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Nordismo europeo e imperialismo español

14 de abril, 2020 · Actualidad> Europa> España

Mark Rutte, primer ministro holandés, con Pedro Sánchez.

En la batalla europea sobre los coronabonos no pasó desapercibida la violencia del ministro de hacienda holandés frente a Italia y España. El primer ministro portugués la calificó simplemente de «repugnante», el tono de la prensa española e italiana sin importar el signo, cambió acto seguido. El «nordismo» es una ideología racista, reaccionaria e hipócrita, es cierto. Pero si estados como Holanda, Dinamarca, Finlandia y Alemania la han convertido en ideología de estado no es por puro cretinismo y maldad. Debajo hay intereses económicos que revelan la posición en el mundo del capital español y lo que significa de verdad la «soberanía» española que otros nos pintan como un objetivo a «recuperar» y solución para la recesión en marcha.

El capital español y su particular posición imperialista

Aunque a la izquierda española le gusta presentar España como un «país pobre de la Unión Europea», en realidad el capital nacional es, como todos, imperialista, y ni siquiera es un imperialismo pequeño que pueda dar lugar a confusión. El «Panorama de inversión española en Iberoamérica» que se publica todos los años y que fue presentado poco antes de comenzar el confinamiento del Covid nos habla de un imperialismo bien asentado en mercados cada vez más valiosos para el capital noreuropeo.

Como vemos en el gráfico de arriba, el capital español está volcado en Iberoamérica. La mayor parte de las empresas españolas, incluidas las PYMEs, tienen capitales e intereses en el continente. Pero el plato principal, como no podía ser menos son los grandes «campeones nacionales», muchos de los cuales obtienen más de la mitad de sus ingresos en la región.

No es simplemente una herencia, tanto PYMEs como grandes empresas veían -ya antes del impacto del Covid- a Iberoamérica como la región del mundo en la que más crecerían sus ventas e intereses.

¿Qué significa todo esto para los «socios europeos»? Significa que el capital español es mucho menos dependiente y por tanto es mucho menos «disciplinable» que el resto de potencias medianas europeas. Ni hablar de Polonia, Chequia, Dinamarca o Austria. Pero también si comparamos con Italia. Allá las grandes empresas del capital nacional, como la FIAT, dividen sus ventas desde hace décadas en tres partes más o menos equivalentes: mercado interno, UE y resto del mundo. El poder de una directiva de Bruselas afecta directamente a dos tercios de sus ingresos, mientras que para sus equivalentes españoles, como Santander, el aporte al beneficio de todas sus unidades en la UE y España es solo del 36%, el resto fundamentalmente Iberoamérica y desde hace unos años Gran Bretaña. Porque, y esta es una de las claves de la reciente violencia del nordismo, aunque pueda afectar de modo directo a las exportaciones, el Brexit ha aumentado la autonomía del capital español respecto a la UE porque Gran Bretaña ha sido en los últimos 20 años el principal destino del capital español… y tras las dudas iniciales el flujo de capitales sigue en marcha.

El caso español es único en la UE. En ningún país la cifra de PYMEs que esperan que la mayor parte de su beneficio venga de un mercado extra-comunitario puede compararse a los datos del gráfico de arriba. Y sin embargo, se ha pasado del 83% que esperaba que la mayor parte de sus beneficios surgiera de colocar sus productos en Iberoamérica en 2013 a «sólo» un 42% de las grandes empresas y un 41% de las PYMEs… lo que sigue siendo muchísimo, más teniendo en cuenta que son datos anteriores a la eclosión de la epidemia de Covid en España, pero que delatan una pérdida de fuelle innegable.

Auge, crisis y transformación del imperialismo español

Los dirigentes de los «siete grandes» y el presidente de la poderosa AEB (Asociación Española de Banca) a principios de los 80: Alejandro Albert (Hispano Americano), Alfonso Escámez (Central), Ángel Galíndez (Vizcaya), José Mª Aguirre Gonzalo (Banesto), Luis Valls (Popular), Emilio Botín (Santander), Rafael Termes (AEB) y José Ángel Asiaín (Bilbao).

La historia reciente del capital español suele contarse desde un ángulo muy limitado, el de la llamada «Transición». Pero el proceso de transformación del aparato político del estado y la culminación del conjunto de perspectivas, fusiones y alianzas que define al capitalismo de estado español quedaría muy cojo sin tener en cuenta su dimensión imperialista.

Una de las muchas manifestaciones de trabajadores contra la «reconversión» de los ochenta.

Bajo la bandera de la «competitividad» del aparato productivo y la estructura empresarial urgida por por la «entrada en Europa» (1985) y la perspectiva del mercado único europeo (1992), los gobiernos de Felipe González impulsaron una profunda transformación del capitalismo de estado español. Se trató, sobre todo, de un acelerado proceso de concentración de capitales alimentado por el estado y sostenido en un aumento simultáneo y general de la tasa de plusvalía y la composición orgánica del capital. Es la década de las «reconversiones industriales» y la primera precarización, entonces llamada «juvenil»; los años de las fusiones aceleradas de bancos -los «siete grandes» de 1982 son hoy Santander y BBVA-, las privatizaciones y recapitalizaciones masivas de las grandes compañías públicas (Telefónica, Repsol, Aguas de Barcelona, Iberia, Trasmediterránea…) y finalmente de la primera gran reforma de las cajas de ahorros, que llevó a la expansión territorial e industrial de «la Caixa».

