No es resistencia, es una peste

Pablo Hasel en el juzgado.
Hace unos días nos despertábamos con una de esas noticias que es carne de «morning show». El rapero Pablo Hasél, muy conocido por la significación política de sus letras, y por estar siempre perseguido judicialmente por sus declaraciones, fue citado a declarar ante un juez por las letras unas canciones de su repertorio y por el contenido de algunos tweets. Las canciones y proclamas que le han llevado a sentarse delante de un juez son variadas, desde algunas en las que habla del anterior monarca, hasta otras en las que habla del GRAPO. La respuesta de Hasél ha sido recogida por los medios: «los miembros del GRAPO son para mi ejemplos de resistencia». Mientras decía esto, el rapero afirmaba ser comunista, es decir, estar movido y orientado por el marxismo. Pero la afirmación de Hasél no puede estar más lejos del punto de vista marxista ni servir mejor a la criminalización del comunismo.

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La tarea revolucionaria, la emancipación de la clase trabajadora, es obra de la clase misma en su conjunto, se desarrollará participando toda ella en la construcción de órganos verdaderamente democráticos creadas por sí misma en el curso de su lucha. Solo esa actividad consciente de millones de personas puede plantearse como horizonte la desmercantilización de la producción y del trabajo. La acción terrorista es por entero negadora de ese papel central de la clase. En lugar de participar en el desarrollo colectivo de conciencia, en el movimiento real de los trabajadores, el terrorista se lanza a «hacer justicia revolucionaria en nombre de las masas» asesinando a alguien al que ha decidido etiquetar como «enemigo» por su cuenta, de forma individual, criminal y lumpenizada.

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Lejos de desarrollar la conciencia, lejos de ayudar a la constitución de la clase, el terrorista provoca mayor cohesión entre la clase a la que dice combatir y facilita el giro represivo de su discurso. Por eso la burguesía está encantada de presentar en todos los medios a un rapero, que se define orgulloso como «comunista», mientras defiende como «ejemplos de resistencia» a terroristas. El interés de la burguesía siempre ha sido el de vincular el marxismo con todo aquello que le resulte contraproducente y repugnante a la clase, empezando por el terrorismo.

El terrorismo es una peste para los trabajadores que el marxismo repudió desde sus orígenes

Nuestra postura no puede ser otra que la de situarnos bien alejados de esa peste que supone el terrorismo. No es ninguna novedad para el marxismo. Desde sus orígenes el socialismo repudió el «terrorismo individual» de populistas y anarquistas. Y aunque lo hizo en todos los lugares y en todo momento, si hubo un país donde tuvo especial repercusión fue en Rusia.

Grabado de la época representado el asesinato del Zar Alejandro II.
Después de la derrota de la insurrección campesina de 1877, una parte del populismo ruso de la época decide abandonar su base social rural, romper con la rama principal del movimiento y optar por el terrorismo. Llamaron a su grupo «La voluntad del pueblo», en ruso «Narodnaya Volia», así que se les conoce como «Narodniki». La determinación y éxito de sus atentados les convirtieron en el modelo literario del terrorista en toda Europa, una suerte de siniestro personaje romántico demonizado por unos e idealizado por unos pocos fascinados por la violencia. Su momento álgido llegará en 1881, cuando asesinan al mismísimo Zar. Pero este asesinato, lejos de «despertar a las masas» o producir el colapso del zarismo, solo abrió una negra etapa de desmoralización entre las capas sociales opuestas al zarismo, acompañada de una brutal represión y enquistamiento del régimen.

Ni que decir tiene que no fue gracias al terrorismo, sino a pesar suya, como se acabó con el zarismo. El régimen autocrático ruso siguió inconmovible hasta que el desarrollo de la lucha de los trabajadores lo puso en un serio jaque en la revolución de 1905 y finalmente acabó con él en febrero de 1917. Los revolucionarios de la época lo tenían clarísimo. En 1911, en un momento durísimo de represión y retroceso de la clase entre las dos revoluciones, lejos de «agradecer» o «admirar» la «capacidad de resistencia» de los terroristas, León Trotski, hablaba por todos los marxistas del mundo cuando afirmaba que:

A nuestro entender el terror individual es inadmisible precisamente porque devalúa el papel de las masas en su propia conciencia, las hace resignarse a su impotencia y volver la mirada hacia un héroe vengador... Cuanto más eficaces son los actos terroristas y mayor es su impacto, más limitan el interés de las masas por su auto-organización y auto-educación.

 
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