Marxistas en Halloween

Sesión espiritista alrededor de 1880.
Todos conocemos la famosa invocación al «fantasma del comunismo» de las primeras páginas del Manifiesto Comunista y a pocos se le escapan las referencias de Marx a la burguesía en «El Capital» como vampiros y feroces hombres lobos. Toda la fauna mitológica victoriana -por no hablar de la clásica- es usada como metáfora en algún párrafo de la literatura de los creadores del marxismo. Menos conocido es un irónico y maravilloso artículo de Engels sobre el espiritismo, la última moda de la burguesía progresista de su época. El artículo, «Las ciencias naturales en el mundo de los espíritus», narra con ironía malévola los intentos de probar mediante experimentos la verdad de mediums, fantasmas, hipnotistas y espiritistas de éxito entre la sociedad londinense del momento. Engels llega a la conclusión del que la hipnosis es un estado real carente de demasiado interés y que si el espiritismo es ridículo, el empirismo lo es casi en la misma medida, incapaz de enfrentarse, experimento a experimento a las mil formas de fraude de éste.

Janitzio, Michoacán.
Pero seguramente el más bonito de los textos marxistas sobre Halloween no se lo debamos a uno de los creadores, sino al gran Amadeo Bordiga, fundador del PCI. En 1961 Bordiga descubrió en una de esas revistas juveniles americanas que se traducían para los niños italianos un artículo sobre Janitzio, un pueblecito turístico de Michoacán, famoso por sus celebraciones de la fiesta de los muertos.

Las nobilísimas poblaciones mexicanas, convertidas al catolicismo bajo el impío terror de los invasores españoles mostrarían que han seguido siendo «primitivas» porque no tienen terror ni horror a la muerte. Esos pueblos eran, por el contrario, herederos de una civilización incomprendida por los cristianos de entonces y de ahora, transmitida desde el comunismo ancestral. El insípido individualismo moderno no puede más que sorprenderse tontamente si en ese apagado texto, se dice que las tumbas carecen de inscripción y que se preparan manjares a los muertos que nadie conmemora. Verdaderos muertos desconocidos no por una retórica ahogada y demagógica, sino por la poderosa simplicidad de una vida que es la de la especie y por la especie, eterna en tanto que natural y no en cuanto estúpido enjambre de almas errantes en «el más allá», y para cuyo desarrollo son útiles las experiencias de los muertos, de los vivos, y de los que no han nacido, en una continuidad histórica cuyo desarrollo no es duelo sino gozo en todos los momentos del ciclo material.

(…)Estas comunidades, magníficamente poseídas por una poderosa intuición, reconocían el flujo de la vida en la energía que es la misma cuando el sol irradia sobre el planeta que cuando corre en las arterias del hombre vivo y se transforma en unidad y amor en la especie unitaria: especie que hasta que no caiga en la superstición del alma personal con su balance beato del debe y del haber -superestructura de la venalidad monetaria- no teme a la muerte y no ignora que la muerte del individuo puede ser un himno de alegría y una fecunda contribución a la vida de la humanidad.

Janitzio, Michoacán, fiesta de los muertos.
En el comunismo natural y primitivo, incluso cuando la humanidad se limita a la horda, el individuo no intenta sustraer nada a su hermano, sino que está preparado para inmolarse sin el menor miedo para la supervivencia de la gran fratria. Torpe leyenda la que ve en esta sociedad el terror que inspira el Dios que se sacía con sangre.

En la sociedad del intercambio, de la moneda y de las clases, el sentido de la perennidad de la especie desaparece al tiempo que surge el innoble sentido de la perennidad del peculio, traducida en la inmortalidad del alma que contrata su felicidad fuera de la naturaleza con un dios usurero que posee esa odiosa banca. En esas sociedades que pretenden haberse alzado de la barbarie a la civilización se teme a la muerte personal y se prosterna ante momias, como en los mausoleos de Moscú, de infame historia.

En el comunismo que aún no se ha realizado, pero que es de una certeza científica, se reconquista la identidad del individuo y de su destino con el de la especie, después de haber destruido en el interior de ésta todas las fronteras constituidas por la familia, la raza y la nación. Con esta victoria toca a su fin todo temor a la muerte personal, y sólo entonces desaparece todo culto del vivo o del muerto – organizada la sociedad por primera vez en el bienestar, la alegría y la reducción al mínimo racional del dolor, del sufrimiento y del sacrificio – porque cualquier característica misteriosa y siniestra ha sido sometida al armonioso desarrollo de la sucesión de las generaciones, condición natural de la prosperidad de la especie.

Amadeo Bordiga. Janitzio no teme a la muerte, 1961

 
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