Raúl Alfonsín en la Moncloa con Felipe González en 1984

Con todo ese capital acumulado, el estado utilizó las conmemoraciones del «Vº Centenario» para dar una orientación particular y definida al imperialismo español: «Iberoamérica», es decir, el conjunto de territorios europeos y americanos de lengua española y portuguesa. Eran mercados en los que EEUU había dominado sin competencia y practicado su intervencionismo más burdo y brutal. El «felipismo» supo sacar provecho de ello: la salida de las dictaduras militares llevó al poder a una generación de dirigentes (desde radicales argentinos y apristas peruanos a miristas bolivianos y socialistas chilenos y uruguayos) con fuertes lazos con el PSOE, entre otras cosas porque muchos habían estado exiliados en España o recibido ayuda directa de su entonces joven tejido de fundaciones, auspiciadas en principio y creadas a su vez a imagen y semejanza de sus equivalentes alemanas. Equilibrar a EEUU con la España «socialista» podía ser presentado como un signo de independencia e incluso como una sutil resistencia «anti-imperialista». El capital español y una miríada de consultores se convirtieron en los facilitadores de franceses, italianos y alemanes mientras eran vistos con cada vez más recelo por EEUU y Gran Bretaña. El resultado fue un éxito sin ambages para el fortalecido imperialismo español. En menos de diez años, los «campeones nacionales» españoles generaban la mitad de su dividendo en Sudamérica al tiempo que el capital español podía sentirse bien insertado en Europa, fuertemente ligado a París y Berlín en lo que se encaminaba ya a convertirse en «Unión Europea» y sin embargo menos dependiente del «eje franco-alemán» que cualquier otro país mediterráneo.

José Manuel Durao Barroso, Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar en la cumbre de las Azores.

La llegada al poder de Aznar no cambió la orientación imperialista española durante su primera legislatura. Sin embargo, el desentendimiento de los socios europeos ante el incidente de la isla Perejil (2002) y la intervención de EEUU, en el cambiante contexto imperialista que siguió al atentado del 11S, llevaron al entonces presidente a liderar un cambio drástico que puso a prueba la cohesión de la burguesía española. Ante la campaña estadounidense que culminó en la invasión de Irak, el gobierno español se posicionó con EEUU y Gran Bretaña (Cumbre de las Azores, 2003) frente al fallido consenso a la contra de Alemania y Francia e incluso desplegó tropas tras la invasión como parte de la fuerza internacional liderada por EEUU. Semejante giro significaba también un pacto tácito respecto a los entornos de competencia y colaboración inter-imperialista. El capital español, que hasta entonces había apostado fuertemente por el «eje Pacífico» y México, frenó su avance y en cambio intentó, infructuosamente, ganar posiciones, concesiones públicas y privatizaciones en Argelia, Marruecos y Rumanía, tradicionalmente ligados a Francia, pero también en Turquía, ligado a Alemania desde hacia casi un siglo. Es ahí cuando BBVA, empujado por una serie de intercambios entre Aznar y Erdogan, empieza su periplo turco que tan desestabilizador le resultó luego.

Uribe, Zapatero, Hugo Chávez y Lula.

En aquel contexto de conflicto imperialista en Oriente Medio, buena parte de la burguesía española, incómoda con un «giro Atlántico» que le obligaba a buscar mercados y colocación a sus capitales en un Mediterráneo cada vez más problemático, no podía sino interpretar el atentado del 11M de 2004 en Madrid como una confirmación del aventurerismo de Aznar. La fractura, acallada por los buenos resultados económicos de la orgía especulativa de los años Zapatero, continuaba. Zapatero trató de nadar entre ambas: mientras hacía bandera hacia el Mediterráneo de la «Alianza de civilizaciones», sacaba a las tropas españolas de Irak; mientras aupaba a la Caixa -foco tradicionalmente orientado al Mediterráneo del imperialismo español- al control de Repsol, intentando salvar in extremis los contratos de explotación en Argelia y reorientándolos hacia América del Sur, batallaba contra la venta al capital alemán de Endesa -buque insignia del capital español en Chile- asumiendo un coste tremendo para al final acabar entregándola a la empresa pública energética del estado italiano. Todo mientras intentaba vender material militar y barcos a la Venezuela de Chávez y negociaba con Evo Morales las condiciones de nacionalización del gas y de los fondos de pensiones públicos («AFP»), cuya gestión había quedado en manos de BBVA y Santander. Al cabo de dos legislaturas intentando batallar en dos frentes simultáneos, la capacidad del imperialismo español se demostraba insuficiente en un mapa de conflicto capitalista global al que le saltaban ya las costuras. España dejó languidecer la «Cumbre Iberoamericana» para en su lugar concentrarse, a modo de legado de Zapatero, en una cumbre «UE-CELAC» («Unión Europea- Comunidad de estados latinoamericanos y del Caribe») donde concedía hasta el nombre de la región en favor de aquel inventado originalmente por Francia en su intentos de conquista de México en el XIX («Latinoamérica») y adoptado luego por los gestores financieros de la City y Wall Street («Latam»). Y si la situación era ya de debilidad confesa, la crisis de 2009, el rescate bancario y los años Rajoy (2011-2018) pusieron en crisis definitivamente el sueño imperial felipista… para los grandes capitales y sus vehículos.

