Minorías militantes y conciencia de clase

Kuzma Petrov-Vodkin, «Fantasía», 1925
En artículos anteriores de este blog hemos trabajado los fundamentos del marxismo para entender la naturaleza de la conciencia de clase y hemos profundizado ya en como, se «acendrabra» en las pequeñas minorías más avanzadas que continuamente se segregan de entre los trabajadores. Uno de los resultados más importantes de esa primera aproximación es seguramente, comprender que la conciencia de clase no se produce al margen de la clase. Ni la teoría revolucionaria, ni el programa, ni el marxismo pueden vivir como «almas puras» separadas del cuerpo que le da origen. Esa concepción idealista de la conciencia como un fantasma separado de la clase y sus expresiones es la que nos intentan vender el retrato de Marx como «joven intelectual» o el «marxismo académico» y su exaltación de la universidad -ese cuerpo fundamental del aparato ideológico del estado- como «último refugio del marxismo».

No hay conciencia de clase fuera de la clase. Ni la teoría ni el programa pueden vivir como «almas puras» separadas del cuerpo que les da origen. Expresiones idealistas como «marxismo académico» son una contradicción en los términos

thumbnail of 31Seguramente la cuestión que genera más inquietud sin embargo entre quienes se acercan al análisis marxista es la articulación de la conciencia de clase entre su acendramiento en minorías y su fusión con las grandes mayorías. Para comenzar a abordarlo vamos a utilizar un texto de la Izquierda Comunista Española publicado originalmente en «Alarma» en enero de 1976 y redactado también por G.Munis.

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No hay posibilidad de «gradualismo», la conciencia no se desarrollará «poco a poco» como resultado de una experiencia acumulativa. Si en los tiempos de la IIª Internacional, durante la época progresista, ascendente, del capitalismo era posible imaginarse una consciencia de la clase «in crescendo», en la etapa que se abre a continuación de capitalismo de estado totalizante, con el estado desarrollado hasta el paroxismo y ocupando todo el espacio social posible, tal acumulación de fuerzas es sencillamente imposible.

La acumulación y la centralización ampliadas del capitalismo arrecian en proporción a sí mismas la sujeción material y cultural del proletariado. No dejan lugar, por lo tanto, para un gradualismo cualquiera en la formación de consciencia.

No hay posibilidad de «gradualismo», la conciencia no se desarrollará «poco a poco» como resultado de una experiencia acumulativa. El capitalismo de estado lo hace imposible.
Saqueos en México en enero de 2018
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«Tampoco puede aparecer bruscamente, como consciencia revolucionaria neta en la clase entera o siquiera en la mayoría de sus componentes» porque ni las crisis, por globales que sean, son generadoras de subjetividad revolucionaria por sí mismas, ni la descomposición del capitalismo es en absoluto generadora de conciencia sino, en todo caso, de las condiciones de una regresión. Las fantasías de «hundimiento» se olvidan de que la descomposición del capitalismo es también la de sus fuerzas productivas, incluida la clase trabajadora. La descomposición de la clase trabajadora no es solo un hecho «objetivo» -atomización, destrucción del tejido comunitario, etc.- sino que tiene consecuencias subjetivas: el «sálvese quien pueda», la desaparición de las bases mínimas de confianza interpersonal o solidaridad, etc. Como resultado, la descomposición se expresa también como descomposición y lumpenización de las formas de resistencia y protesta.

Es inapelable que cuando llegue ese momento [un eventual «hundimiento/descomposición total» del capitalismo], si llega, no quedando un pijatero negocio que hacer, el capitalismo finiquitará. Pero en tal caso finiquitaría como llama que consume todo el oxígeno disponible. Lejos de ser entonces liquidado revolucionariamente, por el paso a un tipo superior de sociedad, con él y en delantera de él irían consumiéndose las condiciones objetivas de la revolución y el propio proletariado como clase revolucionaria.

