Lumpenización, saqueos y lucha de clases

«Oliver Twist», primera aproximación literaria al mundo del Lumpen organizado en la sociedad burguesa.

La exaltación de mafias y delincuentes que da argumento a la mayoría de series de TV de hoy no es ninguna novedad histórica. El ascenso de la burguesía a clase literaria crea la figura del «pícaro» castellano. Personajes desesperados, inmorales y parasitarios campan por sus respetos en las crueles novelas a través de las cuales la burguesía transmite por primera vez su visión del mundo. La burguesía está entonces rompiendo las relaciones feudales, vaciando los campos y creando sistemáticamente masas empobrecidas y errantes que, poco a poco, convertirá a la fuerza en proletarios con la ayuda del estado. Es un proceso largo que va desde la peste negra a la «ley de vagos y maleantes» de la II República española, pasando por las «leyes de pobres» británicas. Convertir al que había sido pastor en una tierra comunal en jornalero o meter en la fábrica al campesino vagabundo, no era tan fácil.

Sin embargo, la industrialización no acaba, ni mucho menos, con la existencia de «vagos y maleantes». A principios del XIX se consolida una capa social urbana de desharrapados -«lumpen» significa harapo en alemán- que viven «sin oficio ni beneficio» -es decir, separados de la actividad productiva- dedicados a la delincuencia y los tráficos ilegales, «carne de horca», sometida con frecuencia a la recluta militar forzosa -«carne de cañón». Es el «lumpenproletariado» de las bandas infantiles de «Oliver Twist» que bajo el comando de la pequeña burguesía se convertirá a necesidad de los vaivenes políticos, en cuerpos represivos y tropa del primer «patoterismo» de un Rosas en Argentina o de un Luís Napoleón en Francia.

Lumpemproletariado, que en todas las grandes ciudades forma una masa bien deslindada del proletariado industrial. Esta capa es un centro de reclutamiento para rateros y delincuentes de todas clases, que viven de los despojos de la sociedad, gentes sin profesión fija, vagabundos, gens sans feu et sans aveu [sin hogar, ni palabra], que difieren según el grado de cultura de la nación a que pertenecen, pero que nunca reniegan de su carácter de lazzaroni [canalla].

Carlos Marx. Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850.

El lumpen no son los «vagos y maleantes» pre-proletarios arrancados de los campos y las tierras comunales, son un producto desarraigado y criminal de la sociedad burguesa
Su flamenco, «romántico», «juerguista» y etnificado vs el nuestro, de herreros, jornaleros, cabreros, mineros… sin distinciones étnicas.

El desarrollo parasitario de la burguesía en el poder convertirá el hipócrita horror moral de las clases dominantes en fascinación por el delincuente. Aristócratas y burgueses frecuentan al lumpen en «juergas» que secuestran y redefinen «lo popular». Es la época de «la Chata», la primera «princesa del pueblo», el momento en el que los «señoritos» andaluces y sus músicos transforman el flamenco quitándole la rabia del cante de mineros, jornaleros y herreros. Marx ironiza sobre la relación especular entre ambas clases en aquellos tiempos del primer ascenso del capital financiero bajo los reinados de Napoleón III en Francia e Isabel II en España.

Mientras la aristocracia financiera hacía las leyes, regentaba la administración del Estado, disponía de todos los poderes públicos organizados y dominaba a la opinión pública mediante la situación de hecho y mediante la prensa, se repetía en todas las esferas, desde la corte hasta el café borgne, la misma prostitución, el mismo fraude descarado, el mismo afán por enriquecerse, no mediante la producción, sino mediante el escamoteo de la riqueza ajena ya creada. Y señaladamente en las cumbres de la sociedad burguesa se propagó el desenfreno por la satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía; desenfreno en el que, por ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza procedente del juego, desenfreno por el que el placer se convierte en crápula y en el que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de adquisición, que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpemproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa.

Carlos Marx. El 18 brumario de Luis Bonaparte.

