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La larga guerra entre EEUU e Irán

6 de enero, 2020 · Actualidad> Asia> Irán

El regimen iraní alza la bandera roja con su sentido original de «guerra sin cuartel».

Después de sufrir nuevos ataques de Irán a través de sus milicias satélite en Iraq, EEUU anunció que tenía 52 objetivos ya definidos, uno por cada uno de los rehenes de 1979. En respuesta, Irán anunció su salida definitiva del acuerdo nuclear. Hoy, después de que, como venía intentando desde hace meses, el parlamento de Irak votara pedir a su gobierno expulsar del país a las tropas de EEUU, el presidente Trump amenaza los lugares históricos de Irán y adelanta sanciones a Irak si sus tropas se ven finalmente expulsadas. ¿Qué significa esta danza de movimientos diplomáticos, atentados, amenazas y ataques limitados? ¿Es una espiral que acaba en una guerra abierta o un recrudecimiento puntual de una larga y soterrada guerra imperialista?

¿Qué fue la «revolución islámica»?

Teherán, 1979

En 1979, en plena guerra fría, la (mal) llamada «revolución iraní» llevaba al poder al clero chií con el ayatola Jomeini a la cabeza. Era la primera vez que un capital nacional importante escapaba de un bloque imperialista sin entrar inmediatamente en la órbita del otro. En realidad, Irán, un país semi-colonial, vivía desde 1976 un incremento general de la lucha de clases. Las masivas huelgas petroleras contra la represión y las bajadas de salarios, se solapaban con las luchas de la pequeña burguesía rural y el descontento de las clases medias urbanas. La debilidad de la burguesía nacional, encaramada sobre un estado que recurría cada vez más a la represión directa y dependiente casi en exclusiva de una industria petrolera que lo vinculaba a los intereses imperialistas regionales de EEUU y Gran Bretaña, imposibilitaba una renovación creíble del aparato político. Así las cosas, el ascenso político de la pequeña burguesía tuvo desde el principio una doble estrategia:

En primer lugar, descarrilar hacia el «anti-imperialismo» el contenido político de las luchas de los trabajadores, vistiendo de «liberación nacional» y «socialismo» un discurso que prometía el -a todas luces imposible, como se vió luego- desarrollo independiente del capital nacional. En segundo lugar, vincular de una manera u otra, a la única estructura política del estado extendida por todo el territorio y relativamente independiente de la clase dirigente: el clero. De la mezcla de ambas vienen el mejunje del «socialismo islámico» resucitado por el estado cada vez que se ve en jaque desde las fábricas y explotaciones petroleras.

Visto en perspectiva, el clero chií era la única fuerza del estado capaz de remozar el estado de arriba a abajo en defensa del capital nacional por la sencilla razón de conformar un aparato propio y masivo extendido por todo el territorio. Un aparato con una estructura inmensa y una ideología machacada durante siglos entre la pequeña burguesía rural que le dotaba de una capacidad de movilización de la que no disponía ninguna fuerza política urbana de la pequeña burguesía ni ningún otro aparato del estado.

La iglesia mahometana, hoy una de las más obtusas y reaccionarias del mundo, cuenta en todo el país con: 80.000 mezquitas, 1.200 ayatollhas ordinarios y otros de jerarquía alta, los oznas, [además de] 160.000 mollahs, especie de curas. Suponiendo modestamente que los mollahs puedan poner en danza una media de 20 personas, entre familiares y fanáticos chiitas, la multiplicación arroja 3.200.000 sujetos como fuerza manifestante, encuadradora y policiaca. Población, 35.000.000.

La jerarquía de oznas y ayatollas dispone pues de un mullah por cada 100 habitantes y pequeña fracción, sin descontar ancianos y niños de baja edad. Las 80.000 mezquitas, lugares sagrados inviolables incluso para la policía del Cha, podían abrigar depósitos de propaganda, imprentas, arsenales o fábricas de armas… lo que fuere. Tal es el secreto, mucho más importante que el odio de la población a la monarquía, de aquellas manifestaciones interpretadas por unos como milagro de la fe religiosa, y por otros como una agitación revolucionaria impuesta por las masas al clero islámico.

«El Ku Kux Klan de Alá-Komeini» en «Alarma», boletín de FOR, 1979

¿Qué fue pues la «revolución iraní»? La fractura y remozo del aparato político de un estado en crisis a partir de la estructura del clero nacional que formaba el principal aparato ideológico de ése mismo estado. Ansiosos por afirmar la soberanía del estado, la clerigalla en el poder no tardó en convertir a sus propias milicias -los «Guardianes de la Revolución»- en la policía política del estado y establecer un régimen de terror. Las expresiones políticas de la revuelta pequeñoburguesa no podían sino quedar ahogadas y atadas a la yunta de la renovación brutal del estado desde su propia estructura. Los «Muyahidines del Pueblo», principal fuerza política de la época entre los universitarios y la pequeña burguesía radicalizada de las ciudades, fueron el gran aliado y rival político de Jomeini y también sus primeras víctimas. Tras un primer exilio organizado por los servicios secretos franceses, protegidos luego por Sadam en Irak, acabaron con el paso de los años como un peón mercenario de EEUU organizando atentados contra el programa nuclear por cuenta de Israel y hasta financiando el arranque de Vox.