Las fantasías de «hundimiento económico» olvidan que la descomposición del capitalismo es también la de la clase trabajadora, que abre paso a la atomización y la lumpenización de las formas de resistencia
«Rote Fahne» diario de los espartaquistas alemanes durante la revolución de 1919
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Lo que impidió un desarrollo global y generalizado de la conciencia de clase después de la Revolución española similar al de la primera gran oleada revolucionaria, no fueron las condiciones económicas, ni siquiera el supuesto papel balsámico de la reconstrucción posbélica, sino el impacto terrible de la derrota y la contrarrevolución, que ha seguido operando también después del fin de la reconstrucción durante todo el desarrollo de la crisis desde los años 70. Las «condiciones objetivas» de la revolución están dadas desde 1914, acaba entonces el carácter progresista del capitalismo, su funcionalidad histórica para el «libre desarrollo de las fuerzas productivas». Los altos y bajos de la conciencia de clase desde entonces no tienen tanto que ver con los embates de la crisis como con el peso de esa derrota histórica. Algo que se vería con claridad una década después de publicarse este texto cuando las luchas se desmoronan ante las reconversiones, los cierres masivos de empresas y la deslocalización.

Nuestro comunismo es científico porque no saca de la imaginación los factores económicos, culturales e incluso psíquicos de su propia hechura en el devenir humano. Los descubre en la sociedad presente y en las exigencias de cada persona, cuya satisfacción le permiten lo anteriormente adquirido puesto a su servicio. Dicho de otro modo, los descubre en el antagonismo de la organización industrial con el trabajo asalariado, que acentúa la esclavitud del hombre, cuando aquella le consciente plena libertad haciendo saltar sus cerrojos capitalistas. Pero el antagonismo no encontrará jamás desenlace automático favorable al proletariado, o siquiera inevitable en el tiempo. Seis decenios rebasados hace que la posibilidad está presente y que el antagonismo fundamental se agrava. Durante tanto tiempo, la consciencia revolucionaria no ha seguido, ni mucho menos, una progresión ascendente. Era menos intenso 40 a 60 años atrás, momentos en que la consciencia del proletariado en cuanto clase mundial y sus hechos tuvieron clárida expresión. Desde entonces, ese antagonismo que permite y requiere la revolución comunista se ha acentuado en grado sumo, los signos de putrefacción de sistema se multiplican, mientras la consciencia y los hechos del proletariado han resbalado al punto más bajo desde 1948 acá.

Que la consciencia de clase conoce altos y bajos es mera constatación, están siempre relacionados con los avatares de la lucha viva. Pero el bajón que hemos presenciado desde la revolución española hasta la fecha no tiene precedente por su duración, ni por la importancia de los daños causados. Es que la más desalentadora de las derrotas no es la ocurrida en combate frontal, sino la que ha sido infringida por la felonía de supuestos amigos. Y un vistazo a los acontecimientos desde 1914, basta para convencerse de que el proletariado no ha sido vencido en país alguno por la burguesía, su enemigo secular bien identificado, sino por las organizaciones políticas y sindicales llamadas socialistas, anarquistas o comunistas. Puntualizando, a éstas últimas –en puridad stalinistas– ha correspondido el papel principal de la faena a partir de 1923. Asumían así el propósito de la vieja reacción, pero con características nuevas, no burguesas, sino capitalistas de Estado, y por ello susceptible de contraponerse a la burguesía y sus monopolios hasta absorberlos de grado o por fuerza, pero agudizando hasta el paroxismo los rasgos negativos del capitalismo en general. Al mismo paso, la falsificación de las nociones revolucionarias ha ido tan lejos, que el capitalismo estatal es presentado y pensado como economía socialista en casi todo el mundo.

Como resultado de ese proceso negativo, el proletariado de Europa occidental caía presa del capital, vía representantes políticos y sindicales de la contrarrevolución rusa, al tiempo que en Europa oriental quedaba apabullado por la férrea dictadura de ésta misma. Y en todos los continentes, la mendacidad ideológica ha llegado hasta atribuir a los movimientos nacionalistas naturaleza radicalmente opuesta a la que tienen, pues desde el más hasta el menos corrupto de ellos, todos son una anacrónica y reaccionaria supervivencia del pasado, juguete venal de las grandes potencias.

