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Netflix: religión por un tubo

9 de enero, 2020 · Artes y entretenimiento> TV

Las cadenas de televisión y especialmente Netflix, parecen empeñadas en colocarnos series de temática religiosa más o menos cristiana a toda costa. Bajo el intento de legitimación del género hay en realidad aspiraciones y valores aparentemente nebulosos pero muy pegados a la agenda política estadounidense y global.

El empeño de Netflix es evidente desde el momento en que empieza el año renovando series que no funcionaron como la brasileña «O escolhido» y presentando una hagiografía papal por partida doble como su principal estreno navideño. La película, de la que lo menos que se puede decir es que contiene «licencias» ahistóricas, expresa muy bien sin embargo, uno de los núcleos ideológicos más venenosos de la ideología católica: el carácter legitimador, santificador del tormento y de la culpa. Toda una escenificación de la la «humildad» del poder, es decir, del peor de los cinismos.

Por eso no es casualidad que la cadena lanzara esta película a bombo y platillo junto a otra hagiografía no menos mentirosa, la del expresidente uruguayo Pepe Mujica. Su biografía real explicaría muy bien el paso de la juventud de las familias de la burguesía agraria del tradicionalismo católico blanco al guerrillerismo guevarista en los 70. Pero la oportunidad se pierde en la lectura frentepopulista de Kosturica. Tampoco hay nada que tenga que ver con un balance de su presidencia, marcada por el mayor incremento de la desigualdad en la sociedad uruguaya desde Batlle y por la militarización de los barrios obreros montevideanos en su campaña contra la pasta base y la inseguridad, algo más que un resto del militarismo de su etapa tupamara. Kusturica renuncia a todo terreno histórico-político salvo cuando le sirve para dar contexto moral y reforzar el mito de una pequeña burguesía universitaria que sigue empeñada en ver en «el Pepe» esa figura paternal, ese abuelito poético y ñoño prometido por las santas escrituras de Galeano. La hagiografía se llama, como no podía ser de otra manera, «El Pepe, una vida suprema».

Pero la serie estrella del arranque de año a nivel global ha sido «Messiah». Además de múltiples estampitas que actualizan el mesianismo cristiano a una estética «paz y amor» pasada por Zara y un breve recordatorio de lo «peligrosa» que hubiera sido una presidencia de Mitt Romney -un reflejo del viejo prejuicio anti-mormón del protestantismo estadounidense- todo el misterio de la serie se reduce a la pregunta del trailer promocional, en realidad un juego de palabras en árabe no muy bien hecho. «Al Massih» es literalmente «el mesías», pero en la narrativa apocalíptica sunní se usa para el «Al Masih ad Daijal», un equivalente del Anticristo cristiano. Como los usuarios arabófonos de Netflix pronto recordaron, llamar así al personaje era un gran spoiler. Si hay una moralina política abierta queda para la segunda temporada, pero ya la podemos imaginar: cuidado con los falsos profetas, aunque después de todo… ¿no son la primera señal de la llegada de los «verdaderos»?

Tras tanta «sobrenaturalidad» y mesianismo tenían que poner algunos desengrasantes. Las comedias, así sean tan aburridas como el especial de Navidad de la productora brasileña «Porta dos Fundos», tienen la ventaja de levantar las iras de los fanáticos cristianos y algo de tráfico llevan. Pero Netflix podría tener de lema «progresía pequebú anglo para todos», así que algo debía guardar también para ateos. ¿Y qué mejor que rescatar un programa de Darren Brown -siempre tan entretenido- aunque fuera de hace ocho años?

El problema de «Faith and Fear», por lo demás muy divertido, es que no es menos religioso que lo que critica. Pura «Psicología evolutiva», es decir biologicismo. Partiendo de la idea correcta de que las sensaciones y sentimientos que se asocian al «sentimiento religioso» son productos de nuestro cerebro que nada tienen que ver con «seres supernaturales», las explica una y otra vez como resultado de la evolución genética de nuestra especie… y no como efecto de la forma en que, en cada época, los valores, ideología e intereses materiales, nuestro «ser social», da forma a lo que sentimos, pensamos y racionalizamos, es decir, las formas de consciencia que aparecen en cada periodo histórico y en cada organización social.

El resultado inevitable según el discurso de la serie es que estamos formateados, «cableados» para creer en… los mamotretos que son las religiones del esclavismo y la feudalidad en su recocción contemporánea. El cuerpo, cerebro incluido, es un autómata, hardware que «nos manda» señales y percepciones prejuiciosas debido a escoras legadas por la evolución; pero nuestra consciencia, el «software», la misma «alma» de los cristianos con otro nombre, puede dejarse llevar por las «falsas percepciones» o desarrollar «la razón» con «ayuda de la ciencia», supuestamente distinta y opuesta a toda influencia ideológica.

Resumiendo, Brown critica a la religión feudal y su sentimentalidad para afirmar… uno de los formatos más antiguos de la «religión burguesa».

¿A cuenta de qué todo ésto?

Para empezar a entender todo este bombardeo hay que salir de Netflix. Y una primera pista nos la puede dar la producción estrella de la televisión canadiense de esta temporada «New Eden», un falso documental satírico sobre una comuna feminista en el Canada de los setenta. El histrionismo de la actriz principal, los chistes demasiado fáciles y el ritmo desigual desperdician la oportunidad del argumento y oscurecen lo más interesante del mensaje: cuando el discurso político se reduce a consignas sin desarrollo material, el único camino de supervivencia de lo que en realidad no pasa de estética y protesta sentimental es… transformarse en «religión» a través de ceremoniales, metáforas, imágenes y relatos cada vez más delirantes sobre los conflictos sociales y sus orígenes.

Dicho de otro modo, la serie viene a advertir que el feminismo y el ecologismo se han convertido en religiones de estado sin contar con base suficiente -ni de pensamiento ni de clase social- para hacerlo y por tanto están condenadas a la ritualización y el delirio.

Parece que al menos una parte de la pequeña burguesía intelectual, la que crea los contenidos ideológicos que vemos en televisión, está percibiendo que las nuevas ideologías de estado no tienen capacidad para desarrollarse como relato más allá de las historias más o menos obvias o tramposas. La respuesta es intuitiva en la mayor parte de los casos. Especialmente en el mundo anglosajón que tan cerca y tan presente tiene la sociabilidad religiosa. El resultado es una reinvención de lo viejo y globalizador conocido en un intento de dar trascendencia a unos valores y estéticas que están en el fondo común del discurso las revueltas cotidianas pequeño burguesas. El descubrimiento inevitable del regurgitado es que lo aparentemente «nuevo» es terriblemente «antiguo»… y reaccionario.