Diario de Emancipación

La nueva guerra de Filipinas

12 de enero, 2019 · Actualidad> Asia> Filipinas

Rodrigo Duterte

Duterte fue presentado por la prensa internacional como el «Donald Trump» filipino por llamar fideputa a Obama al Papa y acosar mujeres sin pudor alguno ante las cámaras. La realidad es mucho peor. Bajo el ruído de las formas y los escándalos banales se esconden el caos, la barbarie y miles de cadáveres.

Duterte no es «un demagogo payaso que no sabe guardar las formas», bajo el ruído de los escándalos banales se esconden el caos, la barbarie y miles de cadáveres

La guerra contra las drogas

Duterte enarbola fichas de personas involucradas en el tráfico de drogas durante un discurso.

Duterte fue aupado al poder por una pequeña burguesía desesperada en un fenómeno con muchos paralelismos con el ascenso de Bolsonaro. Duterte había sido alcalde de Davao, en la isla de Mindanao, una de las regiones más descompuestas y peligrosas del archipiélago. Allí había organizado un régimen terrorista utilizando «escuadrones de la muerte». Más de un millar de personas fueron asesinadas. Durante la campaña prometió que, de llegar a la Presidencia, esa cifra subiría a 50.000. «Mataré a todos los que hacen miserables las vidas de los filipinos», aseguró.

Y sin ninguna duda lo puso en práctica. Su legislatura tomó la consigna de «guerra contra las drogas» y arrancó con fuerza: 1000 asesinatos policiales a la semana y una purga general del estado. No contento con los resultados, empezó a batallar por la bajada de la edad penal a los nueve años -lo que hacía legal el asesinato extrajudicial de niños de la calle por los cuerpos de seguridad- y a amenazar con nuevos escuadrones de la muerte. La parroquia pequeño burguesa estaba contenta. En medio de un ambiente apocalíptico la criminalidad comenzó a reducirse por primera vez en años en todos los rubros… menos el de asesinato.

La «guerra contra las drogas» de Duterte es la proyección en afirmación estatal de los miedos de una pequeña burguesía asfixiada por la descomposición social y la crisis, que le aupó viendo en el terror estatal su última esperanza

Guerra en Mindanao

Marawi, que tenía unos 150.000 habitantes, tras la batalla.

Pero la afirmación autoritaria del estado bajo la «guerra contra las drogas» no podía sino convertirse en afirmación territorial. Desde los tiempos de la dominación española la burguesía comercial musulmana de la isla de Mindanao intentó constituir una nación «mora» a través de una serie de rebeliones que desde 1898 fueron paulatinamente absorbidas por el conflicto inter-imperialista en Asia. Demostrando una vez más la imposibilidad de una liberación nacional en nuestra época, el nacionalismo moro se convirtió en insurgencia guerrillera stalinista durante los años de la guerra fría. Pero en los años 90, la bandera stalinista fue paulatinamente sustituida por variantes del jihadismo, sin dejar de expresar la impotencia de un miserable capital local incapaz de afirmarse por sí mismo. En su último avatar, la insurgencia mora no solo se vinculó al Estado Islámico, sino que arrastró al último sector dinámico de la burguesía local: la criminalidad organizada de las mafias reconstituidas en el «Maute». Una serie de ataques con bomba de este grupo en Davao, sirvieron a Duterte para ligar su «guerra contra las drogas» a una ofensiva policial en el Sur de Mindanao que se convirtió en ofensiva militar en toda regla después de que una coalición de grupos jihadistas tomara la ciudad de Marawi. La batalla que siguió duró 153 días y dejó la ciudad arrasada.

Tropas filipinas llegan a Marawi durante la batalla de 2017.

Un hecho nada menor es que en el asalto participaron tropas de EEUUcontra la voluntad del presidente Duterte que ya había declarado el año anterior que quería al ejército norteamericano fuera de las islas en un plazo de dos años. Y no es menor en absoluto por dos cuestiones: la primera, porque mostró a uno de los principales aparatos del estado saltándose las órdenes presidenciales; la segunda porque dejaba claro que cualquier afirmación territorial del estado filipino, incluso dentro de sus fronteras reconocidas, conmueve necesariamente el precario equilibrio interimperialista en el Mar de China.

