Diario de Emancipación

Notre Dame y la barbarie

16 de abril, 2019 · Marxismo> Moral

Momento en el que la aguja de la catedral colapsa entre las llamas

Cuando un edificio histórico o una obra de arte singular son destruidas, se daña de manera irreparable la riqueza de la Humanidad emancipada y reunificada del mañana. Cuando Macron encabeza el impostado duelo de la burguesía francesa pretende que olvidemos el reguero de destrucción de su barbarie. Pero no son los únicos monstruos aquí. Los que se burlan o festejan no son simples inconscientes: disfrazada de irreligiosidad e iconoclastia infantil, late una moral reaccionaria y genocida.

Cartel de 1920 en plena guerra civil de Kupreyanov supervisado por Lenin: «Ciudadanos, preservad las obras de arte»

Toda la Historia humana, desde el advenimiento de la sociedad de clases hasta hoy, es una historia de explotación. A través de la sucesión de distintos modos de producción basados en ella -no podía ser de otra manera- nuestra especie ha desarrollado cada vez más fuerzas productivas. Fuerzas que no son sino la propia Humanidad trabajadora multiplicada por el conocimiento y su capacidad para aplicarlo a la producción social. El famoso progreso no es otra cosa que el hecho incuestionable de esa multiplicación gigantesca de nuestra propia capacidad como especie, desde la escasez más limitante hasta la posibilidad, presente hoy ya, de una sociedad de abundancia, libre de explotación y opresión, y basada en las necesidades humanas. Han sido las sucesivas revoluciones de las relaciones sociales de un modo de explotación a otro, las que han hecho posible el desarrollo presente de la productividad del trabajo, la tecnología y el conocimiento. Si aceptáramos la idea de que «nada es salvable» del viejo mundo, sencillamente no sería posible uno nuevo.

El comunismo, el «movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual» solo es posible por ese desarrollo histórico previo de las fuerzas productivas. Se dirige y apunta a acabar con esa fractura de la sociedad en clases. Con esa división ha de acabar también la enajenación, la alienación de la Humanidad respecto a sí misma y la Naturaleza de la que forma parte. Por eso pone fin a «la prehistoria de la sociedad humana», iniciando una verdadera Historia de la especie como sujeto colectivo y consciente de su lugar, sus potencialidades y sus necesidades. Esa consciencia, de la que la consciencia de clase es solo un adelanto necesario pero limitado, significará necesariamente también una reapropiación de todo lo humano anterior a ella. La Humanidad, al conquistar su futuro, necesitará y podrá por primera vez, entender libre de escoras su propia transformación. Para la sociedad por venir, la Historia, las obras de arte, los libros, los monumentos, el conocimiento del pasado no son tan solo «bienes culturales» o «registro», son materiales necesarios para la autoconsciencia de la especie que está en el centro de su razón de ser.

La revolución y el legado histórico

Las barricadas de fuego de la Comuna en su batalla final

Esta misma noche, los propios medios de comunicación han señalado varias veces, sin dar mayores detalles, que Notre Dame se había «salvado» de los comuneros en 1871. La verdad es que la Comuna estableció el carácter común de los bienes históricos y que solo procedió a destruir y quemar edificios en la lucha final y desesperada contra la matanza que las tropas versallesas preparaban. Y es cierto que, como cuenta Marx, «en el momento del heroico holocausto de sí mismo, el París obrero envolvió en llamas edificios y monumentos»: la Comuna se defendió del último asalto convirtiendo edificios en barricadas de fuego en las entradas estratégicas de la ciudad. Pero aun ahí distinguió entre los monumentos del régimen contra el que luchaba y los que representaban una Historia mas profunda. Sí, el puente de la «ille de France» ardió, pero la Saint Chapelle y Notre Dame fueron incluso protegidos.

Más clara y específica aun fue la política de los consejos obreros en Rusia y en especial del partido bolchevique. El mismo día de la revolución de Octubre, cuando el Congreso de los Soviets de toda Rusia toma el poder, una de las primeras medidas que toma es nombrar comisarios -es decir responsables de ejecutar una misión- para proteger museos, colecciones de arte y monumentos de valor histórico durante los combates que se preveían. La prensa bolchevique mientras tanto llamaba a todos los trabajadores a su cuidado y protección, explicando al proletariado que había…

heredado enormes riquezas culturales, edificios de rara belleza, museos llenos de objetos raros y maravillosos, cosas que iluminan e inspiran, y bibliotecas que contienen vastos tesoros intelectuales. Todo esto ahora realmente pertenece al pueblo.

Incluso historiadores anarquistas como Richard Stites, fascinados por el «vandalismo revolucionario» de los campesinos y las clases medias durante la revolución rusa, reconocen el gigantesco esfuerzo que los trabajadores y sus organizaciones hicieron durante la revolución y la guerra civil por preservar el legado artístico e histórico.