Mientras tanto ninguna tendencia se destacaba que pusiese sin mitigaciones el dedo en la llaga y comprendiese que la posibilidad de revolución comunista seguía presente, sin necesidad de crisis mercantil ni de mayor crecimiento capitalista. A la objetivación reaccionaria de las antiguas organizaciones obreras se yuxtapuso así la carencia de subjetividad revolucionaria válida por parte de los grupos y tendencias más sanos. Resultante: el proletariado mundial, cercado por la criminal rivalidad inter-imperialista, permanencia inerte, dejando juego libre a todos sus enemigos, vieja y nueva reacción en colaboración-rivalidad. Tan larga ausencia de acometividad ha dado pie a determinados intérpretes para hablar, ora de una integración del proletariado al capitalismo, contrasentido estúpido, ora de la prosperidad del capital como causa directa y suficiente de aquella inercia.

No han sido cambios en las condiciones objetivas los que han frenado el desarrollo masivo de la conciencia desde los años 40, sino el peso de la derrota de la oleada revolucionaria.
Concentraciones de trabajadores ferroviarios en Francia.
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El motor del desarrollo de la conciencia es la práctica de la lucha de clases. A partir de ahí, el nivel político general de la clase, la aptitud de las minorías militantes de esta e incluso su actitud, marcan el alcance posible de los grandes movimientos masivos de trabajadores. No hay plan posible más allá de trabajar la propia calidad de análisis, intervenir en la clase y derrotar la desmoralización que tratan de inculcarnos.

Entre esos tres factores, a saber, nivel político de la clase, calidad teórica del sector revolucionario y sano optimismo de su ámbito, se da una interrelación muy evidente, sin que sea posible acordar a cualquiera de ellos la primicia en la aparición o reaparición de consciencia revolucionaria entre la mayoría de los trabajadores. De seguro que un realce de cualquiera de los tres acarreará tras él el de los otros dos. La validez teórica es importantísima a la larga, como lo es también, en lo inmediato, para la formación de organizaciones aptas. No obstante, ni la mejor de éstas conseguirá introducir consciencia en la clase revolucionaria. En tal empeño, la escuela del proletariado no será jamás la reflexión teórica, ni la experiencia acumulada y bien interpretada, sino conquista de sus propias realizaciones en plena lucha. La existencia va por delante de la consciencia; el hecho revolucionario precede al conocimiento del mismo para la abrumadora mayoría de sus protagonistas. Lo que la clase obrera en su conjunto, o uno de sus sectores, piensa de cualquier lucha en juego, se queda muy por debajo de lo que la lucha misma realiza o podría realizar. El contenido latente rebasa con creces el contenido aparente. Sólo cuando el primero adquiere cuerpo aparece la consciencia revolucionaria del hecho mismo consciencia concreta, no teorizada por la clase, pero si conversión de la teoría revolucionaria en realización, o nueva condensación de la experiencia en teoría. Así ha ocurrido invariablemente desde 1848 y la Comuna de París hasta la revolución española. Resulta por consecuencia imposible trazar un plan, siquiera muy aproximativo de desarrollo de la consciencia revolucionaria.

El nivel político general de la clase, la aptitud de las minorías militantes de esta e incluso su actitud, marcan el alcance posible de los grandes movimientos masivos de trabajadores
Manifestación de mineros en huelga en Chile.
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Por eso no cabe «esperar» sin más un repunte de luchas, un desarrollo espontáneo y brusco de la combatividad. Nada justifica la práctica desaparición de minorías revolucionarias al punto en el que estamos hoy. Una cosa es la imposibilidad bajo las condiciones del capitalismo de estado de mantener minorías conscientes demográficamente relevantes y otra su práctica desaparición en términos absolutos. La clave: el acendramiento y el desarrollo de la conciencia de clase en las propias minorías más conscientes.

