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Limetown

1 de noviembre, 2019 · Artes y entretenimiento> TV

Limetown, la serie creada a partir de un podcast con la que Facebook pretende empezar a competir con Netflix, HBO y Amazon, ha publicado esta semana su cuarto episodio. Verdadero «nocturno hipster», su sincera incompetencia moral muestra involuntariamente hasta que punto la moral dominante se sitúa en negación de todo lo humano, incluido lo más básico.

La serie se presenta como una investigación periodística sobre el destino de los habitantes de Limetown. Limetown resultó ser uno de esos «campus» corporativos estadounidenses a medio camino entre hotel «all included» y base militar con científico loco. Según la historia, allá por 2004 todos los habitantes desaparecieron sin dejar rastro… después de empalar y quemar en la plaza central al fundador y líder del proyecto. En fin, lo típico de las «startsups».

En los primeros tres capítulos nos cuentan que la empresa se dedicaba a la investigación neurológica y que tanto el FBI como la prensa dan ya el caso por perdido. Pero un informante desconocido contacta en el aniversario con la periodista y le descubre que, pese a todo, quedan «supervivientes». A partir de ahí, el relato se construye como una sucesión de testimonios parciales. Gracias a la señora que limpiaba las instalaciones -que en ciclos cortísimos pierde una y otra vez toda su memoria inmediata- descubrimos que el objeto de investigación de la empresa tenía que ver, de alguna manera, con la telepatía. En el cuarto episodio, el veterinario de Limetowm, reconvertido en pastor organizador de eutanasias, nos cuenta antes de morir él mismo, que lo que estaban desarrollando era un hardware que -implantado en el cerebro y acompañado de cierta medicación- permitía compartir sentimientos y pensamientos con otras personas -y animales- también «mejoradas».

A estas alturas, los puntos se unen solos. Solo cabe rogar que los próximos dos capítulos traigan un giro de guión que evite lo que parece inevitable. De momento no parece probable. Ni siquiera Jessica Biel consigue contener los tsunamis de narcisismo que arrasan cualquier brote de interés. El holocausto del interés del espectador avanza implacable de la mano de una iluminación de confesionario y un acompañamiento musical sobre-dramatizante empeñado en convertir a Biel en arquetipo de milenial pequebú: cada vez que aparca el coche, la banda sonora parece advertir de la inminencia de un nuevo genocidio rohingya.

Limetown: una lectura moral

Paradojicamente es la inanidad del relato y la impostura de su dramatismo lo que permite rescatar algo digno de comentario. Reconstruyamos Limetown con su contexto:

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Como replica cada personaje en su historia particular, «hay» un verdadero «hambre de comunidad» entre la cofradía del gorrito de lana. Todos se sienten solos, abandonados por distintos motivos. La familia falla, traiciona, se muere o desaparece y con ella la «pertenencia». Por supuesto a nadie se le cruza que trabajar signifique algo, hasta la señora que limpia lo hace exclusivamente por motivos terapeuticos; el veterinario, literalmente, por «pensar en otra cosa». El objetivo de lo que se investiga en «Limetown» es precisamente encontrar una solución de mercado a esta demanda.

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El problema es que la «naturaleza» de ese «autómata con alma» al que la moral burguesa reduce a los humanos no da para comunitarismos. Los humanos callan, mienten, protestan, dejan letras por pagar, no son «transparentes». Por eso -implica el relato- la sociedad es un «todos contra todos» y especialmente un «todos contra uno» permanente. No hay más futuro que la soledad y la incomprensión. Solo sería posible fiarse de los demás si tuvieran sus puertas abiertas, o al menos sin cerradura, todo el tiempo. Esa la primera norma de la vida Limetown.

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Pero Limetown va más allá, Limetown tiene «un sueño». Limetown es un plan de I+D y negocio en acción: juntar a los mejores neurólogos y neurocientíficos del mundo para mejorar la especie de una vez. ¿Cómo? ¡¡Con hardware, por supuesto!! ¿No oyeron hablar de Steve Jobs? ¡¡Modificar el cableado es la salvación del género humano!! La moral burguesa original (el humano y la sociedad como autómata) y la estética hipster (todo viene dado, todo es «esencial», nada es producto del propio trabajo) se encuentran. La idea es que si implantamos un pequeño emisor-receptor en nuestros cerebros, si todos «sentimos» a los demás, si «entramos en comunión» por bluetooth, la comunidad será por fin posible; la «comunicación sin palabras» acabaría con el aislamiento y la mentira, nos haría conscientes y parte de lo comunitario, de lo colectivo, sin tener que sufrir inseguridad (las palabras mienten) y por fin… siendo parte, perteneciendo a lo humano colectivo. La fantasía, reciclado vulgar de viejas utopías religiosas burguesas del barroco, está tan presente en la cultura anglosajona y en especial en el «milenialismo» que el guión ni siquiera tiene que explicarla en detalle, le basta con unos brochazos.

