional que ligue el crimen individual con la violencia colectiva. La película tampoco lo establece. Y no es porque esté tan claro que no haga falta explicarlo, sino porque está definiendo la idea misma de movilización social. Dicho de otro modo: el argumento solo tiene sentido si aceptamos de antemano que «revuelta» es eso que pasa cuando la gente resentida frente a «los más trabajadores y afortunados» sigue a un payaso asesino. Como resulta obvio que nada bueno puede esperarse de seguir a un enfermo mental que mata a gente en directo, el resultado de la revuelta es la barbarie. Y en esa barbarie, por fin, Fleck obtiene reconocimiento. Se convierte en relevante, en «el Joker». Se refuerza así el primer salto lógico: ¿no os tenemos dicho que la barbarie «empodera»?

«Joker», 20/10/2019

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Por otra parte teníamos «1917», una película bélica. El heroísmo individual de un soldado que debe salvar a otros miles brilla como una frágil llama de esperanza en tensión sobre un cenagal de cadáveres putrefactos. El alemán es presentado como un ser inhumano. Si se le perdona la vida, hace que haya que arrepentirse inmediatamente. Hollywood ya no aspira siquiera a sorprendernos a la hora de contar la guerra: lo hace al modo de las clases explotadoras que las impulsan y dirigen. Y como en la cotidianidad política, la inmoralidad del asesinato en masa organizado por el estado se entierra en presupuesto e impecabilidad tecnológica.

Pero la gran triunfadora fue «Parásitos», del director coreano Bong Joon-ho, primera película no grabada en inglés que gana el Oscar a la mejor película. Uno pensaría que para conseguir romper un coto que Hollywood guarda para sus propias empresas desde que se establecieron los premios, debe contar algo realmente impresionante de una manera innovadora. Pero no. «Parásitos» nos retrata a una familia trabajadora que no tiene otra salida en su vida que falsificar su identidad para acabar trabajando para una familia adinerada en su chalet a las afueras.

Desde los primeros planos de la familia, en un bajo semienterrado, se crea la sensación simbólica de que estamos ante unas ratas, que de hecho son fumigadas en una escena de la película. No hay ni descenso al mal ni redención, simplemente parásitos que acaban siendo… parásitos.

Algunos críticos han valorado positivamente el largometraje, apuntando que se trata de un interesante reflejo de la sociedad de clases como el propio director ha venido comentando. Pero aunque es cierto que muestra dos clases sociales distintas, la «operación narrativa» de «Parásitos» consiste en malformarla e invertir la oposición entre ambas. El parásito no es ya el que el explota el trabajo social, el trabajo forzado de la gran mayoría, sino el que trabaja, la familia a la que hay que presentar en los «bajos fondos» para que parezcan ajenos a la sociedad. La familia sin ninguna otra mercancía que llevar al mercado salvo su fuerza de trabajo, se opone así a la del imponente chalet del extrarradio, fría pero inocente.

Dicho en términos marxistas: la película caricaturiza al proletariado para presentarlo como un parásito de la burguesía. ¿Cómo no iba a gustar esta película a los fabricantes profesionales de ideología burguesa?

No es la primera vez que desde el cine se nos muestra la sociedad de clases y retrata a la clase trabajadora. Pero aun desde una perspectiva burguesa -el cine fue el primer «arte industrial»- eso no significaba deslizarse hacia la descalificación pura y simple. Pensemos en «El ladrón de bicicletas» de Vittorio de Sica -primera película de habla no inglesa en ganar un Oscar- y en general en el cine neorrealista italiano tras la segunda guerra mundial. Aunque en muchas ocasiones nos pintara a la clase trabajadora desde la óptica católica del pobre rebaño que no encuentra salida a su miseria, condenado a buscar amparo en la familia o la vieja moral cristiana, no necesitaba degradar a sus personajes protagonistas.

Claro está que el contexto social de este cine no era el mismo que el actual. En aquel momento la clase obrera era un sujeto político determinante en el panorama social. Italia mismo había tenido un abrupto cambio de bloque en plena guerra, rota y asustada la clase dominante por las huelgas de masas. En el mismo momento en que nacía el neorrealismo, en Grecia, aliados y partido stalinista se unían para derrotar la insurrección obrera en el Norte del país. El «fantasma del comunismo» convirtiendo la guerra imperialista en revolución, estaba bien presente.

Por eso el principal problema ideológico para las clases dominantes del momento era «desactivar» el peligro y por eso la ideología del cine europeo de la época, con los neorrealistas a la cabeza, nos mostraba un trabajador que no consigue nada, que puede llegar a agitarse en su deseo de vivir humanamente, pero que se encuentra ante un callejón sin salida. Esta es la tónica común de «El ladrón de bicicletas», «La tierra tiembla» y posteriormente, en los 70, «La clase obrera va al paraíso».

Sin embargo, en «Parásitos» no encontramos un retrato de los trabajadores como desdichados al gusto de la moral religiosa, sino un canto a los trabajadores lumpenizados, que llegada la situación se pueden matar entre ellos para mantener una falsa identidad y seguir sirviendo a los señores de la casa.

Si unimos el relato de estas tres películas, aclamadas como las grandes triunfadoras del año, los trabajadores no serían más que una masa irreflexiva y destructiva, unos parásitos que solo valen como carne para triturar en la guerra, único lugar donde su irracionalidad cobra sentido. Hoy, cuando la clase trabajadora vuelve a luchar y hacerse presente a lo largo del mundo, Hollywood nos quiere recordar «nuestro sitio» en un mundo descompuesto y decadente.