Es el número de obreros conscientes dentro de la clase el que sí puede y debe aumentar y esa es incumbencia principalísima de los revolucionarios organizados. La consciencia de la clase obrera entera irá abriéndose camino en la medida en que los avatares de la lucha, que no dejarán de presentarse, la lleven a destrozar en la práctica las nociones que el capitalismo le inculca y las cadenas que las organizaciones políticas y sindicales del mismo le tienen echadas encima. Llegada esa tesitura, la concepción revolucionaria concreta, puesta en línea de combate por minorías de la clase, desempeñara un papel catalizador importantísimo. No gracias a cualquier planteamiento progresivo, sino al contrario, por su aptitud para favorecer y llevar al máximo esas situaciones bruscas. Ahora bien, por muy allá que vaya, tal consciencia seguirá siendo parcial, vaga para la mayoría, por lo tanto susceptible de ser adulterada y manipulada hasta desbaratarla.(...)

[El desarrollo de la conciencia de clase] inicial pero indispensable para dar muerte al capitalismo, depende hoy en suprema medida de los revolucionarios todos y en particular del afiance de los obreros revolucionarios en la mayoría de la clase. En su defecto, cualquier acto subversivo de ésta se resolverá en fin de cuentas en contra suya. Lo hemos presenciado en diversas ocasiones, la última en Polonia. Lo determinante será la conjunción del ímpetu subversivo de la clase con la subversión teórica y práctica de su sector revolucionario. Y la teoría comprende pasado y futuro inmediato enlazados por nuestra acción presente.

La consciencia de los revolucionarios, es, por consecuencia, la que primeramente tiene que situarse a la altura de las posibilidades ofrecidas espontáneamente por la historia. Tan grandiosas, tan ilimitadas son éstas a despecho de impresiones superficiales, que apremian cada año más cuajar en revolución. Más los revolucionarios han estado y continúan estando en zaga de las posibilidades. Piden a las condiciones históricas que les ponga entre las manos una situación revolucionaria, cuando en realidad tienen ante sí, con creces, cuanto se requiere para suscitarla... excepto su propia subjetividad. De ahí que los aparatos políticos-sindicales exobreros, hoy pilares del capitalismo, sigan imponiéndose, aunque han perdido todo influjo veraz en la mente de los trabajadores. Destrozar el imperio de esos aparatos debe ser la primera de las pugnas para dejar libre curso a la revolución. Hay que ir derecho a la clase obrera e incitarla contra ellos sin tapujos ni vociferaciones de hueca resonancia radical, sino con proposiciones de lucha enderezada a la destrucción de tales aparatos, requisito paralelo a la destrucción del capitalismo. La consciencia revolucionaria no se esconde esotéricamente; dice su verdad profana y profanante, y su vigor apasionado elimina la estridencia (...)

En nuestros días, los revolucionarios topamos con dificultades inmediatas tremendas, dimanantes del saldo negativo del período anterior, que ha instalado a organizaciones y sujetos que continúan diciéndose comunistas o socialistas en la mismísima estructura económico-policíaca del sistema capitalista. (...) Y lo que es mucho peor, malean de mil modos el entendimiento de la clase obrera y prostituyen hasta la noción de comunismo. El antiguo reformismo era democrático burgués y colaboracionista; ellos preconizan en realidad la entrega total, indefensa de la clase obrera al Estado omnicapitalista. Bajo su mando el resto, «eurocomunismo», «pluralismo», «parlamentarismo», etc., es hipocresía táctica, burda ficción puesta de manifiesto en cuanto aparece una iniciativa revolucionaria de la clase obrera. Por lo tanto, conocer y saber explicar el por qué, el cómo y hasta el cuándo se han producido cambios tan importantes y amenazadores relativamente a la situación entre las dos guerras, será no menos determinante que el programa de lucha para el porvenir inmediato. Se hace pues indispensable un conocimiento crítico certero de los principales avatares históricos a partir de 1914. Ahí empieza, para los núcleos de espíritu revolucionario, la consciencia que los capacitará para ser, en medio de la clase, fermento de subversión comunista.