La nueva configuración del capital imperialista español

El momento cumbre: 2019 y la organización de una desinversión masiva de Telefónica en el continente. Un capital cojeante vendía las joyas de la corona. Y, como vemos arriba, el crecimiento de los capitales que quedaban ya era fundamentalmente «orgánico», es decir, incluso las compras de nuevas empresas se hacían con beneficios generados en el país. Solo un 5% era verdadera exportación de capitales.

Y sin embargo, el año comenzaba con datos interesantes: solo un 3% de las empresas planeaban reducir las inversiones, es decir, los que quedaban no iban a seguir a Telefónica y BBVA y retirarse. Al revés. Reinvertían. Lo que es más importante aun: las PYMEs eran mucho más agresivas: 72% iban a aumentar inversiones, frente al 65% del total. Es decir, a día de hoy la pequeña burguesía es la punta de lanza del imperialismo español en Iberoamérica. Es el legado de la crisis y los años Rajoy, del «exporta o quiebra».

Lo que llaman los «siete años mágicos» de crecimiento sin déficit exterior, es el producto de esta pequeña burguesía que salió triunfante de la crisis de 2008. No es solo un grupo de exportadores, son caciques locales cuyos intereses se ventilan en buena parte a miles de kilómetros de distancia y que rara vez se ven «protegidos» por una política exterior que históricamente ha estado diseñada de acuerdo a los intereses de unos «campeones nacionales» cuyos intereses son cada vez menos convergentes con los suyos. Están enfadados. La reaparición de un discurso abiertamente pro-imperialista, desde el españolismo stalinista hasta Vox, pasando por los independentistas catalanes, no es una mera casualidad. Por primera vez, la política exterior española se cruza y se cruzará cada vez más frecuentemente con las batallas internas entre la facción dirigente de la burguesía y la pequeña burguesía descontenta.

Nordistas y soberanistas

Sánchez en uno de sus «posados robados» en Doñana con Merkel y sus respectivas parejas, en verano de 2018.

Como hemos visto, bajo el nordismo del que hacen gala los ministros holandeses, alemanes, daneses, fineses… etc. hay dos intereses principales: el primero, el miedo que produce la indisciplina potencial del capital español. Potencial no porque nunca haya dado señales de rebeldía, sino porque puede permitírsela por depender del mercado UE en mucha menor medida que ellos. Por eso la deuda y los intereses españoles reciben palos no solo por lo que hacen sus gobiernos, sino por lo que hace el gobierno italiano y el griego.

Pero la fuerza principal que les mueve es el imperialismo puro y duro: la necesidad de acceder a mercados fuera de la UE. Por eso la primera promesa de Sánchez en su decreto de alarma fue que el gobierno no permitiría compras a derribo de grandes empresas españolas por capitales exteriores utilizando el previsible bajón de valor en las bolsas. El mensaje iba en primer lugar dirigido a China y EEUU, pero no dejaba de enseñar los dientes a los «socios», europeos. Para ellos, España no es solo una rareza «peligrosa» en el juego continental, es el práctico monopolista de la salida hacia unos mercados gigantescos y cada vez más valiosos, vitales, para su propia supervivencia. El nordismo y la saña, la violencia verbal y las presiones financieras no caen del cielo.

Tampoco el discurso «soberanista» creciente en España. Al principio fue el «Spexit», tan abiertamente opuesto a los intereses de la burguesía española que era obvio que no tenía la más mínima opción. Pero una cosa es el «Spexit» y otra marcar «soberanía» sin llegar, de momento, a romper el euro. Con una pequeña burguesía que lleva la punta de lanza del capital español en sus mercados imperialistas «naturales» y la crisis de la UE acelerada por los coronabonos de fondo, los discursos por la «recuperación de soberanía» van a tomar cada vez más fuerza.

¿Qué es esa soberanía? Desde luego no tiene nada que ver con lo que la palabra significaba en el siglo XIX. Entonces significaba poner en marcha el capitalismo y con él un desarrollo progresivo sobre bases propias. Hoy es imperialismo puro y duro. Ni más ni menos decadente que el que late bajo el nordismo de holandeses y alemanes. Así se vista de «resistencia» a Bruselas o al capital alemán, de «republicanismo» o de «solidaridad humanitaria», la política del capital nacional español en Iberoamérica, tanto la ligada directamente al capitalismo de estado y el capital financiero como la de la pequeña burguesía -tan exportadora ella- solo pueden ser y serán imperialistas.