La burguesía, desde la picaresca a las últimas series de TV siempre se identificó con el lumpen. Comparten una naturaleza común improductiva, parasitaria y sociopata

Y si la burguesía se veía ya en el espejo de su versión más soez, pero también más franca, los trabajadores, en sus intentos por constituirse como clase independiente tendrán muy claro, desde el principio, la necesidad de construir barreras a la influencia moral y política de esta capa.

El lumpemproletariado, esa escoria integrada por los elementos desmoralizados de todas las capas sociales y concentrada principalmente en las grandes ciudades, es el peor de los aliados posibles. Ese desecho es absolutamente venal y de lo más molesto. Cuando los obreros franceses escribían en los muros de las casas durante cada una de las revoluciones: «Mort aux voleurs!» ¡Muerte a los ladrones!, y en efecto fusilaban a más de uno, no lo hacían en un arrebato de entusiasmo por la propiedad, sino plenamente conscientes de que ante todo era preciso desembarazarse de esta banda. Todo líder obrero que utiliza a elementos del lumpemproletariado para su guardia personal y que se apoya en ellos, demuestra con este solo hecho que es un traidor al movimiento.

Federico Engels. Prefacio a La guerra campesina en Alemania.

Engels entendía que cualquier apoyo en el lumpenproletariado y sus saqueos te convertía en «un traidor al movimiento» de clase. Llevaba razón.
El alcoholismo enemigo de los trabajadores

Esta necesidad de marcar una frontera política con el lumpen se convirtió en los años de la guerra civil en Rusia, bajo unas condiciones impuestas por la guerra de empobrecimiento brutal, en conciencia del peligro de lumpenización de aquel proletariado en desbandada. Se criticaron métodos bélicos como el guerrillerismo en el campo -que degeneraba con facilidad en bandolerismo- y se dio batalla al alcoholismo en la ciudad. Los alcoholes se prohibieron ya en 1917 y solo volvieron los fermentados (vino y cerveza) con la NEP. Trotski clamaba todavía en 1927 por «extender, consolidar, organizar y culminar el régimen antialcohólico en el país de la renovación del trabajo», proponiendo el cine como alternativa de la taberna. Muy simbólicamente el stalinismo restauró el destilado de vodka bajo un lucrativo monopolio estatal. La contrarrevolución miraría siempre al lumpen con los ojos de la burguesía, es decir, como un aliado mucho más maleable que el proletariado por derrotado que estuviera. Basta ver los textos de Mao ponderando las virtudes del encuadramiento del lumpen rural para descubrir hasta qué punto el stalinismo se diferenció poco del fascismo en su utilización sistemática del lumpen como masa de choque, útil y leal como cuerpo mercenario desprovisto de cualquier programa distinto de la rapiña y el beneficio inmediato.

Si en el capitalismo ascendente anterior a las guerras mundiales el lumpen era una capa relativamente estable y pequeña, un detritus urbano, un abismo solo cruzado por unos pocos; el fin de la reconstrucción bélica, con el desarrollo de la tendencia permanente a la crisis, la multiplicación de la exclusión social y la descomposición de estados enteros, convertirán la lumpenización en un peligro cotidiano y permanente de los trabajadores. La cultura burguesa, el cine, la industria musical y puede que incluso sectores del estado alimentarán la epidemia de heroína que entre los 70 y los 90 asolará los barrios obreros de medio mundo. Son los años en los que las «villas», «favelas» y «chabolas» se multiplican de nuevo por toda la periferia e incluso en EEUU… solo que ahora ya no son alojamientos «temporales» de un joven proletariado recién llegado a la ciudad: el paro masivo, el impacto de las drogas y la aparición de una generación que ya no había visto trabajar a sus padres, las convertirá en foco de lumpenización.

La epidemia de heroína arrasó los barrios trabajadores en los años ochenta.

Si la crisis alimentó la desesperación, la desaparición de las luchas obreras a mediados de los ochenta y la aplastante campaña ideológica que le siguió inmediatamente, no podían sino alimentar la descomposición social. El principio individualista, el aislamiento, el «sálvese quien pueda» necesariamente aparejado a la «muerte de la clase obrera» -como se titulaba en la época- y la devaluación consecuente del trabajo con los cantos a los «pelotazos» de especuladores y políticos, solo podían convertirse en un acelerón de la degeneración moral de la sociedad entera de la que nuestra clase no queda indemne. Se pasa del orgullo de clase del «pobre pero honrado» a la conversión mediática en héroe popular de «El Dioni», un guarida jurado que robó a la empresa de transporte de dinero en la que trabajaba. La difuminación discursiva de las fronteras de clase, y con ella de sus diferencias morales, en un capitalismo fundamentalmente estancado, no podía significar para los trabajadores otra cosa que un incremento de las tendencias a la lumpenización.

