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Los límites al conocimiento en la sociedad de clases

9 de mayo, 2020 · Marxismo> Crítica de la ideología

Alegoría de las siete artes liberales. Decoración de un arcón de alrededor de 1435. Museo del Prado.

La historia de la Humanidad y del conocimiento son presentadas casi siempre como una sucesión de ideas geniales separadas artificialmente de las sociedades que generan a los mismos personajes que las enuncian. Sin embargo, la historia del conocimiento es más parecida a un eterno retorno de las mismas ideas aplicadas a situaciones sociales distintas que una marcha triunfal hacia la verdad. Las ideas son importantes para el cambio, pero las diferentes configuraciones de clases en el poder también causan reinterpretaciones brutales o aplicaciones nuevas de las mismas ideas que habían sido usadas anteriormente. Cada clase dominante deja marcas profundas en las artes o ciencias que promueve y genera, lo que se puede ver claramente comparando las diferencias en el desarrollo del conocimiento entre el medievo y periodo de auge de la burguesía.

Las malas nupcias de Mercurio y Filología

En la mayor parte de las sociedades de clases que han existido a lo largo de la historia, la sociedad se encontraba estrictamente dividida entre el trabajo «intelectual» y el trabajo «manual». La última categoría incluía no sólo siervos y esclavos, sino comerciantes y artesanos en una serie de profesiones consideradas indignas para un hombre libre:

Existen las actividades de los grandes hombres y las de las gentes bajas. Más aún, la ambición de una sola persona requiere el trabajo de cien categorías de trabajadores. Querer obligar a cada uno a que se procure él mismo todo lo que necesita, es obligar a todo el mundo a que corra sin cesar por los caminos. Por eso es habitual decir: a unos las labores del espíritu, a otros las de los músculos. Los que se entregan al trabajo del espíritu gobiernan, Los que se consagran a los trabajos manuales son gobernados.

Mencio (孟子) c. 370 aEC

Es el modelo de la China premoderna, pero también el del mundo antiguo mediterráneo y el de su continuación en la forma del medievo. Según el relato fundacional franco de las artes medievales en los siglos VIII y IX, la unión y subordinación de las artes se debe a las nupcias entre la Filología y Mercurio, donde las artes liberales de los hombres libres provendrían de la primera y las artes mecánicas de las clases subordinadas del segundo. Existía un claro desprecio entre la nobleza y el clero hacia las artes mecánicas, que fueron constantemente tratadas de inferiores y, en palabras del famoso teólogo del siglo XII Hugo de San Víctor, de «artes adúlteras», que no hacían más que imitar burdamente el poder de la naturaleza. La clasificación de las siete artes adúlteras era variable, pero casi siempre incluía las ocupaciones de la burguesía incipiente y los campesinos: manufactura, comercio, agricultura, alquimia, a veces medicina. Las artes mecánicas hacían parte de una totalidad junto a las liberales, todas eran «útiles», pero las mecánicas no traían nada bueno en sí para el gobierno o el conocimiento.

El último arte en ser descubierto, y el conocimiento menos importante de todos, pertenece a las mecánicas.

Robert Kilwardby, De Ortu Scientiarum c. 1250

El apogeo del medievo se encuentra marcado por el crecimiento de las ciudades comerciales, la llegada a través de éstas del legado clásico desde el mundo musulmán y el auge de esa gran institución medieval que aún existe transformada en nuestra era: la universidad.

En las grandes universidades desde el siglo XI al XIII, como las de París, Bolonia u Oxford, se reúnen los alumnos y maestros de teología, derecho y artes liberales para estudiar un plan de estudios basado en la obra del «Príncipe de los Filósofos» (Aristóteles) y desarrollar el conocimiento. Sin embargo, no será el viejo Aristóteles esclavista, sino una versión remozada según y para las necesidades de la sociedad feudal. El conocimiento dentro de los campos de las artes liberales dio grandes avances en gramática, astronomía, física aristotélica y -especialmente- en lógica, campo en el cual las cuestiones que se formularon en el medievo siguen vigentes hoy en día.

