¿Lo personal es político?

«Lo personal es político», vieja idea del puritanismo revolucionario del XVII, que ha vuelto con las «políticas de identidad».
¿No decía el marxismo que «el ser social determina la consciencia»? Si es así, toda discusión del tejido de opresiones que nos define en esa maraña de exclusiones que es la vida cotidiana bajo el capitalismo, tendría un evidente sentido político. Ser mujer, tener por lengua materna el español o haber nacido en un lugar determinado no son solo hechos sociales «objetivos», están dotados de significados concretos en la medida en que definen categorías, «identidades» que nos definen a cada uno en una suerte de red de semáforos que determina dónde podemos entrar y dónde no, si podremos acceder a un trabajo o si nos pueden echar de un avión. La opresión, la discriminación, no son cosas que «me pasan», son cosas que «nos imponen», que definen colectivos y resistencias a algo que al final… es estrictamente político porque traza la anatomía de un sistema de dominación.

Cartel de propaganda belicista estadounidense reclutando mujeres para el trabajo en las industrias militares, convertido luego en símbolo feminista.
Por eso, las «identidades», darían molde concreto y colectivo a cómo cada quién es sometido. La particular forma de resistir al sistema desde un lugar u otro, por «parciales» que fueran, condicionarían distintas aproximaciones a la consciencia de clase. La lucha contra la discriminación que sufrimos por ser mujeres, por hablar una lengua determinada, por ser migrantes o por tener una raza o un «origen» étnico particular, daría forma concreta a la forma en que nuestras experiencias políticas van conformando el desarrollo de la consciencia. La clase se constituiría como un «frente de trabajadores de distintas identidades», unificándose en el proceso de desarrollo de luchas más ambiciosas, más amplias. Un proceso en el que «lo personal», la experiencia de opresión y explotación de cada uno, se iría «politizando», ganando universalidad, clarificando el núcleo común de todo que no está en la opresión particular, sino en la explotación universal. Es decir, la «identidad» es un punto de partida que se va disolviendo en el desarrollo de las luchas de los trabajadores y desapareciendo a favor de la consciencia de clase.

¿O no?

¿La consciencia y la clase se construirían en un proceso en el que «lo personal», la experiencia de opresión y explotación de cada uno, se iría «politizando», ganando universalidad?

Y sin embargo…

Trabajadoras de las residencias vizcaínas celebran la victoria de la huelga de hace un año.
Lo que define a la clase es lo que el capitalismo le fuerza a hacer como tal clase para sobrevivir.

No puede él libertarse sin suprimir sus propias condiciones de existencia. No puede suprimir sus propias condiciones de existencia sin suprimir todas las condiciones de existencia inhumanas de la sociedad actual que se condensan en su situación. No en vano pasa por la escuela ruda, pero fortificante, del trabajo.

Marx y Engels. La Sagrada Familia, 1844

Trabajadores de una fábrica de productos electrónicos en China
El proceso de constitución en clase implica el desarrollo de la consciencia de clase. Pero la consciencia de clase no es un credo ni una identidad. La consciencia de clase no es una «conciencia» individual compartida por muchos, ni siquiera es un «límite» al que tiendan «conciencias» individuales. Es sencillamente la consciencia de la necesidad de unos determinados medios en cada momento para sostener la lucha en pie desarrollándola. No se trata de la extensión de unas determinadas opiniones o identidades. La clase no se constituye políticamente como un proceso de agregación de individuos desde sus trayectorias particulares, no es una «confluencia» de experiencias personales o grupales. Desde el punto de vista de clase, lo personal es, simplemente, ajeno.

No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aun el proletariado íntegro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser. Su finalidad y su acción histórica le están trazadas, de manera tangible e irrevocable, en su propia situación de existencia, como en toda la organización de la sociedad burguesa actual.

Marx y Engels. La sagrada familia, 1844

La clase no se constituye como una agregación de individuos desde sus trayectorias particulares, no es una «confluencia» de experiencias personales o grupales. Desde el punto de vista de clase, lo personal es, simplemente, ajeno.

