Madrid, Octubre de 1934

Puerta del Sol durante la huelga de 1934
Octubre, en España, es el mes de inevitable conmemoración de la «Revolución asturiana». Pero la huelga insurreccional de 1934, que se saldó en una derrota para todo el proletariado español, no se limitó a Asturias, ni siquiera a las cuencas mineras. El ejemplo de lo que aconteció en Madrid en aquellos días en los que la ciudad se paró completamente, evidencia el papel del PSOE de entonces y sus tendencias «de izquierda» a la hora de «descarrillar» el proceso revolucionario que vivían los trabajadores españoles.

Reproducimos unos párrafos de «Jalones de derrota, promesa de victoria», el texto más completo de nuestra corriente sobre la Revolución española (1930-39) en el que G. Munis, testigo y protagonista de los hechos, relata las fuerzas, discursos y estrategias en juego.

Cacheos de la guardia de asalto republicana en las calles.
Criticando el inhibicionismo deliberado de los socialistas, guarecido tras una concepción de la insurrección armada blanquista y aislada de las luchas cotidianas, contraria a ellas, escribía yo en vísperas de los acontecimientos de Octubre: «Por el camino que vamos, si no se rectifica, la burguesía nos puede obligar a aceptar la batalla definitiva. Entonces no habrá más remedio que defenderse. Teniendo en cuenta las medidas adoptadas por los gobiernos radicales —batallas parciales constantes al proletariado— y la táctica silenciosa y envolvente del fascismo jesuita, hay que decir claramente que es la burguesía quien prepara el exterminio final del proletariado, no éste quien trabaja el de la burguesía. El socialismo invierte los términos de la manera más irreflexiva: aceptar la batalla en el momento y terreno que mejor convenga a nuestros enemigos es dejarles temerariamente las mayores posibilidades de triunfo. Estas, si no nulas, serán insignificantes para nosotros»*.

En efecto, el mes de octubre la burguesía acometió calculadamente contra el proletariado, confiando en que los socialistas faltarían a su «compromiso solemne de desencadenar la revolución» y temerían llevar la lucha contra el Gobierno hasta sus últimas consecuencias. Y acertó. Las fanfarronadas no asustaron en fin de cuentas más que a los fanfarrones, que en el momento de la acción paralizaron la iniciativa y la capacidad de ataque del proletariado, dejándolo a merced de las fuerzas represivas gubernamentales. La huelga general y la insurrección asturiana de Octubre fue un movimiento defensivo del proletariado que pudo haber sido transformado en un gran ataque ataque ofensivo y triunfante. No lo quiso la dirección socialista, y a eso se debió, en sus tres cuartas partes, la derrota.

Aproximémonos a verlo.

Hemos hablado, en el capítulo anterior, de la enemiga del ala izquierda socialista contra las huelgas y las luchas cotidianas en general. El cabecilla de la Juventud, entonces Santiago Carrillo, atribuía a las Alianzas Obreras, por objeto exclusivo, la insurrección armada y la conquista del poder político. Abundando en este concepto puramente militar de la revolución, Largo Caballero declaraba en El Socialista del día 12 de agosto: «. . .las Alianzas no deben consistir en tirar manifiestos, organizar mítines». El proletariado no tenía que moverse, sino esperar, cruzados de brazos, que le fuese dada la orden de insurrección. ¿Se deduciría ese momento de la correlación de fuerzas existentes, del debilitamiento de la reacción, del resquebrajamiento del Estado, de la cohesión y progresos del movimiento obrero? No, puesto que los socialistas eran declaradamente enemigos de toda acción tendente a modificar la correlación de fuerzas. Seis meses antes de Octubre, ellos repetían su cantinela: todo está en orden, nada de luchas parciales, espérese el momento decisivo. Caso de haber tomado en serio sus baladronadas, eso significaba que la correlación de fuerzas dada y las condiciones eran ya las más favorables a la insurrección y a la toma del poder político. La espera se convertía en crimen. Pero, bien mirado, la correlación de fuerzas y las condiciones importaban a la izquierda socialista tanto como las fases de la luna. En promesa al menos, había supeditado el momento insurreccional a esta condición: si el partido de Gil Robles entra al Gobierno. A tanto equivalía prometer: nos batiremos cuando lo tenga a bien la reacción.

