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La vuelta de las banderas nacionales

3 de febrero, 2019 · Actualidad> Lucha de Clases

Estibadores y portuarios de Valparaíso en huelga esta pasada Navidad.

Nada hay más repugnante para un internacionalista que la aparición de una bandera nacional a la cabeza de una movilización. Sin embargo, de los «chalecos amarillos» en Francia a los estibadores de Valparaiso, las banderas nacionales toman la cabeza. ¿Está tan derrotada nuestra clase que usa las enseñas de su sometimiento? ¿Es un fenómeno pasajero?

De los «chalecos amarillos» en Francia a los estibadores de Valparaiso, las banderas nacionales toman la cabeza. ¿Está tan derrotada nuestra clase que usa las enseñas de su sometimiento?

Huelga de ferroviarios. Francia, 1986.

Vamos atrás en los archivos, buscamos las imágenes de las huelgas de los 70 y los 80. ¿Nos falla la memoria? No. Banderas rojas. Ni una bandera nacional. Da igual que sea la huelga de ferroviarios franceses del 86 que la huelga minera de 85-86 en Gran Bretaña. Ni hablar de la huelga de masas del 68 en Francia o de las «huelgas salvajes» en la España de los 70. Incluso de las grandes huelgas generales sindicales, del 14D. Ni una bandera nacional. Una compañera nos cuenta:

La bandera nacional era la bandera de todo aquello que nos excluía, el símbolo de la sociedad burguesa y su mayor logro: el estado nacional. Y no era solo para los militantes, impregnaba toda la cultura. En las huelgas de aquella época todos entendíamos que era nuestra clase contra el estado. ¿Por qué crees que vino la moda del punk, del quemar banderas, de escupir sobre ellas? No tenía mérito, teníamos el estado enfrente y tenían que vender el nacionalismo de formas mucho más sutiles que una bandera.

Manifestación huelga minera británica 1984-85. Ni una bandera nacional a la vista.

La cuestión es qué ha pasado de entonces a hoy. Entender los cambios y las campañas ideológicas globales de los noventa a hoy es clave para entender cómo aportar a la reconstitución de la clase como sujeto político a día de hoy.

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Tendemos a asociar el final de los ochenta y los noventa con la campaña del «fin de la lucha de clases», el «ocaso de la clase obrera» y la «muerte del comunismo». Y sin embargo nos olvidamos de su colofón izquierdista. En un momento en el que las deslocalizaciones y la lógica de la supeditación de las reivindicaciones al beneficio de la empresa habían llevado a un callejón sin salida a las oleada de luchas de los 70 y 80, el izquierdismo se reinventó como un movimiento global de resistencia contra la globalización. Todo cabía: los mensajes más reaccionarios de la pequeña burguesía campesina francesa, el corazón proteccionista del sindicalismo, las fantasías neo-malthusianas del decrecimiento, el peronismo marginal de los que luego serían líderes populistas españoles, el indigenismo pachamamista como reinvención descompuesta del nacionalismo sudamericano, el feminismo anglo y los efectos machistas del librecambio… todo estaba ya ahí. José Bové, Errejón e Iglesias, Evo Morales, el Foro Social Mundial en Brasil… todos unidos en un mensaje común: «otra globalización es posible», o dicho más claramente, «otro capitalismo es posible».

El reformismo,la idea de que el capitalismo puede convertirse en otra cosa, fue sustituida por la utopía de un capitalismo que «funcione».

Si durante la ola de luchas de los 70 y 80 el izquierdismo se había aplicado a vender ilusión democrática y, de una manera u otra, que el capitalismo podía ser convertido en otra cosa, en los 90, la utopía dejó de ser el cambio, la utopía era «otro capitalismo», un capitalismo ecológico, feminista, agrario, diverso y sobre todo, nacional.