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El resultado dramático de la utopía es previsible. A fin de cuentas el modelo original es «La tempestad» de Shakespeare, o si prefieren una traducción pulp, «Forbidden Planet». El molde ha sido repetido un millón de veces. La moraleja es previsible: no hay redención para la naturaleza humana, los espíritus animales («animal spirits») que fluyen y animan al autómata están llenos de pesadillas y miedos salvajes que, cuando se vence la contención de la soledad y el individualismo, solo pueden dar paso a la turba, la violencia desbocada y la deshumanización. No puede haber un futuro distinto porque -producto divino con copyright- no podemos ser mejores. Y así es abajo (el autómata humano) como es arriba (el autómata social): la crisis y la revolución no son sino una liberación temporal de esos mismos «animal spirits» y solo pueden llevarnos al sindiós más desastroso y tras él… la tiranía. Limetown, la serie, rescata en esa sucesión previsible un tópico más: la mente colmena. Todavía no nos contaron el detonante, pero ya vimos el resultado final: el crimen colectivo, el líder empalado.

Comunidad y mente colmena

«El pueblo de los malditos» («Dammed Village»), 1960

La fantasía de la mente colmena merece un apunte final. Pónganse en el lugar por un momento de los teóricos de la moral burguesa, Malthus, de quien hablábamos hace poco o su amigo Bentham, tan animalista como antihumano. Son un producto secular de la revolución calvinista, convencidos de que la sociedad es un conflicto sin fin ni sentido y que alcanzar una verdadera comprensión de los otros solo es posible eliminando totalmente el miedo a «la mentira», compartiendo totalmente su intimidad. Es la neurosis del burgués hecha paranoia: hacer trampas le es esencial, solo el miedo a «ser pillado» le contiene… así que siempre está temiendo las trampas de sus iguales y necesita vigilarles de manera general y efectiva para sentirse seguro. La única alternativa al individualismo es el panóptico, ese invento de Bentham, la vigilancia permanente de todos por todos. Es decir, para la moral burguesa la alternativa individualismo vs comunidad es en realidad la alternativa «todos contra todos» vs «control social total».

Por eso, cuando el buen burgués se encuentra ante relaciones minimamente igualitarias y desmercantilizadas -desde la familia a los comuneros rurales, desde la solidaridad de un grupo de trabajadores en huelga al comedor barrial espontáneo- buscará explicar la identidad de intereses, la ausencia de estructuras represivas y coacción, como resultado de un panóptico «interno»: la mente colmena. A éste tópico se une muchas veces el añadido del «tirano oculto», el «agitador venenoso» del que los demás serían solo altavoz y que no es sino una proyección de las propias fantasías de la burguesía sintiéndose alma del autómata social.

Esta es la escasa e involuntaria virtud de «Limetown». La serie, tan pretenciosa como incompetente para entender sus propios presupuestos y vestirlos un poco, dibuja en unas pocas imágenes y alternativas el campo de juego de la moral burguesa: ausencia de futuro y en su lugar un presente eterno; guerra de todos contra todos… o control total; imposibilidad de relaciones humanas no mercantilizadas, reflejo «inevitable» de la única superación colectiva del individuo burgués y rapiñero que puede concebir: la «mente colmena» o la «tiranía invisible». Un universo miserable que en su ridículo derrotismo sobre la especie y su capacidad transformadora, nos plantea en realidad, la urgencia de una moral que adelante ya en el presente la superación -no menos urgente- de una organización social ya anti-histórica.

Tuits

La serie dibuja el campo de juego de la moral burguesa: ausencia de futuro en un presente eterno; guerra de todos contra todos… o control social total; imposibilidad de relaciones no mercantilizadas y un pánico hacia la «mente colmena»
La moral burguesa nos vende ausencia de futuro y en su lugar un presente eterno; guerra de todos contra todos... o control total; y sobre todo, la imposibilidad de relaciones humanas no mercantilizadas
La única superación colectiva del individuo burgués y rapiñero que la moral burguesa puede concebir es la «mente colmena» o la «tiranía invisible»
En su ridículo derrotismo sobre la especie y su capacidad transformadora, nos plantea en realidad, la urgencia de una moral que adelante ya en el presente la superación -no menos urgente- de una organización social ya anti-histórica.