Desde luego, aceptar pasivamente la entrada del gilroblismo al Gobierno habría sido un suicidio. Pero el movimiento obrero no se veía reducido a una acción en último extremo debido a las circunstancias, sino a la dirección socialista. Tenía fuerza suficiente y existían condiciones favorables para imponer la dimisión de Samper, la disolución del parlamento reaccionario y la convocatoria a nuevas elecciones, tenía, sobre todo, la posibilidad fácil de extender las Alianzas Obreras, convertirlas en verdaderos órganos de poder revolucionario, nuevo Estado obrero en competencia con el Estado burgués y de armar al proletariado. Por este camino se ofrecía a las masas la más optimista perspectiva de desenvolvimiento revolucionario. Descartando la movilización por las luchas cotidianas, única posibilidad de desarrollo de las Alianzas como poder proletario, el Partido Socialista abandonaba los acontecimientos a un curso contrario, lo consentía. Sería entonces la reacción quien impondría la substitución del gobierno Samper por un «gobierno fuerte», capaz de hacer frente al movimiento revolucionario y desbaratarlo. La iniciativa era abandonada al enemigo, tanto en sus luchas cotidianas contra las masas, ininterrumpidas desde antes de la disolución de las Constituyentes, como en el ataque decisivo.

Esta concepción de la insurrección al margen de un proceso revolucionario conscientemente dirigido, me parece clásica de burócratas reformistas, radicalizados por el miedo a que se acabe la forma de sociedad capitalista en que ellos viven colaborando y brillan como izquierda obrerista. No ven la revolución —si en verdad la ven—, como la culminación necesaria de la contradicción entre proletariado y burguesía, que ha de acabar con el capitalismo y crear los cimientos del socialismo; la ven como un desgraciado recurso que les impone la incomprensión y la intolerancia de las clases dominantes. Más que de hacer la revolución, se trata, para ellos, de conservar el capitalismo en la forma democrática que les permite llevar su apacible vida de funcionarios «amigos de los pobres». En consecuencia, la insurrección sólo puede ser un acto de desesperación, una especie de asesinato en legítima defensa, al que se recurre cuando las clases gobernantes cierran definitivamente la puerta de la colaboración a los dirigentes reformistas. Así se explica la condición insurreccional puesta por la izquierda socialista: si el partido de Gil Robles entra al gobierno.

A partir de la huelga campesina, todas las medidas reaccionarias habían sido extremadas; el poder estrechaba el cerco al movimiento obrero. Aparecía evidente desde entonces que el famoso gobierno merengue cedería el puesto al gobierno fuerte que ansiaban las derechas, un gobierno directamente ligado a Gil Robles por medio de Lerroux. Gil Robles aspiraba a repetir el juego de Hitler en Alemania: obtener el poder legalmente y liquidar desde él las formas parlamentarias de gobierno. Igual que Hitler, contaba con la deserción, en el momento culminante, de los jefes socialistas y stalinistas, y con la complicidad deseada de un presidente de la República terrateniente como Hindenburg, ultrarreaccionario como Hindenburg y como él alzado a la presidencia por los socialistas.

Sin duda, a medida que se aproximaba el desenlace los socialistas arreciaban sus amenazas. Pero el Gobierno, los partidos y las clases reaccionarias, tenían buenas razones para creer que las amenazas no tendrían más consecuencias que las que escaparan al control de los amenazadores.

Finalmente, el gobierno Samper presentó la dimisión en el 1° de octubre, tras un paso de comedia parlamentaria.

Al abrirse la crisis, todas las charangas amenazadoras fueron dadas a voleo. El Socialista publicaba a diario, bajo el título «Disco rojo», mensajes de alerta a la clase trabajadora, que eran verdaderos anuncios de insurrección inminente.