La consciencia de los revolucionarios es la primera que tiene que situarse a la altura de las posibilidades. Nada justifica la práctica desaparición de minorías revolucionarias al punto en el que estamos hoy.
Asamblea de trabajadores del INTI, Argentina.
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A pesar de la importancia decisiva del trabajo de las minorías militantes y de su reponsabilidad, no hay lugar para el voluntarismo ni esperanza de poder «educar a las masas». La consciencia no se hace ni puede hacerse masiva mediante el proselitismo. Es la experiencia del conflicto de masas con el capital lo único que puede plantear las condiciones en las que el trabajo de los núcleos revolucionarios de fruto.

No obstante, ni en el mejor de tales grupos, por muchos obreros que individualmente se le afilien, conseguirá despertar consciencia en la mayoría del proletariado mediante simple aleccionamiento. Lo prohiben innumerables trabas de la sociedad actual que sólo desaparecerán con ella. Pero cualquier conflicto con el capital, aunque empiece por simple mejora de salario, es susceptible de abocar a una lucha que sobrepasa de largo las reivindicaciones iniciales. Lo mismo puede ocurrir en una región, una rama industrial o un país entero. Lo latente tenderá siempre a manifestarse atropellando lo aparente; es la verdad frente a la ficción, el porvenir volviendo la espalda al pasado. Si al llegar un momento así continúan dominando los actuales falsarios político-sindicales, todo volverá atrás. Al revés, si por lo menos una minoría les sale al paso, poniéndolos en la picota y formulando revolucionariamente la lucha en marcha, la consciencia de la clase habrá dado un paso adelante propiciador de acciones mayores, por muy local que fuera. La combatividad de la clase mana irresistiblemente, explosiva en determinados momentos, de su propio trasfondo histórico. Se cristaliza en hechos que sólo después son pensados por ella y le dan base y energía para ulteriores avances. Procede pues, en los hechos como en la consciencia, por saltos en el desarrollo, la continuidad de cuyo discontinuo ha de asegurarla su sector deliberadamente revolucionario. La propia victoria decisiva será para la mayoría de la clase una realización antes que una intención consumada. No en balde es la clase revolucionaria forjada por la historia a despecho de la opresión y el dirigismo intelectual que acompañan su vida cotidiana. Por lo mismo, en los núcleos obreros revolucionarios recae, mucho más que hace 150 años, un cometido en fin de cuentas determinante. De ellos depende que la revolución salga avante o naufrague por segunda vez

A pesar de la importancia decisiva del trabajo de las minorías militantes y de su reponsabilidad, no hay lugar para el voluntarismo ni esperanza en poder «educar a las masas».
Manifestación espontánea contra el alza de precios y el desempleo en Kermanash
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Y como siempre, hay una dimensión moral fundada en el futuro. Involucrarse en el desarrollo general de desarrollo de la conciencia de clase, tomar parte en el acendramiento de las minorías es en sí adelanto y condición de la liberación general, en la especie y en cada uno.

Desde Babeuf y Marx hasta nosotros, la consciencia revolucionaria es el rayo de luz creado por el choque entre la explotación y los explotados, es la subjetividad humana en rebelión contra una objetividad que pervierte y niega esa misma subjetividad, sin la cual el hombre no es hombre sino cosa. O nuestra subjetividad acomoda el mundo exterior a sus requerimientos –no puede haber otros– o se somete, esclavuna, a la nauseabunda objetividad existente.

El hecho objetivo engendra la palabra que lo nombra y lo hace comprensible, operación objetiva; sin nuestra palabra, la posibilidad de revolución se esfumará cual si nunca hubiese estado presente. Y fallando su sector más subjetivamente revolucionario, la clase obrera marraría entonces el golpe que acabaría por siempre con el achicamiento del hombre porque explotado y la prostitución de otros hombres porque explotadores.

Involucrarse en el desarrollo general de desarrollo de la conciencia de clase, tomar parte en el acendramiento de las minorías es en sí adelanto y condición de la liberación general, en la especie y en cada uno.
 
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