La lumpenización es el reflejo individualista del aislamiento, la aceptación del «sálvese quien pueda» necesariamente aparejado al discurso de la «muerte de la clase obrera»
Saqueos en Argentina en 2001

Las consecuencias políticas no se hacen esperar. Allá donde la descomposición social ha avanzado más terreno, en los países de proletariado más débil, los asaltos y los robos a supermercados sustituyen a los levantamientos. La tendencia se ve pronto en Brasil, Venezuela y EEUU. En Argentina el cambio es dramático: del Rosariazo y el Cordobazo se pasa a los saqueos. El resultado es desolador. Un compañero del grupo «Emancipación Obrera» lo recordaba en un texto publicado por CCI:

Fue un golpe muy duro para nuestro grupo lo que ocurrió en esos días. Ya en aquel folleto nos habíamos referido a los asaltos a los supermercados ocurridos tiempo antes en Venezuela y Brasil y las diferencias con las luchas de fines de los sesenta y el cordobazo y el rosariazo: la gente no iba a robar, no estaba desesperada, no estaba con hambre, luchaba por un cambio político y social, tenía trabajo, rompía vidrieras, sí, pero no para robar, sino en repudio a los grandes grupos económicos, etc.

Saqueos en Los Angeles en 1992 tras el linchamiento policial de Rodney King

La lumpenización no es solo ya solo una tendencia social originada por el carácter marginalizador de la crisis, es la consecuencia directa de la ideología del «fin de la clase obrera», es la «muerte del comunismo» en acción. Su traducción política es una inmediata confusión de las clases y la esterilización de las luchas. Lejos de avanzar hacia el desarrollo de la organización de la clase, lo más necesario en el momento actual, la previene reduciendo la protesta a asaltos, saqueos y robos que reducen a los trabajadores a la calidad de lumpen al dar por buena su moral y su práctica.

La degradación de las protestas en asaltos y saqueos es la consecuencia directa de la ideología del «fin de clase obrera», la «muerte del comunismo» en acción sobre una base de desesperación producida por la crisis
Villa 31 en Buenos Aires.

La lumpenización, tanto social como sobre todo política, de los trabajadores es hoy un peligro de primer orden. No es una consecuencia mecánica, directa, de la pauperización generada por la crisis del capitalismo. El desempleo, la exclusión y la pobreza no se traducen inmediatamente en cambiar la solidaridad por el «sálvese quién pueda» ni las luchas colectivas por los saqueos. Cuando esto ocurre se está cruzando una frontera de clase. Una frontera que nos equipara, a través del lumpen, a lo más rapiñero de la burguesía y sus comportamientos. Cualquier mensaje que lo disculpe, cualquier posicionamiento que lo confunda con una verdadera lucha de clase es tan nocivo como el patriotismo asesino. Nuestra moral es la moral de una clase productora, un gran trabajador colectivo, portador de un futuro de abundancia y negador de la propiedad privada. Los saqueos son la expresión de un consumismo miserable que hace de la escasez el motor de una animalización ensimismada en el individualismo más mezquino. En sus afirmaciones más claras -1830, 1848, 1871, 1917, 1927, 1936…- el proletariado ha marcado su independencia de clase no solo frente a la burguesía, la pequeña burguesía, sus valores y formas características, sino frente al reflejo miserable de estas clases: el lumpen. Nunca nos quedaremos cortos en admoniciones al respecto. La afirmación de la independencia de clase no solo se hace «hacia arriba», sino hacia ese «abajo» que se le parece tanto.

La independencia de clase se afirma contra la burguesía, la pequeña burguesía y sus métodos, pero también ante el reflejo miserable de estas clases: el lumpen y sus saqueos.
 
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