La crisis fue larga, interminable, dio tiempo para preparar en todos sus detalles un buen plan insurreccional. Nada se hizo. Los sedicentes izquierdistas se negaban a dar ninguna participación en este dominio a las demás organizaciones proletarias. En realidad, porque ellos mismos no preparaban nada. Habían organizado milicias juveniles, sin armas, que en diversas ocasiones exhibieron sus camisas y que sin duda dieron qué pensar a la reacción. Estos jóvenes, como la gran masa del P.S. y la U.G.T., estaban dispuestos a batirse y dar sus vidas a la revolución. Armas tampoco faltaban, aunque no fueran muy abundantes. Los diversos alijos descubiertos en los meses anteriores por la policía, de los que la prensa reaccionaria hizo gran escándalo, así como los hallazgos posteriores al movimiento, prueban que no se tenían las manos vacías. Había suficientes fusiles, ametralladoras y bombas, para las primeras necesidades de la insurrección. Pero Largo Caballero y su estado mayor de burócratas radicalizantes tenían otros proyectos. Iban a utilizar las armas con los mismos propósitos con que habían utilizado antes las frases. Del petardeo político iban a pasar al petardeo dinamitero, pero sin sobrepasar los límites del amago, con la intención de infundir seriamente miedo a la reacción, y sobre todo, al presidente de la República. El propósito de presentar batalla con toda la fuerza del proletariado les faltó siempre, lo temieron y se esforzaron en evitarlo en el último momento.

El día dos de octubre, los socialistas anunciaron a los delegados de la Alianza Obrera que se pasaría a la insurrección en caso de que Acción Popular fuese admitida en el nuevo gabinete. La finalidad insurreccional exclusiva que habían asignado a las Alianzas, pretexto pseudo-teórico para evitar su transformación en verdaderos organismos de poder revolucionario, descubría su falacia en el instante supremo. Los socialistas comunicaban a la A.O. una decisión ya tomada por ellos; no le sometían el problema y se negaron a decir nada concreto en cuanto al plan insurreccional a seguir. Reserva que sólo puede explicarse por una intención premeditada de dar al movimiento un carácter limitado de tumulto alarmista. La palabra insurrección era mera hipérbole.

En efecto, el día 4 de octubre de 1934, al hacerse pública la constitución del nuevo gobierno presidido por Lerroux, y en el que participaba Acción Popular (tres ministros de ésta y dos Agrarios), los socialistas hicieron a la Alianza Obrera otra de sus comunicaciones. Pero no se trataba de la insurrección para la que tantas alertas hipócritas habían dirigido al proletariado, no de la insurrección a la que tan cabalística y exclusivamente dedicaban las A.O., no de la «batalla decisiva» en nombre de la cual dejaron vencer la huelga campesina y obstaculizaron todas las batallas tácticas, no se trataba de la revolución social, cuyo «compromiso solemne» de desencadenar había contraído el Partido Socialista «ante el proletariado español y mundial»; no, los socialistas comunicaban a la A.O. una orden de huelga general pacífica… para dar tiempo a que el presidente Zamora reflexionase y exigiese la dimisión del gobierno recién formado.

Se puede reflexionar en capítulos extensos sobre la insensatez suicida de esta orden, sobre su incongruencia total con el momento político, sobre su falsedad teóricamente analizada. Se puede reflexionar así, y después lo haremos, pero quienes están al tanto de las condiciones políticas existentes entonces, de la capacidad combativa de que había dado pruebas el proletariado, de la actuación anterior de los socialistas, demagógica y pseudoblanquista a la vez, necesitarán previamente dar rienda suelta a la indignación y exclamar junto con nosotros: ¡Deserción y traición! Después de Octubre, como más tarde después de la guerra civil, los autores y encubridores de la claudicación echaron mano del gran alcahuete de los responsables: «¡Pero la victoria era imposible!» A esos tales hay que responderles: «Un partido que ha aprovechado sin vacilaciones todas las posibilidades de preparar la victoria, por pequeñas que sean, que se lanza a la lucha a fondo en el momento decisivo, es un partido digno de la revolución, aunque sea derrotado. Pero el partido que no ha hecho todo lo posible para preparar la victoria antes del momento culminante, y que durante él se zafa, ese partido merece la derrota y el desprecio del proletariado». El Partido Socialista fue continuamente un obstáculo a la preparación indispensable de la victoria. Hizo gala de pasividad durante todo el año 1934, lo que colocó el movimiento revolucionario en una mala posición defensiva, y paralizó la acción en el momento culminante, cuando la lucha no podía ya ser evitada ni pospuesta. Con su procedimiento anterior dio ocasión a que la reacción disfrutara de mejores posiciones y de toda la iniciativa; al producirse el acontecimiento que él había pregonado como la señal de la revolución, la inhibición del Partido Socialista fue total. El Partido y sus burócratas desaparecieron como tragados por la tierra. Las masas proletarias fueron abandonadas a sí mismas, como antes lo habían sido las masas campesinas. En resumen, el Partido Socialista no hizo nada serio por la victoria, pero sí facilitó mucho la derrota. Un partido que obra así, hay que repetirlo, merece la repulsa del proletariado. No es que la victoria fuese imposible, sino que la dirección, desde el primer día de la radicalización socialista, hasta los días culminantes, la hizo imposible.

