La buena educación es revolucionaria

Cuando estudiamos las primeras huelgas de la Revolución rusa o las que precedieron a la Revolución española llama la atención que en muchas tablas de exigencias, lo primero que aparecía era una reivindicación de la «dignidad de los trabajadores».

Manifestación bolchevique, sucesos de junio, 1917.
Las medidas concretas que materializaban esa dignificación del trabajo variaban según el sector: el fin de las propinas entre los camareros, disponer de jabón y zonas de baño, áreas para fumadores, asistencia médica y maternidad para las tejedoras, libertad de horarios para los impresores, etc. Pero una y otra vez, en todos los sectores aparece una reivindicación que es común a todos: «recibir un trato cortés» por parte de los patronos.

Tan transversal como la jornada de 8 horas pero anterior y posterior a ella, la exigencia de «un trato cortés» fue históricamente la reivindicación básica de la dignificación del trabajo

Con la Revolución de febrero los trabajadores comenzaron a exigir un trato socialmente igualitario. El «usted» se hizo obligatorio en el trato de técnicos y gestores a los trabajadores y los títulos académicos y gremiales dejaron de usarse en favor del republicano tratamiento de «ciudadano», sustituido cada vez más, a partir de julio, por el de «compañero» («tovarich»). Los directores de fábrica solo empezaron a usar de nuevo el «tu» para dirigirse a los obreros con la contrarrevolución, cuando el estado instituyó de nuevo el uso generalizado del «ciudadano» en la vida social y el «compañero» quedó relegado a los miembros del partido-estado. No fue casualidad.

Mitin de Liebknecht durante la revolución alemana. Los obreros se jugaban la vida vestidos con su ropa de domingo y bien duchados a pesar de las carencias de jabón. Mostraban así su respeto por sí mismos, su clase y su misión histórica. El mismo fenómeno se dio en la Revolución rusa donde además diferenciaba a los obreros de los campesinos (pequeña burguesía pobre rural).
La contrarrevolución volvió a exaltar la rudeza del lenguaje de los dirigentes, a normalizar las groserías de los jefes a los trabajadores y a exacerbar el trato distintivo a los «ilustres» en la prensa. Su mensaje era evidente: el estado volvía a ser estado, las jerarquías volvían a estar en «su sitio» y sentirse impunes. Los de abajo nada eran y nada volvían a ser. Las quejas por las demostraciones de machismo y el humor hiriente de los encargados, que estallaron al principio, desaparecieron tan pronto como los trabajadores se dieron cuenta de que solo servían para recibir más represión. Los testimonios de comunistas extranjeros a finales de los veinte son brutales: conforme las élites del partido se aburguesan, el trato a los obreros se degrada.

Lejos quedaban los tiempos en que los dirigentes revolucionarios entendían que el lenguaje cotidiano era una parte de la lucha por mantener la revolución en pie y superar tanto la desesperanza del oprimido como la cultura del abuso del poderoso. La desesperanza y desarraigo tanto como el poder señorial vivían en la lengua cotidiana a través de la grosería, del humor hiriente, de la humillación simbólica del otro, eran por tanto, frenos objetivos al desarrollo de la consciencia tanto como las imágenes de obreros en traje tomando las calles y derribando al zarismo en febrero habían hecho su aporte para crear una confianza creciente de la clase en sí misma en toda Europa.

¿Puede crearse aún de forma parcelaria y limitada una nueva vida fundada en el mutuo respeto, en el respeto hacia uno mismo, en la igualdad de la mujer, en una verdadera preocupación por los niños, en medio de una atmósfera en la que resuena, ruge, estalla el lenguaje grosero de señores y esclavos, un lenguaje que nunca ha sido escatimado por nadie? Es tan necesario para la cultura del espíritu luchar contra la grosería del lenguaje, como preciso para la cultura material combatir la suciedad y los piojos.

La mezcla de signos de infantilización/ inferioridad y vindicación de la violencia verbal y la humillación, característicos de la propaganda contrarrevolucionaria de los años treinta ha vuelto, modernizada, a la prensa y las redes sociales.
En estos días la pequeña burguesía, en plena deriva política, reivindica la «sátira», la «ausencia de límites del humor», etc. La burguesía y el estado, que tratan, a menudo sin demasiado éxito, de disciplinarla mediante juicios y castigos, hacen por contra un discurso de las «sensibilidades» y las «víctimas» que, enlazando con el identitarismo pequeñoburgués, en realidad refuerza aquello que quiere reprimir. El debate entre ambas partes es, evidentemente, una trampa de bizantinismo estúpido. Legitimar la represión de la palabra por el estado está muy lejos de nuestros intereses. Pero también dar por buena la sobradez, el deseo de humillar y la soberbia típicamente pequeñoburguesa que apenas se oculta bajo la celebración de «zascas» y «chistes» humillantes.

Bajo la celebración de los «zascas» y la reivindicación de chistes humillantes y «sátiras» apenas se oculta la soberbia, la necesidad de humillar y el odio protofascista de la pequeña burguesía

Durante la Revolución y la guerra civil la reacción utilizó la «sátira» contra los bolcheviques a menudo con contenidos antisemitas y ánimo humillante.
Bajo ese lenguaje pretendidamente indignado, bajo la brutalidad humillante del «derecho a la sátira», late la rabia clasista y elitista del viejo impulso contrarrevolucionario y protofascista. Una vez normalizado ese lenguaje ¿contra quién creen que van a dirigirlo el pequeño empresario, el directivo psicópata y por supuesto, esa pequeña burguesía intelectual que nunca ha ocultado su desprecio a los trabajadores? Posiblemente lo mismo que hicieron en los treinta.

Pero no solo se trata de eso. La humillación a través del lenguaje es una herramienta de opresión, una forma de abuso que refuerza el miedo y la atomización. Por eso existe y la alimentan los medios, para evitar la conversación y esterilizar el debate, para alimentar el silencio temeroso ante el que es lo suficientemente poderoso como para publicar en un medio o tener un cargo político.

En cambio, todas esas cosas que tanto desprecian los pequeñoburgueses «radicales» y «demócratas» con su culto permanente a la fuerza, dan una oportunidad exactamente a lo contrario. El lenguaje respetuoso, el humor que no busca zaherir sino rasgar la mirada impuesta, las buenas maneras, el cuidado de la higiene personal… ayudan a crear los ambientes de fraternidad y discusión franca, fértiles para el desarrollo de la conciencia de clase. Sí, la buena educación es, modestamente, revolucionaria.