Contrariamente al tópico, hubo grandes experimentalistas en la era medieval. Varios de los más grandes autores intentaron resolver los misterios meteorológicos, entre ellos el mecanismo de formación de los arcoíris. Aristóteles había insistido en que las gotitas de agua generaban el arcoíris al reflejar directamente la luz solar como pequeños espejos, lo que era patentemente absurdo para los medievales. Un espejo devuelve luz blanca como bien sabe el lector, no se generan iridiscencias en una superficie reflectante a menos que sea una capa muy muy fina como en ciertas películas de aceite o las pompas de jabón. La cuestión sería parcialmente resuelta al descubrir uno de los alumnos de París, Teodorico de Friburgo, a través de experimentación con viales de vidrio, el mecanismo de formación del arcoíris dentro de cada gotita. En cada gotita individual ocurrían una serie de refracciones y reflexiones devolviendo luz iridiscente en la dirección opuesta a los rayos solares, de un modo parecido al de las pompas de jabón (cuyo mecanismo acopla la interferencia entre dos reflexiones y una refracción).

Explicación del Arcoiris por Teodorico de Friburgo (Dietrich von Freiberg)

Sin embargo, Teodorico no fue capaz de explicar por qué el arcoíris tiene forma de arco, aunque ya existiese el conocimiento necesario para resolver el enigma en el siglo XIII. El misterio del arco no sería resuelto completamente hasta tres siglos más tarde por Descartes. El peso de la «tradición» era demasiado importante en la ideología feudal.

Decimos que uno debería enseñar lo que el Filósofo [Aristóteles] dijo sobre un tema, por la autoridad de su doctrina filosófica y por el respeto que merece; y cada uno debería interpretar lo que dice según su conocimiento y capacidad. Pero debe entenderse, como dijo el mismo Filósofo, que uno nunca debe apartarse de lo que resulta evidente a los sentidos.

Teodorico de Friburgo, De Iride et Radialibus Impressionibus c. 1305

Comerciantes en una miniatura iluminada de un tratado aristotélico de 1453

Tal tradición era extremadamente reciente -la enseñanza de Aristóteles había sido prohibida un siglo antes por ser nueva, potencialmente atea y «peligrosa». Sin embargo, los doctores de la iglesia habían conseguido retorcer al príncipe de los filósofos hasta hacerle defender la religión cristiana, el derecho divino de los monarcas y, faltaría más, la superioridad de las artes liberales sobre las mecánicas. Dios pasaba a ser la causa final aristotélica y el monopolio del acceso al conocimiento sobre la naturaleza seguía en manos de los sacerdotes, quienes podían «interpretar» las formas sustanciales otorgadas divinamente a la naturaleza según las escrituras. Las dos espadas -el poder temporal de la nobleza y el poder religioso de la iglesia- reinaban sobre la sociedad y veían así justificado su poder y su imperio sobre las clases subalternas. Debido a las formas sustanciales, ni las artes mecánicas ni la experimentación sobre la transformación y composición de la materia tenían gran cosa que aportar al conocimiento:

El arte por su propia capacidad no puede conferir una forma sustancial, pero puede hacer esto a través de un agente natural, como está claro en el caso del fuego donde el arte es capaz de inducir la forma del fuego en la madera. Pero existen formas sustanciales que el arte no puede inducir de ningún modo, porque no puede encontrar los sujetos pasivos y activos correspondientes. Incluso en estos puede el arte inducir un parecido, como cuando los alquimistas producen algo parecido a oro en su apariencia externa. Pero no es verdadero oro, porque la forma sustancial del oro no es inducida por calor del fuego -que usan los alquimistas- sino por el calor del sol en un sitio determinado donde florece la fuerza mineral.

Tomás de Aquino. Comentarios del segundo libro de sentencias c. 1260

Los experimentos de óptica no pretendían cambiar ninguna forma sustancial, la luz era luz natural en un arcoíris y en una «gota» de vidrio. Sin embargo, para los escolásticos las manipulaciones de las propiedades fundamentales de la materia eran absurdas. El resultado sólo sería una perversión de las fuerzas naturales operando dentro de la materia.