Las masas no podían, por su parte, dar más de lo que dieron. Marcharon muy adelante del Partido Socialista. Al ser publicada la composición del nuevo gobierno, la huelga adquirió carácter general aun antes de ser conocida la orden del P.S. Desde el atardecer del día 4, la multitud invadió las calles, en espera de unas armas vagamente prometidas. Un escalofrío intenso, predecesor de las grandes conmociones, corrió de un extremo a otro de Madrid. Se sentía la atmósfera preñada de electricidad, próximo el estallido. Sólo el 19 de Julio volvió a sentir la gran masa del pueblo ese ramalazo trágico, mezcla de angustia, entusiasmo y espíritu de sacrificio, predecesor de las grandes erupciones revolucionarias.

La multitud nerviosa, pero decidida y ávida de lanzarse al ataque, se concentraba por intuición en los puntos estratégicos de la ciudad. El Partido Socialista había asegurado que distribuiría armas en el último momento.

Declarado el estado de guerra, las autoridades echaron mano de toda la fuerza pública disponible. Patrullas motorizadas de guardias civiles y de asalto recorrían el centro y las principales arterias de la ciudad. El pánico del Gobierno ante la unanimidad de la huelga y la inmensidad de la multitud concentrada en las calles, presta a batirse, le indujo a ser cauto en los primeros momentos. Camiones cargados de fuerzas de asalto pasaban junto a compactos grupos de revolucionarios sin atreverse a registrarlos ni invitarlos a disolverse. La fuerza pública se sentía más nerviosa que los revolucionarios. El gobierno dudaba si habría o no insurrección y se sentía poco seguro, a pesar de haber sido él quien eligió el ataque.

Sin inquietarse de la fuerza pública, el proletariado permanecía en sus puestos, esperando que el Partido Socialista le armara y le dijera cómo y por dónde empezaría o había empezado ya la sublevación. Toda la población obrera de Madrid parecía un solo insurrecto, sin armas y sin dirección. Transcurrían horas y horas esperando unas armas que nunca llegaban, corriendo de un extremo a otro de la ciudad en pos de rumores de distribución de armas en uno u otro sitio, de asalto a éste o aquel cuartel, a cual otro edificio gubernamental. A pesar de las decepciones, las masas creían que el Partido Socialista haría la insurrección, que sólo la había retrasado por razones de alta estrategia; por eso seguían obstinadamente en la calle. Como en muchos casos semejantes, el proletariado tomó las palabras de los dirigentes reformistas, destinadas a engañarle a él, como destinadas a engañar al enemigo. La orden de huelga general pacífica fue interpretada como un ardid, no como la intención verdadera del P.S. Pasó toda la noche sin que ocurriera nada serio, excepto un breve tiroteo entre guardias de asalto y la Casa del Pueblo del barrio La Guindalera. Sólo muy pocos socialistas allí concentrados hicieron frente, aunque había ametralladoras en el local. Este se rindió a la intimidación de la fuerza gubernamental, tras una sola ráfaga de ametralladora disparada por un obrero tranviario. Los burócratas del barrio se opusieron a hacer más resistencia, según me refirió el obrero tranviario en cuestión.

Debido a la psicosis de las masas, que atribuía a sus dirigentes una decisión insurreccional que les faltaba, a la mañana siguiente, el día 5, aún no era tarde para obrar. Las masas seguían, en la calle, llenas de energía y todavía optimistas. El Gobierno había ganado confianza y tomado militarmente los puntos más importantes de la ciudad. Pero le faltaba seguridad en las tropas. Sus únicos elementos represivos seguros eran las guardias civil y de asalto. Los soldados de la guarnición de Madrid, en su mayoría campesinos cuyos familiares sufrían las consecuencias de la represión de la pasada huelga general, no tenían sino motivos de hostilidad para el Gobierno y de simpatía para los revolucionarios. Al primer triunfo del proletariado, hubieran empezado a desertar de las filas gubernamentales.

