La Izquierda Comunista Mexicana y la Liberación Nacional

El gran mérito de la Izquierda Comunista Mexicana reside en haberse separado de la evolución de la IVª Internacional todavía en vida de Trotski. Para eso tuvieron que enfrentar y argumentar antes que nadie el curso oportunista del gran revolucionario ruso que, en realidad, prolongaba la respuesta oportunista de la Internacional a la derrota de la revolución alemana en su IIIer congreso.

En respuesta a las conocidas posiciones de Trotski su revista, «Comunismo», publicó un texto titulado «Un análisis de las Tesis del Segundo Congreso de la Internacional Comunista de 1920 sobre las cuestiones nacional y colonial» del que solo se conserva la primera parte, que no solo es de excepcional interés histórico sino también de actualidad rabiosa. La Izquierda Comunista Mexicana recuperaba las tesis del IIº Congreso de la Internacional enfrentándolas a las posiciones centristas en las que derivó y que en aquel momento representaban Trotski y la corriente mayoritaria de la IVª Internacional. Posiciones que hoy nos llegan aun más deformadas, en forma de caricatura izquierdista.

La crítica de la Izquierda Comunista Mexicana a la posición de Trotski sobre la «liberación nacional» es de gran valor histórico... pero también de actualidad rabiosa

Un análisis de las Tesis del Segundo Congreso de la Internacional Comunista de 1920 sobre las cuestiones nacional y colonial (Primera Parte)1

Abolid la explotación del hombre por el hombre y habréis abolido la explotación de una nación por otra.

El Manifiesto Comunista

El párrafo 2 de las Tesis del Segundo Congreso de la Internacional Comunista sobre la Cuestión Nacional y Colonial dice textualmente:

Conforme con su tarea esencial, la cual consiste en la lucha contra la democracia burguesa, cuya hipocresía hay que desenmascarar, el Partido Comunista, intérprete consciente del proletariado en sus lucha contra el yugo burgués, debe considerar como clave maestra de la cuestión nacional, no principios abstractos y formalistas, sino lo siguiente:

  1. una concepción clara de las circunstancias históricas y económicas,
  2. la separación de los intereses de las clases oprimidas, los trabajadores, los explotados, del concepto general de los llamados intereses nacionales, los que significan, en realidad, los intereses de las clases dominantes,
  3. la división igualmente neta y precisa entre naciones oprimidas, dependientes, “protegidas”, y naciones opresores y explotadores, las que disfrutan de todos los derechos, contrario a la hipocresía burguesa y democrática, la cual con toda la intención disimula la esclavización de la inmensa mayoría de los pueblos del mundo por una minoría de países capitalistas avanzados, por medio de su poder financiero y colonizador, situación propia del capital financiero imperialista.

Vamos a analizar este párrafo punto por punto.

La lucha contra la democracia

Lo más significativo en este primer párrafo es indudablemente su principio: la afirmación clara e inequívoca de que la tarea esencial del Partido Comunista Mundial no es la famosa «defensa de la democracia» de la cual nos hablan hoy tanto los llamados «comunistas», sino, al contrario, la lucha contra ella.

Esta afirmación, tantas veces repetida en otras tesis de la Internacional de los tiempos de Lenin, aunque hoy negada rotundamente por la institución que todavía lleva ese nombre, sirvió a Lenin y a sus compañeros como punto de partida precisamente para el estudio de las cuestiones nacional y colonial. ¡Y no hay otro punto de partida! Los que no aceptan la lucha contra la democracia burguesa como la tarea principal de los comunistas, nunca pueden dar una solución marxista a esas cuestiones.

La mentira de la igualdad en el sistema capitalista

El primer párrafo de las tesis explica en más detalle cuáles son aquellos «principios abstractos y formalistas» que el Partido de la Revolución Proletaria Mundial debe rechazar como base de su táctica en las cuestiones nacional y colonial.

La manera abstracta y formalista de plantear la cuestión de la igualdad, inclusive la igualdad de las naciones, es típica de la democracia burguesa. Bajo la fórmula de la igualdad de los hombres en general, la democracia burguesa proclama la igualdad formal y jurídica de los poseedores y los proletarios, los explotadores y los explotados, engañando profundamente a las clases oprimidas. La idea de la igualdad, la cual es simplemente reflejo de las relaciones sociales creadas por la producción de mercancías, en manos de la burguesía se convierte en un arma contra la lucha por la abolición de las clases.