Naturalmente, la minoría fuera de la universidad y del poder que defendía las artes de Mercurio no pensaba lo mismo:

El fuego causado por un rayo natural y el fuego causado por frotar sílex son el mismo fuego. El aire natural y el aire artificial producido por la ebullición son el mismo aire […] La sal verde, el vitriolo, la tutia [óxido de zinc] y la sal de amoníaco son artificiales y naturales. Pero el [producto] artificial es incluso mejor que el natural, lo que cualquiera que sepa de minerales no puede negar […] El árbol natural y el árbol injertado son ambos árboles. […] Por lo tanto las obras del hombre pueden ser naturales según su esencia y artificiales según su modo de producción.

Libro de Hermes. Siglo XII

Moneda de Carlos V de Francia.

El impacto y las limitaciones que imponía la sociedad feudal no se atisban sólo en lo que se enseñaba en las universidades, también afecta a las ideologías de gobierno del estado. El mercado es defendido como garantía de justicia a través del intercambio de equivalentes, avalada por el monarca y su control sobre el reino y la moneda. Para Aristóteles y los medievales, existen dos maneras de usar el dinero, una natural y otra antinatural. Usar el dinero para promulgar el intercambio en el mercado es la forma natural, usar el dinero para generar más dinero (es decir, como capital) es la forma antinatural. Sólo las capas de las clases subalternas consideradas más despreciables por los ideólogos medievales se dedican a obtener beneficios a partir de las formas más sencillas y antiguas del capital.

Sin embargo, el medievo está llegando a su fin y los reinos están entrando en guerras interminables. No basta con recaudar impuestos, los reyes devalúan continuamente la moneda -las tristemente célebres mutaciones monetarias- retirando la moneda de la circulación y acuñando nueva moneda con menos metales preciosos a cada vez (quedándose el rey con la diferencia para financiar guerras y pompa cortesana). El comercio quedará completamente trastocado y el reino entrará en una espiral cada vez más profunda de devaluación. Uno de los más grandes maestros aristotélicos del siglo XIV, Nicolás Oresme, escribe su tratado de la moneda y aconseja al rey Carlos V de Francia para que detenga las mutaciones y permita a la economía francesa ponerse en pie. El texto es toda una defensa del orden feudal, argumentada aristotélicamente y mostrando por qué el oro del reino fluye hacia el extranjero por mucho que el rey obligue a los comerciantes del reino a aceptar por la fuerza la moneda mutada. Será también la última.

Pero es algo monstruoso y antinatural que algo infructuoso, una cosa específicamente estéril, dé fruto y se multiplique. Por lo tanto, cuando se obtienen beneficios a partir del dinero, no usándolo para comprar riqueza natural, lo que corresponde a su uso propio natural, sino para convertirlo en más de sí mismo, cambiando una forma de él por otra, o dando una forma por otra, ese beneficio es vil y antinatural.[…] Según mi parecer hay tres maneras a partir de las cuales se pueden obtener beneficios a partir del dinero sin usarlo para su fin natural; la primera es el arte del cambista o banquero, la otra es la usura y la tercera es la manipulación de la moneda. La primera manera es despreciable, la segunda mala y la tercera peor.

Nicole Oresme, De Moneta c. 1373

En plena Guerra de los Cien Años y epidemia de peste, los descendientes de Carlos V volverán a la espiral de mutaciones y acabarán arruinando el reino, hasta que la obra de grandes burgueses manufactureros al servicio del rey consiga salvar la hacienda real en el siglo XV. Se ha cambiado de era en Francia, a partir de Luis XI el rey se apoyará cada vez más en la burguesía declarando la guerra a la nobleza. Los grandes señores levantarán ejércitos para combatir al rey y sitiarán París varias veces… El fin del orden feudal se acerca poco a poco.

El anatomista risueño

«Heráclito y Demócrito», grabado a partir de óleo de Egbert van Heemskerck el viejo, circa 1683-1729.

Las ciudades comerciales de la península itálica ven aumentar su poder a partir del siglo XIV y aumentan la circulación monetaria y el comercio en general aupando a la burguesía. Los burgueses y aristócratas emplearán a los mejores artesanos para competir y distinguirse como nueva clase dominante haciendo de mecenas a todo tipo de nuevas corrientes.