Numerosos soldados expresaron abiertamente su simpatía por los revolucionarios, sobre todo en los barrios obreros, donde mujeres obreras los arengaban continuamente. La guarnición de la glorieta de Cuatro Caminos envió un mensaje a la Alianza Obrera indicando el número de hombres, el emplazamiento de las ametralladoras, y asegurando que la mayoría, incluso un teniente, estaba dispuesta a pasarse a los revolucionarios si era atacada. Inclusive entre la guardia civil, ese cuerpo degeneradamente pretoriano, tenía simpatizantes la revolución. A la Alianza Obrera fue también dirigida una confidencia desde el destacamento selecto de guardia civil acuartelado en el Ministerio de Gobernación. Había siete hombres dispuestos a ayudar desde el interior, en caso de asalto.

El Gobierno, asombrado él mismo de que nada serio hubiera ocurrido en la noche del 4 al 5, respiró y dio órdenes más severas a las fuerzas represivas. Pero quienes convivieron aquella mañana con las muchas decenas de miles de hombres que todavía esperaban ser armados y dirigidos al ataque, como esperaron la noche anterior, saben que nada estaba definitivamente perdido el día 5. No era tarde para distribuir las armas ocultas, organizar a los obreros y hacer una gran insurrección. Pese a las precauciones gubernamentales, la totalidad de los barrios pobres hubiese sido inmediatamente arrebatada a las fuerzas represivas, que sólo ocupaban en ellos débiles puntos.

Pero el P.S. seguía decidido a dejar el movimiento de Madrid consumirse en una huelga pacífica para la gran masa, salpicada de tiroteos esporádicos de carácter puramente terrorista. Deliberadamente, rehuía emprender una lucha a fondo, aprovechando todas las posibilidades. A pesar de sus ilusiones sobre el pretendido ardid del P.S., la masa, ávida de acción, veía transcurrir el día 5 con desesperación, comprendiendo que se estaba dejando pasar la ocasión, que pronto sería demasiado tarde. Por todas partes se buscaba a los dirigentes socialistas, con la esperanza de que, logrado el objeto del ardid, diesen órdenes y medios de comenzar la acción en gran escala. Ellos, en cambio, no tenían más preocupación que ocultarse y eludir las preguntas y reclamaciones angustiadas de los obreros. Y cuando por casualidad era encontrado alguno, se obtenía siempre la misma respuesta desesperante: «Esperad, seguid en la calle y esperad». Yo mismo, la mañana del 5, avisté en la calle de la Montera a Amaro del Rosal, dirigente del sindicato de banca y bolsa, uno de los pretendidos jefes de la milicia socialista. Iba tapándose la cara con el pañuelo, para no ser reconocido, cuando le increpé: «La gente empieza a desesperar, es preciso actuar. Todos aguardan órdenes y armas del Partido Socialista. Nadie sabe donde estáis, qué hacéis ni que proyectáis». Vivamente molesto al verse interpelado en medio de la calle, me respondió sin quitarse el pañuelo de la nariz: «Si quieren armas que las busquen y hagan lo que les dé la gana».

A medida que transcurrían las horas, el dominio y la seguridad mayores del Gobierno traducíanse en un aumento de violencia por parte de la fuerza pública. Por la tarde, era ya imposible caminar por la ciudad sin ir constantemente con las manos en alto. La fuerza pública ya no pasaba temerosa al lado de los grupos revolucionarios, sino que los dispersaba a culatazos y a tiros. Las detenciones, iniciadas la noche anterior, se multiplicaban de hora en hora durante el día 5. De hora en hora también, decrecían las posibilidades de una gran insurrección. Continuaban circulando rumores sobre fantásticas señales que en éste o aquel momento marcarían el comienzo de la batalla general, pero ya no lograban, durante la tarde, más que despertar un optimismo forzado. En los obreros se traslucía el desánimo, y la palabra «traición» aparecía mascullada en algunos labios. Al terminar el día era ya evidente que el movimiento en Madrid transcurriría sin insurrección ni lucha seria. En momentos insurreccionales, cada hora es una sucesión vertiginosa de posibilidades logradas o malogradas. Lo que en determinado instante es factible, unas horas después resulta quimérico. Y a la inversa, la acción a fondo en el momento oportuno constituye por sí sola las tres cuartas partes de la victoria; la fachada, aparentemente sólida e imbatible del enemigo, se desmorona por su propia base; lo que un momento antes parece imposible se torna fácil; los triunfos se encadenan a los triunfos o las derrotas a las derrotas; siglos enteros son barridos en unos minutos, y en unos minutos se abre un nuevo horizonte de siglos. La capacidad intelectual, la psicología y la sensibilidad de las masas, se tensan extraordinariamente; el pueblo amodorrado por un régimen permanente de opresión y miseria, vuelve en sí, encarnando la conciencia histórica del progreso humano, no ya en forma ideológica, sino en forma activa, inmediatamente determinante. Pero la oportunidad sólo se abre un momento; o se la aprovecha sin titubeos o se cierra instantes después, dejando caer aún más pesadamente sobre las clases explotadas la abrumadora losa de la opresión. Tales fueron los momentos porque atravesó España el día 4 de octubre de 1934, la noche del 4 al 5 y parte del día 5. Al finalizar este día, ya era tarde; la tensión de las masas había cedido, cundía el descorazonamiento y el pasado oprobioso se afirmaba en los destacamentos indesafiados de las guardias civil, de asalto y del ejército. Y mientras la posibilidad estuvo abierta, la dirección del Partido Socialista rezaba — «huelga general pacífica»—, porque el presidente de la República retirase el poder a quien acababa de dárselo.