EEUU y el régimen de los ayatolas

EEUU, el imperialismo dominante hasta el momento en Irán, no podía sino chocar con el nuevo régimen. Éste, no solo había prometido las nacionalizaciones de las inversiones petroleras angloamericanas -parte de la afirmación del capital nacional- como el primer paso de un nebuloso «socialismo», sino que culpaba rutinariamente al «imperialismo» y al «sionismo» de la crisis económica y de la barbarie represora del régimen del Sha. La demonificación del Sha y EEUU eran parte además de la misma estrategia, ensayada ya por la revuelta pequeñoburguesa, de encuadramiento de los trabajadores en la defensa del capital nacionalizado por los curas.

La escenificación del choque inevitable vendría con la exigencia de entrega para su juicio del antiguo emperador y aliado de los norteamericanos que acabaría con el asalto de la embajada estadounidense y la «crisis de los rehenes». El fracaso del rescate de los rehenes por fuerzas especiales de EEUU sería algo más que simbólico. La imposibilidad de «devolver al redil» al régimen, pareja a la incompetencia de Rusia por absorber en su bloque al «nuevo» Irán, abrirían las puertas a una de las mayores matanzas en la región durante el siglo XX: la guerra Irak-Irán. Tanto la «República Islámica» como el régimen baazista de Sadam demostraron a tope su capacidad para encuadrar al proletariado y llevarlo en masa al matadero, exaltando las cargas suicidas y estableciendo el culto a «los mártires». Entre el 22 de septiembre de 1980 y el 20 de agosto de 1988 se calcula que murieron alrededor de 1.500.000 personas en su gran mayoría de clase trabajadora y campesinos pobres.

La guerra vio la extensión de los «Guardianes de la revolución» de policía política interna a cuerpo militar con presencia tanto interior como exterior. Irán tomó durante la guerra la única bandera imperialista que un régimen clerical chií podía tomar con naturalidad: la «liberación» de los chiíes de todo Oriente medio. Ensaya entonces la «guerra por fuerza interpuesta», organizando políticamente y armando al modo de «los guardianes» a los imanes libaneses en lo que luego será Hezbolah. Se crean las bases de lo que después se conocería como «guerra asimétrica» y que acabaría con la salida de las tropas de EEUU de Líbano.

Es en aquellos años cuando se esboza el proyecto del doble eje, Líbano-Siria-Irak-Irán y Yemén-Arabia Saudí-Emiratos-Irán, como horizonte de una coalición de organizaciones y paraestados chiíes liderados por Irán. Es también bajo el fuego del ejército de Sadam que Suleimani tiene su bautizo de sangre y gana su primera experiencia militar que le llevará, hace ahora 15 años, a convertirse en el mando de la columna AlQuds, la fuerza de choque del imperialismo iraní. En el contexto de la descomposición siria bajo su mando, AlQuds tornó la derrota del ejército de su aliado Assad en la mayor victoria imperialista iraní en el exterior hasta ahora.

EEUU, Arabia Saudí, Irán y la guerra de «escalabilidad controlada»

La nueva ruta iraní hasta el Mediterráneo. Ahora pasando solo por territorios de aliados.

Hoy resulta evidente que el «doble eje» iraní, hacia el Oeste hasta el Mediterráneo y hacia el Sur hasta Yemen solo significó y significa todavía con más claridad hoy, una guerra permanente durante décadas con Arabia Saudí por un lado y con EEUU por otro.

Pero el tipo de intervención imperialista inaugurado por Irán en el Líbano de los ochenta, no estalla en movimientos masivos de tropas propias por ninguno de los bandos hasta que se dan situaciones donde es posible una ventaja estratégica local abrumadora. Es un ajedrez posicional en el que ambas partes tratan de ejercer una fuerza suficiente como para cerrar paso al contrario, pero al mismo tiempo tratan de evitar llevarle a escalar el conflicto hacia una guerra abierta. Esta es la estrategia que Trump reivindica también a su modo, a golpe de tuit, en estos días.

Ryan Crocker, que era el embajador de EEUU en Libano durante la primera embestida imperialista iraní en el exterior y luego lo fue en Kuwait, Afganistán, Pakistán, Sira e Irak, lo contaba abiertamente en el New York Times esta semana.