Claro que sería superflua la lucha por la abolición de las clases, si de veras, como lo afirma la burguesía, fuera posible la igualdad dentro de la sociedad actual, a pesar de estar esta dividida en clases. La verdad es que no solo no hay igualdad en la sociedad actual sino que ni podrá haberla. Por consiguiente agregan las tesis al fin del párrafo citado:

El verdadero sentido de la demanda de igualdad es la demanda de la abolición de las clases

Y otra vez, en el párrafo se habla de:

nuestro triunfo sobre el capitalismo, sin el cual (triunfo) no pueden ser abolidas ni la opresión de las naciones ni la desigualdad en general

En otras palabras: la afirmación de la existencia de la igualdad, o por lo menos de la posibilidad de su existencia, dentro de la sociedad actual, persigue el fin de preservar la explotación y la opresión de clases y naciones. La demanda de igualdad sobre la base de la abolición de las clases, persigue el fin opuesto: el de la destrucción de la sociedad actual y la construcción de una nueva sociedad sin clases. La primera es el arma predilecta de todos los reformistas al servicio de la contrarrevolución. La segunda es la demanda del proletariado consciente de sus intereses de clase, la demanda del Partido de la Revolución Proletaria Mundial.

El buen vecino de la burguesía mexicana

Para combatir con éxito a la burguesía y destruir a su sociedad, tenemos que rechazar no sólo la mentira de la igualdad de los hombres dentro de las naciones, sino también aquella de la igualdad de las naciones. Tenemos que demostrar, como nos enseña el segundo punto de las tesis citadas, que «la esclavización de la inmensa mayoría de los pueblos del mundo por una minoría insignificante de los países capitalistas avanzados» (EUA, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Japón) es «una situación propia a la época del capital financiero imperialista», y que esa esclavización por consiguiente, no puede desaparecer con unas declaraciones farsantes en contra del imperialismo y en pro de una llamada política del «buen vecino», sino solamente con la desaparición del propio capitalismo, con su destrucción violenta por el proletariado del mundo.

No debemos cansarnos repitiendo esta verdad fundamental, pero no en una forma abstracta y general, sino desenmascarando concretamente día por día aquella hipocresía democrática de la que hablan las tesis. En el caso de México es preciso desenmascarar la mentira de que un país avanzado y por lo tanto imperialista, como lo son los Estados Unidos de Norteamérica, podría ser el «buen vecino» de un país capitalista atrasado, como lo es México.
Tenemos que destruir la mentira de que la amistad que en estos momentos los explotadores norteamericanos llevan con los únicos buenos vecinos que tienen en México, los serviles explotadores mexicanos, equivaldría a una «amistad entre los pueblos norteamericano y mexicano», como los explotadores de ambos países nos quieren hacer creer. Tenemos que insistir en que, al contrario, nuestros únicos buenos vecinos son los proletarios y todos los oprimidos de Estados Unidos y de todo el mundo, con los cuales nos unen verdaderos intereses comunes contra todos los explotadores y sus respectivas «patrias».

El patriotismo contrarrevolucionario de stalinistas y trotskistas

Todo esto lo reconocen «teóricamente» los llamados «comunistas» de cepa stalinista o trotskista, pero prácticamente hacen lo contrario. Los stalinistas de México y Estados Unidos están hoy en la primera fila de aquellos que elogian la «nueva política» del imperialismo norteamericano. Los trotskistas no lo hacen tan descaradamente, sino que siguen el método indirecto de atacar exclusivamente a los «malos vecinos» de la burguesía mexicana: el imperialismo inglés, alemán, japonés...

Pero su lucha contra las posiciones fundamentales de la Internacional Comunista de los tiempos de Lenin va más allá de ello. Con un truco característico de renegados, los stalinistas y trotskistas «se olvidan» de aquel punto de las citadas tesis que habla de la «separación neta de los intereses de las clases oprimidas, los trabajadores, los explotados, del concepto general de los llamados intereses nacionales», y se agarran exclusivamente al otro punto que habla de la «división igualmente neta y precisa entre naciones oprimidas, dependientes, protegidas, y naciones opresoras y explotadoras».

Así lo hace, por ejemplo, León Trotsky en sus ataques contra nuestra posición frente a la guerra de China (véase el Boletín Interno de la Liga Comunista Internacionalista de México, nº 1). Con tal método llega él exactamente a la misma posición de los stalinistas: en vez de demostrar a los proletarios chinos que sus intereses clasistas son irreconciliables con los llamados «intereses nacionales» (en realidad los intereses de los explotadores chinos) y que ellos, por lo consiguiente, tienen que luchar tanto contra sus enemigos «compatriotas» como contra el enemigo invasor, por medio de la fraternización con los soldados japoneses y del derrotismo revolucionario. En vez de todo esto, ¡Trotsky se esfuerza por convencer a los explotados de China que sus intereses de clase coinciden en cierta medida, es decir, en el punto decisivo de la defensa de la llamada «patria», con los «intereses nacionales» de sus explotadores!

Para Trotsky los proletarios «en general» no tienen patria. Así queda teóricamente fiel al marxismo. Pero en el caso concreto de los proletarios de China, de México, de todos los países oprimidos y dependientes, es decir, en el caso de la mayoría aplastadora de los países del mundo, esta regla fundamental del marxismo, para el no tiene aplicación. ¡«El patriotismo chino es legítimo y progresivo», afirma ese renegado! Claro que para él y sus semejantes lo es también el patriotismo mexicano, guatemalteco, argentino, cubano, etc.