La mente humana reclama para sí misma un derecho a la divinidad no sólo al crear y darle forma a la materia a través de los métodos de las artes, como hemos dicho, sino también al transmutar las formas [species] de las cosas […] Aquí nos maravillamos porque las almas de los hombres dedicados a Dios mandan sobre los elementos, controlan los vientos, dispersan las nieblas, curan las enfermedades del cuerpo humano y el resto. Estas cosas fueron hechas en ciertas edades por varios pueblos, como cantan los poetas, narran los historiadores y no niegan los mejores filósofos, los antiguos teólogos testifican de ello, sobre todo por Hermes y Orfeo, y los teólogos recientes demuestran en palabra y hecho.

Marsilio Ficino, Theologia Platonica 1482

Estamos a principios del Renacimiento, y prácticamente lo primero que hará la nueva corriente será reivindicar las artes mecánicas sobre las liberales. Toda una serie de escuelas y corrientes se establece paralelamente a las universidades -donde aún perdura la influencia medieval- y pone en cuestión la centralidad de Aristóteles y el método especulativo.

[Las artes mecánicas] son las verdaderas ciencias, aquellas que la experiencia ha hecho penetrar por los sentidos y silenciado las lenguas de los litigantes […] la experiencia no alimenta de sueños a sus investigadores, sino que procede según una serie de etapas reales hasta un fin.

Leonardo da Vinci, Trattato della Pintura c. 1540

Fragmento de la copia del «Rerum Natura» de Lucrecio realizada en el siglo IX «descubierta» por Ficino.

Este jaque se hace aún en nombre de la sabiduría perdida de los antiguos, lo que conlleva resucitar la filosofía platónica, los presocráticos y todo tipo de esoterismo importado. Como deja bien claro Ficino en la cita de arriba, una buena parte del interés por los antiguos se centra aún en cuestiones teológicas. El cristianismo en sí no está ni mucho menos en peligro, pero el monopolio de la iglesia católica y su control ideológico sí que están en cuestión. Será en nombre de una renovación del cristianismo que los filósofos protestantes llamarán a obtener el «conocimiento desde el punto de vista del artífice», con claros paralelos entre el artesano y el dios demiurgo platónico. Pero al mejunje renacentista le falta un aspecto esencial del aristotelismo medieval, este último es un sistema más o menos completo desarrollado durante siglos y en varios aspectos más razonable que las extravagancias iniciales renacentistas. Allí donde el aristotélico «no debe apartarse de lo que es evidente a los sentidos», los renacentistas tienen que rellenar el hueco mecanicista con todo tipo de magia y delirios abstractos que justifiquen los resultados de la experiencia. Mónadas, fuerzas celestes, partículas y todo tipo de cosas se combinan en una multitud de maneras en los tratados renacentistas.

Al mismo tiempo, las artes mecánicas dejan de ser un pasatiempo deshonroso para el señor o aristócrata renacentistas. A partir del XVI y XVII, los «gentleman farmers» se dedican a y enorgullecen de participar en la mejora agraria, los señores y reyes montan laboratorios y contratan a químicos, literatos, médicos para mejorar la dirección del reino y llenar las arcas siempre menguantes y finalmente algunas universidades empiezan a abrirse al cambio.

«Demócrito ¿Por qué pasas tu tiempo en el mundo imaginario de los átomos? El deber del Hombre es cultivar la tierra, no crearla». Grabado del siglo XVIII.

La manera de conectar los fenómenos descritos por la experiencia en un sistema explicativo no provendrá de ninguna idea realmente nueva, sino de una vieja conocida de los medievales: el atomismo de Epicuro y Demócrito. De hecho, el atomismo había servido como base del ataque de John Wyclif y los Lolardos contra la iglesia negando la transubstanciación de la hostia consagrada en el cuerpo de cristo. Aunque esto acabó causando revueltas campesinas contra la Guerra de los Cien Años en el siglo XIV y cierto grado de proto-protestantismo, bajo las condiciones del medievo no podía pasar de una disputa teológica doctrinal. Del mismo modo, el atomismo del jainismo indio nunca engendró más que peleas doctrinales sin aplicación alguna. A partir de los siglos XVI y XVII, sin embargo, el interés por Epicuro y Demócrito pasará a ser de índole más práctica. El «Rerum Natura» de Lucrecio fue redescubierto por el propio Marsilio Ficino en el XV y toda la mitología romana sobre Demócrito traducida y esparcida durante el Renacimiento.