En noviembre, las masas fueron invitadas a recorrer el Palacio de Invierno, la «guarida de los tiranos». Cuando fueron tomados, éste y otros edificios fueron puestos bajo vigilancia y su contenido cuidadosamente catalogado, almacenado o trasladado a lugares seguros. Benois tomó medidas enérgicas para inspeccionar y preservar. Se establecieron comisiones de preservación en otras ciudades, todas ellas institucionalizadas bajo el Comisariado de Ilustración y Educación. En enero de 1918, se expulsó a los ocupantes locales de la casa del compositor Chaikovski en Klin; en febrero, se sacaron de Petrogrado los monumentos mientras se esperaba un nuevo asalto del ejército alemán. A las tropas de la guarnición e incluso a los enfermos y heridos se les negó el uso de locales designados como tesoros culturales por el gobierno. Las autoridades bolcheviques incluso entregaron un monasterio a un grupo de seguidores de Tolstoi para que organizaran una de sus comunas con el fin de proteger el edificio de los estragos de la población rural local. Se recaudó dinero para restauración de bienes históricos, y la venta de tesoros de arte en el extranjero fue prohibida por un decreto en septiembre de 1918. Las colecciones privadas no eran inmunes al ímpetu coleccionista de los comités bolcheviques, y una masa de tesoros fluía ahora de los hogares y las familias, a través de requisas, hacia los museos y almacenes [de los soviets]. […]

[Durante la guerra civil] Al igual que en la Revolución Francesa, se enviaron equipos itinerantes al país para evaluar los daños y recoger y preservar lo que quedaba. En el gobierno, la principal fuerza detrás de la preservación fue Lunacharski, con la bendición de Lenin. Se dice que Lunacharski lloró y se planteó dimitir cuando se enteró de los daños causados a San Basilio durante los combates de noviembre de 1917 en Moscú. Se dice también que Lenin se rió de él. Pero este episodio solo muestra diferencias de personalidad, no significa una disputa esencial entre los dos hombres sobre el tema de la preservación de las glorias de la cultura del pasado. Un decreto de noviembre de 1917 exigía la demolición de los monumentos odiosos e inútiles de los antiguos gobernantes, pero también la preservación de los que tuvieran un valor artístico o histórico. Lunacharski sugirió a Lenin en 1918 que se conservara lo mejor del pasado (limpiado de componentes dañinos si fuera necesario), que se permitiera que las culturas antiguas y nuevas crecieran juntas, y que se rechazara a los «psicópatas y charlatanes», como los que querían quemar «instrumentos musicales feudales o burgueses y partituras».[…]

Al final de la Guerra Civil, una red de museos en la Unión Soviética estaba en pleno funcionamiento. Aunque los estudiosos emigrados han criticado con razón la labor museística de la Revolución, no cabe duda de que el nuevo régimen contribuyó en gran medida a la preservación de la cultura antigua en Rusia y expresó una actitud conservacionista hacia la cultura y el arte. […] Los tesoros privados del pasado imperial se abrieron al público. Entre 1918 y 1920, se habían convertido en museos más de 550 mansiones antiguas, cerca de mil colecciones privadas de arte y tesoros, y casi 200 piezas de arte singulares. Es difícil tomar el impacto moral de este asalto a los mundos privados de esplendor que habían adornado las mansiones de los ricos y cultivados, cuando se contrastaba con el deslumbramiento de los campesinos y trabajadores por aquellos esplendores ahora reunidos en un museo.

Richard Stites, «Revolutionary Dreams: Utopian Vision and Experimental Life in the Russian Revolution»

Enemigos del futuro, destructores del pasado

La defensa de monumentos y edificios históricos por los trabajadores, contrastaba con la actitud del campesinado. Para éste, destruir hasta los cimientos sin consideración alguna por su contenido, los palacios de la nobleza -aunque no las iglesias- había sido la principal forma de su revuelta. Su resistencia a la influencia de los obreros se manifestaría quemando los tractores que, trabajosamente y desde 1919 -en plena guerra civil- los soviets mandan al campo. Pero donde encontraba caudillos anarquistas, como Majno, la barbarie campesina toma un contenido no solo abiertamente reaccionario sino explicitamente moralizante e iconoclasta.

Todavía había otro lado del comportamiento destructivo de la población rural en la Revolución: el antiurbanismo. A finales de diciembre de 1918, en plena Guerra Civil, el ejército campesino de Majno entró en la ciudad de Ekaterinoslav […] el acto de destrucción más espectacular tuvo lugar en las calles adyacentes a la estación de ferrocarril. Las tiendas y los bazares se incendiaron y el propio Majno montó un cañón de tres pulgadas en medio de la calle y disparó a quemarropa contra los edificios más altos y hermosos. Esta era una expresión de odio hacia la ciudad por parte de un ejército campesino que se ensañaba en una ciudad «inmoral». Majno odiaba las grandes ciudades; Ekaterinoslav tenía 50.000 habitantes, era un puerto muy concurrido en el Dniepr, y de hecho era una de las creaciones originales del gran panegírico urbano de Potëmkin para Catalina la Grande.