Los trabajadores no tienen patria ¡ni en los países oprimidos!

Para un marxista, no cabe duda de que el más esencial de los tres puntos ennumerados en las Tesis del Segundo Congreso es precisamente el segundo, el que insiste en la no existencia de «intereses nacionales», y que la distinción hecha en el tercer punto, entre «naciones oprimidas» y «naciones opresoras», debe entenderse en este sentido. En otras palabras, ni en las naciones oprimidas existen otros «intereses nacionales» mas que los de las clases dominantes. La conclusión práctica de esta posición teórica es que las reglas fundamentales de la política comunista deben ser aplicadas a todos los países, imperialistas, semicoloniales y coloniales. La lucha contra el patriotismo, y la fraternización con los oprimidos de todos los países, inclusive los proletarios y campesinos uniformados de los ejércitos de los países imperialistas, es una de las reglas de la política comunista que no admite excepciones.

«Resulta de lo que precede», dice el párrafo de las tesis, «que la piedra angular de la política de la Internacional Comunista en las cuestiones nacional y colonial debe ser la unidad entre los proletarios y los trabajadores de todas las naciones y todos los países para la lucha común contra los poseedores y la burguesía, porque esta unidad es la única garantía de nuestro triunfo sobre el capitalismo, sin el cual no puede ser abolidas ni la opresión de naciones ni la desigualdad en general».

La aplicación de esa «piedra angular» a las situaciones concretas excluye claramente cualquier caso de «patriotismo legítimo» y de «defensa nacional». En el caso de la guerra en China, por ejemplo, ¿cuál otra aplicación puede tener la regla general de la «lucha común de los proletarios y trabajadores de todas las naciones y de todos los países contra los poseedores y la burguesía», si no es la de la fraternización entre soldados chinos y japoneses para la lucha común contra los poseedores y capitalistas chinos y japoneses, es decir, el derrotismo revolucionario en ambos lados? ¿En dónde cabe dentro de esa regla general la política que propone Trotsky de «participar en la lucha militar bajo las órdenes de Chiang-Kai-Shek»?

¡Cambio de táctica, no de principios!

Contestándonos, Trotsky cita el caso de que «Marx y Engels sostuvieron la guerra de los irlandeses contra la Gran Bretaña, y la de los polacos contra el zar, aunque en estas dos guerras nacionales los jefes eran en su mayoría burgueses, y a veces hasta feudales». Lo que pasa es que Trotski, a pesar de sus grandes conocimientos, no ha comprendido la importancia primordial del primero de los puntos que las Tesis del Segundo Congreso enumeran como «clave maestra de la cuestión nacional»: «un concepto claro de las circunstancias históricas y económicas».

¿A poco no recuerda nuestro gran historiador exmarxista que la táctica comunista no puede ser la misma en la fase ascendente del capitalismo (de la cual nos cita dos ejemplos de guerras progresivas) y en su fase de descomposición, la fase imperialista, la que vivimos actualmente? Las circunstancias históricas y económicas han cambiado a tal grado desde el tiempo en que Marx y Engels sostuvieron la guerra de los irlandeses y la de los polacos, que sería un suicidio para el proletariado seguir hoy la misma táctica como en aquellos tiempos.

Claro que los cambios tácticos no deben ni pueden salirse del marco de los principios comunistas ya establecidos, y cuya validez la han comprobado mil veces los acontecimientos. Lejos de salirse de ese marco, cada ajustacion táctica debe ser una aplicación más correcta, más rígida de esos principios, porque no son solamente las nuevas situaciones que nos obligan a tales cambios, sino además, la experiencia histórica, es decir, el estudio de nuestros errores pasados. Sólo así se mantiene la continuidad de la lucha comunista, a través de la descomposición de los antiguos organismos obreros y la creación de nuevos.

El renegado Trotsky revisa el Manifiesto Comunista y las Tesis del Segundo Congreso

Uno de los principios fundamentales que deben regir toda nuestra táctica en la cuestión nacional es el antipatriotismo. «Los trabajadores no tienen patria». El que propone una nueva táctica, que esté en contra de ese principio, abandona las filas marxistas y pasa al servicio del enemigo.

Ahora bien, lo interesante es que es el mismo Trotsky quien insiste en que el proletariado debe seguir hoy la misma táctica como en los tiempos de Marx y Engels, ¡quien abandona abiertamente el principio sentado ya por esos dos hombres en el Manifiesto Comunista! En su prefacio a la nueva edición del Manifiesto Comunista, publicada recientemente en Sudáfrica, ese renegado declara descaradamente: «... Es muy evidente que la patria nacional, la cual en los países avanzados se ha convertido en el peor freno histórico, todavía queda como un factor relativamente progresivo en los países atrasados, los cuales están obligados a luchar por su existencia independiente».

¡Así el renegado Trotsky quiere poner el reloj 100 años atrás!



1. No hemos podido encontrar la segunda parte de este texto. Según unas fuentes nunca llegó a la publicarse, según otras sí pero se ha perdido.

 
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