Decididamente, el Partido Socialista se oponía a la insurrección. A partir del día 5 por la tarde, limitó deliberadamente la insurrección tan solemne prometida, a un paqueo tan alarmista como intrascendente. Individuos aislados apostados en los tejados o en las ventanas, —cinco o diez en cada barrio—, disparaban de cuando en cuando contra la fuerza pública un tiro de pistola, o dejaban caer, al paso de un destacamento gubernamental, una bomba que la mayoría de las veces no estallaba. La fuerza pública disparaba al tun-tun durante media hora. Mientras duró la huelga, el paqueo empezaba invariablemente a primera hora de la tarde y se prolongaba hasta la madrugada. En las mañanas reinaba una calma perfecta. En eso paró el balón inflado de la radicalización socialista.

En suma, la huelga general en Madrid duró con una unanimidad perfecta hasta el día 13, en que los socialistas dieron la orden de vuelta al trabajo. Ni una sola vez intentó la dirección socialista atacar al Gobierno en algún sitio, apoderarse de armas en cantidad y distribuirlas a las masas para acciones de mayor envergadura. Decenas de miles de hombres estaban prestos a batirse a la primera oportunidad. Los socialistas los dejaron desarmados y expuestos a las agresiones de las fuerzas gubernamentales. Los tiroteos y ataques fugaces perpetrados por jóvenes socialistas, y algunas veces por anarquistas, no tenían más que un carácter terrorista. No eran ataques sino agresiones en fuga. Eso fueron los llamados asaltos al ministerio de Gobernación, al edificio de la compañía Telefónica, a la Capitanía General, etc. Dos o cinco individuos como máximo, pasaban a toda velocidad en motocicletas o automóviles y lanzaban unos disparos contra los edificios en cuestión, lo que daba ocasión a un tiroteo intenso y prolongado por parte de las respectivas guarniciones. Ni un solo ataque en masa u organizado fue ejecutado. El episodio de la Guindalera, donde la policía encontró una cantidad respetable de armas, fue involuntariamente provocado por algunos socialistas que salieron a la calle armados de fusiles. La policía cercó el local donde se encontraban y pocas horas después, sin auxilio del exterior, y casi sin lucha, se rendía. Sólo en el cuartel de la Moncloa hubo un simulacro de ataque en masa. Grupos de jóvenes impacientes, durante la madrugada del 5, se decidieron a tomar la iniciativa e hicieron correr la voz, entre los millares de hombres ávidos de entrar en acción, que se asaltaba el cuartel de la Moncloa. Unas horas después, varios miles cercaban el edificio, pero entre todos ellos no poseían sino unas cuantas viejas pistolas. La oficialidad del cuartel no tuvo dificultades para rechazarlos, sin necesidad de recurrir a los soldados.

Lo que con algunas decenas de fusiles pudo haber sido un asalto irresistible y una importante victoria, se convirtió en una mascarada ridícula.

