Los revolucionarios, la Navidad y su regreso reaccionario

Después de Octubre todo el calendario de festividades religiosas dejó de ser oficial; y con él la Navidad… aunque en realidad las cosas fueron un poco más complejas.

Cartel del año 1924. El titán proletario asociado a la industrialización y el progreso destruye el poder clerical
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Para empezar, como es sabido, la Iglesia Ortodoxa rusa y el estado zarista seguía guiándose por el calendario juliano, sin bisiestos, en vez de por el gregoriano que se usaba en el resto del mundo desarrollado. La diferencia entre uno y otro convirtió el 25 de diciembre ortodoxo en 7 de enero.

La Revolución de Octubre se produjo, según el calendario europeo, en noviembre. Como vemos, ni el propio calendario se puede librar del sello que estampan en él los acontecimientos de la Historia, y al historiador no le es dado corregir las fechas históricas con ayuda de simples operaciones aritméticas. Tenga en cuenta el lector que antes de derrocar el calendario bizantino, la revolución hubo de derrocar las instituciones que a él se aferraban.

León Trotski. Historia de la Revolución Rusa.

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La Navidad ortodoxa no es como la latina o la protestante. La Iglesia era una fuerza de primer orden en la conservación del régimen feudal entre el campesinado. Sus expresiones y formas reflejaban hasta qué punto pertenecía todavía al mundo anterior al fin de la servidumbre. Para empezar la Navidad venía precedida de 40 días de ayuno. Estamos a años luz de la Navidad burguesa que conocemos a base de regalos, comidas sociales y adornos. La Navidad campesina iba de ayunos, penitencias, interminables oficios religiosos y, en su parte festiva, corros de chicas campesinas haciendo «adivinaciones» para saber si se iban a casar en el año y otras supersticiones medievales. Todo esto representaba el pasado, el atraso para la abrumadora mayoría de trabajadores que, confiados en la Revolucíón Mundial, habían tomado el poder en sus propias manos.

Cartel de 1924. «Acabemos con las celebraciones religiosas»
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El resultado fue que la fiesta solsticial proletaria paso a ser el primero de enero, el Año Nuevo, expresión al mismo tiempo de la capacidad para transformarlo todo -incluso el tiempo. Con el primero de enero comienza el primer «culto a la infancia», los regalos a los niños de la casa, etc. Retomando e incorporando tradiciones muy antiguas -romanas de hecho- aplastadas por la oscuridad católico-ortodoxa.

Las Navidades ortodoxas no eran como las burguesas que conocemos, sino un dechado de penitencias y supersticiones medievales. Los trabajadores instauraron en su lugar la celebración del Año Nuevo con comidas y regalos

La contrarrevolución y la Navidad

La nueva burguesía de estado recuperó la moda femenina occidental como forma de marcar su «vida alegre» y diferenciarse socialmente. El discurso banal se elaboraba en revistas para mujeres de la nueva clase dominante como «El Arte de Vestir», en la imagen portada del número 1, publicado en 1929
Ahorrémonos el martirio del bastión proletario aislado y luchando en solitario contra las potencias imperialistas y las fuerzas más reaccionarias durante los años 20. Las celebraciones si cambiaron en ese tiempo fue por la absoluta escasez y hambre que acompañaron a la guerra y descompusieron virtualmente a la clase y sus organizaciones.

Demos un salto adelante, hasta los 30, cuando la contrarrevolución ha triunfado. En 1931 el régimen estalinista, de la que acaba con las últimas conquistas legales obreras, empieza a reivindicar la «vida alegre» para la nueva burguesía de estado. Es la orgía que sigue al Termidor, con su inevitable celebración del ingreso diferencial individual, que es trabajo a destajo para los obreros y lujo de importanción para la nueva burguesía de estado.

Si se esforzaban en crear «mayores diferencias en la remuneración» entre los obreros según su cualificación, ¿qué decir del abismo que existía entre los obreros y los funcionarios, fueran comunistas o no? La «vida alegre» de la que disfrutaban las capas superiores en prejuicio de las masas miserables no deja de sorprender al turista extranjero que visita la URSS y se preocupa en mirar un poco a su alrededor. Esta «vida alegre» se legalizó por vez primera tras el discurso de Stalin de junio de 1931. Para aumentar aún más los privilegios que tenían en el abastecimiento y el alojamiento se creó una nueva red de distribución cerrada y unos restaurantes reservados a los altos administradores comunistas o sin partido. En fin, se crearon «almacenes estatales» para su uso exclusivo en los que se podía comprar absolutamente todo a unos precios inaccesibles para el obrero. Los restos del «comunismo de guerra», como le gustaba llamarlos a la burocracia al comienzo del Plan Quinquenal, se tiraron a la basura. Todo esto olía a puro egoísmo de clase, y los relatos de los presos recientemente llegados a la prisión confirmaban la impresión de que esta nueva política respondía a una tendencia profunda y duradera.

Antón Ciliga. En el país de la mentira desconcertante.

Ded Moroz estalinista, evolucionando ya del boyardo furioso al burócrata militar paternalista.
Es la época en la que la alta burocracia de estado, casada muchas veces en segundas nupcias con restos de la antigua burguesía y aristocracia, empieza a imitar a las burguesías occidentales en su modo de vida: coches, trajes de noche, salones de fiesta… Y no es casualidad que en este marco de emulación burguesa, fuera nada más y nada menos que Alexander Poskrebyshev, el jefe de gabinete de Stalin, el que redactara una resolución gubernamental instaurando el culto navideño al estilo «occidental».

Entre Poskrebyshev y la legión de pintores y escritores disciplinados ahora en el «realismo socialista», recuperaron los elementos occidentalizantes de la Navidad burguesa urbana que existían con anterioridad por influencia occidental y los superpusieron a la celebración obrera del año nuevo y a las tradiciones campesinas en las que un furioso boyardo (noble medieval), Ded Moroz [дед Мороз], premiaba a los hijos de los campesinos sumisos.

El resultado fue, un kitsch infame en el que Lenin se convertía en un abuelito rodeado de árboles de Navidad esperando que un viejo boyardo reaccionario, cada año más parecido al Santa Claus anglosajón, repartiera regalos entre los niños.

La nueva burguesía de estado conjuraba así a Lenin, el simbolo de la revolución que regresaba cada primavera en su tren sellado a recordarle el pasado revolucionario que había arrasado, convirtiéndolo en el «abuelito cebolletas» del estalinismo, esa figura que entretiene a lo niños en Navidad mientras los adultos de la familia saldan cuentas. El paso a figura de la mitología infantil fue parejo a la reinvención de Ded Moroz. Hay que reconocer que no estaba mal elegida la figura. Para los campesinos Ded Moroz, que vestía de azul, representaba la capacidad del juicio de los señores feudales sobre vidas y haciendas. Se le tenía miedo pero de él se esperaba también cierta redistribución. El Ded Moroz estalinista sustituyó su gorro de boyardo por el gorro del ejército rojo con su estrella; y su gesto furioso por una tonta sonrisa paternalista. Era al viejo boyardo original lo que el «padrecito Stalin» al «padrecito Zar» en la iconografía campesina.

La burguesía de estado surgida de la contrarrevolución reinventó la Navidad, occidentalizándola y creando un kitsch que recuperaba al boyardo frente al campesino y a un inofensivo Lenin-abuelito frente al trabajador
 
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