La «memoria histórica» quiere borrar la memoria de la Revolución española

Desde los tiempos del gobierno Zapatero, una parte de la burguesía española se ha enzarzado en una campaña por la «memoria histórica». En principio, el argumentario se centraba dos reivindicaciones aparentemente inapelables: el derecho de las familias a recuperar los restos de las víctimas de la represión repartidos todavía en fosas comunes y cunetas de todo el país; y eliminar nombres de calles y monumentos públicos en homenaje a los golpistas y represores franquistas.

Sin embargo, en la práctica, la campaña por la «memoria histórica» evolucionó pronto a una reivindicación de la II República española que «olvidaba» la represión sanguinaria de los gobiernos democráticos republicanos contra los trabajadores en Casas Viejas («¡Disparen a la tripa!», ordenó Azaña), el Llobregat y, sobre todo, Zaragoza y Asturias, hitos del proceso de desarrollo revolucionario del proletariado español en aquellos años contra una república que no dudaba en mandar guardias y tropas coloniales a degollar en masa trabajadores cuando se veía puesta en cuestión. El enemigo principal de la campaña de la «memoria histórica» no es otro que la memoria de la Revolución española.

El enemigo principal de la campaña de la «memoria histórica» no es otro que la memoria de la Revolución española.
Distribución de fosas comunes por la geografía española.
Pero la desmemoria republicana y antifascista llega al delirio cuando relata la guerra en términos «democracia contra fascismo». En realidad lo que ocurre es un conflicto en el seno de las clases dominantes españolas, insuficientemente soldadas en su unidad de intereses contra los trabajadores. No fue la República la que paró el golpe y la represión militar, sino la respuesta obrera a partir del 19 de julio. Aquel día, en todo el país los trabajadores se levantan y enfrentan directamente a los golpistas. El estado republicano colapsa en la mayor parte de la «España republicana». Los partidos republicanos intentan formar un gobierno alrededor de Martínez Barrios, alentado por el Frente Popular, que se ofrece negociar con los golpistas. A partir de ahí, la historia de la guerra es la de la destrucción y masacre del proletariado español que, con todo en contra, intenta conducir su propio proyecto revolucionario, pinzado entre franquismo y República, entre fascismo y antifascismo.

El POUM, que entró en el gobierno de la Generalitat, estaba lejos de la «orientación trotskista» que le atribuye la prensa hoy. Los grupos de la IV Internacional lucharon por transformar la guerra antifascista en guerra contra el estado burgués que se recomponía… desde la Generalitat.
Franco conduce la estrategia de la guerra con la lógica de una guerra de clases. Su primer objetivo es masacrar sin piedad los centros que habían sido más activos en la insurrección proletaria: vienen las matanzas de Sevilla/Badajoz y Málaga-Granada, cuya herida queda clara también en el mapa de fosas comunes. Su objetivo es aislar a Asturias y repetir el 34 cuanto antes y luego… darse tiempo con Aragón y finalmente Madrid y Cataluña. ¿Por qué? Porque al otro lado del frente la República estaba reorganizándose, reconstruyendo el estado español desde su último bastión: la Generalitat. En agosto de 1936 comienza ya el proceso que llevará al desarme del proletariado con la sustitución de las milicias por el ejército regular y la nacionalización del aparato productivo que habían expropiado y hecho suyo directamente los trabajadores. Los llamados «sucesos de mayo» de 1937 marcan el punto álgido de la resistencia del proletariado español frente a la República. Resistencia que no pudo superar la ausencia de un partido propio, la trampa del antifascismo y sobre todo haber partido de una situación en la que, en los primeros meses de guerra, pierde masacrados en masa a sus masivos y fundamentales destacamentos meridionales.

Barricada obrera durante la insurrección de mayo de 1937 contra la estatalización de las fábricas expropiadas por los trabajadores y la disolución de las milicias obreras ordenadas por el estado republicano.
No solo nada de todo eso parece ser parte de la llamada «memoria histórica», es que todos los vestigios de la memoria de la Revolución española están siendo orillados y descalificados desde la campaña estatal y mediática, al punto de perseguir incluso su reflejo en la literatura inglesa. Ni hablemos de las grandes obras de los marxistas sobre la Revolución española escritos en los años siguientes o el trabajo de los historiadores más serios de los que que toda la oleada de libros actuales no es más que una versión espurgada de «inconvenientes» referencias a la Revolución.

¿Memoria? Se orillan las obras marxistas, se promocionan «novedades» que no son más que versiones espurgadas de referencias a la Revolución de los historiadores más exhaustivos y hasta se descalifica su reflejo en la literatura inglesa

¿Memoria? Más bien lavado de cerebro, amnesia democrática y antifascista para vendernos, una vez más, nuestra propia inexistencia como trabajadores en el relato de la Historia. Memorias implantadas para robarnos, otra vez, el futuro.