La huelga paga, la lucha avanza

En 2016 el «Consejo Económico y Social» hizo público que 2015 había arrojado el mínimo histórico en número de huelgas desde la reconversión industrial de los ochenta. Como no podía ser menos, la prensa lo celebró con todo tipo de gráficos interactivos y cantos de triunfo: el capitalismo español estaba pasando la crisis sin casi cuestionamiento de su única alternativa posible.

El informe de 2016, el último publicado no parecía mostrar un cambio drástico.

641 huelgas, 26 más que en el año anterior. Este leve repunte en el último año (4,2 por 100 más) apenas altera, sin embargo, el hecho de que el volumen de conflictos laborales con cesación del trabajo se mantuviese en niveles que cabe calificar de relativamente limitados, sobre todo tras la disminución que registraron en los dos años inmediatamente anteriores, en ambos con descensos de más del 20 por 100. El volumen de huelgas de 2016 supuso, así, la tercera cifra más baja en los últimos veinte años, al menos, solo por encima de las registradas en 1998 y 2015

Movilizaciones por el salario mínimo de 15$/hora en EEUU.
Y sin embargo, 2016 fue un año de cambio profundo. Tras casi veinte años de machaque ideológico a la burguesía dejaban de funcionarle el derrotismo y los identitarismos (feminismo, identidad en «minorías», etc.) como forma de fraccionar a la clase y paralizarla. Necesitaba cambiar de discurso. Fueron fracciones relativamente periféricas del poder en los países centrales las primeras en darse cuenta y sacar provecho en la batalla interna del estado. La campanada la dieron el triunfo del Brexit y el giro a la izquierda del Labour en Gran Bretaña y el «susto Trump» en EEUU. Pero por debajo, lo que estaba fracturando el marco político de la burguesía era una resistencia y combatividad creciente de los trabajadores. Solo así se explica la crisis del modelo de partidos francés a partir de la resistencia -encauzada y encuadrada por los sindicatos estatales- a la «Loi Trevaille» y el colapso del establishment demócrata norteamericano, paralelo a las movilizaciones masivas y clasistas por el salario de 15$ la hora en EEUU, que pasaron por encima de los encuadramientos étnicos y de género que éste representaba.

Este aumento de la combatividad es lo que ha empezado a mostrarse en España durante 2016 y 2017. Lo que estamos viendo son huelgas largas y costosas pero finalmente exitosas como la de las trabajadoras de residencias de Vizcaya. No es un caso aislado.

Las claves

  1. Mantenimiento de la integridad de las plantillas frente a la precarización vía ETTs y «empresas multiservicios» que fraccionan a los trabajadores y pagan salarios reales de verdadera miseria.
  2. Defensa de las jornadas de 35 horas frente a los aumentos -hacia las 37,5 y las 40. La lucha por mantener o reducir la jornada es tanto más importante en la medida en que la letra de los convenios muchas veces oculta la realidad de jornadas semanales mayores de 40 horas, no declaradas ni pagadas.
  3. Aumentos salariales, mayores como es lógico para las categorías inferiores, zaheridos durante una crisis en la que el reparto entre capital y trabajo se escoró hacia el capital de manera violenta, multiplicando la desigualdad y «normalizando» los salarios por debajo del mínimo vital.

De momento los focos combativos se están dando en empresas con plantillas relativamente pequeñas y en el sector servicios más que en el industrial. En la industria las ventas, deslocalizaciones y cierres siguen protagonizando las huelgas organizadas y encuadradas por los grandes sindicatos, que ya tienen larga experiencia como enterradores de empresas mano a mano con las multinacionales.

¿Por qué huelgas tan largas?

Trabajadoras de las residencias vizcaínas celebran la victoria de la huelga.
En los 80 y 90, aislar las luchas y conducirlas a huelgas largas y agotadoras fue una de las principales estrategias sindicales para agotar la respuesta de los trabajadores y reconducirla dentro de los marcos estatales. Pero ahora estamos ante lo que parecen unos primeros brotes de una nueva oleada de combatividad. Es muy posible que el estado, la patronal y los propios sindicatos estén midiendo hasta dónde llega esa voluntad de respuesta de la clase.

Pero no podemos reducirlo a eso. Ayer mismo la huelga de «Ciut’Art», conducida por el SUT, de orientación bordiguista, culminó con un acuerdo que supone un incremento salarial entre el 40% y el 62%.

En este caso, la larga duración de la huelga viene dada porque con una administración con un déficit brutal y en un servicio «no esencial», igual que en muchas empresas en las que la sobreproducción y los excesos de stocks son evidentes, la huelga es, al principio, un alivio para el propio empleador, un ahorro de costes. Solo su prolongación en el tiempo puede hacer verdadero daño a la empresa y sus beneficios.

Es por eso que la consigna a favor de «huelgas indefinidas» como receta general es peligrosa. La experiencia histórica nos muestra que es la extensión, no la profundización de las huelgas, la que pone en jaque realmente al capital y da opciones de triunfo. Cuando las huelgas saltan de una empresa a otra y de un sector a otro en un territorio, cuando se convierten con relativa rapidez en eso que se llamó huelga de masas, es cuando se producen verdaderos avances colectivos de la clase y se acumulan aprendizajes.

En este momento, es cierto, ese tipo de extensión no está al alcance de la mano… todavía. Porque el triunfo de huelgas como las de las trabajadoras de residencias, Ciut’Art o -esperamos que en breve- Udon, prepara las condiciones para que puedan darse huelgas masivas triunfadoras. ¡Avanzamos!


Nota. Siguen nuevas convocatorias. El lunes comienza la huelga indefinida de limpieza en Madrid. Y mientras en Pontevedra la empresa orgullosa de minimizar stocks, cede a los pocos días de huelga.

 
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