Trabajadores de Michigan reivindicando el salario mínimo universal.
Por eso, lo que define a la consciencia de clase no tiene nada que ver con «lo personal», ni siquiera con la forma en que grandes grupos de trabajadores entienden en un momento dado su situación social, ni siquiera con cómo entienden su situación como trabajadores. Ni las ideas ni la «identidad» importan en todo este proceso. La lucha de clase, para prosperar, necesita poner en cuestión todas las opresiones y discriminaciones… pero lo hace como la práctica colectiva, como resultado de una necesidad de la lucha concreta, no como una iluminación ideológica que afecta a los individuos uno a uno. Las luchas no son magia pentecostal que genera súbitas y profundas convicciones morales que transforman individualmente a los esclavos en santos iluminados. Por eso,

Si los autores socialistas atribuyen al proletariado ese papel mundial, no es debido, como la crítica afecta creerlo, porque consideren a los proletarios como a dioses. Es más bien lo contrario.

Marx y Engels. La sagrada familia, 1844

La lucha de clase, para prosperar, pone en cuestión todas las opresiones y discriminaciones... en su práctica, como una necesidad de la lucha concreta, no como magia pentecostal sobre los individuos

Las consecuencias

Teleoperadores en Madrid
Es fundamental entender que la consciencia es un hecho colectivo y político, de clase, no una transformación individual según el molde cristiano de la extensión de la fe. Sin eso no hay acción política útil posible. Habrá «evangelización», «moralización» y anticapitalismo más o menos abstracto. Pero esto es inútil en el seno de una lucha de clase real. No aporta al desarrollo y extensión y por tanto no aporta al desarrollo real de la consciencia. Porque, desde la huelga más modesta a la toma del poder, la consciencia avanza a saltos, como consecuencia de las acciones ya tomadas impulsadas por las necesidades de la propia lucha.

Aquí es donde la idea de la clase como un proceso de agregación de individuos «encaja» con el viejo error economicista, nunca resuelto del todo, de las izquierdas comunistas germano-holandesa e italiana: la idea de que, en una huelga o lucha concreta, los trabajadores «son mayorcitos» para hacer su propias plataformas «económicas» mientras los revolucionarios no deberían «descender» a esas cosas y simplemente marcar el camino general, «político». Como si la lucha económica y la política fueran dos cosas separadas, como si levantar una consigna o una plataforma reivindicativa no fuera necesariamente un combate «político». En realidad es la vieja separación entre cuerpo y alma de una nueva forma: cuerpo- clase- reivindicación económica vs alma- partido-dirección política.

Dejando pasar una idea que «flota» en el aire de la sociedad burguesa -las partes hacen el todo, lo colectivo es una agregación de individualidades- habremos acabado reproduciendo el viejo esquema de la alienación: cuerpo y alma, economía y política, clase y partido. Y de paso, habremos adoptado una perspectiva sobre qué es la moral que es exactamente la que la burguesía heredó de las clases dirigentes que la precedieron.

Dejando pasar una idea que «flota» en el aire de la sociedad burguesa -las partes hacen el todo, lo colectivo es una agregación de individualidades- habremos acabado reproduciendo el viejo esquema de la alienación

Walter Crane «The cause of the Labour is the hope of the World».
Esta idea sobre la moral es la que profundiza la consigna «lo personal es político». En realidad, desde el punto de vista de clase, sería más bien al revés: lo político, el combate de clase, transforma las relaciones humanas como expresión de una necesidad material. Al hacerlo afirma en los hechos una perspectiva moral. Perspectiva que no es otra que la de una sociedad no fracturada en clases ni esclava de la escasez manifestándose en la lucha como negación de toda opresión y discriminación. Por éso, cada retroceso en la lucha de clase, sea general o la derrota de una modesta huelga, se vive como un retroceso moral. La «emoción» liberadora, la fraternidad que vivimos en las luchas, no es una ideología, no es el resultado de una evolución de las trayectorias y experiencias, ni siquiera «nos cambia para siempre», es la expresión de un nuevo tipo de relaciones sociales que se insinúa en cada batalla de clase. Y si se insinúa no es porque los individuos evolucionen en sus «identidades», sino porque esa negación de las fracturas sociales está inscrita en lo que la clase es, en tanto que ha de hacer, para llegar a ser… o mejor dicho, dejar de ser.

La desaparición de las «identidades» en las luchas no es el resultado de una evolución de las individualidades, sino la expresión de un nuevo tipo de relaciones sociales que se insinúa en cada batalla de clase... y que retrocede sin ellas
 
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