La razón porque los socialistas habían negado obstinadamente a la Alianza Obrera, durante meses, capacidad dirigente, y rehusado formar una milicia revolucionaria unificada y efectivamente armada bajo la dirección de aquella, apareció con claridad meridiana desde el primer día del movimiento. Si la A.O. hubiese tenido función dirigente y una milicia a sus órdenes, habría podido planear y dirigir el movimiento insurreccional inclusive contra la voluntad de los socialistas, porque las masas lo querían y las condiciones eran propicias. En lugar del paqueo inútil y de los ataques fugaces sin otro fin que el de hacer ruido, habría habido ataques organizados a los cuarteles en que los soldados simpatizaban más con la revolución, para armar a la generalidad del proletaria do, y acosar en seguida los centros de comunicaciones y los principales edificios gubernamentales. Evidentemente, los socialistas sabotearon la A.O. porque estaban de antemano dispuestos a sabotear la insurrección. El «fin insurreccional exclusivo», que tantas veces pretextaron en la prensa y en el seno de la A.O. misma dándose aires de estrategas consumados, era una trapacería política… y una coartada judicial para el P.S. y sus jefes.

En efecto, en el proceso que se le siguió a Largo Caballero meses después, éste rechazó toda la responsabilidad, tanto por el movimiento de Madrid como por el de Asturias, sobre la Alianza Obrera. Hablaremos después de Asturias. En Madrid, la función de la A.O. fue exactamente cero, y aun menos, si nos permitimos introducir en política las cantidades negativas de las matemáticas.

En Madrid, la A.O. se redujo a un principio de contacto entre algunas organizaciones obreras. El frente único de acción y la transformación de las Alianzas en órganos obreros de poder quedaron en proyecto. Después de la actitud socialista ante la huelga campesina se hacía imposible permanecer en la A.O., provechosamente para la revolución.

No podía ser considerada siquiera como un organismo de frente único; la A.O. era una añagaza en manos de los socialistas. Y se ha visto cómo, al llegar el momento insurreccional, no fue tenida en cuenta para nada. Los delegados socialistas le transmitieron una decisión, no la llamaron a deliberar ni pusieron la dirección en sus manos, como tantas veces habían prometido. La última reunión de la A.O. de Madrid, celebrada el día 4, fue una sesión de información.

Los socialistas comunicaron la orden de «huelga general pacífica», expresando su esperanza de que el presidente de la República, Alcalá Zamora, se arrepintiera del paso dado y retirase del poder a Lerroux. Después no se volvieron a inquietar de la A.O.

Una referencia personal no carece de interés aquí. Habiendo sido detenido, en las primeras horas del movimiento, el delegado que había nombrado la Izquierda Comunista en la A.O. al revocar mi decisión de ruptura con ella durante la huelga campesina, fui nuevamente nombrado delegado el día 5. En tales condiciones, no podía negarme, aunque estaba en desacuerdo. Tras una búsqueda desesperada por todo Madrid, siempre con los brazos en alto hasta sentirlos paralizados por la falta de circulación, localicé a un delegado socialista y al de la Federación Tabaquera, quienes me transmitieron una cita de reunión en una taberna próxima a la Glorieta de San Bernardo, propiedad de un socialista. La cita era para media tarde, cuando el paqueo se intensificaba. Acompañado de dos camaradas encargados de servirme de enlaces con mi organización, me dirigí al lugar de la cita con varias horas de anticipación, sabedor que el tiroteo interrumpiría frecuentemente nuestra marcha. Refugiándonos aquí y allí, oyendo silbar las balas a nuestra vera, siendo una vez blanco fallido de un guardia demasiado miedoso, llegamos al lugar de la sesión antes de la hora convenida.

Dimos la contraseña y entramos a la taberna, donde media docena de desconocidos intercambiaban impresiones. Llegó y pasó muy largamente la hora de la sesión sin que uno solo de los demás delegados se presentara. He ahí la Alianza Obrera sobre la que Caballero trató de descargar su responsabilidad política ante las masas y su responsabilidad como revolucionario ante los tribunales burgueses.

Esa fue la vida raquítica y la muerte ingloriosa de la A.O. madrileña. Aceptada por los socialistas con el objeto de amedrentar la reacción, perdía todo sentido para ellos cuando la única manera de asustar era la acción y la acción en un plano insurreccional. En lo que a los socialistas respecta, la A.O. fue un grandioso fraude político. Prometieron que la Alianza Obrera sería el soviet español, y la redujeron a un comité doméstico encadenado a ellos. ¿Pero qué otra cosa podían hacer si, prometiendo insurrección, se proponían dar paqueo, si, hablando de revolución social, se proponían restaurar la coalición con la enclenque burguesía democrática?

G. Munis. «Jalones de derrota, promesas de victoria»

 
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