Richard Stites, «Revolutionary Dreams: Utopian Vision and Experimental Life in the Russian Revolution»

Nestor Majno en la propaganda actual de CNT

La escena y su carácter, unido al abierto «anti-intelectualismo» de buena parte del movimiento anarquista ruso, que definía al marxismo como expresión de una nueva clase «usurpadora», la «inteligencia», no puede sino recordarnos a los horrores del genocidio de los ejércitos polpotianos en la Camboya de los setenta o los crímenes contra la Humanidad del Sendero Luminoso en el Perú de los ochenta. No es casualidad que estos ejércitos campesinos dirigidos por pequeños burgueses provincianos compaginaran el odio al progreso y los crímenes contra la Humanidad con la destrucción, pretendidamente moralizante, de obras de arte y herencia histórica. Más recientemente hemos visto un fenómeno parecido con el «Estado Islamico». El mito bakuninista de la «tabula rasa» y la purificación de la vieja sociedad por el fuego, ni lo inventa el anarquismo ni es exclusiva suya. Aparece una y otra vez como expresión de la vis más reaccionaria de la pequeña burguesía y el campesinado. La tecnofobia y rechazo del conocimiento en general como signo del enemigo, el odio a los trabajadores, arrasar las ciudades… genera un cuadro genocida cuyo motor no es otro que la pura destrucción de fuerzas productivas. Y en ese marco, la iconoclastia moralizante, la bárbara destrucción de los vestigios del pasado resulta totalmente coherente: destruye un pasado que no puede entender para conjurar, literalmente, a la fuerza social que impulsa un futuro que niega radicalmente su barbarie. La iconoclastia no es sino fetichismo inverso: superstición que cree que destruyendo los símbolos del pasado, niega su existencia y la de sus frutos.

Los anarquistas que anoche tuiteban felices por ver Notre Dame en llamas tal vez no sueñen con matanzas, pero muy probablemente lo hagan con el «decrecimiento» y la vuelta a una sociedad pre-tecnológica y rural que nunca podrá hacerse realidad -mísera realidad de esclavitud y escasez extrema- si no es mediante una reducción poblacional masiva. El mundo «pequeño y cercano» de la utopía anarquista necesita del prólogo de una pesadilla genocida.

La destrucción de Notre Dame y la barbarie capitalista

Antes y después de uno de los budas de Baniya, dinamitado por el Estado Islámico.

La destrucción de Notre Dame supone la pérdida de un pedazo importante de ese legado de 12.000 años de explotación que debemos llevar hasta la Humanidad consciente y reunificada del futuro. Viene después de una campaña brutal y masiva del Estado Islámico en Siria e Iraq, desde los budas de Baniya hasta Palmira. Pero no nos engañemos: ¿Cuánto se ha destruido en los últimos 50 años solo en España por la voracidad de la especulación inmobiliaria? ¿Cuánto no ha sido arrasado para construir bloques infames en China? ¿Las carnicerías imperialistas solo desde la guerra de Yugoslavia hasta la de Siria no han dejado también en escombros miles de joyas del pasado? ¿No vemos la degradación diaria de los centros históricos con la turistificación? ¿Por qué ardió Notre Dame sino por la eternización de una restauración que el estado remoloneaba cada vez más en pagar?

Llore hoy lágrimas de cocodrilo la burguesía francesa y rían los nihilistas que palmean cualquier cosa en llamas. Unos y otros son la reacción refocilándose en su propia descomposición. Conforme el capitalismo se empantana en la crisis y la guerra comercial avanza el horizonte de guerras armadas, no solo nos empuja a la precarización y la pauperización, también se come a mordiscos de barbarie el pasado de la Humanidad. Para los trabajadores salvar el pasado y superar el presente es una misma cosa: ponerse en marcha y hacer realidad de una vez el futuro.

Resumen en tuits

Cuando un tesoro histórico es destruido, se daña de manera irreparable a la Humanidad emancipada del mañana. Los que festejan no son inconscientes: disfrazada de irreligiosidad e iconoclastia, late una moral reaccionaria y genocida.
Han sido las sucesivas revoluciones de las relaciones sociales de un modo de explotación a otro, las que han hecho posible el desarrollo presente. Si aceptamos que «nada es salvable» del viejo mundo, no sería posible uno nuevo
El comunismo pondrá fin a «la prehistoria de la sociedad humana». Superar la alienación, la fractura en clases de la comunidad humana, significará también «reapropiarse» de su propio pasado
La iconoclastia moralizante del anarquismo no es sino fetichismo inverso: superstición que cree que destruyendo los símbolos del pasado, niega su existencia y la de sus frutos
La utopía bakuninista de la «tabula rasa» que destruye el pasado y sus símbolos, es inseparable de lo más reaccionario. El mundo «pequeño y cercano» de la utopía anarquista -o polpotiana- necesita el prólogo de la pesadilla genocida
Conforme el capitalismo se empantana en la crisis y avanza el horizonte de la guerra, no solo nos empuja a la precarización y la pauperización, también se come a mordiscos de barbarie el pasado de la Humanidad.
Para los trabajadores salvar el pasado y superar el presente es una misma cosa: ponerse en marcha y hacer realidad de una vez el futuro.

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