Duterte representa la afirmación autoritaria del estado en el interior -domeñando a las fracciones díscolas de la burguesía y la pequeña burguesía regional- y la afirmación imperialista en el exterior

Guerra en el Mar de China meridional

Las fronteras marítimas reivindicadas por los distintos países ribereños en el Mar de la China Meridional.

El jaque abierto de Duterte a EEUU fue seguido por la ocupación de algunos de los islotes en disputa con China que, mientras tanto, prosiguió con su política de construcción de islas artificiales. El resultado fue un inmediato incremento de la tensión en una región marítima que amenaza con convertirse en «la madre de todas las batallas» entre los imperialismos del Pacífico, especialmente entre China y EEUU. Y de hecho, a día de hoy, la burguesía filipina teme más un enfrentamiento entre EEUU y China en esas aguas que los resultados de la guerra comercial.

El «Sierra Madre», puesto más avanzado de Filipinas en el mar de China. Un antiguo barco de avituallamiento de EEUU durante la 2GM, varado desde hace décadas y rodeado permanentemente por la marina china.

El drama al que se enfrenta en realidad, es el de toda burguesía periférica: la imposibilidad de sostener un desarrollo independiente, es decir, una verdadera independencia del capital nacional. La apuesta de Duterte es mantener a cara de perro una posición equidistante respecto a China y EEUU para evitar una huída de los capitales de ninguno de los dos… mientras encuentra nuevos apoyos en el exterior entre los excluidos del gran juego. Evidentemente Europa, pero sobre todo Rusia, el aliado más útil de cara a entrar en la carrera de armamentos regional sin la que ningún posicionamiento comercial o político puede hacerse valer. Hacerse valer ya no solo contra los dos gigantes en liza sino contra vecinos que también están quedando «descolgados» como Japón y viejos rivales regionales como Malasia.

La apuesta de Duterte es mantener una equidistancia a cara de perro frente a China y EEUU. Su drama es el de toda burguesía periférica: la imposibilidad de sostener un desarrollo independiente.

La guerra de clases

Evolución de las huelgas en Filipinas.

Duterte fue un resultado temprano de algo que hemos visto en EEUU y que ahora despunta en Brasil: sectores centrales del capital nacional -generalmente los menos ligados al capital financiero- se apoyan en revueltas nacionalistas de una pequeña burguesía atribulada por la crisis y la descomposición social, para imponer políticas proteccionistas y de afirmación imperialista. En un país de «externalizaciones» como Filipinas el capital más internacionalizado es el que «exporta» mano de obra barata y precarizada. Esto permite a Duterte, dentro de unos límites, jugar a amparar la combatividad de clase en tanto se limite a erosionar las posiciones de los sectores rivales de la burguesía vistiéndose de «protector de los trabajadores». Algo no muy diferente al Perón de los 40 que, por supuesto, ha indignado al capital internacional que le acusa de alentar el «activismo de los trabajadores», legitimándole de paso como «socialista» por poner coto legal a la precarización más escandalosa.

Es solo el síntoma de una agudización de las batallas internas de la burguesía filipina. Lo que nos llega por los medios internacionales son los llamamientos del presidente al asesinato de obispos católicos o de los altos funcionarios de cuerpos administrativos encargados de fiscalizar la acción del gobierno. Nos los presentan como «salidas de tono» de un presidente alienado. En realidad son las fracturas de la clase dirigente filipina resquebrajando el estado. La muestra de cómo la vida de la burguesía en los países periféricos se está convirtiendo en una guerra civil permanente, un fuego cada vez menos controlable encendido sobre un polvorín bélico.

La vida de la burguesía en los países periféricos se está convirtiendo en una guerra civil permanente, un fuego cada vez menos controlable encendido sobre un polvorín bélico.
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