Aunque del Demócrito real no nos quede nada escrito, para los romanos (y para los renacentistas) Demócrito era al mismo tiempo nada más y nada menos que el gran anatomista que había enseñado a Hipócrates la anatomía comparada y el padre y propiciador de la alquimia, gracias a toda una serie de tratados egipcios muy posteriores que iban a nombre de Demócrito. Plinio y Séneca lo confirmaban, ¿por qué iba a dudar de ellos el investigador renacentista? La medicina estaba avanzando a toda velocidad entre los siglos XVI y XVII y gracias al renacimiento, en Italia la universidad se había liberado de parte de las trabas medievales y se había centrado en la experimentación médica. Vesalio, prácticamente un siglo antes de la publicación de los textos de Galileo, había sostenido una ardua batalla defendiendo la anatomía experimental contra la medicina medieval de Galeno e Hipócrates. Demócrito había pasado a ser el patrón de los médicos:

La Anatomía no es por tanto disectriz, sino más bien disolutriz […] Queda claro pues, que lo que llamamos Anatomía es reducción por medio del arte [artificiosa] del universo del cuerpo animal en sus partes componentes más pequeñas.

Marco Aurelio Severino, «Zootomia Democritea», 1640

En Padua, Londres y Leiden los médicos se llamaban a sí mismos los «verdaderos democríteos» e intentaban aplicar el principio de resolución de los cuerpos naturales a sus partes más pequeñas. Pero no habían olvidado a Demócrito el químico, al que mencionan pero aún no podían encasillar bien con la medicina. En el siglo XVII, el estudiante de medicina René Descartes usa abiertamente el atomismo de Epicuro (después de rechazar las partes que implicasen el más mínimo peligro de ateísmo) para reducir los fenómenos del universo a la interacción mecánica entre partículas. Uno de los compañeros de Severino en Italia, William Harvey, descubre el verdadero mecanismo de circulación de la sangre a través de experimentos y vuelve triunfalmente a Inglaterra con un modelo comparando abiertamente la circulación de la sangre al funcionamiento del aparato de estado absolutista.

No sólo este modelo es una de las bases del pensamiento político inglés, también fue una de las bases teóricas del movimiento republicano durante la Revolución Inglesa. La fusión de la nueva medicina con la nueva física y alquimia sería uno de los principales estimulantes de la aparición de la proto-teoría económica en los institutos de investigación financiados por la monarquía inglesa y francesa. El reino absolutista absorbía y aplicaba en su seno a la nueva ciencia mecánica para mejorar su posición económica durante la era del mercantilismo.

Es el ocaso final del escolasticismo medieval, que se descompone en las universidades y sólo encuentra defensa en los restos re-feudalizados de la universidad española. Universidades donde los doctores aún defienden la inutilidad de las artes para conocer la naturaleza y cuyo acceso, contrariamente a lo que ocurría durante el medievo español, ha sido limitado a la nobleza. Será muy tarde ya, en pleno siglo XVIII, cuando la débil ilustración española llegue a los argumentos renacentistas contra el escolasticismo:

[Por el dicho de Hipócrates] venía a ser Demócrito el hombre más sabio y cuerdo del mundo. Otra carta se halla de Hipócrates a Demócrito donde le reconoce como el mayor filósofo natural del Orbe […] lo que a mi parecer hace verosímil la acusación que algunos Autores oponen a Aristóteles, de que no expuso fielmente las opiniones de este y otros Filósofos que le precedieron a fin de establecer en el mundo la monarquía de su doctrina desacreditando todas las demás y haciendo (dice el gran Francis Bacon de Verulamio) con los demás Filósofos lo que hacen los emperadores Otomanos, que para reinar seguros matan a todos sus hermanos.