De vender ilusión de que «democráticamente» el capitalismo podía convertirse en otra cosa, en los 90, el izquierdismo pasó a vender la utopía de un «capitalismo posible»: ecológico, feminista, agrario, diverso y sobre todo, nacional
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El retorno de la lucha de clases, tras casi una década de crisis brutal, no fue protagonizado por los trabajadores, sino por la pequeña burguesía: desde los indendentismos al ascenso de Salvini y di Maio, desde los antivacunas y defensores del pequeño comercio a los xenófobos alemanes, la protesta se levantaba bajo banderas que, de manera más o menos explícita, configuraban sus reivindicaciones en el marco de la mirada pequeñoburguesa del mundo. La posibilidad de liderar al conjunto social desde el pueblo, la fantasía de reinventar la nación y con ella el paquete de relaciones sociales capitalistas… sin sus inconvenientes. Todo el viejo utopismo reaccionario volvió a la escena condenando la protesta y la rabia al mismo camino sin salida de siempre.

El protagonismo de las movilizaciones tras diez años de crisis ha sido de la pequeña burguesía -del independentismo a los antivacunas pasando por Salvini- la fantasía reaccionaria de reinventar la nación desde el «pueblo»

Chalecos amarillos en los Campos Elíseos, la bandera nacional, símbolo del interclasismo y la consiguiente sujeción al marco republicano y de objetivos del capital nacional.

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Nada de todo esto es por supuesto una novedad. Los movimientos de la pequeña burguesía tienen siempre y necesariamente por primer objetivo político encuadrar a los trabajadores, diluyéndolos y descarrilando sus propias reivindicaciones en un programa «popular». Pero de repente en buena parte de Europa aparecía una correlación directa entre los «cinturones rojos» que concentraban el voto de los partidos stalinistas y sus descendientes directos, y el nuevo auge nacionalista. Años de bombardeo patriótico de los PCs stalinistas se mostraban en todo su poderío. El nacionalismo irredentista de la CUP, el nacionalismo populista de un Salvini, los debates xenófobos en «die Linke» y el «hacer pueblo» de Errejón se daban en continuidad argumentativa, emocional e incluso simbólica, con el viejo nacionalismo stalinista.

El mensaje neo-nacionalista de la pequeña burguesía ha calado prioritariamente allá donde los PCs stalinistas tenían sus «cinturones rojos». Es el fruto de una siembra de 40 años de nacionalismo stalinista

Primera aparición de la bandera roja en 1848: los obreros emergen por primera vez como sujeto político cuando la levantan como alternativa a la tricolor. Lamartine la retira en febrero.

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Pero también había algo más. Está presente la idea de «nación contra globalización» del izquierdismo estudiantil e identitario de los años noventa. Veinte años después, había calado. Ya no era «ellos y su estado contra nosotros», como nos contaba la compañera de la cita de arriba. Ahora se invoca a la nación contra un sistema global que no funciona. Eso es lo que vemos en los chalecos amarillos, pero también cuando en Argentina el izquierdismo salva a la burguesía nacional y nos llama a apoyar «el verdadero interés» del capital nacional contra el FMI.

¿Retroceso? En realidad la misma contradicción a un nuevo nivel. En los años 70-80 se entendía que el conflicto se daba entre clases y que el estado nacional jugaba del lado contrario al nuestro. Pero junto a esta consciencia convivía, con fuerza suficiente como para descarrillar la lucha de clases, la ilusión democrática, la idea de que las cosas «podían cambiar» con nuevos gobiernos y con transformaciones más o menos utópicas del estado nacional. Hoy, en cambio, la idea de que es el sistema, globalmente, lo que no funciona, está en el aire. El problema es que toda la solución que vemos aceptarse es la de la pequeña burguesía y el izquierdismo: el callejón sin salida de la «vuelta» a lo nacional, al pueblo, al nacionalismo… es decir, la idea de que contra un capitalismo destructivo, lo más práctico es abrazar al capital nacional. Es lo que el trumpismo le dice a los trabajadores norteamericanos contra la facción «globalista» del capital y lo que Maduro le dice a los trabajadores venezolanos contra Trump. Lo que nos toca romper.

La idea de que contra un capitalismo globalmente destructivo, lo más práctico es abrazar al capital nacional es lo que Trump dice a los trabajadores norteamericanos y lo que Maduro dice a los trabajadores venezolanos contra Trump

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