La industria de la destrucción

El límite legal máximo (línea de puntos abajo) y los máximos y mínimos reales de dos modelos Volkswagen.
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Primero fue el «dieselgate» y apuntaba a Volkswagen. Los tests en carretera demostraron que los famosos «TDI», la tecnología que hacía supuestamente «limpio» a los motores diesel se desactivaba automáticamente en carretera gracias a un truco programado en el software de los modelos Volkswagen. El resultado: las emisiones de Óxidos de Nitrógeno eran hasta 80 veces superiores a las máximas admitidas legalmente. ¿Consecuencias? Ciudades irrespirables y probablemente unos 30.000 muertos según la Agencia Europea del Medioambiente. ¿La verdad? No solo eran VW, BMW o Mercedes… Renault, Suzuki y Fiat entre otros llevaban la trampa aun más allá multiplicando aun más las emisiones de gases «NOx». Era la industria automovilística entera la que estaba convirtiendo las grandes ciudades en una inmensa cámara de gas.

Acumulaciones de dióxido de Nitrógeno en Europa visto desde satélite.

En Europa, especialmente en Alemania, donde la industria automotriz está en el núcleo del capitalismo de estado, el estado ha protegido ignominiosamente a la marca «castigándola», todo lo más, con multas simbólicas. En EEUU, donde el estado no tenía problemas para hacer penar a la competencia extranjera, cementerios de miles coches devueltos a VW por sus propietarios. Del resto de marcas, empezado por las norteamericanas, ni hay noticia ni se espera.

El «dieselgate» no es solo un cuento sobre empresas saltándose la legislación ambiental a base de trampas, significa decenas de miles de muertes: la industria entera convirtiendo en literalmente irrespirables las ciudades.
El 55% de los niños y adultos internados en el Hospital Garrahan y el Hospital Italiano de Buenos Aires por casos de cáncer o malformaciones, provienen de Entre Ríos, la provincia más contaminada con agrotóxicos, donde abundan los casos de escuelas fumigadas.
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El glifosato, el famoso «Round Up» de Monsanto, causa cáncer. Se sospechaba hace años y a pesar de una terrible presión política, especialmente de EEUU, la OMS publicó recientemente resultados que lo demuestran. Un juicio condenó por primera vez este mismo mes a Monsanto por los daños y la semana pasada se publicaba un estudio que desvelaba la existencia de restos de glifosato en los copos de avena Quaker, los «Cheerios» y decenas de marcas de cereales más. Mientras tanto Monsanto se ha convertido en parte de Bayer, a la que no importa el coste millonario de las demandas que vienen. Ha comprado en realidad un suculento trozo de mercado, tan grande como el del propio Bayer, y colocado 60.000 millones de euros de capital ficticio en algo que no deja de ser un negocio productivo… es decir, que produce plusvalía. Porque desde el punto de vista humano la combinación de ingeniería genética y glifosato -o sus eventuales alternativas- es en realidad destructivo. No es solo todo lo que supone la patentabilidad de seres vivos, es que las modificaciones genéticas en los alimentos se supeditaban a la supervivencia de la planta al glifosato. Es decir, se crea primero un veneno universal -que quedará en la tierra y el agua- y luego se desarrollan variedades a medida para que sobrevivan a él. Las consecuencias de tal metodología… miles de víctimas y suelos envenenados. ¿Qué importan posibles demandas si el resultado global sigue dando números negros?

El glifosato mata a miles, envenena los suelos y el agua pero es «productivo» para el capital: es útil a una máquina de producir plusvalía que ha servido para que 60.000 millones se colocaran en la compra de Monsanto
Puente Morandi, Génova
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El derrumbe del puente Moradi en Génova ha mostrado una realidad muy similar en las concesionarias, otro de los grandes refugios del capital ficticio hormonados y garantizados por contratos estatales. La empresa a cargo del mantenimiento del puente, Atlantia cayó en bolsa en mitad de una operación de concentración con la española ACS para tomar el control de Abertis, la gran monopolista de las autopistas europeas. Concentración monopolista, rentas estatales y aumento de desastres y «accidentes» no son asociaciones arbitrarias. Este mismo invierno hemos visto como la dinámica de acumulación de estas empresas, que pasaba por la sobre-explotación salvaje del trabajo y la caída a plomo de los servicios, generaba colapsos y accidentes masivos en las autopistas españolas. Los accidentes ferroviarios en Italia evidenciaron además el peso de la propia erosión del estado por la crisis perenne en la acumulación de «catástrofes». Un contexto y una actuación del estado que se ven agravados de forma permanente por la necesidad del capital de encontrar cómo reproducirse cuando los mercados le son insuficientes y que se materializa mucho más allá de los transportes en cosas como el desmantelamiento de los sistemas públicos de salud.

El derrumbe de un puente en Génova a demostrado que la «industria» de las contratas y concesiones estatales está sometida a la misma lógica de acumulación asesina que la automotriz (diesegalte) o la química (glifosato).

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Es inútil buscar parches, reformas o arreglitos. Como todos los sistemas sociales anteriores, que pasaron ya a la historia, el capitalismo ha pasado de capitalismo ascendente a decadencia. No es solo un aspecto o una industria, es el conjunto de las relaciones sociales capitalistas el que se ha tornado un peligro para la Humanidad, una verdadera industria de la destrucción que se plasma en toda la vida social desde las tensiones crecientes hacia la guerra generalizada al aire de las ciudades y de los medios de transporte a la comida que llega a nuestros platos. Salir de este agujero histórico solo es posible superando de una vez el estado de cosas actual y llevando a la sociedad al máximo de sus posibilidades ya existentes.

Es el capitalismo como un todo el que se ha convertido en una industria de la destrucción: desde las tensiones hacia la guerra generalizada, al aire, la comida, los servicios básicos o los medios de transporte
 
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