Benito Jerónimo Feijóo, Teatro Crítico Universal c. 1740

Mercurio triunfante

Teatro anatómico de la Universidad de Leiden.

A principios del siglo XVIII, la institución médica más famosa ha pasado de la universidad de Padua a Leiden, donde uno de los anatomistas más famosos de todas las épocas, Silvio (Franz de le Boë), ha conseguido combinar a Harvey con las partículas de Descartes y la alquimia de Van Helmont en un modelo completo. Todas las funciones del cuerpo son reducibles a interacciones mecánicas y químicas teóricamente mensurables. Dos de los alumnos de la escuela de Silvio serán también influyentes en ciencia y política. El primero, Bernard Mandeville, será uno de los más famosos teóricos utilitaristas del siglo XVIII e influencia de Malthus. El segundo, Hermann Boerhaave, después de intentar separar la alquimia «buena» de la «mala», será una de las principales influencias de François Quesnay, el fundador de la secta francesa de los economistas.

El viejo mundo feudal, mantenido más en forma que en contenido, se viene abajo y la Ilustración empieza a perfilarse. El orden moral se pone abiertamente en cuestión, las garantías de salvación en el más allá a condición de que se obedezca el aparato feudal-clerical ya no son creíbles para una parte de la burguesía y los ilustrados. Con extensas citas a un Lucrecio y un Epicuro remozados, los ilustrados defienden un mundo enteramente determinista formado por mecanismos donde ni la gracia divina ni el libre albedrío tienen cabida. Todo eso con un cierto grado de ironía, ya que los epicúreos originales luchaban contra el determinismo absoluto… Estos ilustrados, entre ellos Helvétius, d’Alembert y prácticamente toda la banda de enciclopedistas se reunían en el salón de Paul Henri Thiry, el Barón de Holbach para discutir la nueva ciencia y el nuevo mundo:

En la tormenta más aterradora, excitada por vientos opuestos, cuando las olas son altas como montañas, no hay una sola partícula de polvo, o gota de agua que haya sido puesta al AZAR; que no tenga una causa suficiente para ocupar el lugar donde se encuentra actúe siguiendo la manera en la que debería actuar[…]

Durante estas convulsiones terribles, que a veces agitan a las sociedades políticas, hacen temblar sus bases y frecuentemente causan el hundimiento de un imperio – No hay una sola acción, una sola palabra, un solo pensamiento, una sola voluntad, una sola pasión en los agentes, actúen ya sea como destructores o como víctimas, que no sea el resultado necesario de las causas en acción […] según la situación que ocupan estos agentes en el torbellino moral.

Baron d’Holbach, «Système de la Nature», 1770

Se trata al mismo tiempo de la versión original del «demonio de Laplace», donde el conocimiento de la posición y velocidad de todas las partículas del universo permitiría prever el futuro gracias al determinismo absoluto, y de la reducción de la moral a un «torbellino» con causas materiales. En ese mundo mecanicista, la pretensión del viejo aparato clerical y absolutista de representar el bien común era indefendible. ¿Cómo se puede intentar alcanzar el bien común en una sociedad así, separada de las influencias divinas? Se puede seguir retorciendo a Epicuro para llegar al utilitarismo, una maximización del bien común -en forma de felicidad- sobre el total de la sociedad… Para Mandeville y los economistas inspirados por Helvétius –Bentham entre ellos– estará claro, romper el antiguo orden potenciando aún más el comercio, la agricultura, la industria y el consumo.

Para obtener la máxima felicidad colectiva se debían romper los antiguos lazos no económicos entre las clases de la sociedad y sustituirlos por un intercambio de equivalentes que garantizase la libertad e igualdad de los productores individuales. Thomas Malthus y Adam Smith resucitan Aristóteles para hacerle defender la acumulación y el rol central del mercado, garantizando igualdad y justicia en una sociedad cada vez más mercantilizada… Un Aristóteles opuesto al Aristóteles antiguo y medieval reina sobre la sociedad. Las antiguas artes mecánicas, tan denostadas en el mundo feudal, reinan sobre una sociedad en ascenso que por aquel entonces parece cumplir las expectativas de salud y riqueza anunciadas por los químicos antiguos:

[Estas] luces y conocimientos sólo pueden derivarse del estudio de las ciencias matemáticas, de la buena física, de la química y de la mineralogía; facultades que han enseñado a los hombres muchas verdades útiles, que han desterrado del mundo muchas preocupaciones perniciosas y a quienes la agricultura, las artes y el comercio de Europa deben los rápidos progresos que han hecho en este siglo.

