Los amigos de Putin

Tras la desintegración de la URSS, la burguesía rusa perdió buena parte de su influencia económica y política global. Acumulaba mucho atraso e incompetencia como vió ya con claridad en la posguerra Munis en «Partido-estado, Stalinismo, revolución». En los ochenta, tensado hasta el límite por la resistencia obrera y la competición imperialista con EEUU, el estado ruso se descompuso a velocidad récord y con él la propia clase dirigente, hasta el punto de un nuevo colapso al final de la «era Yeltsin».

La recomposición de la burguesía de estado rusa supuso aceptar que el botín rapiñado por los oligarcas se respetaría en términos económicos. Por eso Rusia es el país donde más creció la desigualdad.
Comenzó entonces un periodo de recomposición -nunca completa- en que los violentos y rapiñeros estratos inferiores de la burocracia que se habían convertido en «oligarcas», fueron poco a poco disciplinados por el estado. Por supuesto no sin violencia con los rebeldes y no sin ceder por parte del estado rentas ingentes. A la cabeza de ese proceso de reinvención del capitalismo de estado Ruso estaba un joven líder del aparato de los servicios de inteligencia: Vladimir Putin.

Putin utilizó todos los medios a su alcance para cohesionar a la clase dominante y recomponer la viabilidad económica del estado. Aprovechó el alza del petróleo para financiar nuevas infraestructuras básicas y modernizar el ejército, hinchó el nacionalismo para sustituir el papel de la ideología de estado estalinista y hasta revivificó la religión y el conservadurismo moral más extremo para alinear al campesinado. El resultado fue una burguesía rusa de nuevo tipo, heredera de la burocracia soviética y de la emigración blanca a la vez, que pronto tuvo que salir a realizar plusvalor fuera.

Putin ha sido el dirigente de la recomposición del capitalismo de estado ruso, anti-obrero hacia dentro, imperialista hacia fuera

Ideologías reaccionarias a la carta

No toca ahora hacer todo un repaso de los hitos que le han llevado a aspirar de nuevo al papel de gran potencia que le confieren ya los americanos. Rusia ha aprendido a usar el caos y la trifulca permanentes propias de la descomposición imperialista, en su favor; unas veces para evitar y otras para preparar su intervención militar directa. Nada especialmente nuevo, lo novedoso, lo interesante, son los métodos y sus alianzas.

En su estrategia de desestabilización, le resulta igual de válido como aliado en un momento dado Syriza que «Amanecer Dorado», el independentismo catalán que el nacionalismo panruso de las minorías rusófonas. A día de hoy la mayor parte de la extrema derecha europea y casi toda la extrema izquierda estalinista se alinean con claridad con Putin. Su innovador sistema de propaganda tiene la capacidad para vender a cada nicho el mensaje que quiere comprar.

Rusia ha aprendido a usar en su favor el caos y la trifulca entre sectores de la burguesía permanentes propias de la descomposición imperialista, por eso apoya a estalinistas y neo-nazis sin pudor.

A la ultraderecha en ascenso le vende que Rusia es una suerte de paraíso tradicionalista en el que reinan los valores y la ortodoxia cristiana, se lucha contra el Islam y Putin esta próximo a instaurar un nuevo zarato. Es una extensión del sueño reaccionario de la Gran Rusia que presenta a Europa como un continente decadente en plena descomposición (feminismo, homosexualidad, inmigración) al servicio de unos EEUU que son el mal en la Tierra. Rusia (y sus aliados) estaría destinada a equilibrar la balanza primero y liderar la alternativa al imperialismo americano que destruye a sus antiguos aliados -Siria, Libia, etc- implantando su ideología destructiva (liberalismo degenerado) por todo el orbe.

Al estalinismo nostálgico y descompuesto le muestra la obra de Rusia en Siria, que «ha liberado al país de las ratas de DAESH financiadas por las golfomonarquías», las críticas de Putin al imperialismo yanqui, las bondades de una alianza ruso-turco-iraní, el combate de la «revolución venezolana» contra la derecha financiada por EEUU, los avances bolivarianos, lo malos y tontos que son los ucranianos, la resistencia «antifascista» en el Este, el desfile militar en la Plaza Roja y toda la memorabila de la URSS contrarrevolucionaria en tiendas kitsch que abiertas por toda Europa. El agitprop ruso está lleno de folklor autoritario y gestas heroicas del pasado retratadas por el realismo socialista.

Un relato y el otro reponde bien a la necesidad de orden y fuerza de sectores en descomposición de la pequeña burguesía y del propio proletariado que se sienten solos, débiles, marginados y sin esperanza. Necesitan afirmación. Y Putin tiene un mensaje que hacerles llegar. Un mensaje repetido y reafirmado miles de veces cada día a través de fake news, mensajes capciosos e ilustraciones de nostalgia imperial: Rusia es la potencia antiimperialista y alternativa capaz de disputar y equilibrar la hegemonía de EEUU, «liberando» países como Siria de su depredación.

¿Qué peligro hay tras el filo-putinismo europeo?

El culto de la fuerza, la disciplina y la homogeneidad, tan parecidos a los del fascismo, se dan no solo en la pequeña burguesía, sino entre los sectores más azotados por la descomposición, la atomización y la impotencia.
Son muchos los que creen que posicionándose del lado ruso hacen resistencia al imperialismo euro-anglosajón. En realidad apoyar a cualquier imperialismo contra otro es apoyar a ambos en su camino hacia la guerra y la masacre de trabajadores.

La descomposición va de la mano de la desesperación de sectores sociales enteros. La pequeña burguesía está rebelión contra el estado que le alimenta y se entrega a los proyectos más demenciales. La propia burguesía española e incluso francesa, si teme a Putin, es porque no tiene todas consigo de poder mantener su cohesión interna en torno al euro y la alianza con Alemania que significa. Por eso aplaude a Macron cuando margina a Le Pen y censura a Rajoy cuando se demuestra incapaz de disciplinar a la pequeña burguesía catalana.

Pero nuestro problema es bien otro. Nuestro problema es que la descomposición económica ha llevado a sectores de la clase a una sensación de impotencia y atomización tal que les ha debilitado en extremo frente a los voceros de las versiones más degeneradas y autoritarias del capitalismo de estado. Stalin o Mao son el horror contrarrevolucionario y buena parte del proletariado de hace treinta años lo tenía claro antes de que la burguesía se embarcara en las campañas masivas que siguieron a la descomposición de la URSS; pero a muchos en la nueva generación les atrae la imagen de solidez ante un capitalismo que se les hace inmenso y frente al que se sienten impotentes. Comprarán a Stalin y con él a Putin buscando una salida para la la impotencia frente a un capitalismo criminal y cada vez más desastroso. Pero sin querer, con las mejores intenciones, estarán cargando a nuestra clase con un nuevo lastre que hará cuanto pueda por esterilizar las luchas por venir.

La atracción hacia la Rusia de Putin y con él de la parafernalia estalinista en círculos jóvenes obreros es una expresión de la impotencia y desesperación de los sectores más atacados por la descomposición
 

1 referencia

.