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Los salvajes

2 de febrero, 2020 · Artes y entretenimiento> TV

Llega a los países de habla española la serie de Canal+ Francia creada a partir de la tetralogía «Les Sauvages» (2012-16) [Trailer].

Sabri Louatah es un autor raro en el panorama literario europeo. Ni sus novelas son «fofas», ni su mirada estupidamente indignada y moralizante. Al revés, sus tramas son apasionantes, sus giros emulan lo mejor del Hollywood clásico y su tratamiento de los personajes quiere entender los tópicos de su propia alienación en vez de subestimarlos desde la magnanimidad del que se cree a salvo por nacimiento.

Los juegos de imágenes de «Les Sauvages» comienzan por el título. «Les Sauvages», para el canon cultural francés es, sobre todo, el título de una pieza de Rameau dentro de «Las Indias galantes». No es un relato cualquiera, es el mito del «buen salvaje» de la primera moral burguesa emergiendo con el nacimiento de la ópera. Lo que en la obra de Rameau es una danza de paz en la que los indios canadienses aceptan su derrota cantando «disfrutemos de las cosas tranquilas, ¿se puede ser feliz de otra manera?» en el Sant Etienne ghuetizado de hoy se convierte en una boda bereber. Y bereber, aunque haya perdido su significado despectivo en español, tiene la misma etimología que «bárbaro», salvaje.

En la boda, que ocupa el primer libro y el primer episodio de la serie, conoceremos los protagonistas de la historia y el núcleo del drama: el intento de asesinato del primer candidato de origen magrebí a la presidencia francesa en la noche misma de su triunfo electoral. El autor es el más inesperado, el inofensivo y gordito -estilizado en la versión televisiva- Abdelkrim, que tras la boda marcha a la casa de su primo Fouad -actor de telenovelas, novio de la hija del candidato y modelo de «asimilación» cultural y sobre todo de clase- para hacer una audición y ganar una beca. Es el propio Fouad el que en mitad de la excitación del triunfo acerca al joven Krim al presidente in pectore y el que pagará su exceso de confianza con la separación de su novia y el consiguiente exilio de la familia presidencial. A partir de ahí la trama se desdobla en dos historias paralelas. Por un lado la de Fouad, que vuelve a su barrio y su familia para intentar entender el mundo del que huyó y descubrir junto con la ex-jefa de seguridad del candidato algo que exonere en alguna medida a Krim. Por otro la trama partidaria, con el presidente in pectore en coma y el presidente del Senado y líder de la alianza de la derecha y la extrema derecha (una coalición cuyas siglas son «ADN») intentando anular las elecciones.

«Transversalidad» y clase

Nazir, Marion y Fouad

Así, bajo la forma convencional de un thriller excepcionalmente bien escrito y sorprendentemente bien llevado a la pantalla, «Los salvajes» disecciona en paralelo lo que se agita en el barrio y lo que se mueve en los círculos de poder de la burguesía francesa. No faltan tópicos ni «alianzas contra natura» en la trama. Pero los tópicos son «reales», afirmados con naturalidad por los personajes que representan a quienes nos los contaron mil veces. Desde el político facho que confunde el árabe y el cabilio y cree peligroso un presidente que estudió en Harvard porque sus padres habían nacido en Argelia, hasta los reproches de Nazir, el primo salafista de Fouad, pasando por la profesora del tribunal que interrumpe a Krim para decirle que no puede hacer su propia interpretación del ballet de «Los Salvajes» sino «tocarlo tal cual está en la partitura». Y es que a veces la realidad es muy tópica.

Lo interesante es que Louatah no quiere ni condenar a nadie ni demostrar que es más listo que nadie. Y gracias a eso emerge una realidad innombrable: las supuestas «transversalidades» no son tales. La rabia y la alienación reaccionaria del salafista Nazir y el identitarista Sylvain generan un lazo mucho más auténtico y real que el identitario por el que se autodefinen y que en teoría les une con los abogados o políticos que supuestamente les representan en el estado. El cáncer de la madre de Fouad y el coma del presidente in pectore no son solo dos afecciones distintas, están separadas por un abismo de consecuencias y medios. La moral egocéntrica de la primera dama se invierte en las ilusiones machacadas de la madre de Krim. El hermano camarero gay que se casa para no llamar la atención y avergonzar a la familia en el vecindario se proyecta en su hermana adolescente que se hace pasar por española para poder jugar al fútbol con su novio matón fascista; ambas tienen su imagen especular en la relación de Fouad con la hija del presidente, que prescinde de él sin remordimiento alguno. La fractura de clase está ahí, quiere hacerse ver, quiere coser a su vez las divisiones artificiales de la «etnicidad», el sexo, la sexualidad y el nacionalismo. Quiere mostrar el mundo tal cual es… pero no puede verse por sus protagonistas.

Planteadas así las cosas lo que queda al aire es «lo negado» en su forma más alienada, más «auto-negada», más reaccionaria. Darle la vuelta, pasar de aceptar la negación, abrazándola hasta la autodestrucción y la descomposición de barrios y familias, a negarla a su vez afirmando la abundancia posible y necesaria, afirmándonos como clase, no es algo que esté en manos de un novelista y aun menos de una serie de TV.