Melchor de Jovellanos, 1782

Los límites de la sopa atómica

Bertrand Russel, John Maynard Keynes y Litton Strachey.

Durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, las analogías entre el funcionamiento del mundo químico/físico y la economía siguen creciendo. Para los utilitaristas, la ciencia moral debe estar basada sobre el método de las nuevas ciencias y sus sucesores seguirán intentando aplicar los avances de las ciencias físicas a los problemas económicos y políticos. El triunfo de la teoría cinética de los gases -reduciendo definitivamente las propiedades macroscópicas de la materia a las interacciones entre partículas- y la termodinámica marcarán el punto álgido de la empresa reduccionista en ciencia y los economistas no tardarán en modelizar la economía como un sistema de partículas interaccionando entre ellas. Desde la similitud entre las distribuciones de renta y las distribuciones de velocidades de partículas en un gas hasta Samuelson usando los métodos de su héroe Willard Gibbs para maximizar la utilidad o los beneficios del mismo modo en que se encuentra el máximo de energía libre u otra variable termodinámica de un sistema químico.

Edwin Wilson no es muy conocido entre los economistas, pero su importancia para Samuelson y por lo tanto para sus Fundamentos es difícil de sobreestimar. Wilson era uno de los dos protegidos del gran físico estadounidense Willard Gibbs, llevando a Samuelson a expresar repetidamente su admiración por Wilson llamando a Gibbs su propio abuelo intelectual (esta analogía implicaría que Irving Fisher es el tío de Samuelson).[…]

Para Samuelson [el principio de Le Châtelier que aprendió en las clases de Wilson] era un resultado que funcionaba en cualquier sistema en equilibrio, ya fuese en física, química o economía. Esta sería una idea importante en sus obras posteriores.

El propio Irving Fisher y los keynesianos utilizarían simuladores y sistemas hidráulicos para integrar el resultado de multitud de acciones económicas independientes. La lógica es la misma que en la teoría de gases y los sistemas físicos clásicos, la causalidad es la suma unidireccional y sencilla de las interacciones a nivel microscópico para generar los estados a nivel macro. Una metafísica simplona y derivada del período del auge de las artes mecánicas que permitió hacer grandes descubrimientos en las ciencias físicas pero que falla notoriamente al analizar sistemas complejos como la economía o los organismos vivos… En estos sistemas no hay una relación directa y sencilla entre el micro y el macro, el resultado final no es una suma de micropartes:

La idea de que la macroeconomía no solo necesita fundamentación micro, sino que la microeconomía puede sustituir completamente a la macroeconomía es la posición dominante en la economía moderna. Sin embargo, nadie sabe cómo derivar explicaciones empíricamente relevantes de los agregados observables a partir de los comportamientos individuales que los generan. En lugar de eso, las afirmaciones de haber producido fundamentos micro se defienden a partir de modelos de agentes representativos en los que un solo agente trata los agregados como objetos de elección directa, con reglas que aparentemente siguen la lógica y matemática de la microeconomía.

Kevin Hoover, Idealizing Reduction: «The microfoundations of macroeconomics»

El feudalismo y el capitalismo generaron sus propios sistemas ideológicos y de conocimiento respondiendo a los intereses y actividades de sus clases dominantes. Tanto las artes liberales aristocráticas como las artes mecánicas de talleres, médicos y comerciantes, empujaron el conocimiento de la Humanidad durante sus respectivos períodos ascendentes. Y del mismo modo, el monopolio de ambas puso frenos al desarrollo de las fuerzas productivas durante sus respectivos periodos de decadencia. Ambas eran y son visiones parciales de las posibilidades máximas ofrecidas a la Humanidad… posibilidades que sólo se podrán empezar a perfilar al reunir a la Humanidad escindida en clases.