Los Estados Unidos están comprometidos en algo que yo llamo dominio de la escalada [del conflicto]. Esto significa que tenemos que calcular cómo un adversario puede responder a una acción nuestra. ¿Cuáles son las vulnerabilidades de los Estados Unidos? ¿Cuáles son las suyas? Dependiendo de las reacciones del adversario, ¿cuál es nuestro rango de movimientos de seguimiento? En resumen, ¿cómo es que Estados Unidos aumenta el dolor de los iraníes mientras les niega la oportunidad de contrarrestar la escalada?

El dominio de la escalada no es una simple medida de poder en bruto. Se trata de qué bando tiene más probabilidades de dominar en un contexto dado, algo que es una función de las habilidades pero también de la determinación, la priorización y la paciencia. Aprendí esto de la manera más dura en Beirut en los años 80, cuando la joven República Islámica de Irán supo obligarnos a salir del Líbano a pesar de estar en una brutal guerra de desgaste contra el Irak de Saddam Hussein.

El peligro de una generalización inmediata de la guerra

Embajada de EEUU en Bagdad cercada por milicianos y manifestantes.

El peligro de que esta estrategia derive en una intensificación y generalización de la guerra se multiplica hoy por toda una serie de factores alimentados por el contexto global de crisis y guerra comercial. Factores entre los que la multiplicación de agentes con sus propios objetivos y el baile permanente de alianzas, apunta a un salto cualitativo. La situación actual empieza a mostrar que se está llegando a un punto en el que la evaluación de la situación por los imperialismos en conflicto (Irán, EEUU, Arabia Saudí, Siria, Rusia, Turquía…) valora cada vez más el coste del contrario que la ganancia directa propia, fórmula infalible de la escalada de la guerra imperialista.

La cuestión es que una vez puesto en marcha el mecanismo de represalias, como apuntaba el mismo Crocker que a estos efectos bien puede tomarse por voz del «estado profundo», ninguno de los contendientes puede retirarse «en pérdida»: el daño del otro ha de superar al daño propio en alguno de los escenarios conectados. Lo cual… significa implicar a otros imperialismos con sus propias lógicas y cuentas pendientes.

Aunque posiblemente estemos en un estado de guerra virtual con Irán, los enfrentamientos tienen lugar en Iraq, que en muchos aspectos está atrapado en el medio. Si nuestra embajada en Bagdad es evacuada y se pierde nuestra capacidad de vigilar e influir en los acontecimientos sobre el terreno, será una victoria para Irán. […] Un intento de escalada de dominio por parte de Irán podría incluir amenazas y acciones contra nuestros aliados regionales, ataques sostenidos al tráfico de petroleros en el Golfo y ataques directos a las instalaciones de Estados Unidos en la región. Pero las opciones para el Irán y sus partidarios no son sólo cinéticas. Incluso antes del ataque de Suleimani en Bagdad, los partidos políticos cercanos al Irán habían planteado la posibilidad de legislar en el parlamento iraquí exigiendo la salida de todas las fuerzas de los Estados Unidos del país. El domingo, los legisladores iraquíes la aprobaron y el primer ministro ha indicado que la firmará.

En el complejo contexto de Irán, esto se convierte en un ajedrez multidimensional. Tenemos fuerzas en Irak y Siria, así como una presencia militar en todo el Golfo: en Kuwait, Bahrein, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Omán. Estos son activos, pero también son objetivos potenciales, al igual que los países en los que se encuentran. También tendremos que consultar muy estrechamente con Israel. Estados Unidos también tendrá opciones militares que no ejerció en 1983, incluyendo ataques directos y a gran escala contra Irán. ¿Hasta dónde estamos preparados para llegar en una espiral de escalada? Espero que la administración haya trabajado en ello antes del ataque a Suleimani.

¿Hay alternativa?

El desarrollo de la guerra imperialista es una realidad indiscutible que va mucho más allá del recuento de fuerzas de unos y otros. También lo es que podemos enfrentarla. La Historia nos ha dejado unas cuantas lecciones. La principal: la tendencia hacia la guerra solo se detiene ante la extensión de las luchas de trabajadores. Hoy por hoy, el destino de la escalada bélica se juega en las movilizaciones de clase que despiertan en estos años.

Es muy posible que nos caiga un nuevo bombardeo «pacifista», pero el pacifismo y la «legalidad internacional» son parte de la guerra. No podemos tener ni alimentar esperanza alguna en la capacidad del capitalismo para «moderar» sus tendencia hacia la guerra y esperar que «no ocurra lo peor». Bajar la guardia ante cualquier nacionalismo por pequeño que sea, alinearnos con cualquier capital nacional, seguir las procesiones de las campañas ideológicas gobales de la burguesía, significa reforzar el imperialismo, desarmarnos ante él y convertirnos en parte del esfuerzo de guerra. La lucha contra el capitalismo y la guerra pasa por enfrentar a toda la burguesía en cada lugar y desde nuestro propio terreno de clase.