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La palabra importante del mensaje de Navidad fue «fragilidad»

25 de diciembre, 2019 · Actualidad> Europa> España

Otra nochebuena que la burguesía española encara con el aparato político hecho unos zorros. Otro discurso del rey en su papel mágico-ritual de dar cuerpo y palabra al estado. Y una constatación: bajo la rutina se transparenta una profunda fragilidad.

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El estado es consciente de que está entrando en las aguas procelosas de un nuevo empellón de la crisis y una aceleración de los conflictos y roces entre potencias, empezando por el interior de la propia Unión Europea.

Se dice –y es verdad– que el mundo no vive tiempos fáciles. Quizás nunca lo sean del todo; pero los actuales son, sin duda, tiempos de mucha incertidumbre, de cambios profundos y acelerados en muchos ámbitos que provocan en la sociedad preocupación e inquietud, tanto dentro como fuera de nuestro país: La nueva era tecnológica y digital, el rumbo de la Unión Europea, los movimientos migratorios…

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Se hace cargo de las dos principales campañas ideológicas globales: «la desigualdad laboral entre hombres y mujeres o la manera de afrontar el cambio climático y la sostenibilidad», es decir, del intento de desviar los conflictos en el trabajo hacia una mayor inclusión de mujeres en los puestos de la burguesía y pequeña burguesía corporativa y del estado, y la apuesta a medio-largo plazo del cambio de modelo energético como forma de transferir rentas masivamente del trabajo al capital y «reanimar» el ciclo de acumulación de capital.

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Pero son bien conscientes de que si hasta ahora han salvado el dividendo a base de precarización y pauperización de sectores crecientes de los trabajadores, el camino a corto pasa por pisar el acelerador… lo que significa un peligro directo por la «desafección» y «desconfianza» creciente entre los trabajadores y un agravamiento de la revuelta de la pequeña burguesía, especialmente allá donde ha llegado más lejos: Cataluña.

Y junto a todo ello, la falta de empleo —sobre todo para nuestros jóvenes— y las dificultades económicas de muchas familias, especialmente aquellas que sufren una mayor vulnerabilidad, siguen siendo la principal preocupación en nuestro país. Es un hecho que en el mundo —y también aquí—, en paralelo al crecimiento y al desarrollo, la crisis económica ha agudizado los niveles de desigualdad. Así mismo, las consecuencias para nuestra propia cohesión social de la revolución tecnológica a la que me he referido antes, el deterioro de la confianza de muchos ciudadanos en las instituciones, y desde luego Cataluña, son otras serias preocupaciones que tenemos en España.

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Ante todo porque son conscientes de que los pilares del estado y la ideología en la que se ha basado el «consenso» de su aparato político hacen aguas… en mitad de una cuenta atrás en la que no parece haber tiempo para sacar adelante ya la hoja de ruta de la burguesía española.

No podemos darlos por supuestos ni tampoco olvidar su fragilidad […] El tiempo no se detiene y España no puede quedarse inmóvil, ni ir por detrás de los acontecimientos. […] Pensemos en grande. Avancemos con ambición. Todos juntos. Sabemos hacerlo y conocemos el camino….

¿Pensar «a lo grande»?

A qué se refiere el rey con «pensar a lo grande»? ¿Cuál es «el camino» que «conocemos»? Volvemos a un cuadro que venimos repitiendo los últimos tres años.

La hoja de ruta del capital español

Fragilidad

Las dos claves de este discurso han sido el reconocimiento de la «fragilidad» y la constatación de que «el tiempo no se detiene». Es decir, el estado hace aguas y mal-lleva el ataque de la pequeña burguesía indepe catalana, sin haberse preparado para lo que ya está aquí: una Europa a la gresca inter-imperialista y una amenaza de recesión permanente que solo saben salvar atacando nuestras condiciones de vida. En tal contexto el estado, representado por el rey, ve dibujarse frente a sí una contradicción difícil: necesita «apretarnos las tuercas» para mantener con vida la acumulación pero duda de la capacidad de un aparato político que no acaba de asentar su propia renovación, para encuadrarnos y contenernos. Aun como fantasma, como posibilidad temible, la lucha de clases de los trabajadores es ya el principal problema del estado.